
Esta misma lógica es la que opera hoy en los partidos políticos. Ante la absoluta ausencia de liderazgo de los primeros espadas, todos se limitan a actuar siguiendo las indicaciones de sus asesores, esa especie nociva, invasiva y parásita cuyo único objetivo es entorpecerlo todo sacando el debate de la aspiración del acuerdo para llevarlo al relato polarizador y divisivo. Esto ya llega al punto de poner en riesgo la propia democracia y sus reglas más básicas. Yo voto a alguien porque creo que esa persona puede liderar una acción de gobierno y poner en marcha un programa que es un contrato. Pero si los que realmente mandan no son esos candidatos sino unos asesores a los que nadie ha votado y que recomiendan al político que se desentienda de ese programa y que haga exactamente lo contrario de lo que dijo que iba a hacer, el sistema se cae. Porque ya no elegimos a nuestros representantes, sino a unos peleles en manos de una serie de asesores oscuros, conflictivos y con intereses espurios que son los que mandan. Un político, aunque sea teóricamente, ha de mirar por el bien común. Pero el asesor no, el asesor es un empleado y no trabaja para el pueblo sino para el político. Busca su bien, su beneficio y defiende sus intereses, que no son otros que perdurar en el tiempo, a costa de lo que sea.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 31 julio de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).