
Sucede todos los años y, sin embargo, uno no acaba de acostumbrarse nunca. Valladolid, esa ciudad recia que ha pasado once meses y tres semanas comportándose como una capital seria, castellana y razonablemente frívola, amanece de la noche a la mañana dispuesta a divertirse. No deja de ser una transformación notable: el mismo señor que el jueves protestaba porque alguien había aparcado medio palmo fuera de la raya blanca aparece esta tarde con un vaso de plástico en la mano, una charanga detrás y una disposición al abrazo que, en condiciones normales, obligaría a avisar a la familia. Podemos decir que la ciudad se desabrocha. Afloja el nudo de la corbata, se quita ese gesto como de funcionario de la Diputación y durante diez días se concede a sí misma una especie de permiso penitenciario.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 4 de septiembre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).