Está España triste porque unos moritos han pescado un delfín. Pobre delfín, parece que sonreía. No habría pasado nada si hubiera sido un atún, un besugo o una pescadilla de ración. Menos aún si hubiera sido un bicho más pequeño, qué sé yo, una caballa, una sardina, una almeja de carril. Pero, ay, era un delfín, un delfín pequeñito y adorable, tan suave que se diría todo de algodón, objeto perfecto para nuestra empatía. Yo no tengo valor para matar un delfín, lo reconozco. Pero sí para comerlo, como creo que han hecho los moritos. Su estuviera bueno yo me lo comería crudo, como el sushi. O casi crudo, como la ternera. Y óptimamente lo haría con las manos, como hacemos con las codornices y los pichones, que son crías de paloma, también adorables, pero voladoras, al contrario que el delfín, entrañable pero áptero. Quizá los moritos lo preparen también en pinchos, como el lechazo de Traspinedo. En cualquier caso, que yo no tenga valor para matar a un delfín no me convierte en mejor persona. Y tampoco implica que me importe un carajo su existencia. Tampoco tengo valor para matar un utrero de Alcurrucén y he visto morir a miles a lo largo de mi vida. Supongo que, por ese motivo, también me importan un carajo. Digamos que no disfruto con el hecho físico de la muerte del animal, y más aún si esta se ejecuta sin conocimiento ni pericia. Pero, desde luego, no sufro, como no sufro con la muerte de las lagartijas, las moscas o las cucarachas. Cuestión de costumbre.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 5 de septiembre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).