Deberíamos instaurar la pena de muerte para los bares que venden una tortilla de patata mala. Porque la cosa no tiene mucho misterio, es solo cuestión de voluntad, de esfuerzo y de cariño. Si no sabes, hay tutoriales, una vasta bibliografía y, sobre todo, están las madres, las abuelas y una ingente tradición secular. Si todo ello no fuera suficiente, puedes dedicar una semana a probar todas las tortillas de la ciudad y apuntar lo que te gusta de cada una. También puedes viajar o hacer un curso. Aunque, en realidad, los ingredientes son los que son: patatas, huevos, aceite y eventualmente cebolla. Puedes probar tipos de patata, echar más o menos cebolla y jugar con la temperatura. Si yo me dedicara a ello haría trescientas pruebas hasta encontrar mi tortilla, ese plato legendario del que sentirme orgulloso cada vez que suba la verja. Y después lo repetiría hasta hacerlo perfecto. Lo que no podría es servir tortilla sabiendo que es mala. Solo hay tres posibilidades: aprender a hacerla, dejar de hacerla o contratar a alguien que sepa. Porque la realidad es que en la vida todo se puede aprender. Todo excepto el amor propio, la fuerza de voluntad y el sentido del ridículo. Pero si todo eso te da igual y eres capaz de vender una tortilla de mierda, es cuestión de tiempo que tu bar tenga que cerrar. Luego, por supuesto, la culpa será del Gobierno, del capitalismo, de la inflación, de los inmigrantes, de la Iglesia católica o de la subida del salario mínimo. Es decir, de todo el mundo excepto de ti. La única opción que no existe es seguir haciéndola mal. Porque lo peor de una tortilla mala no es lo que se ve sino lo que denota. Y, en realidad, todo esto no va de tortillas. El asunto de fondo es tu lugar en el mundo, tu sentido de la dignidad y el respeto hacia ti mismo y hacia los demás. Da igual hacer tortillas que escribir columnas o tirar penaltis. Si tu trabajo depende solo de tu grado de implicación y no te sale a la primera, lo intentas cien veces. O mil. Y si no te sale en una hora, echas diez. Y si no se duerme, no se duerme. Lo que no se puede es vivir con esa abulia, ser consciente de que haces algo mal, que mejorarlo solo depende de ti y que optes por no hacerlo.

(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 7 de septiembre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).