
El camino que trasladaron en público y en privado era el regreso a la centralidad, que no es indefinición –cansa tener que repetirlo– sino vocación de mayoría. Todo ello para limitar la dependencia con Vox en un futuro gobierno. Porque apostaban por un gobierno en solitario con pactos en el Legislativo. «La vocación del PP es no hacer coaliciones», decían. «No hay que salir rendido a la carrera electoral», enfatizaban. Feijóo no se comprometió públicamente a gobernar sin Vox, pero en conversaciones informales afirmaron que sí era un compromiso y que, en el caso de no conseguirse, el escenario era el de repetición electoral. Génova lo subrayaba: «Solo hay tres posibilidades: que gobernemos en solitario, que gobierne Sánchez o que haya elecciones». Tellado, en Onda Cero, disipó las dudas: «El PP gobernará en solitario sin ministros de Vox». Lo confirmó Ester Muñoz: «No habrá un gobierno con ministros de Vox». Incluso Ayuso: «Las coaliciones no acaban bien y son complicadas de gestionar. Si Vox prefiere ir de nuevo a las urnas para poder tener ministros en el Gobierno, tendrá que explicarlo».
El resultado de esta firmeza ideológica y de la claridad de su relación con Vox –gobierno en solitario, sin cordón sanitario– llevaron al PP por encima del 34 por ciento. Pero, a partir de ahí, el PP decide suicidarse, da la vuelta a los cañones, vuelven los complejos, desdice lo aprobado por su Congreso, le dice a España que Vox tiene razón, admite que tragará con lo que le pidan y pone en marcha una campaña para blanquearlos. El resultado es que el PP pierde uno de cada diez votos y se los envía a Vox.
(Este párrafo forma parte de un texto que se publicó originalmente en ABC el 24 de octubre de 2026. Al ser contenido premium, solo puede ser leído íntegramente aquí. Si no se han suscrito, les animo a que lo hagan. La suscripción es muy barata a cambio de muchísimo y necesitamos más que nunca prensa libre).