
En los años ochenta, el patio del Sanjo era como la asamblea general de la ONU, un lugar aparentemente respetable, pero con dos mil salvajes con chándal rojo y las rodillas reventadas tras haber impactado en bucle sobre un suelo diseñado por un sádico amante del cemento, con aquellas piedras grises despuntando sobre una lija del ocho. Solo faltaban por allí unos tornillos oxidados y media docena de animales sueltos, hipótesis ambas que aun contemplo como posibles. Quizá en la enfermería el Hermano Martínez –Tossi– nos curara las heridas con ácido sulfúrico y las cauterizara con un hierro candente, como a los toros de Garcigrande. No lo sé.
Calculo que, durante aquellos recreos, los campos de fútbol y las canchas de baloncesto podrían acoger unos trescientos partidos de modo simultáneo. Pero todos sabíamos cuál era el nuestro. Sencillamente nuestro sistema límbico había sufrido una mutación espontánea para adaptarse a ese caos y borrar a todas las personas ajenas a nuestro estricto círculo de interés. Es decir, a unas mil novecientos ochenta. Y, aun así, todas ellas te sonaban de algo. Sus caras te resultaban familiares y cuarenta años después así sigue siendo. Cuando cualquiera de esos chavales se encuentra con otro, se activa automáticamente el reconocimiento facial y se reconocen con completa familiaridad, recitando nombre, dos apellidos y desbloqueando recuerdos compartidos con la rapidez con la que se desbloquea el móvil.
Sobre todo, a los ‘mayores’. Y Paty Varela era uno de ellos. No me lleva muchos años, pero da igual, en aquellos tiempos un solo curso más te hacía presuponer que mientras tú estabas comentando ‘Los goonies’, la otra persona ya tenía novia, barba y estaba dejando el tabaco. No tengo la menor idea de cuándo lo conocí, pero recuerdo la verbena de las fiestas del año 93, en la que yo tocaba con ‘Mala Hierba’ y él con ‘The Indians’. Es posible que compartiéramos batería, no lo sé, pero tengo claro que le acompañé a su casa en la Acera de Recoletos para ayudarle a subir los platos, aunque él no lo recuerda. Después de ello, en vez de irme a la mía, me invitó a una cerveza, que al final fueron media docena y tres horas después estábamos haciendo ‘air drum’ al ritmo de ‘Paradise City’. Ese fue el primer día que salí, el primer día que lo hice mal y, probablemente, el primer día que mis padres me castigaron. Ahora que lo pienso aquello no deja de tener algo de profético, porque los siguientes treinta años los he pasado buscando a Paty cada noche, haciéndolo mal de modo sistemático y tocando el mismo ‘air drum’ en las cabinas más divertidas de esta ciudad levítica. Una de esas noches me enteré de que tenía un blog. Aún no había smartphones ni redes sociales, así que solo podía leerlo en un ordenador y en medio de la jornada laboral. Es posible que ese fuera el motivo del éxito de los blogs: la otra opción era trabajar. Y como mi verdadera vocación es perder el tiempo, me abrí otro blog llamado ‘Magnífico Margarito’ y comencé a dedicar las horas de trabajo a escribir lo mío y a leer a Paty.
Luego llegaron las redes, los smartphones y, como consecuencia, el público, que comenzó a leernos más o menos a la vez. Posteriormente la vida nos ha llevado a diferentes lugares: yo ahora escribo en periódicos serios como este, y digo cosas como ‘enmienda transaccional’ o ‘apertura de diligencias’. Pero él, como las verdaderas estrellas, prefirió quedarse fuera de la industria, lejos de las presiones y ajeno por completo a la actualidad y sus angustias.
Podemos decir, por lo tanto, que Paty Varela es un indie, uno de esos artistas que se apearon de los circuitos comerciales, de las ‘majors’ y de la industria ‘mainstream’ para poder seguir haciendo exactamente lo que le diera la gana. Recuerdo que una vez le dije que «escribir es meterse en problemas» y que, llegado a un punto, hay que jugarse entero en una partida que probablemente vas a perder. Pero él me respondió que ese no era su estilo, que no está dispuesto a crearse enemigos y que su liga es otra.
Algunos pueden pensar que es una opción cobarde. Bien, están en su derecho. A mí me parece que no hay nada más valiente que saber quién eres y decidir que, a pesar de todo, vas a seguir siéndolo. Tampoco hay nada más honesto que abrirse la chaquetilla y enseñar el corazón en cada página, destruyendo la imagen chusca del triunfador para levantar un monumento a la vulnerabilidad cada mañana. Ahora recopila sus textos en su primer libro, llamado ‘Nuestro único equipaje’, disponible –que yo sepa– solo en Amazon. Y, en ese sentido, advierto que en sus textos no encontrarán ejercicios intelectuales, sesudos análisis ni versos alejandrinos. Gracias a Dios, solo hay recuerdos, melancolía y sentimientos como bombas de racimo, a punto de explotar de tanto uso. Porque Paty se construye cada vez que escribe y lo hace mirando para delante y para atrás, para arriba y para abajo, para dentro y para fuera, alternativamente. No es un producto terminado sino una materia prima que aún no sabemos si algún día se transformará en un gran escritor, en un gran músico, en un gran pinchadiscos, en un gran programador, en un gran ingeniero, en un gran fotógrafo o en un pequeño funcionario. Un día me dijo que empezaba a tener la respuesta clara, ante lo cual, por supuesto, le tuve que advertir que no se precipitara, que quizá estaba yendo demasiado rápido y que los cincuenta es una edad a todas luces prematura para tomar decisiones de tanto calado.
Lo que sí que tengo claro es que Paty es mi amigo. Y también el último ‘indie’, un náufrago que lanza posts como si fueran botellas con mensaje y el superviviente de una tradición de independencia y libertad, como esos músicos de salas pequeñas o esos mediapuntas zurdos del Madrid, de esos de los que dicen que no triunfan porque no quieren. No saben que, en realidad, Paty triunfa cada vez que se pone delante del papel, libre como un poeta troyano, salvaje como el amor de las chicas con perlitas y arrogante como aquel chaval que desde el principio jugó en un patio lleno de gente, y siempre tuvo claro cuál era su partido.
(Este texto se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 23 de octubre de 2026).