Hierve, bonita (El Desenlace – Parte II)

Se mueve en el sereno desamor, en un desequilibrio en paz, en la falta de pasión externa que viene de la mano de la falta de pasión interna. Un viaje de ida y vuelta, del infierno al purgatorio. Eterno, cíclico, repetitivo, como un bucle infinito. En la mediocridad, en la mediocridad, en la mediocridad…  Sólo quien alguna vez agarró el amor con visceralidad, puede necesitar visceralmente abandonar su ausencia. Y no es su caso.

Ella utiliza su belleza como arma arrojadiza, por eso se mueve cómoda en las distancias largas que requiere quien engaña, aunque sea inconscientemente. Su cara es la jara de la belleza. Y a las 13:09 del día de San Martín, esa jara divisa como presa, las costillas de un marrano, tersas, moradas, venosas. La cazuela de barro calienta agua, vino, aceite, especias, vegetales, sustancias… Con barro y costillas como presagio bíblico, Eva prepara la pieza entre las arenas movedizas de esa cocina, y espera el momento óptimo para verterlas en la cazuela. “No hay cebolla, pero no se dará cuenta de cualquier modo”. Y mirando a la cazuela, la atiza verbalmente. “Hierve, bonita”.

Y la cazuela comienza a hervir.

Él supo que jamás podría llegar a amarla en el preciso instante en el que juró amarla para siempre, hace hoy justo siete años. A las 13:52, Lorant sale del ministerio y compra siete rosas para decorar el aniversario de aquella mentira. Aunque en efecto sus suposiciones se demostraron ciertas, él no dramatiza su falta de amor hacia Eva. “Juré amarla y respetarla, y si bien jamás podré cumplir lo primero, nunca podré reprocharme no cumplir lo segundo. Eva es buena mujer; sin grandes ni profundos sentimientos, pero buena mujer.”

Lorant camina por la calle, ramo en mano, intentando, como cada día, encontrar un motivo para enamorarse de su mujer. Pero, como cada noche, no lo halla. Y caminando hacia casa, entre la gente que llena la calle, intenta ser discreto y no mostrar excesivamente el ramo, para que los felices enamorados con los que se cruza no lo tomen por uno de ellos, ni piensen que sus rosas huelen a hiperglucemia, a anillos y a ilusión. Lo cierto es que al ver a un hombre con un ramo en la mano intentando esconderse, todos piensan que se trata, sin duda, de uno de esos enamorados con rosas que huelen a hiperglucemia, a anillos y a ilusión. Y entonces lo envidian por tener alguien mejor a quien amar y rosas más dulces que regalar.

A las 14.05, Eva apaga la lumbre y prepara la mesa ante la llegada inminente de Lorant. En el centro, un jarrón con agua, espera las rosas como cada año. Y como cada año, ella apaga la radio, se cambia de ropa y se quita con agua tibia el olor a comida de las manos y de la cara. Todo en ella es tibio, lo cual es virtud para los ojos del cobarde y es desquicio para los de Lorant, que se jugaría la mano derecha por un poco de calor que amar o algo de frío que odiar. Eva no ama a Lorant, pero ella no es consciente de ello. Eva no sabe lo que es el amor y tampoco le importa. Ella se deja follar, ella hace costillas y ella lo cuida cuando está enfermo, y lo hace como una autómata con una parte de verdugo y tres de víctima.

Y a las 14:12, con tres partes de verdugo, una de víctima y siete de rosas, Lorant entra a la casa.

– “Buenos días, Eva”

– “Hola, Lorant. ¿Todo bien en el trabajo?

Lorant piensa en cómo esa mujer puede hablarle antes de trabajo que de las rosas o que si quiera felicitarle el aniversario, y en medio de ese pensamiento, Eva quita las rosas de sus manos y las coloca en el jarrón de la mesa.

– “¿Ha pasado algo? ¿Por qué no respondes? ¿Qué tal el trabajo hoy, Lorant?”

Lorant, aún con el abrigo y ya sin rosas, piensa en cómo explicarla que hoy, como siempre, en el trabajo mal, muy mal. Que no es feliz, que el bedel le ignora, que no siente amigos, que es muy duro y que sólo lo aguanta para poder llevar costillas y rosas a casa y respetar a la mujer a la que no sabe amar. Sin dar tiempo a Lorant a responder que “el trabajo, bien, como siempre”, Eva pregunta ”¿Tienes mucho hambre o poco? Hay costillas”, y Lorant, que ya sabía que había costillas, dice “Poco hambre Eva. Poco hambre”. Eva se acerca y le besa la mejilla. “Feliz aniversario, ¿o no me lo ibas a decir?”

A las 14:26, Eva sirve las costillas, demasiado sosas y perfectamente reposadas. Comen con vino, apenas se hablan. “Yo cometí el error de casarme contigo”, piensa Lorant. “Sólo yo soy culpable de esta situación, sólo yo”. Eva mientras tanto piensa que el domingo cambia el tiempo, y que si Lorant quiere podrían visitar a sus hermanas.

–  “¿Demasiado comino, L?”

– “No, está perfecto Eva”, responde Lorant mientras piensa que “el comino es lo que necesito para que no me repita esta comida y todo lo que significa, pero se te ha vuelto a olvidar la cebolla. Ya te la pongo yo en forma de la lágrima que provoca a quien la parte, como tímido homenaje a Miguel y a su nana, Eva, si tú supieras…; no te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre”. Pero apenas dice: “Eva, gracias por la comida. Brindo por ti y espero poder hacerte feliz”

– “Ya ves, gracias dice….pero si las costillas….¡se hacen solas!

Eso le hace reír. Y con la risa, la sobremesa es un debate sobre cuando visitarán a sus hermanas, bajo los atentos designios del hombre del tiempo, sin más dramatismos ni penas. A las 16:03, salen del portal y cada uno toma su camino al trabajo. A las 16:06, Eva gira a la derecha, y él a la izquierda.

Dos minutos después, uno de ellos aún no había roto a llorar.

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