Camareros de mierda™

Como las meigas, Chema: haberlos, haylos. Hay camareros buenos y hay camareros de mierda. De hecho, hay más camareros de mierda™ que botellines en los bares de esta España nuestra. Los puedes reconocer por ese “¿Qué te pongo, chaval?”  que te espetan aunque rondes los cuarenta, peines canas y de ti ya hayan emergido vástagos, o por su “Voy en cuanto pueda, chicos”  non-petito y redundante con el que excusan la pésima gestión de su bar (ergo de su vida). Vamos a ver, ¿cómo que “chaval”? ¿Cómo que “chicos”?. Un buen camarero, Chema, es un agente doble que se debe encargar cada día de ampliar la distancia entre tú y él a través de sus palabras y de reducirla a través de sus actos. Una de cal y una de arena, con la barra como frontera física que delimita dos espacios que en realidad son el mismo. Como Matisse en su Ventana abierta, Collioure, pero con un foso lleno de cocodrilos en el medio.

Los camareros de mierda, Chema, suelen tener un especial magnetismo para atraer a su lado a cocineros de mierda (y viceversa). Si no lo tienes claro, Chema, fíjate en cómo recurren en cuanto tienen ocasión a llenar su barra con los cuatro jinetes del Apocalipsis culinario: la cebolla caramelizada, las reducciones de vinagre de Módena o de Pedro Ximénez, el foie -encima o debajo de lo que sea- y el rulo de queso de cabra. Es el póker de ases del extrarradio, es una oda al polígono, una carta de amor a Fuenlabrada, una égogla entre dos pastorcillas que llevan sushi al portal de Belén. Porque si los otros eran los ases, este es el verdadero joker de la baraja, Chema: el sushi es el nuevo melón con jamón.

Exquisiteces culinarias aparte, Chema, un camarero de mierda tiene otras particularidades; suele meterse en tus conversaciones, da su opinión sin que nadie se la haya pedido y además lo hace con más intensidad cuanto más contraria es a la tuya. Es en general maleducado, patoso. El otro día, uno de ellos, precisamente tu colega ese del instituto que dice que es bartender, me saludó con un: “¿Pero otra vez tú por aquí? ¿Es que no tienes casa?”, que fue como reggaeton para mis oídos. Confieso que tanta clase y profesionalidad me dejaron sin capacidad de respuesta, aunque me entraron unas ganas enormes de responderle que como siga así el que se va a quedar sin casa es él pero por impago. ¿A quién de los presentes le importa si he estado ayer o la semana pasada, chavalín? Remató con la mayor horterada posible: “¿Qué te pongo? ¿Lo de siempre, no?”. Vamos a ver, ¿pero qué te hace pensar que quiero que el resto del bar sepa qué es lo que suelo tomar, you Michelin Star? Eso es algo que debería quedar entre tú, yo y mi cuenta corriente. Estaba sembrado el mixologist. Deberían tener secreto profesional, cada día estoy más convencido de ello porque los mandamientos del camarero pueden resumirse en dos: en caso de dudas, cállate; y si vas a hablar, habla de modo que tu interlocutor de ultrabarra se sienta orgulloso de estar ahí y ahora.

El camarero de mierda cada vez más común, Chema, es el que hace gala de toda su creatividad para hacer todo lo que un ser humano puede llegar a hacer tras una barra antes de decidir que ha llegado el momento de servirte. Todo es más importante que tú. Cualquier cosa se antepone al cliente: yo he llegado a verlos secar la vajilla, limpiar las botellas, partir limones, naranjas y limas, rellenar hielos, limpiar cámaras, barrer la barra, atender a un proveedor, regular la música, cambiar el barril, ordenar los periódicos, cambiar el rollo de papel de la máquina registradora, dar cambio para tabaco tres veces, subir la calefacción y poner al día su whatsapp antes de arrancarse con ese “¿Qué te pongo, chaval?”, que la verdad, da ganas de decirle que no se agobie, que en el fondo no quieres nada, que estás en calidad de observador internacional, que es un verdadero placer saber por un día cómo se siente un fotógrafo de National Geographic ante un orangután de Sumatra.

En el fondo, Chemita, la culpa es nuestra por resignarnos con este fatalismo tan ibérico, heredado sin duda de los musulmanes (que de bares van flojos), pero es que como nos indignemos y hagamos nuestro 15M particular a base de vetar cada bar con camarero de mierda al grito de ¡No nos representan!, te aseguro que nuestra vida social va a verse aún mas resentida de lo que ya está de modo natural. Hay que crear defensas contra los camareros de mierda™, aceptémoslo cuanto antes. Sin camareros de mierda™ no hay paraíso de mierda™, Chema. Así que demos gracias cada día por los camareros que merecen la pena y que nos soportan a pesar de nuestra importante propensión a decir y hacer chorradas. ¿Qué sería de nosotros sin ellos, los camareros como Dios manda? Seríamos clientes de mierda™. Sobre todo tú, Chemita.

Anuncios