A tí que lo estás pasando mal

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Sólo venía a decirte que esto también pasará, tienes que creerme. Sé que te cuesta dormir, sé que no encuentras salida y sobre todo sé que no encuentras respuestas. Quizá no las estés buscando en el lugar adecuado o quizá el problema no sean las respuestas sino las preguntas en sí mismas. Igual da. Vengo para decirte que vas a salir de esta y antes de lo que te imaginas. Tú confía en mí. Cuando estamos mal, tendemos a anticipar el futuro como una mera prolongación del dolor presente, pero es apenas un error de nuestro cerebro. No es así, por eso tienes que confiar en mí en eso aunque no lo veas claro: vas a salir y reforzada.

El dolor es intrínsecamente humano y aparece en nuestra vida cíclicamente para recordarnos que estamos vivos y que –como tal- todo es dinamismo, todo está en cambio constante y que debes aprender a desapegarte y a necesitar cada vez menos; que no podemos evitar el sufrimiento de modo indefinido, te lo digo para que lo aprendas cuanto antes porque esta vez no será la última que sufras, pero ya estarás mejor preparada para gestionarlo. Tampoco es la primera; ciertamente, ya has salido de muchas antes. Y has salido gracias a la grandeza de tu voluntad, a la belleza de tus sueños y a que –unas veces mejor y otras peor- no has evitado ni postpuesto el duelo que trae consigo el caos. Es como una resaca después de una gran juerga: hay que pasarla como puedas, pero inexorablemente termina.

De nada sirve la culpa. Aquellos que nunca te han querido, nunca te perdonarán; aquellos que siempre te querremos, te vamos a perdonar siempre porque hemos decidido libremente pasar por este breve camino que es la vida ayudándote y recogiéndote cuando te caes. No me preguntes por qué, ya que no lo sé, pero sin duda hay algo dentro de mi que me lleva a hacerlo. La culpa, entonces, no le sirve de nada ni a unos ni a otros. “Me sirve a mi”, me responderás. Tú misma, pero entonces te daré el mejor consejo: comprender es perdonar y no te perdonarás hasta que consigas estar totalmente de acuerdo con la situación que estás atravesando, de modo cognitivo. Hasta que no puedas decir: “Estoy aquí por esto; en concreto por esto. Y esta situación, pese a ser dolorosa, es mucho mejor que la que tenía, porque seguir con la situación previa no sólo no habría evitado el dolor sino que me habría llevado a otra situación génesis de otro dolor mucho mayor. Este dolor es defensivo y gracias a este dolor no sentiré mucho más dolor después”. Imagina por un momento a dónde te habría llevado la alternativa real y a lo mejor acabas dando incluso las gracias.

Para esto es bueno que salgas del sentimiento negruzco que impregna el pozo y discrimines cual es exactamente el problema, a través de la razón y de la inteligencia, como si estuvieras fuera de la experiencia. Si lees a los grandes filósofos y pensadores (comienza por Marco Aurelio), tendrás un gran apoyo intelectual y por ello empezarás a entender el problema de modo conceptual y no sólo afectivo; y si te has equivocado, empezarás a comprender dónde te has equivocado exactamente. Si no posees ese apoyo conceptual, simplemente percibirás una experiencia abstracta que llenará de mugre todo en general, como consecuencia de no haber entendido nada en concreto. Y de verdad que hay muchas cosas dentro de ti muy limpias que no debes cubrir injustamente con ese velo general.

No sé si te has dado cuenta que el hecho de asumir como cierto que cumples el deseo de otro, implícitamente te condena a que sea verdad, porque al dar credibilidad a ese concepto, ya estarías cumpliendo el deseo del que te lo ha dicho de que así sea, aunque sea a partir de la negación del deseo de todo otro, para que así no se cumpla la profecía. La expectativa del observador influye en la realidad del laboratorio, y esto no lo digo yo sino la física cuántica. Olvídate de eso, por favor, no buscamos nunca más el aplauso de el otro pero tampoco buscamos su castigo para negar así su aplauso; cada cual está sumido en su particular dolor y no podemos hacer nada para que nos interpreten como deseamos ser interpretados; pero sí podemos estar a tu lado -si así lo deseas- mientras tú sola encuentras no sólo la salida sino también su llave.

Tengo la sensación de que en tu caso es un problema de perspectiva, de cómo te ves a ti misma, de quién te han hecho creer que eres. Yo sé quien eres porque yo sí recuerdo cómo eras cuando eras solamente tú, no hace tanto de esto. Intento en estos días recordártelo porque estarías perdida si sólo quisieras ser lo que ya eres. “Yo sé quien soy” implica decir “yo sé quien puedo ser”, y alude directamente a la felicidad que traerá consigo la imperiosa necesidad de realizarte al tomar posesión de tu “yo” único y nunca más alienable, pero verdadero. Felicidad, diversión, belleza, arte, alegría, entusiasmo, clarividencia, vida, sonrisa, pasión, cariño, ternura… Eso eres, o al menos, eso también lo eres. De allí arrancará tu sentido existencial: de tomar conciencia de ti. “Yo sé quién soy y sé qué puedo ser” (El Quijote, capítulo cinco), es saber quién quieres ser y presentirlo más que nunca en el dolor como catalizador de cara al futuro. La enseñanza de tu sangre te iluminará el camino. Amor fati.

Saltarás en los charcos otra vez cuando te enamores de verdad de quién eres y no de quien crees ser ahora. Y entonces, aunque nos de igual, enamorarás al mundo entero y serás muy feliz. Y nosotros seguiremos a tu lado a pesar de lo pesada que eres y de lo insufrible que te pones cuando todo te va sumamente bien. Eso es insoportable, créeme. Eso sí que es insoportable…

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