Meditación desapasionada

Decido apartarme de la vulgaridad de los problemas de mi tiempo. No me interesa nada que la sociedad pueda generar hoy, excepto parte de su arte. Desde que llamaron pensador a Stéphane Hessel, tampoco me interesan los pensadores. Al fin y al cabo, no ha nacido un filósofo después de Wittgenstein. El que más y el que menos de los que se llaman filósofos, se centra en aspectos prácticos de la vida, no en el conocimiento en sí mismo. Casi un siglo sin filosofía es mucho y se nos nota.

Reniego de la intrascendencia, de la mediocridad y de la inconsistencia de los problemas mundanos. Opto por no leer prensa, no oír radio, no ver debates, tertulias ni informativos. Disminuiré mi consumo de impactos de cualquier tipo. Sólo así podré intentar si quiera optar a ser un poco más libre, a ser un poco más yo, a ser un poco más, a ser un poco, a ser (..)

Rechazo ponerme avatares, lazos, pegatinas o distintivos amarillos, verdes, rojos o azules. No soy un antisistema, lo que hoy en día me convierte en underground ante las legiones de antisistema sistematizados y en fila. Si os viera Marx, le dejaría llorar en mi hombro. (Ni un marxista ha leido a Marx. Solo los no marxistas le respetamos)

No firmo manifiestos ni peticiones de cambio de ningún tipo. Me parece aceptable cómo está todo y más teniendo en cuenta la enorme posibilidad de que cualquier cambio sea a peor. No acudo a manifestaciones. No me quedo al networking. No me tomo la última: todas son la última hasta que se demuestre lo contrario. Y no opondré oposición si se demuestra. Fuera de la masa, del rebaño.

No pisaré un centro comercial. No iré a ninguna franquicia si puede ser evitado. No leeré todo, seré mucho más selectivo; como decía Nietzsche, “el conocimiento sin selección equivale al instinto sexual indiscriminado: signo de vulgaridad”. No leeré más Historia: sé que es mentira el presente que están escribiendo los cronistas de mi tiempo, a saber qué habrán hecho con el pasado. Si han convencido a mucha gente de que esta crisis es culpa de los políticos, pueden hacer lo que sea. Y colará, si empiezas a contar el libro por las conclusiones, cuela todo.

No educaré más contra mi instinto, solo educaré pensando en felicidad, independencia de pensamiento, autonomía, cosmopolitismo, protección, cariño, sensibilidad y refinamiento en todos los aspectos. El resto me da igual. No criaré obreros.

El presente no existe, el futuro no me produce mucha curiosidad. El pasado nos lo hemos cargado a base de interpretaciones. Tampoco temo a la muerte desde que entendí a los estoicos. Si lees a Marco Aurelio, no te hacen falta más evangelistas, creéme. Y sin evangelistas, no hay evangelio. Si eliges mensaje, encontrarás al mensajero. Si eliges consejero, ímplicitamente eliges consejo.

El Dios en el que no crees, no existe. No puedo ayudarte sin influirte; no puedo influirte sin convertirme en “el otro”. No puedo ser esa otredad sin asumir ser posteriormente objeto de tu destrucción cuando me culpes de tu deseo, por ser -según tú- mi deseo. No es justo, pero ES: ayudar te convertirá en culpable. Me limitaré a escuchar, a estar. Hablas porque te escucho. Eres porque soy aquí y ahora. Soy para que seas. Y si te das cuenta de esto, se cae el invento, como un castillo de naipes, porque comienza la transferencia. Como dice mi idolatrada hija, en un resumen brutal: “te quiero porque te miro”.

Me apeo de mi tiempo. No soy tu contemporáneo. Eterno retorno, si busco hacia atrás me sitúo en tu futuro, si es que llegas a reconocerlo cuando llegue, en el caso de que no haya llegado ya y no te hayas enterado.

Decido apartarme de la vida pública. Estoy, pero no estoy; me ves, pero me he ido. Cuando digo “Hola”, me estoy despidiendo. Cuando digo “Adiós”, en realidad enciendo el interruptor y me doy la bienvenida. El único exilio posible es en uno mismo. “Lo grande sólo actúa en lo grande: así el correo de antorchas de Agamenón únicamente salta de cumbre en cumbre” (Nietzsche one more time). Mejor correo de antorchas de cumbre en cumbre que correo de ardillas de gilipollas en gilipollas en esta ibérica desdicha.

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