Piezas perdidas (III)

HOXTON

Cuando llegamos a Londres buscamos una casa cerca de la tumba de William Blake y la conseguimos en Shoreditch, que es el desamparo. Cómo terminé escribiendo en el agujero mas inmundo de Bloomsbury es otra historia, lo importante ahora es que escribíamos en Shoreditch y que éramos felices intentado ser el esbozo de un intento de nosotros mismos, aunque Hoxton te quita la soberbia en cuanto pones la cabeza en la primera mesa de madera del Red Lion, como esperando una guillotina que al final no llega.

No teníamos problemas de dinero, pero pasábamos apuros cada día, si se puede llamar apuro a escribir en un bar caliente con cuenta abierta y cuatro personas a tu servicio: Oliver, Henry, Martha y una japonesa que me llevaba a Bunhill cuando libraba. Dedicar tu día libre a visitar un cementerio dice poco de ti, pero la verdad es que la japonesa no era lo que parecía. Yo no pruebo el sushi desde que me empaché y además la muy puta me hablaba de Daniel Defoe entre alaridos orientales que no soporto, pero me daba comida a buen precio, lo cual me convertía en un gigoló y a ella en una puta al cuadrado. Hay que tener clase hasta en la cama y ella estaba tan acostumbrada a servir que cuando se invertían los papeles, los perdía.

Aquella noche teníamos fiesta. Absorbido daba palmas para llamar la atención de todo el Red Lion mientras hacía gestos dalinianos y gritaba con un megáfono: “Señoras y caballeros….desde Madrid, España….¡¡los menos locos de todos ustedes!! ¡Por favor…arrodíllense conmigo ante Los Peores de La Raza!. Los locos entraron como entran los cabestros en la plaza de toros de Pamplona para rodear a la manada y llevarla de modo natural hacia el escenario, en el que en ese momento comenzaba su actuación unos extraños robots que tocaban secuencias pregrabadas y hablaban en morse. No quiero decir que unas personas disfrazadas de robots estuvieran en el escenario, como Daft Punk, sino que algún escultor se había tomado la molestia de esculpir tres figuras con un chip dentro de cada una y que, de modo coordinado, soltaban pistas justo en su momento y que juntas creaban una grandísima obra. La música era de Absorbido. Ese escultor se llamaba Pier y era un gilipollas de Bolonia. Hacía maniquíes por encargo mío, aunque aún no sabíamos muy bien para qué.

 

 

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