Los restos de Cervantes

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Si no queréis los restos de Cervantes, los compro yo. Ciento cuarenta mil euros han costado los trabajos, la mitad de uno de esos pisos de mierda por los que suspira media España. Yo lo asumo, chavales, no pasa nada. Vosotros a lo vuestro. Os puede el rencor, la envidia, la estupidez y el ridículo. La única pena que tengo es no haber tenido un ataque de dignidad suficiente como para haber gastado no ciento cuarenta mil sino ciento cuarenta millones y realizar una semana de fiesta, una cumbre mundial, un encuentro transatlántico de corales  y comenzar a demoler lo que haya que demoler para crear una basílica en su honor en el centro de Madrid, de Alcalá, de Sevilla, de Valladolid, de Tánger, de Lepanto, de Nápoles y de cualquier agujero en el que fuera maltratado en vida, para poder así pedir perdón y peregrinar en silencio a acompañar su memoria, sus huesos, su pútrida carne muerta, sus ropas sucias de viejo abandonado a su suerte.

Los restos de Cervantes, dicen, como si los restos fueran despojos, sobras, padrastros. Los restos de Cervantes no son huesos. Los restos de Cervantes son reliquias, tesoros más brillantes que las joyas, sábanas más santas que las santas, en esas células muertas está el recuerdo de la mayor obra de la historia, en ese ADN vibra el gran héroe, en ese ataúd late nuestro corazón, en ese suelo fosado respira una lengua entera. Si pudiéramos arreglar este desastre, aventurero de la decepción, errante por tanto errar, vagabundo del fracaso, soñador de Quijotes y de perros parlantes, rostro aguileño, mirada triunfal… La triste figura es tu recuerdo, pero no hagas caso de esta panda de mezquinos. Son Sanchos, nada más. No entenderán que haya que desempolvar la lanza, lustrar el yelmo de Mambrino y salir a combatir la estupidez allá donde se encuentre. No les encontraremos leyendo, de eso estoy seguro.

La cultura de verdad necesita de un esfuerzo previo, de un estudio y de una preparación para poder entenderla, disfrutarla, paladearla, mirarla y hoy muchos han salido del armario. Esto no es una cuestión de accesibilidad, sino de ganas, de esfuerzo, de trabajo, de tiempo. Por eso jamás entenderán que hoy debería ser instaurada una nueva fiesta nacional. Porque su pereza mental les inhibe de la alta cultura, de la cultura de verdad, de la Cultura con mayúscula. De ti que tuviste que perderlo todo, fracasar de todo y abandonarlo todo para parir ya con sesenta, a Nuestro Señor Don Quijote. El batallón unamuniano está preparado.

Decía Octavio Paz que “con Cervantes comienza la crítica de los absolutos: comienza la libertad”. Se nota por qué España te dio la espalda entonces y te la da hoy. Quiero creer que sabremos mandarles al infierno para alejarles de ti, oh gran perdedor, oh manco eterno, asesino de Ezpeletas, maestro de maestros, soñador de Dulcineas, azote de curas, barberos, bachilleres, sufridor de envidias, pobrezas y todo el pantonario de incomprensiones. Estos restos suman. Tu lectura quita más hambre que los ciento cuarenta mil. Pero eso, muchos jamás lo entenderán. Descansa por fin en paz, príncipe de los sueños, padre de Genio, rey de Castilla. Descansa, maestro, que ya llegamos.

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