Balada de jueves por la noche

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No podría cenar contigo mientras vemos la tele, no puedo verte con una de esas ensaladas inmensas como de hervíboro ni aguanto el calor tercermundista que persigues. No podría soportar otro capítulo de una de esas series americanas de médicos que tanto te gustan. No podría verte de reojo mirar el móvil mientras te escribo un poema sorpresa que, por cierto, luego nunca te gusta especialmente. No podría soportar tu practicidad excesiva, tu moral de supermercado, tu frivolidad sin límites, tu lirismo paleolítico.

No podría soportar comer de nuevo con tu hermana y el imbécil de su marido, no podría asistir a un solo selfie grupal más, no aguanto tu higiene excesiva, tu enfermiza agorafobia, tus cambios hormonales, el sonido de la báscula al amanecer, el descorazonador pitido del microondas de la leche desnatada ni las infusiones de cola de caballo. No sabría donde meter tu colección de bolsas de tiendas pijas, no quiero que te comas mi postre, que tires el dinero en cursos de yoga, que ahorres a escondidas, que nunca leas lo que escribo aunque finjas hacerlo.

Que seas multiorgásmica es incompatible con mis horarios y lo sabes, no podría aguantar un solo verano más de lino, playa y sandía, no aguanto que decidas tu voto el mismo día de las elecciones, no podría sentir de nuevo el sabor a fracaso del Lambrusco, detesto tu tendencia al champán rosado y a los tangas negros, no aguanto que te rías de Battiato, no sé qué son los ciclos cortos ni lo quiero aprender y odio tu libro de Benedetti.

Sin embargo, hubo un día -hace no tanto- en el que me dijiste que me querías con los ojos entreabiertos, achinados, como a punto de llorar porque te daba un poco de vergüenza, mientras te ocultabas detrás de una cerveza que rodeabas con las dos manos para que nadie te la quitara y sonreías levemente con un aire cinematográfico ciertamente elegante que me despistó. Recuerdo que un rayo de luz entraba por la ventana en una trayectoria perfecta que moría en tu pómulo. Luego te pusiste la mano en la barbilla y veía en primer plano el anillo que te traje de Palma y que has perdido aunque creas que no me he dado cuenta. Recuerdo tu olor de aquellos días, ayer sin ir más lejos olí de nuevo ese perfume por la calle y me quedé como un gilipollas olfateando con los ojos cerrados como un pastor belga porque me acordé de esos tiempos en los que yo aún no detestaba cenar contigo mientras veíamos la tele, ni verte con esas ensaladas inmensas como de hervíboro ni ese calor tercermundista que persigues.

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