Los artistas de la nada

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La visión del artista como un ser infantil y caprichoso, con accesos de ira, es erróneo. Un artista es el que sabe más, ha visto más, ha pensado más, ha viajado más y trabaja más que el resto, un artesano. Lo otro es solamente una idea retrógrada heredada del XIX. Cuanto más me atraía el arte más antipatía me producían los artistas, probablemente por el despecho y el resentimiento de no ser jamás considerado por ellos. Lo mismo me pasaba con el amor y por el mismo motivo. Me sobraba todo amor que no fuera el último y el primero. El primero porque era eterno y el último porque fingíamos que iba a serlo.

Nosotros éramos gente desesperada que no respetaba prestigio, costumbres ni objetivos. Solo el talento. No queríamos dejarnos ver, no queríamos nada en la vida, los camareros nos echaban de los bares, los editores de los sellos y las mujeres de sus vidas, lo cual aprovechábamos para volver al arte de nuevo, volver al arte para destrozarlo con esa fortuna que tiene el talento para abrirse paso entre la niebla. El aire altivo de aquella gente desesperada estaba lleno de honradez.

Encontrábamos todo despreciable, pero el mayor desprecio era hacia el resto, hacia los que no escribían o -aún peor- hacia los que escribían para agradar a sus novias. En el caso de los músicos, ese desprecio se elevaba a todo excepto a ellos mismos. Sin embargo, entre tanto desencanto, sentíamos un orgullo de pertenencia a ese privilegiado club de artistas de la nada en el cual, cuando entraba algún miembro nuevo, lo hacía por derecho, sin pedir permiso. Un artista de la nada reconoce su hogar por el olor.

Habíamos roto con todo porque jamás pudimos romper lo que en realidad queríamos romper: nuestra propia identidad. Por eso, nunca fuimos al arte a lucirnos, ni a encontrar nada. Tampoco fuimos a dar o a recibir placer; nosotros fuimos al arte a morir. Sabíamos que la única vida es la artística, la literaria, el resto no tiene la más mínima importancia, todo tiene fecha de caducidad, sobra todo lo que sucede de nueve a cinco, sobra todo lo que pasa de lunes a jueves, sobra todo excepto pasear por la noche de Roma, excesivamente despacio, de la mano de una mujer que hable poco. El silencio es el mayor compromiso, si no el único, porque te conecta contigo mismo. Pasear por esa misma plaza, Campo di Fiori, en el mismo otoño, sobre la misma lluvia, siguiendo el olor de ese perfume prodigioso y trágico en el reflejo de un charco. El recuerdo es la única patria. La ensoñación es el destino.

Tener retos es de deportistas y de macarras. Yo no soportaba el carácter de los deportistas, esa obsesión por ganar a otros, por la victoria, por los laureles, por ser el mejor con la pelota, como hámsters en la ruedecita, como zanahorias para otros caballos. El carácter de un deportista y el de un artistas son antagónicos. Un artista, o al menos un artista que me interese, debe abandonar toda idea de éxito, de victoria, de laureles y de medallas y debe aspirar a entenderse, a encontrarse, a olvidarse del resto, del otro, de todo otro, ya sean músicos, escritores, lectores o críticos para simplemente encontrar su tono y dejarlo salir. Es decir, lo contrario que el deporte. Llegué a imaginarme a mi mismo escribiendo como un ciervo en plena berrea o como un pavo real haciendo exhibición del plumaje con un libro en la mano en el preciso momento en el que comienza la primavera.

Pero la música se había convertido en un mar de fondo que servía básicamente para distraer y divertir, por lo que el músico abandonó su papel de creador para convertirse en un bufón en diferido, que alegraba y distraía al personal a través de otros, de los sacerdotes del rebaño sacrificado: los DJ. No importaban los conceptos ni los creadores, en este nuevo mundo solo servía la reproducción infinita de los mismos sonidos prefabricados por otros, a través de las manos del pastor. Está claro que el arte no tenía cabida en la nueva industria porque la utilidad real de un producto se averigua cuando llega otro sustitutivo y nos enteramos de para para qué servía realmente. Así, desde la llegada de los smartphones,  nos enteramos que la literatura tampoco era un arte en si mismo sino una manera de pasar el rato. Estábamos para divertir con tramas artificialmente complejas, buscando puntos de giro y sorpresas para señores aburridos de ver la tele o para mujeres aburridas de esos señores. El libro es un escudo contra la conversación, como lo es el smartphone. Ya nadie lee. La industria cultural es ya la del entretenimiento. No hay consumidores de cultura, solo gente aburrida.

Para que haya creación tiene que darse una dupla fundamental: un artista en cada lado, uno creando para el otro y el otro creando también para interpretar al primero a través de sus capacidades, de su experiencia y de sus vivencias. Es el ojo del receptor el que hace artista al artista. No hay asistentes a conciertos ni lectores: solo artistas interpretándose unos a otros y nosotros no estábamos para distraer ni para entretener. Éramos arte y teníamos todas las de perder. Fuimos solo un pasatiempo. No se como no lo vimos venir.

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