El espíritu de Qiang

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A una exposición solo se puede ir sin compañía porque el progreso no es lineal y no hay nadie que vaya exactamente al mismo ritmo que tú; unos muy lentos, otros demasiado rápidos, unos hablan mucho, otros demasiado poco. Hay incluso quien no lee las cartelas y yo he llegado a ver exposiciones enteras sin mirar un solo cuadro, leyendo de cartela en cartela y asistiendo a una gran novela en un formato revolucionario, un monólogo de pistas. A veces los cuadros solo son ilustraciones para lo verdaderamente importante: ese trocito de cartón pluma blanco donde pone Oil on Canvas.

Aunque en realidad, y para ser honesto, he de decir que a todas las exposiciones voy contigo, que ejerces de guía interior, de crítica, de maestra y de musa. Todas las expos, así, las visito a través de tus ojos tristes. Es curioso que, mientras eso sucede, tú veas el mundo a través de los delirios de tu postovulación. Creo que a veces soy más tú que tú.

En realidad viendo a Qiang lo que sentí fueron unas tremendas ganas de cerrar El Prado y follar en el suelo como si el mundo fuera a terminar mañana. La obra de Cai Guo-Qiang es una belleza sobrecogedora, un concepto emocionante, un temblor metafísico en el corazón, como el bajo de una orquesta pero retumbando en los lagrimales. No podría explicar en estas líneas cómo hacer arte con la física, cómo mostrar la belleza de una ecuación, cómo la materia se transmuta en energía a través de una deflagración que revienta todo por dentro, cómo antes del arte y mucho antes del artista estaba ya todo. Como dice Qiang en el brillante documental de Coixet que cierra la exposición (o la abre, porque después de verlo tuve que desandar mis pasos y empezar de nuevo), “nadie creó nada, porque desde el principio ya estaba la energía”. Ya estaba Dios. Es imposible entender la física y no creer en Dios. Es imposible creer en Dios y no en el Arte.Los ateos son niños que ponen barbas blancas a los conceptos complejos.

Luego me quedé absorto pensando que si desde el principio estaba todo, también estabas tú.

Una piedra entre el lienzo y la pólvora para quemarlo todo e invocar el espíritu del arte. Eché de menos unas piedras con símbolos chinos en la tienda, habría comprado una docena para quemar tu espíritu, para constreñir la energía que surge entre dos explosiones, la del fuego y la del artista intentado controlar la pólvora. Como si se pudiera. Un artista es un niño, una personalidad límite. La sociedad es esa piedra. Con Qiang, el artista se pone arriba, abajo y en el medio de la obra. ¡Qué idea tan exquisita! ¿Cómo no lo hemos visto antes?

Los que no somos artistas también tenemos corazón y nuestro corazón late en estas salas. Qiang lo revienta todo. Hay quien dice que es la primera vez que un artista vivo expone en El Prado. No han entendido nada. Qiang es solo un médium para la ultima expo de El Greco, de Veláquez, de los dueños de El Prado dando un golpe de estado en el Reina, de los maestros convertidos en artistas contemporáneos gracias a la tensión creadora de este genio loco. Pocas veces me he sentido tan pequeño y tan grande a la vez, y es que creo que entender a Qiang es amar al ser humano. Excluyéndote a ti.

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