Optimismo radical

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Yo solo sé vivir bajo un optimismo radical, me encanta vivir en un delirio, me imagino a mí mismo como alguien importante, con un bigote arrogante, que viaja con bombín y sale de un vagón humeante con inapelable pero contenida sonrisa puritana. Me encanta vivir como un esteta adorando capiteles neoclásicos, arias de Verdi y actuando como si fuera parte de esa burguesía ilustrada que en España jamás existió.

Me siento obligado a visitar Oxford sin guía, como si me lo conociera al dedillo, como fingiendo haber estudiado allí y, así, saludo a las pasteleras de Patisserie Valerie con tanta complicidad como distancia, pidiendo sponge cake con la naturalidad de quien conoce cada sponge cake en Oxfordshire pero con la frialdad del viejo que se ha escapado de la casona familiar y anda de incógnito por High Street a ver si sorprende a su hija y le regala unas lilas por sorpresa. Adoro extremar los modales porque son esos modales los que hacen al ser humano; la educación forja a la persona y nos libra del salvajismo. La maldad se reboza en el estiércol.

Manners makyth man y no es la cuna, el apellido o el dinero lo que define a una persona, sino su comportamiento con los demás. Y eso lo decides tú.

Por eso hay que vivir mezclando la humildad con la euforia, que es algo así como rezar el rosario puesto de éxtasis. La euforia del que sabe que al final todo va a salir bien -¿o acaso al final no sale siempre todo bien?- pero con la humildad del que ha de fingir cierta incertidumbre para no resultar insoportable. Es Dios quien llama, y a mí me llamó a pedradas. Vivir con fe es poner cara de poker con cuatro ases en la mano…cada mano.

Cuando vives así, cuando te embarga el optimismo radical, tomas de una vez para siempre las riendas de tu destino y aceptas la plena responsabilidad de tus actos. Es como ser millonario de sexta generación, como caminar despacito con esa sonrisa que te sale cuando imaginas que tu cara es la de Brad Pitt. Un amigo me dijo que para ser atractivo solo hay que actuar como si fueras atractivo, y oye, resulta que para ser feliz también sirve la misma idea. Así, sonrío como imitando a Don Draper y camino muy despacito por este Oxford interior, como Rafael de Paula por la Quinta Avenida, parando a probar el gravy que han hecho hoy en The Chequers y sabiéndome heredero directo de los hijos de la Ilustración.

¿Cómo no va a ser uno optimista sabiéndose vivo e hijo de Dios? Yo miro mis piernas, mis brazos, las gotas de lluvia en la cara, toco estas cincuenta libras que me quedan y entonces entro en una biblioteca decimonónica a leer un Asterix con monóculo, extremando mi cara de serio, con ceño fruncido. O me imagino que no tengo hambre y subo al estudio a terminar de escribir alguna chorrada como esta mientras la radio me acompaña en noches tan oscuras y solitarias.

Todo va a salir bien -¿acaso hay otra posibilidad?- porque tengo el joker y porque así lo he decidido. Y puedo pasear por Oxford cuando me de la gana porque nadie me lo impide, porque cumplo mi parte del trato y lo hago fundando una estirpe, generando una manera de hacer las cosas, creando tradiciones cada cinco minutos, actuando con esta sonrisa y enviando cada noche este optimismo límbico hasta tu regazo, a ver si llega algo. Hasta que se te impregne en el estilo, hasta que pongas los ojos un poco achinados cuando sonrías, hasta que rehuyas cada franquicia, cada fiesta cool, cada mujer que grita, cada hombre que llora, cada terraza de verano y vivas cada día creyéndote atractiva, buena, ganadora y -sobre todo- heredera de una estirpe secreta que hasta que llegaste, habitaba únicamente yo. Mira si mi optimismo es generoso.

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