Margaritas a los cerdos

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No puede captar la belleza quien no puede descifrarla. La belleza nunca es evidente y rara vez viene haciendo señales. No, la belleza no viene avisando, la verdadera belleza vive oculta, provocando desde el misterio y esperando para ser descubierta.

Pero descifrar la belleza presupone talento. No todos lo tienen y, tristemente, son precisamente aquellos que no lo tienen los encargados de encontrarlo y pagarlo, por lo que caminamos por la vida enseñando los planos con los que ser descubiertos, el diccionario con el que ser interpretados, profanando la llama trémula al convertirla en fuego de artificio.

Es un error dar pábulo al mediocre, pero la exquisita educación nos dirige inevitablemente a alimentar cochinos. Al mal le encanta rebozarse en estiércol, pero sería un error convertirse en heces solo para facilitarles el entendimiento, solo para ser fácilmente descifrados por su menguada capacidad de compra. Porque -suele pasar-, pasado un tiempo, los que te obligan a ponerte al nivel del suelo, te echarán en cara tu olor a fango. Que prueben ellos a crecer.

El nivel exigido es moral y antes vivir con un fantasma y pasear de su mano por jardines interiores que ser pastor de cerdos. La altura de la belleza es la altura de los sueños y los gruñidos de los puercos no nos dejan soñar. Corremos el riesgo de bajar tanto el nivel que un día nos olvidemos de dónde venimos en realidad o quienes somos.

Asistid impávidos al espectáculo. Mientras sacian el deseo de su cuerpo, vacían el de su corazón, hasta vaciarlo de todo, muy al gusto porcino. Es el hilo de los tiempos, vaciarse del todo para ser pluma que cae del cielo al suelo dando vueltas, cuando se trata de hacer el viaje inverso y del modo contrario. Escribo esto hoy aunque sea torpemente, aunque sea con las manos gastadas y el corazón de rodillas, pero lo seguiré escribiendo mientras se rían de mi los buscadores de belleza y tú eches margaritas a los cerdos.

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