Alegrías por Bulerías

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Solo seremos felices mientras tengamos un motivo por el que luchar. Estamos pensados para eso; nuestro diseñador, nuestro creador nos ha llevado a un camino, a una evolución a través de la cual hemos adquirido una forma concreta de existencia, y esa forma -esta forma-, no persigue otro objetivo que mantenerse vivo, no tiene otra finalidad que existir, que seguir siendo. Todo el sistema que llamamos persona no es más un cúmulo de componentes y procesos orientados a la lucha, al combate. A la victoria.

Para poder luchar necesitamos la falta, necesitamos una carencia, un vacío que actúe como catalizador de un deseo que preceda a esa lucha. Esa falta, por lo tanto, es buena y necesaria porque sin ella es imposible actuar al no existir un motivo que te lleve a ello. Luego la falta te lleva al motivo y el motivo te lleva a la acción. La acción te llevará a la felicidad.

El problema surge cuando te quedas sin motivo, cuando ya no hay falta y por lo tanto no hay deseo, porque ahí el sistema se cae. Podemos darlo todas las vueltas que queramos, pero en realidad solo hay una falta real y por lo tanto un deseo y un motivo y ese no es otro que el amor, el verdadero amor, el amor absoluto. Pero la cosa se complica ya que podemos caer en el error de pensar que ya está, que el amor es el final, que el amor moverá un deseo previo y que a su vez eso llenará la falta. Lamentablemente no es así ya que, una vez conseguido el amor, el sistema cae y sin lucha no hay paraíso.

Solo hay una manera de proseguir el combate, de mantenerse en guardia, solo hay un modo de continuar en lucha y de poner a cada célula en pie de guerra y es la persecución apasionada del amor imposible, del amor inacabable, del amor que no puede finalizar porque no ha empezado, porque es eterno, la batalla del amor sin objeto, del amor hacia todo y hacia todos, del amor infinito o, dicho de otro modo, la consciencia del amor de Dios.

Si eres consciente del amor de Dios, tratarás de cumplir su voluntad. Lo verdaderamente increíble ocurre cuando eres consciente de que para cumplir su voluntad no hay más que abrir los ojos y mirar alrededor. En efecto, ya estás cumpliendo su voluntad porque no hay otra posibilidad que la perfección. Vivir esta vida es su voluntad así que sonríe y sigue, deja de buscar y encuéntrate. Vivir en último término, no es solo un acto de amor, sino un acto de fe, quizá el único.

Encontrarás así sentido a tu dolor y esa falta, esa carencia, ese vacío se convertirá en el único camino posible hacia la felicidad real. Y entonces sospecharás que todo tiene sentido y comprenderás por qué me río a carcajadas cada vez que me despierto y me sé vivo. Quizá no haya mayor arrogancia que la tristeza y es que, antes o después -te pongas como te pongas-, va a dejar de llover y vas a sonreír al saberte bella en una mañana de primavera como pudiera ser esta misma

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