Hoy torea Morante

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Todos nacemos Morante en potencia. Luego algunos conseguimos salvarnos. José Antonio, no. José Antonio se condenó y se sigue condenando cada tarde al arte, vía aislamiento. En realidad no hay otra vía que esa, la dolorosa, porque el arte es aislamiento y al aislamiento no te mandan, al aislamiento se llega por decisión propia, como a un destierro voluntario, como a un exilio autoinfringido, como unas vacaciones en una huida de todo que en realidad es solo un sueño de llegar a ti.

El aislamiento es la única salida digna que surge ante la imposibilidad de hacer algo contrario a lo que se quiere, algo contrario al arte de uno, esto es, ante la imposibilidad absoluta de hacer concesiones con tu vida. La mayor arrogancia es ser tú mismo, y paradójicamente no hay nada más humilde que no fingir. Por eso no se puede dejar de ser para simular. No se pueden hacer concesiones jamás. No se puede aparcar la verdad para agradar, no hay relativismo en la pureza, no hay excepciones en la hondura, no valen canas al aire con Dios.

Vivir -torear- para los demás es ser un esclavo y cada oreja se convierte en una cadena que te ata a ellos. Torear-vivir- para los demás te aleja de ti mismo y te acerca a otra cosa, no sé si al circo, no sé si al teatro, pero definitivamente no al toreo. La tauromaquia de Morante, como su personalidad, hay que entenderla en su entorno, en el calor asfixiante de La Puebla, en ese olor pesado a flores y a marisma. Y el artista Morante es día a día receptáculo de ello, de lo que le circunda, de cosas externas que él transforma en la plaza en arte por la vía fatal. Sin fatalidad no hay arte, sin oscuridad no hay belleza, sin muñecas rotas de tragedia esto sería Eurovisión.

No existe producción hasta que uno no tiene necesidad de decir y de transformar lo que le rodea en otra cosa. Y ese camino se recorre solo, inexorablemente solo, terriblemente libre. Pero, aún así, lo bueno de Morante, y aquello que le hace único es que en esa soledad en la que se encuentra, te encuentras tú con él, nos encontramos todos, toreamos en paralelo, trazamos verónicas superpuestas, clavamos el mentón al pecho, bajamos las manos, soñamos embestidas y lidiamos juntos. Yo toreo contigo, José, y mi corazón va cosido a su capote, que diría Sabina, porque tú no eres ya un torero, no eres ya una persona (esa se queda en La Puebla), tú eres un estilo, una creencia, una forma de ser y de estar, así en el mundo como en la plaza. Honestidad, verdad, pureza, canon, liturgia. Y cada silbido de los necios es un aplauso de Dios. Cada aplauso de los necios, un silbido que tu sangre murmura en ti.

El arte es la belleza humana pasada por el tamiz de lo intelectual. Todo toreo que no nos incita a esto es nulo. No es, por lo tanto, exigible a todos. La verónica la da el que sabe y la entiende el que puede y yo quiero verte triunfar sin aplausos huecos, quiero verte abreviar para no engañar a la gente haciendo faena a toros que no la tienen, porque en ti triunfo yo, mi aislamiento, la verdad que defiendo, la pureza de triunfar en secreto, la música callada de Bergamín. No estamos para divertir a nadie. No te pagan para pasar un buen rato. Al revés: les cobramos para dejarles estar cerca.

No hay nada mejor que volver de un lugar del que no te has ido, pero de esto aún no se han enterado. Te fuiste mucho antes de decir adiós. Te habías ido mucho antes, presa del hastío, del aburrimiento y la incomprensión. Ayer en Jerez volviste, pero aun no habías llegado. Hoy reventamos el Paseo de Zorrilla, maestro. Mira, acaba de venir una golondrina a decirme que ya has llegado. ¡Qué escena! ¡Que alguien lo pinte! ¡Que lo pinte alguien!

 

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