Pedro Navaja

pedro navaja

Beber por la noche y llegar a la presidencia a través de una moción de censura tienen ciertos aspectos en común. Uno de ellos es la nocturnidad; otro la vulgaridad. Las elecciones se ganan con la elegancia que dan las urnas y lo cool es beber a la luz del día, llegando a casa con el ABC bajo el brazo mientras tus vecinos sacan la basura, que es el deporte de riesgo de la gente civilizada. Seguro que Pedro Pozuelo lo hizo más de una vez.

Pedro Moncloa, en cambio, no tiene vecinos y ya no puede disfrutar de esa sensación, pero sin embargo puede acariciar al perro presidencial -no me refiero a Iván Redondo- sin ni si quiera tener que recoger sus heces. Pedro es uno y trino, y falta aún el tercero de ellos, que es Pedro Navaja -chándal, running y cámaras mediante- impostando esa manera de andar a cámara lenta, segurísima, con una cadencia de caderas pesada y plomiza, a 33 revoluciones, típica de cubano de Miami, como intentando ser sexy. Media sonrisa falsa y media mirada perdida clavada al suelo, dando por hecho que no le importa nada de lo que los demás puedan decirle. Tú lo sabes todo, Pedro; tú marcas el camino y el ritmo, el resto te siguen y se adaptan. Es el tumbao que tienen los guapos al caminar. Es la socialdemocracia 3.0, el populismo manirroto, una coral cantando una nana a la hiperglucemia en un salón de belleza.

Pedro Moncloa camina por sus dominios como los niños por los buffet libres de los hoteles de la Costa Brava, acaparando cosas que no les apetecen por el mero hecho de que pueden hacerlo. Imagino a Pedro Moncloa abusando de peticiones al servicio para que vean quien manda ahora, pero subrayando la humildad de lo solicitado, para no parecer un sindicalista de UGT. Así, en lugar de marisco, pavo; en lugar de zumo, agua del grifo con hielo; en lugar de recortes, gastazo sociademócrata. Luego, ya en Pedro Navaja, repasa el periódico con su jefe de prensa con un negroni, acompaña el almuerzo con un primer ministro con Jerez y merienda un par de boulervardier con Pablo e Irene. Cuando acaba la jornada laboral, Pedro Pozuelo bebe Mahou a morro, saca la chupa marrón, las manos siempre en los bolsillos de su gabán pa’ que no sepan en cuál de ellas lleva el puñal.

El anterior inquilino está ahora en Santa Pola. El idiota ha renunciado a su asignación como expresidente, a su sueldo como parlamentario y a su aforamiento. El muy gallego tampoco ha cogido si quiera la puerta giratoria como salida, no; ha optado por hacer un Gerardo Iglesias, que volvió a la mina tras dejar de ser secretario general del Partido Comunista. El anterior inquilino, por cierto, no cambió ni un mueble de los que dejó Sonsoles. Pedro Moncloa es lo primero que ha hecho, no vaya alguien a confundir el aire fresco de la socialdemocracia con el olor a soso del regeneracionismo de derechas. En ese papel de florista, Pedro Pozuelo quiso “convocar elecciones cuanto antes”, pero Pedro Moncloa ha decidido que no, que prefiere el aroma a lavanda de la caja registradora que el carca olor de la palabra dada. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios.

Pedro Pozuelo se veía dentro de un Delacroix, guiando al Pueblo a la dignidad post Gürtel. A Pedro Moncloa eso le importa poco y prefiere guiar a sus cargos, como Dorothy, contando las flores amarillas que surgen en los márgenes de la moqueta. Pedro Navaja se prepara para la siguiente traición, sabedor que “cuando lo manda el destino, no lo cambia ni el más bravo, si naciste pa martillo, del cielo te caen los clavos”. Pedro perderá las elecciones generales, intentará usar sus escasísimas luces para gobernar de nuevo -esta vez a propuesta del Rey, que viste más-, sabedor que nada une mas que el calorcillo del pesebre. Pero Iglesias (Pablo, no Gerardo) no es tan imbécil y esta vez no tragará, de modo que su partido se lo cargará de nuevo y esta vez Pedro ya no luchará. Ya tiene lo que quería; la pensión de ex presidente, el puesto en el Consejo de Estado y cuatro años de sueldo como parlamentario. Suficiente para él, que nunca imaginó de la vida ni la mitad de todo lo que la vida le ha dado. Pedro Moncloa, entonces, agarrará a Pedro Pozuelo por el hombro y le llevará a hacer algo de su estilo, como cantar “Chiquilla” con una orquesta en los veranos de la sierra. Pedro Navaja los mirará absorto encogiendo los hombros, encendiendo un cigarro y abandonando la escena a lo lejos en un plano fijo tipo Kung Fu. Siempre se olió el final de la historia. Algo le dice que el que a hierro mata, a hierro termina.

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