Sonrojar estatuas

colon

Empieza a ser tradición que por estas fechas tengamos que escribir acerca de incidentes relacionados con la figura de Colón en nuestra ciudad. Si el año pasado se le acusaba de violador y genocida, en esta ocasión se le acusa de fascista. A mi me gustaría saber qué hay dentro de esas cabecitas que acusan a Colón de sostener una ideología que solo surgiría cuatro o cinco siglos después de él y que, entre otros aspectos, defiende un cierto ensimismamiento nacionalista frente al proto internacionalismo que podría perfectamente encarnar el Almirante, que si algo quiso fue precisamente explorarlo todo, conocerlo todo. También se tacha de españolista -como si eso fuera un insulto- a un genovés que no solo no llegó a conocer España como realidad política, sino que, en todo caso, sirvió a la Corona de Castilla. Por ello parece ridículo que se enfunden de castellanismo quienes intenten poner en entredicho la gran obra de Castilla, que no es otra que España y la Hispanidad; al renunciar a la universalidad de la obra de Castilla se está defendiendo, paradójicamente, una cerrazón de fronteras y de entendederas que recuerda bastante más al fascismo que a sus múltiples némesis. Lo contrario de fascismo no es antifascismo.

He tomado la molestia de leer el comunicado de la organización que reivindica el vandalismo; del mismo, lo que más me ofende no su postura moral sino la intelectual. Prefiero a un malo que a un tonto, si es que -como decía Unamuno- ambas cosas no fueran en realidad la misma. Destacable el párrafo que afirma que el pueblo castellano, subyugado por España, ha de pretender una ‘liberación de género, nacional y de clase’, ya que España no es sino un ‘instrumento del régimen para asentar el capitalismo’ así como para ‘maltratar a otros pueblos’. No voy a entrar a rebatir el comunicado. Insto a su autor o autora a leer, como cura al exabrupto. Que estudien, que se empapen bien de la historia de nuestro pueblo, que se acerquen al Humanismo castellano, a la Escuela de Salamanca, al iusnaturalismo, a Bartolomé de las Casas y al testamento de Isabel la Católica. Y de paso, que se lean los discursos de Franco, para que se enteren que, si en algo se parecen el fascismo y estos grupos de extrema izquierda es precisamente en su rechazo frontal al capitalismo, ergo a la libertad. Y que no hagan el ridículo contraponiendo a Colón con una revuelta comunera que no llegó ni a vislumbrar. Pero, insisto, como no hay por dónde cogerlo, tampoco merecen ser rebatidos.

Pero sí que quiero decir que siento la vergüenza ajena en niveles tóxicos por tener que explicar a mi hija que en nuestra ciudad, en la que vivió y murió Colón, en la que se apostó definitivamente por él, en la que se casó la reina Isabel que sería su gran valedora; que la ciudad que cambió de modo definitivo el modo de ver al hombre, en la que tuvo lugar esa ‘Controversia de Valladolid’ que fue germen de los derechos humanos y que es símbolo eterno de un Castilla universal y predominante en la península y en todo el planeta; que en esa ciudad, que no es otra que la nuestra, tengamos que aguantar que la sinrazón se sirva de Castilla para manchar de rojo no solo una estatua sino las mejillas avergonzadas de todo un pueblo.

(Esta columna fue publicada originalmente el 15 de octubre de 2019 en El Norte de Castilla. Click aquí)

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