relevos

Tengo en casa un libro escrito por un antepasado. Se titula ‘El batallón de Guernica” y constituye el diario de batalla de un militar en las guerras carlistas entre 1873 y 1876. Leerle supone poner cara a mi sangre y estructurar con carne y hueso la abstracción que aglutinamos bajo esa generalidad llamada “antepasados”. Aparte del indudable valor histórico, el libro me ayudó a entender que mis antepasados fueron personas como yo, no personajes de un libro. Eso, a su vez, ayuda mucho a no decir según qué gilipolleces sobre el pasado y el progreso, como si todo lo anterior fuera un nido de bárbaros y todos aquellos a los que debes tu propia existencia fueran apenas literatura fantástica, como Frodo o Ulises. No es así, esto es una carrera de relevos y el testigo lo tienes tú. Para llegar hasta aquí han tenido que correr miles y miles de personas antes y, visto lo visto, lo hicieron bien puesto que con que solo uno de esos hubiera fallado y hubiera muerto antes de reproducirse, tú no estarías aquí. La historia de España es compleja y todos y cada uno de nuestros antepasados son héroes y heroínas que han luchado por entregar el relevo al siguiente en la mejor situación. El momento actual no nos ha sido dado como una revelación; es la consecuencia directa de las decisiones tomadas por los que estuvieron antes, por ese grupo de relevistas que se pierde en los tiempos.

El día que faltemos, se nos echará de menos un tiempo. Un poco después seremos solo recuerdo y solo un poco después de eso, cuando falten también los que nos conocieron, ni si quiera eso. La única posibilidad de que mis biznietos sepan algo de esta persona que vivió entre el siglo XX y XXI es que a alguno se le ocurriera llegar a mis escritos y tuviera a bien leerlos con cierta atención. Por eso escribo y, por eso, lo que más me aterra de la muerte es que nadie renueve el dominio y el hosting de este blog, en el que están recogidos todos. Manda narices: no es el infierno, no es la no existencia, no es el dolor. Es el blog. Puede parecer un poco petulante, pero es solo miedo al vacío. No es soberbia, es la humildad de saberse polvo en potencia. No es afán de notoriedad, es explicar a aquel que lleve mi sangre quién llevó el relevo que ahora porta, un rato antes de él. Qué sintió, qué pensó, por qué tomaba ciertas decisiones.

Esto de Gistau me ha afectado mucho. Ayer noche escribí como pude para El Norte. Era un tipo fantástico y el mejor de todos nosotros. Es absurdo y la muerte empieza a preocuparme; no por mi, sino por mi hija. Creo que todo lo que un ser humano hace tiene como objetivo ser abuelo, que es el estado ideal de sabiduría y una presencia imprescindible para los alevines del relevo. Morirme antes de tiempo sería fallarla: una niña necesita a un padre siempre. Y sus hijos, a su abuelo. La historia, en realidad, se escribe así, entendiendo que tú no eres el protagonista, sino apenas un secundario en la vida de los que llegan, que son los que importan. El resto es un enorme prólogo para llegar vivos a ese momento. No se puede controlar lo externo, pero es una responsabilidad aceptar la edad y comenzar a cuidarse o se nos cae el invento. Estoy como un toro, pero hoy me lo empiezo a tomar en serio. Por si acaso, renuevo el dominio.