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España no necesita unos nuevos ‘Pactos de la Moncloa’ sino unos presupuestos excepcionales que permitan hacer frente a esta crisis desde todos los puntos de vista: sanitario, educativo, fiscal, laboral, de dependencia, de estímulo económico, de política exterior y que inicien el cambio de modelo productivo que necesitamos para sostener las pensiones de aquellos cuyas vidas estamos salvando. Estos presupuestos ‘de crisis’ no servirán cuando comencemos a ver en el horizonte la recuperación, por lo que sería inevitable ir entonces a elecciones.

Se trata ahora de buscar un acuerdo en el Parlamento que permita aprobar esos presupuestos con el mayor consenso posible. Para ello hay dos problemas. El primero: que el presidente es Sánchez. Un presidente sectario, débil, con escaso apoyo y que nos ha recordado siempre que ha podido que ‘no es no’ y que jamás pactaría nada con el PP. No apoyó a Rajoy cuando tuvo que tomar medidas para salir de la anterior crisis y aprovechó hasta la última baza para primar sus propios intereses sobre los de España. Luego, pudiendo llegar a un pacto con Casado, prefirió tirarse en brazos de José María ‘El Tempranillo’ y los siete niños de Ecija. Olvídense. No quiere consenso sino apoyo total a cambio de nada, es decir, boicotearse y culpar de ello a Casado.

El segundo escollo es que su único apoyo es un Iglesias que, por supuesto, no quiere ningún acuerdo presupuestario ortodoxo que garantice a Europa las reformas que aseguren que se va a devolver el dinero que se está pidiendo porque su interés electoral no se basa en ofrecer pan y tierra sino tofu y paguitas. ‘Que paguen otros’ es lo mismo que decir que no va a pagar nadie. Es para él, por lo tanto, una oportunidad para salir de ese intento de consenso, culpando a todos los demás del fracaso que lentamente teje en silencio, como una araña. Cuando las negociaciones descarrilen, aparecerían como el partido que no se plegó a los mercados, a la troika y a todo ese bestiario de mitología cafre para capitalizar el hambre que habrán ayudado a crear.

Los Pactos de la Moncloa fueron el punto de partida de la Constitución del 78. La vieja aspiración de Iglesias –y quién sabe si también de Sánchez, que es capaz de lo que sea– es ir a un nuevo texto constitucional. Lo que realmente quiere es ganar la guerra e imponer su revancha. Los Pactos son solo el señuelo para su verdadero objetivo. La estabilidad presupuestaria y la realidad son las dos mayores enemigas del delirio populista. Iglesias no es Carrillo, Garzón no es Tamames, Casado no es Suárez y Sánchez no es González. No hacen falta pactos a través de los cuales nos cuelen cambios constitucionales en cuanto a la unidad de España, la igualdad entre españoles de todas las autonomías o la jefatura del estado. Si quieren apoyo, que trabajen unos presupuestos sensatos que garanticen cómo se va a devolver el dinero, que eliminen gastos y subvenciones para chorradas y que dinamicen el mercado laboral para poder crear empleo cuanto antes. Si lo hacen, tendrán el apoyo de todos los partidos, excepto, por supuesto, de aquellos cuyo fin es debilitar al estado, es decir, sus socios. Y si no son capaces, que se vayan con Redondo a jugarse al ‘Risk’ los márgenes de la espantada.

El peaje a pagar por salir de esta crisis es tal que solo podría asumirlo un nuevo Churchill: tomar decisiones muy duras –incluso ganar una guerra–, para después probablemente perder las elecciones. Miren un momento la foto de Sir Winston. Miren ahora a Pedro y a Pablo. Recen todo lo que sepan.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 7 de abril de 2020. Disponible haciendo click aquí).