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Este diario continua el anterior diario de confinamiento ‘Distancia Social’. Disponible temporalmente haciendo click aquí.

 

Lunes, 11 de mayo

Paso el día mareado, como si un vértigo extraño me despersonalizara. Se parece al mareo de cuando tuve ansiedad, pero no tengo ansiedad. Además, como y duermo bien. Este es un mareo que no es del todo físico, sino más bien ambiental, circunstancial y no quiero escribir mucho sobre ello porque al tratar de analizarlo lo amplifico; al intentar comprenderlo para poder escribirlo, lo intensifico, lo hago mucho más real y deja de ser circunstancial para convertirse en plenamente esencial. Si no lo pienso, se me pasa. Si me sumerjo para encontrar el adjetivo perfecto, lo modifico por convertirse ya en algo literario y, por lo tanto, comienza a ser ilusorio y al final no sé si estoy mareado o no. A pesar de ello, paso el día trabajando y las últimas horas del día vagueando, enredándome en una lista de libros imprescindibles que me pide mi amiga Esperanza Ruiz. Aunque creo mucho más interesante escribir la lista de los mejores libros que no he leído, que son más de los que he leído.

Intento huir de la pedantería de este tipo de listas y le envío sesenta lecturas, que incluyen Historia de España, Arte, Columnismo, Toros, Poesía, Religión y Compañía de Jesús, Dietarios, Libros de viajes, algo de pensamiento conservador, tema medieval castellano -es decir, Reconquista- y, por último, algo de ficción, sobre todo extranjera. Es decir, me ciño a mis temas preferidos, a los temas que me son propios, a los que se debería unir historia de Valladolid, en particular desde el siglo XIII al XVII, es decir, Borgoñas, Trastámaras y Austrias. Este último tema lo he omitido por no aburrir al personal del resto de España, que no supongo no tiene interés por la historia de esta ciudad, a pesar de ser el resumen de su propia historia.

Esto me da una idea acerca de cómo tengo que reestructurar mi biblioteca, quizá esa sea la división lógica. Tengo que ponerme en serio con ello. Quizá mañana comience. Pero esta operación, aparentemente acotada a los libros, conlleva una intervención de mayor calado. Antes de comenzar a ordenar mis estanterías, debo retirar de ellas juguetes, muñecas y todo tipo de restos de los últimos diez años en los que una niña ha tomado la casa como Napoleón tomó Europa. Es decir, debo ordenar primero su habitación para dejar hueco a lo que retire de mis estanterías. Y esto implica hacer una limpieza general de juguetes. A los nueve años (casi diez) una niña es una mezcla entre una de seis y una de doce. Es decir, conviven muñecas con posters, marionetas con coreografías de tik toks, ídolos infantiles con actrices de series adolescentes, casitas infantiles con un maquillaje que no sé de donde ha salido pero que odio con todas mis fuerzas, lo que ha hecho que, de modo subsecuente, también haya en mi casa toallitas desmaquillantes por primera vez en muchos años. A los diez años, es el momento de cambiar la casa entera y aceptar que los juguetes que ha atesorado durante toda la vida ya no tienen sentido ahí. Hay que deshacerse de ellos, lo que implícitamente quiere decir que hay que pensar en deshacerse de la infancia.

Siempre que llego a este punto me entra un poco de miedo, no sé muy bien cuales son los pasos a dar con una niña pre-adolescente y me muevo en la ambivalencia; la mitad de los días me voy a la cama pensando que he sido demasiado duro con ella y la otra mitad pensando que he sido demasiado blando. Nunca pienso “hoy he estado sembrado”. Y pienso que quizá necesitemos cambiar de casa, una más acorde con nuestras necesidades actuales, con dos baños, con armarios más grandes, una habitación más para poner un pequeño gimnasio y, por supuesto, una gran sala con los libros, un piano, un equipo de música, una mesa central de madera antigua y dos cómodas butacas. Quizá un pequeño jardín para desayunar leyendo el periódico o cenar en las noches de verano. Y entonces pienso si será mejor irse a un pueblo, pero no sé conducir e ir con chófer me parece entrar con mal pie en la sociedad rural.

Uno empieza ordenando libros y termina cambiando de vida.

 

Martes, 12 de mayo

 

I

 

Hoy hace once años que nos dejó ese chico y solitario que se llamaba Antonio Vega. Hace cinco, escribí esto y hoy lo traigo a colación porque no tengo una coma que añadir y no tiene sentido repetirme.

Habláis como si no pasara nada, como si el día menos pensado pudiéramos encontrarnos con él por la calle de la Palma. Habláis como si el mundo sin Antonio fuera lo mismo, como si al fin y al cabo aquel chico solitario y triste fuera prescindible y su muerte fueran sólo gajes del oficio, cosas que pasan, el fútbol es así. No, no es así. Antonio era imprescindible porque emocionaba sin gritarte, porque llegaba a tonos imposibles sin garganta, directamente salidos de un corazón a punto de partirse en cada momento. Antonio te paralizaba con miradas profundas, porque era sumamente especial. Antonio no se fue sin más; hay un hueco en Madrid, como una burbuja translúcida de vacío que se mueve a su voluntad y que a veces viene a mi estómago a recordarme que Antonio Vega ni está ni volverá a estar. Que era verdad que se acabó. Y, no me digas por qué-, esa burbuja sonríe.

He estado en varios conciertos de Antonio y nunca he visto más respeto ante un artista, quizá con Camarón. Si ese día el maestro estaba mal, pues a casa y punto, pero nadie lo expresaba en alto, nadie quebraba el silencio ni la magia, nadie contaminaba el aura mágica que creaba su presencia con palabras gastadas. Nadie rompía la enorme tensión que surgía justo antes de que diera la primera nota y constataramos que estaba afinado, que llegaba, que todo OK. Que estaba allí y que ya podíamos respirar aliviados y dar un trago a la cerveza. Nadie molestaba a nadie, era una especie de oración interior, de comunión con tus sentimientos más bonitos, joder. Daban ganas de levantarse y protegerle, de darle un abrazo, de llevártelo a casa, hacerle unas lentejas y taparle con una manta.

Antonio no era sólo un músico. Antonio era un genio que hizo música como podía haber hecho otra cosa. Él habría sido un excelente físico, un gran pintor, un arquitecto de renombre, un bailarín. Sobre todo, habría sido un excelente torero, porque Antonio Vega fue fundamentalmente eso, un torero hierático, más Joselito el Gallo que Juan Belmonte, un torero de culto, el heredero de la estirpe milenaria de los toreros de arte, Antonio fue Rafael de Paula pero en Chamberí, un Paula quebrado en su hondura trágica y honda. Antonio no tiene seguidores, Antonio tiene penitentes y nos uníamos a él en una liturgia de vellos de punta, de pieles de gallina, de nudos de doble lazo en la garganta. De alguna manera seguimos unidos en este corte de digestión, en este suspiro contenido que dura ya seis años de mierda. Joder Antonio, qué pena.

El otro día bebía en El Penta, esperando a su fantasma, que por supuesto no vino. Le busqué por Clamores, por la Galileo, en El Sol, en la Vía Láctea de mis sueños y en el Liceo Francés. Pero tampoco estaba allí. Yo no sé donde está ahora, pero sé que aunque la burbuja sonría, cuando le escucho me siento muy triste, no puedo evitar pensar en su último momento, en el momento el que se pararon los relojes de Madrid, en ese momento que me pilló en un café de La Latina, en el último hálito del ser más frágil que jamás ha dado el mundo diciendo a su familia: «No me quiero morir».

Antonio ha sido la sensibilidad más grande, yo creo que veía cosas que el resto no vemos, pero lo más grande de Antonio es que su sensibilidad no es cursi, es más bien un lamento digno, un dolor sin barroquismos, es un kilo y medio de oro puro, sin matices, sin formas ni adornos, un tipo de sensibilidad nada evidente que yo creía reservada para ciertas élites pero que una vez más me demostró estar equivocado.

Escribo esto hoy porque hoy es un día más, porque no pasa nada, porque no celebramos nada y porque es un día perfecto para echar de menos sin flamenquismos, para dejarnos llevar por ti, como supongo que harías antes de irte y dejarnos huérfanos de arte y de belleza, de dejarnos solos en el medio de esta vulgaridad que huele a trazo grueso. Te echamos de menos, Antonio, medio poeta-medio hippie, medio vivo-medio muerto, medio gigante-medio infante. Medio artista al cuadrado, media verónica, media verdad, media noche de verano con media vida ya vivida. Todo sigue adelante sin ti aunque como tú decías, “Yo nunca me he ido. Siempre he estado aquí y sigo estando”. Pero no te vemos. Y te echamos de menos, cabronazo.

 

II

La columna de El Norte, ‘Peligrosos hombres libres’ funciona bastante mejor de lo que pensaba. Está bien escrita y compagina crítica con humor y cierto aire de ligereza que me gusta. Odio la Gran Literatura. Casi nunca funciona.

 

Miércoles, 13 de mayo

I

Escucho ‘If You Tolerate This Your Children Will Be Next”, de Manic Street Preachers y recuerdo aquel directo del 7 de octubre de 2009 en Webster Hall, cerca de Union Square, en la Tercera con la 11. El concierto fue lo de menos. De hecho es un grupo que, más allá de su media docena de exitazos, que ciertamente lo son, deja un poco frío. No transmiten bien, afrontan el directo como afronto yo el tercer trimestre del IVA. Lo importante fue que hicimos la previa en un bar llamado ‘Village Pour House’ donde tomamos cantidades ingentes de Bud y tres pequeñas hamburguesas de acompañamiento -ternera, cerdo y pollo- mientras veíamos un partido de los Yankees en las pantallas gigantes. Comenzamos como apartados, auto excluyéndonos del sentimiento de comunidad que genera el baseball, pero el ambiente pudo con nosotros, nos elevó a los altares y al final nos abrazábamos a las personas que teníamos al lado como si marcara el Betis y en lugar de Nueva York estuviéramos en el Bar Santa Ana de Triana. Celebrábamos cada carrera como un gol agónico y cada base conquistada como si lo que se hubiera conquistado fuera un país protestante. Luego, en la cola para entrar al concierto, pasó a nuestro lado el bajista Nicky Wire, y le saludamos confundiéndole con Billy Corgan, de Smashing Pumpkins.  Lo de dentro fue lo de menos. Lo de después, una fiesta como de estudiantes en Salamanca, pero con un anfitrión que era VP de Microsoft o de IBM o algo así. Terminamos en un antro de jazz, viviendo la vida como si se nos escapara de los dedos.

Lo contrario nos sucedió una semana después en San Francisco, cuando vimos en dos días a Moby en el Warfield y a Juliette Lewis and The Licks en una sala cuyo nombre no recuerdo pero cuya barra, sí. Fueron dos conciertos memorables, tremendamente diferentes. Uno medio vacío, en sala mediana; otro repleto y en un teatro gigante, nunca he visto algo tan grande en España. Uno, el genio de la electrónica mestiza. Otra una descarga punk de una asesina nata. Ambos fueron conciertos para no olvidar jamás, pero la verdad es que ya se me están olvidando. Lo que nunca podrá borrarse es esa sensación de estar en el centro del mundo y de ser tremendamente feliz.

Habíamos ganado mucho dinero en Las Vegas y lo quemábamos con un aire de herederos de un país inventado. Por el aspecto todos creían que veníamos de Nueva York, como en efecto sucecía. Pero llegábamos de una semana, no de toda una vida, aunque creo que el que llega de Nueva York siempre llegará de toda una vida. Es una ciudad iniciática que lo cambia todo. Mientras nos decían lo del aire neoyorquino, en un bar de san Francisco situado en una antigua parada de postas, puse un tema de Bob Dylan en la gramola una vez tras otra. El camarero, rubio y coletudo, me alabó el gusto y nos confesó que jamás había salido de California. Yo le dije que, sin duda, era la parte de Castilla más canalla. En Silicon Valley vive la gente más brillante de la elite de cada país. Es decir, ganan dinero. Y todo es provisional, nadie está para siempre, lo que confiere a todo un aire de provisionalidad y de golferío terrible. Nos invitó a un festival en una isla en donde tocaba un grupo totalmente desconocido para nosotros y muy famoso en California. No fuimos, preferimos quedarnos en la bohemia de Haight-Ashbury. El grupo posteriormente se hizo muy famoso internacionalmente y no paraba de sonar en España. Cuando nos dimos cuenta de quienes eran, nos quedamos con cara de gilipollas. Su nombre: MGMT.

 

II

 

Sale mi columna cerrando el suplemento especial de patrimonio de ‘El Norte de Castilla’. Soberbio trabajo el del periódico. Mi columna es muy celebrada y me alegra especialmente porque en ella recuerdo a mi abuela Flora. En el anterior suplemento, recordaba a mi abuela Candelas. Las echo de menos profundamente. Profundamente.

 

Jueves, 14 de mayo

 

I

Hojeando ‘Guerra y paz’, en concreto pensando en los personajes de Maria Bolkonsky y Natasha Rostova, caigo en la cuenta de que el amor literario, o mejor dicho, la mujer literaria es una ficción creada por el hombre. En concreto, por el hombre escritor. Estas mujeres no existen, son personajes nacidos de la mente de Leon Tolstoi, son proyecciones suyas, nacidas de sus deseos y sus idealizaciones. Y este es el gran problema del lector precoz, que hemos conocido a la mujer irreal antes que a la real. Que tenemos expectativas literarias y esas no son reales ni pueden serlo. Seguimos viendo a la mujer como constructo idealizado, un ser que no existe más que en la mente del hombre escritor y esto es evidentemente catastrófico. Me pregunto por qué hay muchas menos mujeres que hombres escribiendo. En otros momentos podría ser un tema ligado al machismo, pero en este momento es impensable pensar en esto como causa. Si no escriben -o lo hacen en menor proporción- es porque no quieren hacerlo. Y cuando lo hacen no suelen escribir de hombres. Los hombres piensan en las mujeres. Las mujeres piensan…en otras mujeres. Es extraño pero la mujer es la creación literaria por excelencia. Creo que habría que estudiar a las mujeres en un primer paso y luego ya ponerse a leer. Si se hace al revés sucede como me sucedió a mí, que me enamoré de las mujeres de los libros sin saber que las mujeres de los libros solo existen en las cabezas de los escritores.

 

II

 

Conseguí el email de Sabino Méndez para enviarle mi diario de confinamiento ‘Distancia Social’, en el que aparece citado con mucha frecuencia. Había leído en los dos meses anteriores ‘Hotel Tierra’ y ‘Corre Rocker’ y me parecieron grandes obras. En definitiva, quise hacérselo llegar. A mi me gustaría que alguien que me cita en su diario me lo hiciera llegar y por eso lo hice. A los pocos días, recibo un e-mail del propio Sabino agradeciéndome las citas, diciéndome que se había divertido mucho leyendo tanto el diario como la página en la están recogidos todos mis textos. Habla muy bien de El Norte de Castilla, su ex mujer es de Valladolid. Me produce una gran alegría anterior este e-mail. Le emplazo a un lechazo y un buen Ribera del Duero cuando esté en la ciudad. Un gran tipo este Sabino.

 

Viernes, 15 de mayo

 

I

Tengo una sensación de liberación por haber acabado el diario del confinamiento. Este nuevo diario parece una continuación sin más, y sobre todo cuando no hay ni un día de distancia entre ambos. Pero no lo es. Es para mi importante la coherencia interna de una obra y uno sabe cuando acaba una y empieza otra. Son aires distintos, las sensaciones son diferentes. La predisposición al escribir también lo es. ‘Distancia social’ está escrito en un momento complicado, de alta incertidumbre y caos histórico. Este diario nace de un punto de partida diferente, no mejor, pero al menos sin confinamiento, con una curva descendente de muertos y una ascendente de miseria económica. El anterior es el fin de un proceso. Este es el comienzo de otro. El anterior diario era el ‘crash’ del 29. Este es la Gran Depresión. Y me gusta la idea de dividir los diarios por sensaciones, por intervalos no numéricos -año, lustro- sino conceptuales. No sé cuándo terminará este y espero que el tiempo me lo vaya diciendo.

En ‘Distancia Social’ no había, en principio, ninguna intención de incluir reflexiones sociales o políticas, sino acotarlo a algo totalmente íntimo. Sin embargo, mi amigo Alfredo Fernández me sugirió que lo aderezara con reflexiones que le dieran cierto aire periodístico en segundo plano, que mantuviera el carácter intimista pero que se pudiera consultar en el futuro y verlo en el contexto histórico. Si algún día se edita, me gustaría intercalar en el propio diario las columnas que durante esos dos meses he publicado en El Norte de Castilla, de modo que se pueda poner al autor en su contexto. O quizá sea al revés y se trate de poner el contexto en relación al autor. Creo que es una buena idea, como todas las de Alfredo, una de las personas más brillantes que he conocido en mi vida y con puntos de vista que van siempre tres jugadas por delante de todos, como Xavi jugando al fútbol. Es una mente genial que casi siempre me hace sentir gilipollas. Yo creo que cuando Alfredo habla conmigo me deja hablar como cuando yo dejo a mi hija mover las fichas en el ajedrez: con esa mezcla de piedad y cariño con la que tratas a alguien profundamente equivocado. Debe pensar «Vamos a dejar hablar a Peláez, que está emocionado con su mierda de idea y ya poco a poco le voy enderezando sin hacerle mucho daño al pobre…». Y es que a Alfredo le debo mi felicidad casi al completo: él me ha dado, con sus consejos y en diferentes momentos, las bases para construir la vida de felicidad que hoy tengo: hija, empresa y escritura. Y hasta ahí puedo leer. Es difícil ser buena gente pudiendo ser un ‘killer’, pero él lo consigue. Será cabrón.

 

II

 

Recibo una oferta para colaborar mensualmente en un medio digital. Qué gran ilusión me hacen estas cosas. Hace año y medio nadie me hacia ni puñetero caso. Hoy tampoco mucho, pero la cosa ha cambiado. Pregunto a mi director en El Norte de Castilla, Ángel Ortiz, y no pone pegas de ningún tipo. Comienzo las conversaciones para concretar algunos aspectos, pero mi respuesta es sí, claro. Posteriormente me entero de algunas de las demás firmas que ese medio podría tener y me parecen opciones bien elegidas.

 

III

 

Charlo con Javier Vielba, gran músico y productor, además de amigo. Me habla de su nuevo proyecto en solitario y lo que me cuenta me parece fantástico. El tío tiene una cultura musical gigante, ha escuchado todo, analizado todo y es capaz de crear un sonido propio y un estilo particular con un gran eclecticismo y, aún así, ser único dentro de la heterodoxia. Esto me parece que tiene mucho mérito. Innovar y reventarlo todo es una pretensión adolescente. No soporto ese adanismo de ciertos artistas que creen ser un género nuevo, como diciendo que todo lo anterior no sirve, que a partir de ellos empieza todo. Javier es capaz de avanzar desde el respeto al rock, a la electrónica, a esa oscuridad afterpunk, a las estructuras pop y también al folk. No es fácil. Compartimos un gran amor a Castilla, un compromiso por nuestra tierra y muchas referencias en diferentes ámbitos. Me lo suelo encontrar en una cervecería que hay debajo de mi casa y por ello no me acuerdo nunca de nada de lo que hemos hablado. Empezamos con media pinta, como dos fariseos que fingen que se van a ir en diez minutos, y terminamos triplicando rondas llenas de pintas de stout ale. Y claro, llegamos a casa tambaleándonos como auténticos caballeros. La próxima vez que quede con él me llevo a un notario. Y a dos taquígrafas.

 

Sábado, 16 de mayo

 

I

Hoy ha venido a limpiar y planchar la señora que me ayuda en casa. Esto implica lo que implica: me tengo que ir. Decido que el mejor lugar es mi despacho, en la agencia, y allí leo dos periódicos, respondo correos e intento buscar en internet ropa de verano que me guste, algo que finalmente abandono por imposible. Intento también buscar unas pulseras para mí, pero tampoco me atrevo. Busco un reloj, pero los bonitos cuestan tanto que me niego a pagarlo. También busco una americana de tweed que sea oscura. Y unas gafas de sol nuevas. Abandono todo ello por imposible. No me gusta nada y no sé comprar.

 

II

 

Recibo la llamada de una antigua compañera y amiga. Me reitero en un concepto bastante sencillo pero que, por lo que veo, la gente suele entender mal: en la mayoría de las ocasiones, lo prudente, lo sensato, lo conservador no es quedarse en tu trabajo de mierda sino irte. Cuando el hundimiento es cuestión de tiempo y lo sabes, irte es un acto de supervivencia, aunque aparentemente el hecho de irte de un trabajo parezca arriesgado. No, muchas veces lo arriesgado es quedarse. Lo revolucionario es no hacer nada. Lo conservador es protegerse, andar, avanzar. Este aparente juego de palabras lleva a errores de bulto en todos los aspectos de la vida, como por ejemplo en lo empresarial. Parece que prever un entorno difícil con coronavirus es poco ‘moderado’. Lo sensato parece ser esperar que todo vuelva a su cauce. Es un tremendo error. Lo sensato es adaptarse a la realidad y hacer cambios radicales. Eso es lo prudente. Creer ser prudente muchas veces oculta una personalidad irresponsable y castrada para el análisis. Si sabes lo que va a pasar no entiendo por qué hay medias tintas, si sabes que después del sábado viene el domingo es absurdo e irresponsable actuar como si esa fuera solo una de las posibilidades. Desde el día 1 de marzo cualquier persona (ojo, cualquiera que quisiera, la que sea) era totalmente conocedora de la que se nos venía encima, porque la aritmética es tozuda y no depende de nada. Lo mismo pasa ahora. Actuar prudentemente a ver qué pasa es una grave irresponsabilidad. Ya sabemos lo que pasa. Lo prudente es hacer algo. Así se lo hago saber a mi amiga: si quieres ser prudente, ármate hasta los dientes e inicia la aventura de la sensatez. Tienes una familia y quedarse en el sitio como si no pasara nada es una locura.

 

III

Me llama mi director para ofrecerme una colaboración en El Norte durante los meses de verano, donde tradicionalmente se suspende la sección de opinión para poder hacer periódicos más ligeros y con menos páginas. La colaboración se concreta en una columna con tono de diario, entretenido, poco denso y en días alternos. Esto suman 27 columnas. Gran ilusión. El año pasado firmé cinco o seis contraportadas con gran éxito. Espero estar a la altura.

 

Domingo, 17 de mayo

I

Comienzo el día de mal humor y un pequeño malentendido me hace recordar por qué no tengo pareja. Me siento metafísicamente incapacitado para ser feliz junto a una mujer y este hecho no lo vivo como un lastre o un hándicap sino como una bendición, como una enorme suerte. No soy el tipo de hombre que necesite que alguien venga a completarle, a llenarle. (Pausa de un minuto para pensar si es ‘completarle’ o ‘completarlo’. ‘Llenarle’ o ‘llenarlo’. Incapaz de tomar una decisión y sin ganas de dejar de escribir para buscar en la RAE o llamar a un amigo no castellano que en milésimas de segundo analice la frase, si el verbo es o no transitivo y, por lo tanto, si el complemento es directo o indirecto, decido proseguir). No, yo no quiero una compañera, ni una cómplice ni nada parecido. Tampoco quiero un proyecto común ni una convergencia de intereses, cariño y modo de ver el mundo o de disfrutarlo. Yo no quiero discutir, ni dar mi punto de vista, ni escuchar el suyo, ni llegar a un acuerdo, ni ceder, ni que cedan ni tampoco lo contrario. No quiero ser adorable, encantador, divertido. No quiero la arrogancia de ser yo mismo. Yo solamente quiero seguir mi camino hasta donde me lleve, sin hablar demasiado y sin dar ni pedir explicaciones a nadie. Y a ser posible en silencio. No creo que pida demasiado.

 

II

Desde que escribo, leo como escritor y no disfruto tanto. Estos días, leyendo ‘Historias de Manhattan’ de Auchincloss, me doy cuenta de que corrijo mientras leo, de que coloco las frases del autor otro modo, busco alternativas, cambio signos de puntuación, elimino adverbios, desapasiono adjetivos como si estuviera editando un libro mío. Y hasta que no dejo la frase a mi gusto, no puedo seguir leyendo. Es bastante cansado. Leo para aprender, no para disfrutar. Esto no es sano y espero que se me pase algún día. Paso el resto del día descansando.

 

Lunes, 18 de mayo

 

I

Ayer, mi amiga P. me dio un toque. “Por favor, no te vuelvas un huraño. No tienes 70 años”. Este es el típico consejo que se encaja diferente según quién te lo diga. Conociéndome, si me lo dice otra persona, me habría sentado regular, aunque me habría callado. Y no porque el comentario fuera más o menos acertado, sino por principios, por negar la mayor y mantener mi cuota de libertad e independencia, en plan PNV. Torear por derecho, que diría un torero. Pero creo que tiene toda la razón y, aunque no la tuviera, respeto mucho a P. Lo suficiente como para callarme, escucharla, encajar y dejarme llevar por su visión, que me parece más completa y desde luego más sensata y equilibrada que la que pueda tener yo desde dentro.

Decido hacer esfuerzos para compaginar mi natural tendencia al aislamiento con una mayor actividad social y voy a ensayar la carita de entusiasmo, aunque esto sea difícil en pleno confinamiento y con un tipo de vida dedicado a trabajar, escribir y criar a una niña. Esta tendencia al aislamiento se percibe, por ejemplo, en mi maestría para torpedear cualquier tipo de relación afectiva incipiente. Echo la vista atrás y son decenas las bombas lapas puestas en cada cimiento para joderlo todo desde el principio, desde abajo, con el único objetivo de verlo arder, como un Nerón preventivo. Lo que no consigo entender es con qué objetivo, pero ni esto es un manual de autoayuda ni yo un psicomago argentino. Veremos. De momento, en cuanto pueda ir a Madrid, P. y yo nos vamos de cañas. Hay ganas. Y este acto inaugura la operación antihuraño.

 

II

Hago una primera columna para El Norte que no me llega a enamorar. Así que hago otra. Y esta vez sí, sale redonda. Se titula ‘Se vende recién nacido’. Preveo movimiento mañana. Confirmo que cuanto más escribo, mejor escribo. Es una cuestión de práctica, de naturalidad, de tener las medidas a la extensión, como Nadal con la pista lenta. He hecho dos columnas como podría haber hecho tres o cuatro, tengo temas para una semana. Y, por supuesto, compaginándolo con el trabajo, que es donde realmente dedico el tiempo. Una columna es una hora. El día tiene veinticuatro. Hay mucho patán.

 

III

Recibo el permiso de Sabino Méndez para publicar el contenido de su e-mail de la semana pasada. Es lo que sigue.

Saludos, José. Me sentiría más cómodo si nos tuteáramos. ¿Te parece?

Me lo he pasado estupendo leyendo tu blog.

Gracias por los elogios. “Hotel Tierra” lo escribí con 45 años. Es cierto que reelaboré textos de los 21 y de los 23 pero tendrías que haber visto los textos originales (los guardo en mi caja fuerte bajo siete llaves). Eran afectados, egocéntricos, infantiles. Como deben serlo a esa edad, por otra parte, de lo cual me alegro porque me hace saber que fui un tipo sano y normal (cosa sobre la que con frecuencia me asaltan dudas).

Los textos originales sirvieron de guía para elaborarlos en el recuerdo y producir “Hotel Tierra”. Un libro que se complementa muy bien con “Corre, rocker” y del que estoy muy contento. Me alegro que lo hayas disfrutado.

Seguiré desde ahora tu columna en “El Norte de Castilla”, una cabecera de gran Historia. Para mí, además, es muy especial y me trae muchos recuerdos porque la madre de mi hijo es de Valladolid.

Un saludo desde Sitges.

Sabino.

 

Viva Sitges y viva Sabino.

 

Martes, 19 de mayo

 

I

Comienzo mi desescalada de anacoretismo para hacer caso a P. Soy un hombre de palabra, así que quedo con cuatro amigos y sus respectivas descendencias en una terraza sin bar -solo hay que conocer bien la ciudad- y ocupamos cada uno una mesa, de modo que conseguimos cumplir las normas a la vez que las promesas. Estaban Picón, Tomé, David y mi cuñado Edu. Es curioso cómo cambio de personalidad y me cambian las prioridades en el medio de ese encuentro con el otro, en particular si ese otro son unos sinvergüenzas, como es el caso. De modo instantáneo le quito gravedad a todo, solo quiero tomar cervezas y reirme. El día que abran los bares van a tener que intervenir las fuerzas de seguridad. Aquí va a haber tumultos. Seguramente provocados por nosotros. Echo de menos El Colmao y echo de menos el Farolito, hay que ir quitando el freno de mano a la vida en general y a la vida literaria en particular, aunque va a ser complicado. Viene mucho trabajo en El Norte, comienzo la colaboración en El Debate, sigo con el diario y tengo varios proyectos de libro en la cabeza. Seguramente comiencen en septiembre, no puedo abarcar más escritura en este momento. En la agencia hay muchísimo trabajo y solo escribo en tiempo libre. Entre todo ello y con la prioridad total de la niña, no queda tanto al final del día.

 

II

La colaboración se concreta. ‘El Debate’ es un diario digital de análisis y pensamiento que publica, sobre todo, artículos de opinión y entrevistas. Su nombre sigue la estela del mítico diario fundado por Herrera Oria, que por cierto hizo el bachillerato en mi colegio, el San José (Jesuitas) de Valladolid. Tres hermanos suyos fueron jesuitas y el propio medio, El Debate, originalmente lo fundó también otro Jesuita, el Padre Ayala, así que con estos mimbres cualquiera dice que no. Depende de la Fundación Universitaria San Pablo CEU. Me ha gustado el tono, el tipo de medio, el sesgo, la calidad de los colaboradores, cómo el director, Pablo Velasco, ha creído en mi y en mi tono y lo que no sé es qué coño hago yo entre mentes tan preclaras y tan madrileñas. Como he oído a alguien en alguna ocasión, “yo hablo ignaciano”, que es un idioma en si mismo. Y en momentos como este creo que es importante apostar por este tipo de medios, por la reflexión más sosegada y con más ‘poso’. Que Sánchez es un impresentable y los de VOX unos cafres, ya está dicho. Y apetece alejarse de la jauría, cuanto más mejor. Comienzo el sábado 30 y publicaré el último sábado de cada mes. Por supuesto llevo una semana preparando el primer texto, al menos en mi cabeza. Decía Julio Camba que la primera columna lo es todo y que luego puedes vivir de las rentas. No le falta razón, aunque yo creo que en la primera columna -como en el primer matrimonio- se corre el riesgo de tomarse las cosas demasiado en serio. Algunos pardillos hasta se enamoran.

A Pablo le gustan mucho mis textos ligados a Castilla. Le comento que para mi, es un tema propio. Considero que, al igual que el pintor tiene una paleta de colores, su paleta, el escritor tiene la suya, y esta no es una alacena de adjetivos y locuciones, sino de temas y ángulos. Yo tengo mis temas y Castilla es uno de ellos. Podría escribir una enciclopedia porque mi tierra y su pasado es mi debilidad y he leído un poco sobre ella y su historia. Lo suficiente como para quererla con todas mis fuerzas. Pero intento no abusar porque creo que puedo llegar a cansar, es un tema intenso que no puede tomarse a tragos largos. Y yo además me pongo muy afectado y sí algo persigo es escribir contenido y no como un publicista. Es decir, quiero escribir al contrario de lo que hago cada día. Me acabo de dar cuenta de que los textos que no me gustan, los que triunfan, son los que escribo como si escribiera un anuncio. Afectados, pasaditos de emoción, vulgares, como de redactor podemita intentando ligarse a una becaria feminista. En cuanto me contengo y no saco el truquito de la artillería publicista, esto es, casi siempre, le gusto a otra gente, inferior en número, superior en criterio. Empezando por mi, que es el criterio que más me interesa. No obstante, uno de mis proyectos literarios, es un libro de temática castellana, quizá rural. Para ello necesito una temporada en el campo con mi tío Ramón. Y un editor que confíe en mi y al que hacer rico.

 

III

Yo soy un antimaldito, un buen tipo, un padre, un empresario que antepone el dinero a la literatura y la literatura a la televisión. No hay mucho más. Escribir no es un oficio, o al menos, no es un buen oficio. Solo los grandes ganan dinero con esto, pero dejar de escribir por su escasa remuneración es no haber entendido nada. Se escribe porque Dios te ha dado un talento y hay que cumplir sus dictados como parte del trato. Se escribe como se reza, como se mece a un hijo, como se paga el IBI. Primero hay que tener un oficio: médico, abogado, camarero, puta, cura. Y luego, se escribe. Por mandato, por necesidad, por diversión, por destino. A cambio de dinero en ocasiones. En otras, no. Pero para escribir bien, el primer consejo es no vivir de ello, no necesitar el dinero. Solo de este modo podrás escribir libremente, sin presión de pan o jefe. Con presión uno tiende a escribir lo que la gente quiere leer. Y eso es el camino más corto al descrédito.

No creo en la literatura de desván del siglo XIX, en la bohemia, en los malditos, en el romanticismo del escritor atormentado y pobre. La visión del artista como un ser infantil y caprichoso, con accesos de ira, es erróneo. Un artista es el que sabe más, ha visto más, ha pensado más, ha viajado más y trabaja más que el resto, un artesano. Lo otro es solamente una idea retrógrada heredada del XIX y que hace mucho daño. La escritura como oficio es un engaño. Madrid, para el escritor engañado, es un engaño doble. Madrid es una ciudad cara para ser pobre y, por ello, es tumba de mucho talento. Un escritor que podría escribir genial en Córdoba mientras trabaja en otra cosa fracasa invariablemente en Madrid al malvivir por sostener el disfraz. Y lo peor es que no hay salida, como en la canción aquella: el pecado de ser provincianos en Madrid. No hay nada más paleto que abrazar el madrileñismo a costa de renunciar a tu esencia, a tu tierra, a tu gente, a lo que eres. No hay nada peor que estos provincianos que se vuelven más madrileños que la Cibeles, que su ciudad se les ha quedado pequeña y que viven como anestesiados por las luces y el reflejo cóncavo del espejo del Callejón del Gato. Joder, Madrid sí. Sí rotundo. Desde pequeñitos. Pero con cabeza, sin paletadas y sin vestir a tu hijo de chulapo en San Isidro, por favor. Que no somos charnegos pidiendo permiso a los amos para integrarnos. Madrid no es eso. Es lo contrario a esto. Nuestra identidad, la castellana, es la falta de folklore y jueguecitos identitarios. Lo correcto es ver, desde siempre, Madrid como tu casa. Así de mayor no harás el ridículo persiguiéndola a toda costa.

 

Miércoles, 20 de mayo

 

I

Me he cortado el pelo y la barba donde mi amigo Iván, el asturiano. Tengo una alarma para ir mes y medio después de la última vez. Siempre pienso que no me hace falta. Sin embargo, siempre salgo siendo plenamente consciente de que sí que me hacia falta e intento recordar este razonamiento para la próxima vez. Pero en mes y medio volveré a dudarlo e iré semiobligado. Me quiero dejar la barba más larga, pero es complicado porque se me riza y parezco un profesor marxista de Teoría Económica. Pero no desisto y me sale una mezcla de Gistau con Carlos Tarque. Lo seguiré intentando. En mes y medio, concretamente

 

II

Mi amigo Manu y yo queremos crear el ‘Club católico de ocio ordenado’. Quiero llamar la atención de que lo que es católico es el club, no el ocio. Y lo que es ordenado es el ocio, no el club. Es decir, que no es que vayamos a rezar y a reflexionar sobre encíclicas, aunque desde luego no lo descartamos en ningún caso. Vamos a pasarlo bien de un modo civilizado y cuando tenemos dudas sobre qué hacer, miramos con atención a Enrique Ponce, y hacemos lo contrario. Siempre desde una perspectiva estatutaria católica, que no sé concretamente en qué afecta a la estructura del club pero que es ‘conditio sine qua non’ y a nosotros nos hace ilusión dejar claro que no es agnóstico ni aconfesional ni nada. Nos planteamos hablar con la Casa Real para añadir el carácter de ‘Real’ al club, el Real Club Católico de Ocio Ordenado. O incluso hablar con Florentino para ser una división del Real Madrid, el Real Madrid de los clubes de ocio.

Se trata de un club familiar donde podemos ver el fútbol, eurovisión, jugar al pádel y al golf, leer la prensa, toda la prensa -incluida la internacional- sin hablar entre nosotros, con un bolígrafo en la mano para subrayar las ideas más brillantes o las más descabelladas y hacerlo en tranquilidad, sin interrupciones, sin más sonidos que los del jardinero regando el césped. Además de césped, tenemos pensado plantar robles y encinas para dar un paseo o una vuelta en bici o incluso a caballo, porque evidentemente hay caballos. Comeremos en la mesa, bajo techo -comer al aire libre o sentados en un mantel de cuadros es una cosa de bárbaros que no se contempla-, tendremos una capilla para los miembros del club y montaremos una gran biblioteca, pero vamos, en plan gigantesca, escandalosa, una cosa de locos. Y un pequeño lago -pasamos de piscina- para que se refresquen los más pequeños. Es una manera de que los amigos podamos disfrutar las vacaciones de verano -y de paso fines de semana y puentes, claro- sin pasar por el suplicio de viajar, por la humillación de hacer turismo, de ir a piscinas donde ponen reggeaton o a playas donde no se puede leer la prensa. No contemplamos volver a cargar el coche hasta arriba de maletas como si viviéramos en 1983. En el fondo, somos modernos.

El Club tiene un canon de entrada de mucho dinero. Y luego una cuota anual familiar minúscula, austera, contenida, como de centro cívico. No se puede pagar individualmente, el carnet es familiar, aunque evidentemente es una manera de hablar, en nuestro club no hay carnets. Como mucho, escudos heráldicos de piedra en la fachada. El ‘Club católico de ocio ordenado’ -CCOO- tiene una plantilla fija formada por camareros, cocineros, limpiadores, jardineros, cuidadores de caballos, un cura, monitor de golf y de pádel. Y luego nosotros y nuestras familias, que en nuestra cabeza están formadas por mujeres muy muy guapas que sonríen y por muchos niños que corretean y se crían juntos. Pero que en realidad se reduce a mi hija porque él no tiene hijos, ninguno tenemos pareja y como sigamos diciendo este tipo de tonterías, me temo que será por mucho tiempo. No descarto contratar figurantes, tanto a bellas mujeres que nos aguanten y nos sigan el rollo como a muchos niños de anuncio que le llamen a él Papá y a mí ‘Señor José’. También contemplamos raptar a Morata y a su familia, que en el fondo es lo mismo que queremos, pero mucho más fácil y en un pack ya formado y que funciona. Una Opa a una familia. También nos vale la de Ramos si se quitan los tatuajes.

El CCOO es un club familiar, no es un club de caballeros. Los clubes de caballeros son algo un poco atrasado y si los ingleses no dejan entrar a sus mujeres es porque el resto, borrachos perdidos, se las intentan ligar. Pero nosotros -al ser el club católico y el ocio ordenado-, no contemplamos esos giros protestantes. Tiene cabida toda la familia y seremos muy felices sin ir a restaurantes de la costa donde siempre hay un señor con sombrero de torneo de pádel que pide el plato combinado número cuatro pero cambiando la ensalada por patatas fritas. Los viernes de Cuaresma no hay carne, hay torrijas en Semana Santa, buñuelos por ‘Todos los Santos’ y cosas así. Están prohibidas las artes escénicas, las hogueras de San Juan, Halloween y carnaval. Se fomenta la caza menor y la pesca con mosca y en la tele se ponen los toros. Los niños acampan los fines de semana y hay campamentos deportivos y literarios en verano, también para los mayores, que empezaremos por una inmersión en la literatura rusa, para refrescarnos. Los padres no van a la piscina, está prohibido el pantalón corto, las chanclas y los tirantes. No sabemos lo que son las barbacoas. No sabemos conducir. Y me parece lógico porque no somos pilotos. Tampoco sabemos a cuanto está el gasoil. Invitamos a comer a gente que nos caiga bien como Benzema, Alex Turner o Martínez Almeida. Los sábados bebemos un poco más de la cuenta. Y cenamos ensaladas.

No hay carril bici ni huertos urbanos. No saludamos al sol por las mañanas ni le aplaudimos cuando se pone. Hacemos cosas retrógradas como, por ejemplo, querernos. Larga vida a nuestro club.

 

Jueves, 21 de mayo

 

I

Tengo una vecina a la que no he visto nunca. De hecho, dudo de si es vecina o vecino, porque jamás hemos coincidido. Vivo pendiente de la mirilla, a ver si en una de estas llego a tiempo cuando la oigo salir de casa por la mañana. Una vez oí que se iba, esprinté y llegué justo para ver cómo una silueta de mujer se perdía en la frialdad de una escalera invernal. Pero nunca sabré si era ella o si era una invitada y mi vecino es en realidad un hombre. La oigo salir a trabajar y la oigo irse a la cama, siempre a la misma hora. La oigo ducharse cada vez que entra en casa. Diría incluso que no se ducha, sino que se baña. Tengo muchísima curiosidad por saber quién es y a quién se dedica. Tengo varias teorías, todas ellas desbaratadas.

 

II

El otro día pensaba acerca de las mujeres de los libros, salidas de las mentes de los hombres. Pero hay algo peor: las mujeres que han leído esos libros, se han creído el rollo e interpretan el papel de mujer enamorada del amor, hipersentimental y con sueños de princesa Disney. Es superior a mis fuerzas. Al amor de verdad se llega fracasado. Escucho demasiado esta semana a Tom Waits. Quizá sea eso. Es interesante recordar que todas las relaciones de la vida de una persona han fracaso excepto la última, que es la que vale. El resto son intentos de llegar hasta ella.

 

III

Estoy enganchado a un video en el que Luis Alberto de Cuenca enseña su biblioteca. Luis Alberto es terriblemente pedante y por eso me tiene totalmente enamorado. Me encantaría conocerlo y escucharle hablar, como hago cada semana en la radio. Soy adicto a Luis Alberto de Cuenca y su manera de estar en el mundo. Tiene 28.000 ejemplares. En este video dice cosas como “tengo una primera edición de Drácula de Bram Stoker, el ejemplar que perteneció a Vincent Starret, novelista norteamericano que escribió ‘La vida privada de Sherlock Holmes’, sobre la que Billie Wilder hizo su película, que por cierto a mi no me gusta”. El tío tiene una biblioteca ingente llena de primeras ediciones y rarezas, junto a figuras extrañas salidas de anticuarios, bronces vieneses del siglo XIX con referencias alegóricas a la mitología que, por supuesto, conoce perfectamente y muñequitos que “acompañan a los libros, pero en segundo plano”. Es un dandy, un afrancesado con aire de lord inglés. En un momento dice, enseñando una contraportada con cierto aire psicodélico… “¿Véis? Los aficionados a los libros buscamos siempre en las buenas encuadernaciones los nombres de los encuadernadores. Aquí -dice señalando algo invisible- tenemos el nombre de Nuyák”. En otro momento, “tú desconfía de un libro que tuvo camisa que te lo den sin camisa”. Pero el final es apoteósico. “Mis libros son flor de cuño, como diría un numismata”.

Quiero conocer a Luis Alberto de Cuenca. Es un objetivo vital. Y a Garci, a Albiac y a Jose María Marco. Esta gente hiperculta, pedante y refinada me hace mucha gracia. Y tienen toda mi admiración.

A colación de lo anterior llevo un tiempo intentando diseñar mi propio “ex libris”, donde quiero meter un diseño chulo con mi nombre pero también con el pseudónimo que me acompañó los años de la oscuridad, Magnífico Margarito. Una cruz, un castillo, una espada. O quizá todo lo contrario y haga algo más alegórico, en ilustración. Una biblioteca es un proyecto vital. Y un “ex libris” propio, una señal de que vas en serio.

 

Viernes, 22 de mayo

 

I

Lucía estaba un poco agobiada, nerviosa, tristona y la he sacado a dar un largo paseo. Como leí a César Antonio Molina, ‘Todo se arregla caminando’. Ante la tristeza, la ira, la preocupación, la pena y la ansiedad, siempre una larga caminata. Cuando estoy atascado y necesito ideas, camino. Cuando estoy preocupado y espero respuestas, a caminar. Se lo he explicado a Lucía. Todo se arregla caminando. Desde un punto de vista físico, el mero hecho de ponerse a caminar activa una serie de hormonas y receptores. La vista se alarga. Los pulmones se llenan, la sangre circula más rápido, el corazón bombea. Las perspectivas se amplían, la mente se libera y llegan mensajes, se encajan las piezas, hasta el punto que yo tengo que caminar grabando notas de audio para no olvidar todas las ideas que me surgen.

Hemos ido hasta La Rosaleda, un jardín exclusivamente de rosas junto al río, lindando con Las Moreras. Es una exquisitez como de jardín privado de un rico loco, inglés y extemporáneo. Allí hemos olfateado las rosas, de todos los colores, nos hemos perdido en el laberinto que forman sus callejuelas y hemos observado a una familia de patos en el río, donde el sol de mayo se reflejaba con una nitidez profunda, ya casi olvidada. Una mujer observaba en un banquito de madera, a la sombra. Miraba a Lucía y recordaba cuando ella era niña y veía los mismos patos junto a su padre. Otra mujer, entre las rosas, leía poesía, seguramente a Jorge Guillén, lo profundo es vivir. Un joven paseaba con una beagel de un mes de vida y todo ha resultado bucólico y reparador. A la vuelta hemos recogido cinco libros que había encargado en la librería ‘Margen’ y ella ha comprado otros tres en ‘Oletvum’. Un helado, el periódico, unos cromos. Hemos entrado a una iglesia que hemos encontrado abierta, San Felipe Neri. No viene mal ese recogimiento y una oración. Luego, en el mercado, hemos comprado ingredientes para hacer hoy su comida favorita. Un abrazo, apoyo incondicional, confianza ciega. Bastante silencio. Si algo he aprendido es que las mujeres, muchas veces, solo necesitan cariño y que estés al lado. No necesitan analizar un problema, encontrar la solución y actuar. A veces, esto solo va de ‘dolerse’. Y después, a seguir con el día, ya totalmente recuperada y sonriendo con su vestido nuevo y la belleza inconmesurable de sus diez años.

 

II

‘Diarios’ de Kafka. ‘Diario de Cabotaje’, de Rafa García Maldonado. ‘Cuadernos’, de Cioran. ‘La noche que llegué al Café Gijón’, de Umbral. ‘Madrid’, de Carlos Aganzo. Problemas para elegir lectura… Quizá comience con Rafa y lo intercale con la guía de Madrid de Aganzo que, por cierto, está editado maravillosamente. Me apetece leer un diario actual y también evadirme un poco en Madrid de manos de la lírica de Carlos. Dejamos Cioran, Kafka y Umbral para después. Empieza otro ciclo de lecturas que se amontonan, novedades editoriales, ganas de leer, de saberlo todo, de vivirlo todo. ¡Qué maravilla!. Lo haré sin anacoretismos y socialmente muy activo para que P. no me riña y no crea que soy un huraño enfadado. Soy muy feliz. Solo que además, eventualmente, leo y escribo.

 

III

Hoy, en una red social, he publicado una foto de nuestro presidente del gobierno visiblemente derrotado y, como pie de dicha foto, he escrito la frase: ‘Sufre, mamón’. No tiene mas interés, excepto que David Summers ha respondido con unas sonoras carcajadas.

 

Sábado, 23 de mayo

Dice Trapiello que los diarios han de publicarse con años de posterioridad. “Cuanto menos se tarda en publicarlo, menos intimidad hay en él. El diario íntimo en el sentido más clásico es póstumo o se publica mucho después de escribirse”. No estoy de acuerdo en absoluto. Yo lo hago no con años de posterioridad, ni con meses, sino en directo, en el acto, es material crudo, sin editar, es raw data. Todo lo que no sea publicar en el acto implica un maquillaje de la realidad para adecuarla a las tramas que solo se podrán conocer con el tiempo. Lo que propone Trapiello, y tantos otros, es escribir desde el futuro repensando el presente para adecuarlo a lo que finalmente sucedió. Si, por ejemplo, yo conozco a una mujer hoy, me enamoro y la historia posteriormente no llega a ninguna parte, en este tipo de diario se verá la realidad, es decir, primero el encuentro, luego el enamoramiento y luego la decepción. Si lo hago al modo Trapiello, el relato empezará con “ambos sabíamos que la historia no podía llegar a ninguna parte, como así sucedió, pero en un momento nos comimos la vida a pedazos”. Y cosas así. Me parece una postura ventajista.

Por otro lado, veo que hay dietaristas que solo muestran su perfil bueno, que puede ser el malo. Construyen el personaje, en cualquier caso, desde el punto de vista que más interesa al hecho literario. Yo hago lo contrario: solo muestro el perfil malo, que es el bueno. Evito hablar de mis problemas reales, de mi empresa, de mis espacios de lucimiento para dar paso a un espacio reflexivo. Mi vida no interesa a nadie. Ni si quiera a mi. Pero quizá sí que lo tenga mi manera de enfrentarme a la cotidianeidad, poniendo negro sobre blanco el desapasionamiento como búsqueda, la contención como base, la anhedonia como ideal libertario, el spleen de Valladolid, este ennui baudelaireiano y zen.

 

 Domingo, 24 de mayo

 

I

Logro terminar la reestructuración de mi biblioteca. Junto en total unos mil libros, sin contar los técnicos, los de empresa, marketing o publicidad, que están en la agencia. He limpiado las estanterías por dentro, he quitado el polvo a los libros y finalmente he recolocado todo en secciones conceptuales. Así, por ejemplo, en la sección ‘Quijote’ tengo varias ediciones de las dos partes junto a uno de mapas y utensilios de la novela y al Quijote de Trapiello, ‘Vida de Don Quijote y Sancho’ de Unamuno y ‘Reflexiones sobre el Quijote’ de Ortega. Es decir, este libro de Unamuno no está con el resto de Unamuno. Y el de Ortega no está con los de Ortega. A su vez, ninguno de ellos está con el 98 sino que tienen sección propia. Y el 98 no contempla la poesía, que esta en su sección propia. Uno de Azorín sobre el alma castellana, está en la sección Castilla y otro que recoge sus artículos sobre Madrid, lo tengo en la sección Madrid, que es una subsección dentro de Viajes. En fin, un orden como otro cualquiera, estructurado según la motivación que me llevó a su adquisición.

Miro mi gran obra con gran alivio y descanso, aunque sigo haciendo pequeñas subsecciones conceptuales y correcciones constantemente. Por ejemplo, no he parado hasta poner juntos a Hemingway, Fitzgerald y todo su universo, correspondencias, estudios, etc. Me produce paz que descansen juntos. Y cerca de Henry Miller, Dos Passos, Faulkner, Steinbeck, etc. O que todo lo de Tallón esté cerca de Vila Matas, de Onetti y de Bioy Casares. Porque sé que le gustaría. Y a su vez, Vila Matas con Bolaño. Secuencias lógicas cuya consecución me hace feliz, esto es un TOC literario. Ahora a hacerla crecer y a por el ex libris. Un biblioteca no acaba nunca. De momento la miro absorto y con miedo de coger ningún libro, no vaya a destrozar el orden estricto de mis procesos. Solo tengo entre manos ‘Diario de Cabotaje’, extraído de la sección ‘Dietarios’. Del libro hablaré cuando lo termine. No quiero precipitarme. De cualquier modo, mi hija me advierte de que esa sección va a seguir creciendo de modo inevitable, por lo que hay que dejarla espacio para que se expanda, como las ramas del árbol. Seguiré haciendo movimientos internos que permitan el desahogo de las secciones estrella. Mi biblioteca es un ser vivo.

 

II

No pienso regalar nunca un libro mío. Los libros que te regala el propio autor están devaluados de base, siente uno la obligación de leerlo y de dar además una buena opinión, como si leyeras sintiendo en la nuca el aliento del escritor. Lees sintiéndote observado, presionado. Además, todo lo regalado parece amateur y no hay nada peor que parecer un escritor aficionado, pasado de intensidad y pretensiones. Me recuerda a los talleres de pintura de los centros cívicos. Como dice Peyró acerca de Auchincloss, se escribe solo si eres muy bueno. No se puede ser mediocre en nada y desde luego no estoy para entretener. No soy un lexatin. Mi diario no es un diario íntimo y evito lo que me da la gana.

 

III

Me llama Jesús Nieto, en uno de sus estados laberínticos del alma. Discutimos de todos los temas a los que nos da tiempo. Soy muy celoso de mi libertad y no me gusta dar explicaciones. Por su parte, me cuenta un par de proyectos que tienen muy buena pinta y en los que no me cabe duda de que triunfará. De paso, me habla de una editorial a la que contactaré la semana que viene. O quizá sea él el que contacte, creo que los conoce y nunca está de más entrar a través de alguien. Agradezco mucho su ayuda y cuelgo. Paso el resto de la tarde en La Pérgola del Campo Grande con los amigos de siempre y sus respectivas criaturas. Parecemos la segunda parte de ‘Los lunes al sol’ o una comedia argentina de los 90. Vuelvo a casa y el día termina con ecos de cambio de ciclo. Mañana ya hay terrazas. El mundo llama a la puerta y tengo ganas de vivir. Se lo tengo que contar a P.

 

Lunes, 25 de mayo

 

Llego a casa algo perjudicado tras reinaugurar la terraza de El Colmao. Es un «decíamos ayer» en toda regla. Todo exquisitamente desastroso, con el encanto de la improvisación, la magia de la sorpresa, todo hecho desde el arrebato, desde el corazón, sin ningún tipo de orden, como la lidia de Morante de la Puebla. Caos en las formas y en el fondo. Juan parece un conde arruinado. No han llegado los proveedores por lo que solo hay vermú, gaseosa y vino clarete. Hacemos todas las combinaciones posibles de tres elementos tomados de dos en dos: vermú con gaseosa, vino clarete con gaseosa y, cuando vamos a tentar la última, es decir, vermú con vino clarete, nos damos cuenta de que no estamos en una peña de un pueblo perdido de Tierra de Pinares y decidimos cortarnos un poco la coleta. Calor veraniego, los amigos de siempre, reencuentros con clásicos colmantinos, historias retomadas. Los porrones pasan de mano en mano, las camisas blancas se llenan de lamparones, la parroquia se acerca a saludar. Sensación de nuevo despertar. No bebemos en exceso pero supongo que la falta de costumbre me hace llegar a casa sonriendo como un gilipollas. Evidentemente duermo fatal, como siempre que llego a casa sonriendo como un gilipollas. Me desvelo en medio de la madrugada y no puedo retomar el sueño.

 

Martes, 26 de mayo

 

I

Llego a casa de trabajar y encuentro abierta la jaula de ‘Lili’, el hámster de mi hija. Se ha fugado y ha sido por mi culpa. Ayer, mientras yo cenaba, vi que el ratón estaba intentando meter algodón en su casa, pero lo tenía enredado con un barrote y no podía. Así que la ayudé. Parece que dejé abierta la puerta de la jaula y ahora tenemos un problema grande. Supongo que algo tendrá que ver con la sonrisa de gilipollas, claro. De cualquier modo, el hámster no está y es un misterio si está escondido por algún lugar o se ha fugado. Las ventanas estaban cerradas y no se me ocurre cómo se podría haber ido, pero me viene a la cabeza constantemente que esta mañana, al salir, he bajado la basura. No sé si también he bajado un hámster. Espero que no porque mañana, cuando venga la niña, tendré que contarle la verdad y puede ser un día duro. Es solo un hámster, pero no me lo consigo quitar de la cabeza. Me pasa siempre. No puedo trabajar si tengo un problema sin solución. He puesto pipas en el suelo de cada habitación y cerrado las puertas de modo que, en la habitación donde no haya pipas, estará Lili en el caso de que no haya huido o fallecido sepultada por la basura. Pongo también harina en los suelos de modo que pueda seguir sus huellas. Solo queda esperar, pero no puedo hacer nada, ni trabajar ni escribir. No me concentro y estoy bloqueado. Cuando pasé por el divorcio fui totalmente incapaz de concentrarme en nada que no fuera el juicio durante meses. Llegué a saber muchísimo del tema, hasta el punto que hay abogados especialistas en la materia que, a día de hoy, me siguen consultando. Ser un poco obsesivo tiene cosas buenas. Me bajo al Colmao.

 

II

 

Se repite la escena, la sonrisa de gilipollas, etc. Esta vez decido que es buena idea, antes de subir a casa, mirar en el contenedor en el que tiré la basura a ver si, a simple vista, veo un ratón. La gente que pasa me mira como diciendo: «Madre mía, qué mal está la publicidad, pobre gente». A uno de los que se me queda mirando le digo «no, no es lo que parece, estoy buscando un ratón» pero según acabo de decirlo me doy cuenta de que mi intervención no mejora la percepción. Subo a casa y miro cada habitación, sin éxito. El ratón no ha salido a comer pipas. Tiene mala pinta y comienzo a valorar alternativas, entre las cuales me gusta especialmente la de hacerme el muerto y tirar balones hacia delante, como Pedro Sánchez. Otras alternativas son culpar al coronavirus, decirle que en realidad era el ratoncito Pérez que ha tenido que salir a trabajar o directamente comprar otro. Me voy a la cama rezando a San Antonio, pongo el despertador a las cinco de la mañana para intentar escuchar ruidos, no deja de ser una animal nocturno y me duermo pensando en Antonio Vega.

 

Miércoles, 27 de mayo

 

I

Me despierto en el medio de la noche con la alarma cazarratones. Reviso una a una las habitaciones y…¡bingo! En la cocina no hay pipas. El corazón se me acelera, ¡el ratón está vivo! ¡Está vivo! ¡Vivo y en este lugar! Recuerdo ahora lo evitable de la escena del contenedor, pero doy gracias a Dios y me siento en silencio en la oscuridad total de mi cocina con renovada fe en la Comunión de los Santos. Silencio, silencio y oscuridad. La silla en medio de la cocina, mi cara de felicidad, respiro despacio, trago saliva, no me muevo. Creo que si me viera en este momento alguien que no supiera lo que pasa me meterían en un psiquiátrico. Pongo pipas, agua y frutas para llamar la atención de su olfato y entonces, «al alba, con tiempo duro de levante, con fuerte levante de 35 nudos de viento», la pequeña bestia apareció respondiendo a mis oraciones y sobornos como si nada pasara, en la más absoluta normalidad, con una manera de andar chulesca y desafectada que me recordaba a Pedro Sánchez. Veo a Lili venir hacia mi y mirarme con la misma cara con la que miraba yo a mi madre cuando quería hacer como que no pasaba nada. Se me eriza el vello de todo el cuerpo de la emoción. La cojo con un trapo, la dejo en su jaula. Me voy a la cama de nuevo. Son las seis y ya he hecho todo lo que tenía que hacer en el día. A las nueve de la mañana viene mi hija, me da un beso, saluda a su ratón y aquí no ha pasado nada. Recuerdo a Miguel Hernández y sus nanas a la cebolla: «Vuela, niño, en la doble luna del pecho…No te derrumbes. No sepas lo que pasa ni lo que ocurre».

 

II

El lunes pasó como una bala

en la sien.

El martes se puso mala.

El miércoles, bien.

Jueves de pasión.

Viernes de escala.

Sábado de tensión y bingo.

 

Y domingo.

 

III

 

Mientras analizaba lo manuelmachadiano de mi poema, por otra parte totalmente prescindible, me llama Antonino Nieto, poeta, videoartista, creador en general, colaborador habitual en diferentes programas de radio y revistas culturales y parte del equipo de Ámbito Cultural, al que conocí en la presentación de El Altillo de Nieto Jurado, en la Casa de las Bestias del Retiro. Pienso ahora en lo que pasó aquella noche y en lo premonitorio del nombre de la sala. Tras casi asistir a una pelea en un bar de filipinos con dos gilipollas que se parecían al Dúo Dinámico, acabé con Nieto y con Camilo de Ory en la Via Lactea y posteriormente en Siroco con dos cordobesas, pegando una tanda de verónicas que pararon el pulso y los relojes de las catedrales. Antonino me dice que se ha acordado de mi y que me quiere invitar a formar parte de un evento que tendrá lugar en la antigua fábrica de cerveza El Aguila, cerca de Atocha en el que poetas, escultores, pintores, cineastas y artistas en general quieren marcar un nuevo ‘Renaissance’. Y se editará un libro en el que quieren que colabore. Me dice muchos nombres ilustres de personas que van a colaborar, pero me quedo solo con Ouka Lele. Todo lo que viene después de Ouka Lele no se me queda en la cabeza. Antonino seguía diciendo nombres, pero yo solo veía la cara de Ouka Lele en mi cabeza.

Acepto, claro. Me están pasando cosas increíbles. Hace año y medio no me leía nadie. Me bajo al Colmao.

 

IV

En El Colmao me llama Aganzo, que quiere hacer llegar mi diario a una editorial para sacar el libro. Infinitamente agradecido, nunca pensé que Carlos se involucrara directamente en ayudarme, es un aliado de mucho nivel. Vaya día. Podría haber empezado con un ratón muerto, una niña llorando y un trauma vital y va a terminar con una inmensa sensación de dicha y agradecimiento al mundo por la vida que estoy viviendo. Cuando me siento así necesito ir a la iglesia a dar gracias. Recuerdo mucho lo mal que lo he pasado en otros tiempos y entiendo esto como el pago por haberlo hecho bien, como un premio, coomo si lo malo fuera solo parte de una jugada celestial que terminaba bien. Me siento infinitamente agradecido y afortunado. Y no puedo evitar pensar en que llegarán momentos malos de nuevo. Los torearemos. He leído en El Debate esta frase de Francisco de Asís Lerdo de Tejada: «La humillación es aborrecida por los mundanos, porque no comprenden su valor e importancia. La humillación produce el vacío necesario que necesita todo ser humano para llenarse de Dios». Creo que es lo mejor que he leído en años. Solo los grandes humillados podemos entender el orgullo con el que caminamos, cuando en días como estos, volvemos a casa mirando al cielo.

 

Jueves, 28 de mayo

 

Muy buenas sensaciones con la gente de El Debate. Me siento muy bien tratado. El día se sucede con mucho trabajo y por la tarde, terraza, diversión, felicidad de mayo. Creo que tengo que explicar a P. que la soledad de la que hablo es sobre todo intelectual y de proyecto vital, no tanto física. Yo vivo en paralelo, son como caminos solitarios recorridos juntos. Pero mi camino es mío. Quiero mirar y ver a alguien en el camino de al lado, pero son dos, no uno. Como dice Nacho Raggio, “mi aislamiento es elegido. La muchedumbre es un sótano, mi soledad una terraza. Esta ruptura con el mundo no es una pose de rechazo o de diferencia. Soy así”. Que bueno es el cabrón. Por mi parte, cuando pienso en mi de viejo me veo escribiendo, leyendo, mejorando como escritor hasta el último día, no sufro de antemano con la soledad. Yo no estaría triste. Mientras hay vida, hay escritura y mientras haya escritura habrá ilusión de seguir creando y creándose, porque la identidad no viene de serie, como el aire acondicionado en los coches.  La identidad hay que crearla. No digo buscarla, como si estuviera escondida en alguna parte y fuera nuestra misión encontrarla, no; lo que hay que hacer es crearla, esculpirla en mármol. Ese y no otro es el objetivo de una vida. “El destino de cada ser humano es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte”, como nos enseñó el recientemente fallecido Oliver Sacks. Y creo que para eso está la literatura: para vivir tu propio camino, para encontrar tu personalidad, tu voz. Para mirarte al espejo envuelto en tinta. Marguerite Duras dice que “escribir es averiguar qué escribirías si escribieras”. Yo lo interpreto: vivir es averiguar cómo vivirías si tuvieras cojones a ser tú mismo. Merece la pena probar, aunque sea un rato. Puede que me pase como a nuestro buen Quijote y –de tanto leer- el soñador me convierta en mi sueño. Puede que te pase lo contrario y me atreva a dejar de escribir para comenzar a vivir lo escrito.

Muy durasiano es Vila-Matas, no en vano, ella fue su casera en sus años de Paris cuando trazaba el camino de búsqueda de la identidad perdida delante del espejo, es decir, cuando estaba haciéndose escritor y decidió vivir su propia vida para no morir una muerte que quizá no le correspondía. Al principio de ‘El Mal de Montano’, el propio Vila-Matas dice que escribir es suplantar una personalidad, hacerse pasar por otro. Yo creo que hacerse pasar por otro es quizá la mejor manera de ser tú mismo. Hacerte pasar por ti mismo es al fin y al cabo la mejor manera de fingir, como lo es ponerse una careta con el propio rostro para tapar el rostro propio. Escribir es, por lo tanto, dar sentido a la identidad que te has encontrado mientras la construías -puede que viceversa-, pero entonces sucede que la vida se abre paso en esa identidad y aparece el instinto de supervivencia y de reproducción en el papel. Javier Cercas lo ve de un modo parecido: “El auténtico yo del escritor no es el yo social sino el yo literario, el yo que escribe y que ha invertido en lo escrito lo mejor de su talento y su inteligencia”. El yo literario es esa identidad que hay que crear, es ese destino al que tendemos como una pulsión irrenunciable, como un caballo desbocado corriendo a cámara lenta hacia al tren.

Lo duro de todo esto es explicárselo al resto, que ven un hobbie donde nosotros vemos parto, que ven fantasma donde nosotros vemos realidad. Quizá sea al revés: el fantasma, la máscara no es más que la cara con la que sales a la calle a buscar el pan nuestro de cada día mientras la identidad se queda en casa soñando ser quien ya eres, en secreto. Somos una locura privada, buscadores de almas perdidos en la noche. Apenas eso.

 

Viernes, 29 de mayo

 Veo a mi vecina, la he pillado. Efectivamente es vecina, no vecino y tiene bici. Creo que por eso se ducha tanto, claro. Cada vez que llega a casa, evidentemente. Yo había valorado que fuera churrera, pescadera, barrendera -oficios que requieren duchas físicas- o incluso algún otro oficio, más antiguo, y que requiriera duchas no solo físicas sino también metafóricas, abluciones concretamente que quiten el pecado y traigan la virtud. Todo era más fácil: mi vecina es ciclista. De camino al trabajo paro en San Felipe Neri a rezar un poco y, a la vuelta, largo café con Manu, al que hace mucho que no veía. Luego, un par de cañas con mi amiga B. y después de comer, más cañas con Picón. Termino el día en El Colmao con mi hermano, hasta horas impresentables y poco confinadas. Yo no sé si esto es ser un huraño, pero a mi me parece que no. Estoy leyendo poco, llevo una semanita desatado, pero hay ganas de reencuentros y desencajonamiento.

Entre medias, El Norte de Castilla me propone como uno de los veinte escritores que haremos reseñas de veinte libros de Delibes por su aniversario. Me toca ‘Diario de un emigrante’, que no he leído, pero que protagoniza Lorenzo, el mismo que ‘Diario de un cazador’. Muy satisfecho con el encargo, Delibes es Delibes y los diarios son un registro en el que me encuentro cómodo. Veo que la vida me sigue llevando por este tipo de obras. Espero aprender algo. Es para septiembre, de modo que aún queda. Los proyectos se suceden, todo va bien.

 

Sábado, 30 de mayo

Viene B. a limpiar, es decir, me toca madrugar para el pre-cleaning y huida. Voy a la agencia a trabajar un poco. Ha salido la primera columna en El Debate. Es una columna de posicionamiento ideológico, de presentación. Creo que consigo que se me ubique en el espacio en el que quiero ser ubicado: socialdemocracia conservadora, derechita cobarde, pactista, consenso, tibieza, transversalidad, decisiones técnicas. Una socialdemocracia light, bien gestionada, que prime el crecimiento económico, una cosa de orden, con familias felices, progreso económico, gente culta, refinada y alejada tanto de la borregada progre como de la jauría facha. Creo que en este el nicho ideológico está la mayoría de la gente, aunque parezca que no hay nadie. En cualquier caso no busco fans, eso conllevaría decir muchas gilipolleces para agradarlos. Yo no soy Ussía.

Mi semana fantástica sigue, hemos quedado todos los amigos para comer y permanecemos juntos, de nuevo, hasta horas intempestivas. Sensación de alegría. Me paran varias personas que no conozco para darme la enhorabuena por los textos, para decirme que me leen, que el diario les ha hecho mucha compañía durante el confinamiento, para hacerme apreciaciones, para darme ideas… Vecinos, paseantes, políticos, lectores, twitteros. Esto es raro. Uno cree que no le lee nadie y de vez en cuando se sorprende con la desinhibición generalizada que el alcohol confiere al lector callado de columnas en provincias. Eso me hace pensar en la cantidad de gente que me lee y me odia, o que susurra que soy un gilipollas, que no está de acuerdo conmigo, pero que jamás me lo dirá. Vivimos en un sesgo que refuerza lo que hacemos. También pienso que me importa una mierda que haya gente a la que no le guste: solo me preocuparía que pensaran que escribo mal o, dicho de otro modo, que escribo como lo harían ellos o con su mismo criterio. Y lo realmente preocupante es pensar que tanto odiadores como seguidores, todos ellos pasan a mi lado por las calles día tras día sabiendo quien soy mientras yo ignoro todo sobre ellos y me creo totalmente anónimo. Me entra un gran temor pensando en los días que bajo a por el periódico con vestimenta poco apropiada y lo que pensarán de mi. Me planteo comprarme un traje para salir el domingo a por la prensa y la comida.

 

Domingo, 31 de mayo

Descanso total. Felicidad tras una semana sin leer, desconfinado y extrañamente cómodo. Dedico un par de horas a retomar el diario de Maldonado, no he vuelto a coger un libro desde que hay terrazas y tampoco es eso. Comida familiar con mis padres, hermanos y sobrinos tras muchos meses sin vernos. Gran alegría, como siempre que nos juntamos. Es la sensación de recordar de dónde vienes y cuales son tus valores, tu tronco. Es una cosa bonita y me siento muy afortunado. Y mucho más afortunado si para comer hay cocido, que a mi madre le sale de escándalo. Dice Garabito que nunca será un buen escritor de dietarios porque los domingos siempre le quedan igual: bodegón de cocidos, galería pornográfica y de psiquiatra. Me parece muy bueno y se lo hago saber. Siguiendo con la familia, tengo un concepto judío de estas cosas. Creo que mi misión en este orden global, en mi paso por el mundo, es fundamentalmente cuidar de Lucía, intentar hacer crecer un patrimonio y enseñarla a que ella sea capaz de protegerlo y hacérselo llegar a la siguiente generación aumentado y dotando a los que habrán de recibirlo de armas para hacer lo mismo . Las posesiones, el patrimonio, no son dinero. Son el legado de tu familia, del mundo, de nuestro mundo. De algún modo, los lores ingleses piensan similar: no es que la casa pertenezca a la familia sino más bien al revés: la familia pertenece a la casa familiar, que es lo que se ha de preservar porque es lo único que prevalecerá. Es la inmortalidad de la que hablaba Unamuno. No tengo casa familiar ni herencia de ningún tipo, pero intentaré que mi hija sí que lo tenga. Y con un poco de suerte, mis nietos y biznietos podrán leerme. Yo daría la vida por leer los diarios de mis antepasados. Recuerdo que tengo uno, es un diario de campaña llamado ‘El Batallón de Guernica. Recuerdos e intimidades de la campaña del Norte (1873-1876)’ escrito por Santiago M. Palacio, que luchó en la Tercera Guerra Carlista en el bando carlista. Esa parte de mi familia viene de Liendo, en la parte de Cantabria que limita con Vizcaya, al norte de Las Encartaciones. Un verano estuve visitándolo con mi amiga C. y visitamos las tumbas de algunos familiares tanto de la rama Palacio como de la rama Avendaño, ambos bajo el altar mayor. Tengo muchas ganas de volver y de llevar a Lucía. Es importante que sepa quién es y quienes fueron todos aquellos sin cuya existencia ella no estaría aquí y a los que, por lo tanto, debemos todo. Principalmente nuestro respeto, cariño y esfuerzo diario. Hay que estar a la altura de los que nos han precedido. Y yo, personalmente, también quiero estar a la altura de los que vendrán.

 

Lunes, 1 de junio

 

I

Ayer vi ‘Million Dollar Baby’, de Clint Eastwood. Una película más, sin mucho que reseñar, a pesar de que ganó el Oscar a la mejor del año, creo. Algunas grandes interpretaciones pero una historia más bien plana, tirando a evidente, que comienza siendo Karate Kid y termina siendo ‘Mar adentro’. Creo que se nos quiere narrar un conflicto interior pero no lo consigue. Los conflictos no son así y no se despachan con una visita a un cura. Y, desde luego, el hecho de que sea una persona de misa diaria y el cura una persona frívola y antipática no ayuda a meter algo de carga intelectual sino todo lo contrario. No hay conflicto, sino intención de conflicto. Y un final precipitado y evidente. No puedo decir rotundamente que no me haya gustado, pero desde luego, de nuevo advierto que mi relación con el cine no avanza. Sin embargo, durante la película me entró el miedo a vivir una gran parte de mi vida sin la presencia de mis padres y terminé el día destrozado y, por momentos, traspasando el borde del llanto. No por la muerte en sí, sino por entender que solo mi muerte nos reencontrará en el otro lado. Sentí una enorme pena por el tiempo que sucederá entre que ellos se vayan y me vaya yo. Cuando ese momento llegue va a ser duro, cada vez me afecta más la muerte. Me genera mucha ansiedad. Por ello, ya no si quiera puedo ir a funerales. No es que no me guste ir, en eso quizá podríamos coincidir todo el mundo, excepto José María García. Es que no puedo ir, literalmente. Me entra ansiedad, taquicardias, parálisis, dolor en el brazo izquierdo, síntomas de infarto, se me atasca la palabra, pierdo la agilidad hablando, me atrapa la pena, el vértigo, el vacío. Y esto no me pasa por el abismo de la muerte y la eternidad, como a un ateo, sino por lo contrario, porque soy creyente, porque esa persona comienza un viaje del infierno del que, al tercer día, quizá salga; por la cercanía del juicio final, de la presencia de Dios, de la inmensidad de la mirada divina; por la podredumbre de la carne, por la inmensa soledad y abandono de los restos óseos y recovecos del cuerpo; por la escatología, por la claustrofobia, por el frio de la piedra y el mármol; por las exequias, por los ritos, por el rigor mortis, por las lágrimas y el silencio. Por la vulgaridad de los sonidos post mortem, por ese coche que pita, por ese pájaro que pía ajeno al instante final. O quizá, sobrevolándolo. Todos los funerales me sobran. Sobre todo el mío.

 

II

El tema de la muerte de mis padres me paraliza por la noche y duermo con horribles pesadillas y atrapado por una pena enorme en forma de mano en la traquea. En medio de la pena insomne me encuentro con que P. tampoco puede dormir y me ha hecho un par de acotaciones y corregido un par de fallos. Está contenta con mi semana anti huraña. El sábado, mi amiga D. me dijo que había leído mi diario y que le había encantado, pese a que subraya -cómo no- que está de acuerdo con P. y que soy un huraño. Mi hermana Marta opina lo mismo. Creo que no he sabido explicar que soy muy feliz con gente y muy feliz sin gente. Esto me parece no solo bueno sino además evolucionista, una señal de adaptación. Pareciera que uno debería haber sufrido en el confinamiento para resultar una persona mentalmente sana. Es decir, haber sido mentalmente insano para mostrar que estoy sano. Pues me niego. Feliz solo, feliz con gente. Yo me adapto y disfruto todo: la soledad, la compañía, el descanso, la fiesta, la siesta. los cambios de estación, cuando aparece la fruta de cada temporada, cuando se va, cuando llueve por primera vez y nos ponemos la ropa de otoño, cuando voy a Madrid, cuando vuelvo, el fútbol, la ausencia de fútbol. Todo. Soy una persona feliz. No sé cómo he podido caer tan bajo.

 

III

Mi hija sabe con qué lectura estoy en cada momento y le encanta que, cuando me siento al final del día, me ponga a leer. Eso le da paz, yo creo que es lo que ha visto siempre y lo asocia a que se acabó el trabajo, las llamadas, la tensión. Ponerse a leer implica, para ella, que su padre está ahí y que no tiene que hacer nada más en el día. A menudo me dice: “Papá, ¿te traigo a Cioran? ¿A Maldonado?”. Los distingue, sabe donde están y da por hecho que es su responsabilidad traerme los libros, no sé por qué. A veces me trae también el ordenador ya que sabe que cuando leo, surgen ideas. Y un lápiz para subrayar. Cuando tiene miedo, solo quiere que yo lea mientras ella se queda dormida. Es su manera de entender la paz, la tranquilidad, el orden. Quizá el mundo no sea mucho más que un padre leyendo y una hija que duerme a su lado, en la completa seguridad. Me parece bonito y rezo para que cuando crezca encuentre a un chico que lea al final del día y pueda ayudarla a sentir esa completa seguridad que de nacimiento le confiere el libro. Yo rezaré para que, cuando ella se vaya, alguien me siga demandando que lea a su lado como camino poco transitado hacia la paz. El libro es nuestra lengua materna.

 

Martes, 2 de junio

La columna funciona muy bien. Me contacta un alumno en nombre de toda una clase de primero de bachillerato de Gran Canaria para hacerme una serie de preguntas acerca de un texto mío que están analizando. ¿Dónde esta el pin parental cuando se le necesita? ¿Cómo puedo ser una lectura obligada para gente en formación? ¿No hay otros? Me dice que les ha gustado mucho y que, de hecho, muchos de ellos están leyendo mi blog entero, por pura afición. Siento una mezcla de orgullo y responsabilidad tremenda. Yo nunca he escrito para gente de 16 años y ahora tengo un poco de miedo por lo que pueden encontrarse. Si lo llego a saber, habría omitido mucha de las gilipolleces que digo. Porque la gente debe saber, ante todo, que ni si quiera yo estoy de acuerdo con todo lo que escribo. En muchas ocasiones he defendido tesis con las que no comulgo en absoluto. Pero es que haciéndolo, me han quedado unas columnas fantásticas y uno se debe al estilo. A veces, el argumento de la columna, el hilo del que tiras es buenísimo y la columna redonda. El hecho de que no creas una sola palabras de lo que estás diciendo es un detalle menor, sin importancia. En el columnismo, lo intelectual está al servicio de la calidad formal. El tema, al servicio de la personalidad. No son ensayos. Son puñetazos.

Pienso en la responsabilidad que tiene una persona que escribe en un periódico. Es mucho más de lo que parece. Ayudamos a formar opinión y hay lectores de todo tipo. Hay que ser mucho más responsables con lo que decimos y con lo que no decimos. En ocasiones, la provocación y las ganas de tocar las narices a los ineptos se me va de las manos. En otras, tiendo a no decir todo lo que sé o pienso justo por lo contrario, para no mostrarme excesivamente pirómano. Por ejemplo, con el gobierno: aun no he dicho una décima parte de lo que pienso y puede que sea el momento de que esos chavales lo sepan, hay que ayudarles a ser libres frente al fanatismo papanata tardopedrista. No pueden simplemente sentirse derrotados. Me da una vergüenza enorme que los niños miren a este gobierno. Es, sin duda, un fracaso terrible de los mayores. ¿Esto es lo mejor que podemos darles? De cualquier modo, nunca más olvidaré que hay niños mirando.

 

Miércoles, 3 de junio 

El Norte me encarga una nueva columna para un suplemento especial y me llega otra oferta desde una publicación pequeña. Esto empieza a ser excesivo y aun estoy esperando otra posibilidad de colaboración con Peyró que me apetece muchísimo. Tengo que pensar bien a qué digo sí y a qué digo no y comenzar un ‘plan de carrera’. A veces tengo la sensación de no haberme parado a mirar el horizonte y estar simplemente corriendo sin parar. Entre todo lo que ya tengo comprometido, el diario y los nuevos proyectos editoriales, el tiempo comienza a ser un problema.

Hay mucha gente que está esperando de mi un supuesto salto, un gran medio madrileño, o algo así. Todos se equivocan. Mi sitio en el mundo es El Norte de Castilla, al menos mientras siga dirigiéndolo Ángel Ortiz, hacia quien siento un profundo compromiso, un fuerte sentimiento de lealtad y, sobre todo, una enorme gratitud. Se la jugó conmigo en un momento nada sencillo y yo solo he querido responder a esa confianza cada día. He aprendido mucho de él y lo sigo haciendo. El único ‘ascenso’ que realmente me gustaría es escribir para todas las cabeceras de Vocento y que mi ahijado Jon me pudiera leer cada semana en el Diario Vasco. Quizá algún día suceda.

Además, me encanta mi nueva colaboración mensual con El Debate. Y me encantaría, como he dicho, comenzar la colaboración con Peyró. Por ello, creo que no tengo más opciones que decir que no a esta nueva propuesta. Messi empezó a ser quien es cuando entendió que no se puede ser sublime sin interrupción y que no se pueden jugar de modo trascendente balones intrascendentes. Hay que elegir bien dónde está la trascendencia. Hay que levantar la mirada. Paso corto, vista larga y mala leche.

 

Jueves, 4 de junio

Me piden otra columna extra en ‘El Norte’. En este caso acerca de ‘Red’ Hugh O’Donnell, un héroe irlandés que falleció en Valladolid en 1602 intentando lograr el apoyo del rey para luchar contra los ingleses y cuyo cuerpo parece haber aparecido en una excavación. Se me ocurre hacer la columna íntegra en inglés y ‘El Norte’ me compra la idea. Paso la tarde preguntándome por qué cojones me meteré en estos berenjenales, pero aún así me gusta la apuesta. Hay que arriesgar, hay que pensar más, hay que mirar los márgenes. En alguna ocasión he dicho que no me gusta escribir, sino ‘haber escrito’. Esta ocasión es quizá el mayor ejemplo de ello. Sufro para hacerlo, pido a un amigo australiano que me la corrija y finalmente me invade ese orgullo de haber escrito. El efecto recompensa es brutal y engancha. Soy un yonki.

Ceno en un restaurante del Pinar junto a cuatro amigos y nos dan altas horas de la madrugada entre Gin Tonics contenidos y lascivia disparada de modo generalizado. Parecemos chiquillos.

 

Viernes, 5 de junio

Paso la tarde en La Mudarra, en la Casa Grande de los Garabito, invitado por Guillermo. Es un lugar mágico y él es el mejor anfitrión. Voy junto a nuestro común amigo Alfredo y a nuestras hijas y pasamos una tarde-noche maravillosa departiendo de todo, compartiendo exclusivas, rumores, cotilleos, risas y, sobre todo, negronis. Guillermo y yo no estamos de acuerdo en casi nada, pero creo que es una cuestión de edad y de perspectiva. Le admiro como escritor y desde el confinamiento está en su mejor momento, quizá como lo estamos todos los escritores del mundo. Lo que nos falta es tiempo. Lo que nos sobran son excusas. Un confinamiento te da todo de lo primero y te quita todo de lo segundo y, por eso, el virus ha hecho que baje de golpe la marea y hayamos visto quién estaba nadando desnudo. Guillermo es un gran escritor y tiene recursos, lecturas y estilo de sobra para ser un grande. El ritmo frenético del día a día iguala las columnas, pero cuando todos tenemos tiempo y espacio, se ve quiénes son los buenos. Cenamos con sus padres y su hermana en una mesa maravillosa decorada con gusto y gran detalle. Una velada fantástica que termina cuando las niñas dejan de perseguir gatos para quedarse dormidas en la hamaca. Es su manera de decir que es el momento de volver.

 

Sábado, 6 de junio

Paso todo el día fuera de casa junto a mi hija y amigos. Llevo quince días para 150 páginas de Maldonado. No leo nada. Salgo casi cada día. Espero que quien pensara que soy un tipo huraño haya destruido ya el mito. Mi vida es un no parar de trabajo, viajes, reuniones, actos de todo tipo, cenas y cervezas compartidas y ya estoy de nuevo en la vorágine. No sé decir que no a nada. El estrés empresarial es grande. Por ello, el confinamiento fue una salvación para mí, un paréntesis, una bomba lapa en la agenda y un comodín contra mi lacerante falta de asertividad. La oportunidad de pararlo todo sin excusas, el virus haciendo de poli malo. Y me encantó. Eso no quiere decir más que lo que quiere decir, que en realidad, no sé lo que es, pero que no es lo que parece.

Viene mi sobrina a dormir junto a Lucía y pasan el día y la noche jugando. Yo, desterrado al sofá. Qué recuerdos.

 

Domingo, 7 de junio

La columna en inglés sale con gran sorpresa general. Puede que sea la primera columna en inglés de los 167 años de historia del periódico. Yo he visto alguna columna traducida al inglés en Semana Santa, para los turistas, pero nunca una columna nativa en inglés y sin traducción. Puede que sea el primero. Funciona y me siento contento por ello.

Hoy deberíamos estar celebrando la comunión de Lucía, pero evidentemente se tuvo que posponer. Y yo debería haber comprado una casa el día que se decretó el estado de alarma. También se tuvo que postponer. En ambos casos, tengo la certeza de que todo ocurre por un beneficio mayor. La vida es aquello que sucede mientras reventamos a pedradas el relato.

 

Lunes, 8 de junio

I

Yo empecé a escribir para que se me escuchara. Y ahora que hablo a gritos, tengo la sensación de que se me escucha menos que nunca.

 

II

Tengo un problema: me imagino a todas las mujeres como mujeres de mi vida de modo potencial y eso genera presión a cada palabra. Es un hecho que no todas las mujeres que te encuentras son la mujer de tu vida, pero es igual de cierto que todas las mujeres de la vida de alguien han tenido un primer encuentro fortuito y se han conocido por primera vez en algún lugar. Ese encuentro fue mágico y derivó en una historia de amor, por lo que decido que todos los primeros encuentros con mujeres son momentos susceptibles de ser decisivos en mi vida, por los que acudo a ellos como quien acude a un momento histórico. A veces me hago pasar por un tipo duro, otras por un tipo blando, otras soy socialdemócrata, otras un liberal de la escuela austriaca, unas veces un buen hombre, otras un canallita de la noche… A veces un escritor humilde -cuando me halagan-, otras por un escritor soberbio -cuando me ignoran-. En realidad no hay mujeres de tu vida a partir de los cuarenta. De hecho no hay mujeres de tu vida. Es un fenómeno exclusivo de los primeros amores. Un reflejo proyectivo que nunca tuvo sentido. Hay mujeres y punto.

 

Martes, 9 de junio

Escribir columnas es examinarse cada día de un tema que no te has estudiado. La sensación es de miedo, de pavor, de arrepentimiento, de ¿por qué cojones tengo que pasar yo por esto? Es una especie de síndrome del impostor, un malestar por estar fingiendo ser quien, en realidad, no eres; una lucha que nunca acaba por el punto de vista brillante, por el tono propio, por el propio estilo. La presión es grande y muchos días me siento incapaz. Ayer escribí y publiqué. Todo bien, pero hoy me voy a la cama incapaz de hacer algo a la altura de lo que espero de mí mismo, cansadísimo, derrotado, perdido, inválido y descubro que la autoestima es como la tensión: yo tengo alta la alta y baja la baja.

 

Miércoles, 10 de junio

La columna que ayer no pude escribir surge hoy de la nada, como un regalo, fácil, sencilla, con fragmentos incluso brillantes y de los que me siento orgulloso. Entrego y Foces, el subdirector de El Norte, me dice que le encanta, como todo lo que hago. De nuevo, la sensación de ser un médium, de que alguien me dictara palabras en un extraño trance. Hay textos de los que ni si quiera reconozco la autoría. Escribir columnas es examinarse cada día de un tema que no te has estudiado, sí. Pero que, al final, siempre apruebas.

Por eso, cuando el texto surge, no se puede guardar. Mucha gente me pregunta que por qué no escribo un día cinco o seis columnas y las voy dejando en la nevera, sacándolas cuando hagan falta y así poder estar un tiempo relajado, sin la presión de escribir y entregar. No han entendido nada. Cuando uno acaba de escribir necesita entregar, verlo publicado. Necesita, supongo, el aplauso, el silbido, la exposición, la adrenalina, el vértigo. Lo contrario sería tan absurdo como ser Puccini, componer e interpretar brillantemente un aria para postponer el aplauso unas semanas. Cuando te llega el aplauso, ya no te acuerdas de por qué. De vez en cuando alguien me da la enhorabuena por el texto de hoy y yo he de preguntar que cuál era el de hoy, ya se me ha olvidado. No se puede posponer, no se puede acelerar mucho para levantar los pies de los pedales. Se necesita entregar, es el ritmo maldito: sufrir, iluminarse, jurar dejarlo, escribir, entregar, necesitar más, como un yonqui. Y de nuevo el contador a cero, esperando el descrédito, el potencial ridículo, la pérdida de nivel que te lleve al suelo, el ser estrellado.

 

Jueves, 11 de junio

 

I

Estoy poseído de un individualismo atroz en todos los ámbitos. No me siento integrante de ninguna generación, de ningún colectivo, no me encuentro si miro a los católicos, a la derecha, a la izquierda, al centro, a los columnistas, a los padres divorciados, a los directores de agencias de publicidad, a los vallisoletanos. No me encuentro en nada. Tampoco en el matrimonio, claro. Me siento terriblemente libre.

 

II

Llamo a Peyo, Aloña, a mi ahijado Jon y a su hermana Enea. Todo bien en Lezo. Probablemente pasemos unos días juntos en Llanes en Agosto. A cambio le hago jurar que no me va a obligar a ir a la playa. Yo abandero la facción sidra, Cabrales, paseo improvisado y prensa local. Ambos sabemos que acabaré renegando y maldiciendo mi suerte en la misma arena en la que Lucía comenzó a gatear hace ya diez años. Renegando, sí. Pero con elegancia.

 

Viernes, 12 de junio

I

‘Típico, antijurídico y culpable’. Es la definición de delito, pero bien podría ser el título de mis memorias.

 

II

Quedo con Guillermo Garabito en el ‘Pigiama’, bar del Pasaje Gutiérrez que frecuento mucho y al que no había vuelto desde que empezara el confinamiento. El ‘Pigiama’ es de los pocos lugares con cierta clase que quedan en Valladolid, que ha visto la calidad de su hostelería reducida ad infinitum en los últimos años. Esto no es exclusivo de Valladolid, en Madrid pasa lo mismo. Es la barcelonizacion de la hostelería, los palets, el rollo bio-progre-low cost, la musica chill out, el camarero argentino, el chester, el atún marinado, la salsa de soja, la joven con Mac y leche de soja, el té con stevia, la tarta de zanahoria, el lettering, las pizarras, el do-it-yourself, el mojito y el camarero con delantal impoluto y el cerebro lleno de instagrams. Cómo odio este tipo de hostelería. Gracias a Dios, el Pigiama es Old School pero con aspecto moderno, limpio, actual, amplio y su clientela ecléctica, sordomuda y dispuesta a tal distancia que creo que comprende varios husos horarios.

Le cuento a Guillermo un proyecto editorial que no puedo abordar solo y le encanta, puede ser el inicio de algo bonito. Nos apretamos dos Negroni de Paco y nos vamos a casa en el momento preciso que divide el bien del mal. Estamos madurando. En otras ocasiones aun seguiríamos por ahí declamando columnas de Ruano, de Capmany, de Umbral. El columnismo es un oficio solitario que se hace en grupo y quedar con un columnista siempre es un placer: nos pasan las mismas cosas. En el caso de Guillermo, además, es una enciclopedia andante. Lo sabe todo. Conoce a todos. Y escribe mejor que nunca. Nos instamos a quedar la semana que viene para avanzar en nuestro proyecto. No obstante, le he visto triste, preocupado por algo. Se está haciendo mayor.

 

Sábado, 13 de junio

 

I

La mañana del sábado cuando estoy sin Lucía es maravillosa. Me levanto pronto pero sin despertador, me ducho, me visto de escritor y salgo a la calle como un kamikaze. He desayunado en el Café del Norte, otro de los bares serios, elegantes, profesionales y familiares de la ciudad. Y ademas ponen huevos con bacon y café solo. Odio desayunar dulce. Me he comprado cuatro periódicos con la ingenua pretensión de leerlo todo. Pero se me había olvidado lo difícil que es leer la prensa en provincias. Ahí hay otro título para una obra de teatro: ‘Lo difícil que es leer la prensa en provincias’. Me saluda medio Valladolid, tengo que cambiar tres veces de bar, me levanto de la silla -claro- unas veinte veces, me interrumpe todo, me distrae todo, me pierdo en todo. Acabo decidiendo irme a la agencia para leer tranquilo, con bolígrafo en la mano y Bach de fondo. Paso toda la mañana leyendo, estudiando, lleno de ideas, de anotaciones, de arranques de columnas y de sol, un sol de sábado que distinguiría perfectamente de otros soles. El sol de lunes es drástico, el sol de martes es un sol de infancia, un sol obligatorio. El de miércoles es el más amarillo. El de jueves es un sol lleno de juventud y rabia y el sol de viernes pide cristales a gritos, intensidad emocional, volumen y amor. El sol de domingo es sol de misa y abuelas. Pero el sol de sábado es único. Y pide prensa. No puedo evitar sentir un poco de desprecio por  la gente que pasa las mañanas del sábado en pijama, con el móvil en la mano, presos en el sofá y en la mediocridad. Evidentemente no me da tiempo a todo lo que pretendo hacer y acepto tablas. Como con mi amigo Lloyd, australiano y con mi hermano Juan Luis.

 

II

Comemos en ‘Suite 22’, hacía años que no iba. Está situado en un palacio, en el lugar que antes ocupaba el mítico ‘Germán’. Un chef muy por encima de la sala, lo cual no es exactamente un problema del chef ni de la sala. Lo que quiero decir es que, o tenemos pretensiones o no la tenemos. Hay que decidirse. Si es que sí, falta sala; si es que no, sobra chef. Iba a decir que quizá abusa de la fusión oriental, como todo, pero la cosa es que no, por una vez todo funciona con una aparente sensación de equilibrio. Algunos platos mejor que otros, pero notable la corvina y excepcional el espárrago de Tudela. Creo que es el mejor plato que he probado en el año, lo cual no es mucho decir porque hacía meses que no salía a comer. Buen champan, tarta de queso correcta y salimos directos al Compás antes de ver al Real Valladolid. Todo va degenerando hasta que, por fin, llegamos a la felicidad total, a eso de las doce de la noche. Es en ese momento en el que sabes que todo solo puede ir a peor y decido irme. Ya en casa me topo en la tele con un combate de Connor McGregor y me fascina el personaje. Duermo como un cachorro de siamés.

 

Domingo, 14 de junio

El día pasa en la absoluta inacción. No leo, no escribo, solo veo partidos de futbol horrorosos y duermo alternativamente microsiestas. Pido comida mexicana, pero es tan picante que ni si quiera puedo comerla. Ayer fue un gran día.

 

Lunes, 15 de junio

Decido apartarme de la vulgaridad de los problemas de mi tiempo. No me interesa nada que la sociedad pueda generar hoy, excepto parte de su arte. Desde que llamaron pensador a Stéphane Hessel, tampoco me interesan los pensadores. El que más y el que menos de los que se llaman filósofos, se centra en aspectos prácticos de la vida, no en el conocimiento en sí mismo. Casi un siglo sin filosofía es mucho y se nos nota.

Reniego de la intrascendencia, de la mediocridad y de la inconsistencia de los problemas mundanos. Opto por no leer prensa, no oír radio, no ver debates, tertulias ni informativos. Disminuiré mi consumo de impactos de cualquier tipo. Sólo así podré intentar si quiera optar a ser un poco más libre, a ser un poco más yo, a ser un poco más, a ser un poco, a ser (..)

Rechazo ponerme avatares, lazos, pegatinas o distintivos amarillos, verdes, rojos o azules. No soy un antisistema, lo que hoy en día me convierte en underground ante las legiones de antisistema sistematizados y en fila. Si os viera Marx, le dejaría llorar en mi hombro. (Ni marxistas ni antimarxistasn han leído a Marx).

No firmo manifiestos ni peticiones de cambio de ningún tipo. Me parece aceptable cómo está todo y más teniendo en cuenta la enorme posibilidad de que cualquier cambio sea a peor. No acudo a manifestaciones. No me tomo la última: todas son la última hasta que se demuestre lo contrario. Y no opondré oposición si se demuestra. Fuera de la masa, del rebaño.

No pisaré un bar sucio. No iré a ninguna franquicia si puede ser evitado. No leeré todo, seré mucho más selectivo; como decía Nietzsche, “el conocimiento sin selección equivale al instinto sexual indiscriminado: signo de vulgaridad”. No leeré más Historia: sé que es mentira el presente que están escribiendo los cronistas de mi tiempo, a saber qué habrán hecho con el pasado. Si han convencido a mucha gente de que esta crisis es culpa de los políticos, pueden hacer lo que sea. Y colará, si empiezas a contar el libro por las conclusiones, cuela todo.

No educaré más contra mi instinto, solo educaré pensando en felicidad, independencia de pensamiento, autonomía, cosmopolitismo, protección, cariño, sensibilidad y refinamiento en todos los aspectos. El resto me da igual. No criaré obreros.

El presente no existe, el futuro no me produce mucha curiosidad. El pasado nos lo hemos cargado a base de interpretaciones. Tampoco temo a la muerte desde que entendí a los estoicos. Si lees a Marco Aurelio, no te hacen falta más evangelistas, creéme. Y sin evangelistas, no hay evangelio. Si eliges mensaje, encontrarás al mensajero. Si eliges consejero, ímplicitamente eliges consejo.

El Dios en el que no crees, no existe. No puedo ayudarte sin influirte; no puedo influirte sin convertirme en “el otro”. No puedo ser esa otredad sin asumir ser posteriormente objeto de tu destrucción cuando me culpes de tu deseo, por ser -según tú- mi deseo. No es justo, pero ES: ayudar te convertirá en culpable. Me limitaré a escuchar, a estar. Hablas porque te escucho. Eres porque soy aquí y ahora. Soy para que seas. Y si te das cuenta de esto, se cae el invento, como un castillo de naipes, porque comienza la transferencia. Como dice mi idolatrada hija, en un resumen brutal: “te quiero porque te miro”.

Me apeo de mi tiempo. No soy tu contemporáneo. Eterno retorno, si busco hacia atrás me sitúo en tu futuro, si es que llegas a reconocerlo cuando llegue, en el caso de que no haya llegado ya y no te hayas enterado.

Decido apartarme de la vida pública. Estoy, pero no estoy; me ves, pero me he ido. Cuando digo “Hola”, me estoy despidiendo. Cuando digo “Adiós”, en realidad enciendo el interruptor y me doy la bienvenida. El único exilio posible es en uno mismo. “Lo grande sólo actúa en lo grande: así el correo de antorchas de Agamenón únicamente salta de cumbre en cumbre” (Nietzsche one more time). Mejor correo de antorchas de cumbre en cumbre que correo de ardillas de gilipollas en gilipollas en esta ibérica desdicha.

 

Martes, 16 de junio

Reunión con la madre de Lucía para organizar verano, vacaciones, campamentos, cumpleaños y comunión. Organizamos todo en tiempo récord, fácilmente, con acuerdos rápidos, reparto de tareas claras y dedicamos el resto del tiempo que habíamos guardado a tal fin a beber cervezas. Somos veteranos. La niña me dice que le encanta su vida. Quizá solo vaya de esto.

 

Miércoles, 17 de junio

Mi trabajo puede ser la cosa más frustrante del mundo. El cliente entiende que tiene un problema de marketing y que no sabe de marketing, por lo que acude a un experto en marketing. Es decir, asume que él no sabe y que tú sí. Sin embargo, es él quien tiene que juzgar tu trabajo, es decir, alguien que no sabe juzga al que sabe. Es como si yo juzgara a Miguel Ángel en el noble arte de pintar techos de capillas vaticanas. Esto muchas veces termina de un modo curioso: lo hacemos todo lo mejor que el cliente puede entender. Nunca todo lo mejor que podemos hacer, porque el cliente no lo entendería y su satisfacción baja. Y esto es, en sí mismo, una lección de marketing, en concreto de satisfacción, que es la base de la fidelización y de la rentabilidad. Lección con la que muchos no estarán de acuerdo. Los que no saben, claro.

 

Jueves, 18 de junio

Lucía tiene mal perder. Le gano a un juego de mesa y reacciona fatal. Le explico la importancia de saber perder y de saber ganar. Cuando uno pierde, da la enhorabuena, ofrece la mano e intenta aprender. Cuando uno gana, se quita mérito, da la enhorabuena al otro por lo bien que lo ha hecho, dice que podía haber ganado cualquiera, etc. y no hace más sangre. A otra cosa. Esto lo ha de aprender cuanto antes para no ser una persona movida por el rencor. No quiero que termine quemando calles en Cataluña o afiliada a Podemos. A ganar se aprende. A perder uno se acostumbra.

Onetti nos enseñó que perder es lo normal y que no pasa nada; que fracasar es algo inevitable ante lo cual sólo queda una salida que -por supuesto- es seguir fracasando una y otra vez hasta llegar al fracaso final. Lo que llamamos fracaso quizá sea sólo la vida normal, la vida con cartas malas, entornos vulgares, el talento justo. Y con esa vida, esos entornos y esas cartas hemos de seguir, sin demasiadas ilusiones, por otra parte. Buscar el éxito es negar la vida, creerse Dios, es algo herético. El éxito o se tiene o no, pero buscarlo es vulgar. Buscar el éxito es de pobres. Si buscas el éxito te encontrarás una puerta cerrada, en cambio, si buscas la verdad, te encontrarás -sorpresa, sorpresa- con el éxito.

Si perder es lo normal, no se puede esperar que la felicidad sea consecuencia del éxito, algo anexo a él, como cuando comprando un chorizo te regalan unas lentejas o cuando comprando lentejas te regalan un chorizo. La felicidad no viene de ahí, no viene del éxito sino de cumplir con un propósito vital, algo íntimo, alejado de cantos de sirena, chorizos y lentejas. El fracaso sí que viene de fuera, pero el éxito es endógeno. El fracaso es una comparación con la fábula en la que -claro- sales perdiendo. El éxito, sin embargo, es privado, habitualmente solo tú te enteras de estar triunfando mientras los demás miran con estupor cómo celebras la nada y brindas con champán caro tu propia existencia. El éxito, decía, no sólo es privado, sino que también es relativo porque dura poco, la insatisfacción es eterna, siempre queremos más. Todos somos unos fracasados en realidad, porque todos hemos sido felices y la felicidad es una fábrica de infelicidad al por mayor. La infelicidad sólo puede crecer desde la felicidad previa. Es paradójico, pero lo mismo pasa con el fracaso: allá donde veas un fracaso, encontrarás -si escarbas un par de centímetros- oculto un éxito. Solo hay que indagar un poco y lo acabarás encontrando. El fracasado siempre acaba por confesarlo todo.

Pero no todos los fracasos son iguales. El fracaso voluntario no es fracaso, es goce freudiano, catarsis autoinflingida, un castigo que purifica y da sentido -al que se lo de-. A mi no me interesa ese fracaso. Me interesa sólamente el fracaso no buscado, aquel que no crece en el fango, aquel que tiene más valor cuanto más profundo es y más profundo es cuanta más distancia recorre desde la cima a la sima. No puede fracasar sino quien haya tenido previamente un gran éxito, por eso no debes inquietarte cuando encuentres en la oscuridad a alguien que alguna vez brilló. Esa vida en esa oscuridad es precisamente lo que debemos admirar porque el éxito es como un brillo fluorescente que se queda impregnado en el estilo.

Lo primero debe ser fracasar. El fracaso te pone a prueba. El fracaso viene a quitarte el olor a nuevo y los brillos de la cara. El fracaso, ante todo, sirve para no hacer el ridículo por ahí diciendo tonterías acerca del éxito y de la felicidad. El éxito, me temo, es aquello que los fracasados creen que hay al otro lado del silencio, pero en realidad, al otro lado -y esto se aprende con el tiempo- está el mismo fracaso, pero envuelto con el nombre de la insatisfacción. Si aspiras a ocho y te quedas en seis, eres un fracasado, mucho más que el hombre de éxito que aspiraba al cuatro y consiguió alcanzar el cinco. Por eso conviene que los hombres y mujeres de éxito miren a los fracasados con respeto y admiración y no por encima del hombro. Estamos creando, estamos creyendo en nosotros mismos, hablando para sordomudos y cumpliendo con nuestra obligación. No molesten con éxitos tan baratos, que estamos muy ocupados en nuestros fracasos ejemplares. Somos fracasos, sí, pero fracasos aspiracionales. Nuestra manera de fracasar es tan bella que corremos el riesgo de quedarnos atrapados, como la mosca en el ámbar. Y mirado así, ¿quién querría otra cosa?

 

Viernes, 19 de junio

Lucía me despierta con una curiosa reivindicación. «Papá, a mí de todas estas cosas de Dios, hay una que me parece fatal. ¿Por qué siempre hablan de la madre de Jesús pero nunca del padre? ¿Qué pasa con San José?». Sonrío de medio lado, la niña lo acaba de comprender todo. Además de la herética mariolatría que profesa medio catolicismo, ha entendido que la verdadera discriminación en esta sociedad es hacia el padre, hacia el varón, hacia lo masculino. Estamos jodidos, vapuleados, ninguneados y humillados. Y quien crea que no, es que jamás ha pasado por un proceso de divorcio.

Rezo con frecuencia a San José y aprovecho el día para visitar la capilla dedicada a él en San Benito, donde tienen también un enorme centro de estudios josefinos. San José fue padre, esposo, autónomo y tuvo una paternidad digamos que compleja. Es una figura indispensable, su labor callada, la cesión total del protagonismo, la asunción de toda la responsabilidad a cambio de nada, su importancia decisiva en la historia del cristianismo, ser padre del Hijo e hijo del Padre. San José es mi referente vital y sé que me cuida.

 

Sábado, 20 de junio

Se suponía que íbamos a tomar algo rápido para ver al Real Valladolid, pero terminamos pasando el día por ahí, enredados en cócteles imposibles y cenando huevos fritos en casa de David pasando del partido. No hay filtro ni freno cuando la vida se presenta como un torrente incontrolado de amistad y cariño.

 

Domingo, 21 de junio

Inauguramos el verano en la Casa Grande con todos los Garabito en una tarde gloriosa de suavidad y dulzura. Aquel jardín te lleva a Italia y la puesta de sol, que no llegaba nunca del todo, como en la Toscana, nos hizo sentirnos una élite privilegiada, que en realidad es lo que somos, una élite conservadora y hedonista que abre sus puertas al que le de la santa gana, incluso a gente que viene en pantalón corto o en bañador. Yo, particularmente, me siento élite porque me da la gana, que es la mejor razón y la menos rebatible. También estuvieron José Delfín Val, Alfredo Fernández, Juan ‘el del Colmao’ -siempre que le cito así me recuerda a Santiago ‘el Zebedeo’- y su maravillosa mujer Maite. Marmitako, ensaladilla, tortilla, Dehesa de los Canónigos, José Pariente, Maro Valles. Y la mejor compañía posible, entre anécdotas, risas y mucho cariño. Y las niñas jugando en un monumento a su infancia. Intento retener estos momentos de felicidad compartida con mi hija porque sé que, antes o después, acabarán. Temo a su adolescencia como a un jinete del apocalipsis.

 

Lunes, 22 de junio

Día duro, paso mucho miedo y la tensión como un fuelle. Finalmente entrego la columna semanal a El Norte de Castilla y entrego también la columna mensual a El Debate de Hoy. Muy contento con esta última, un texto largo, con pensamientos no canónicos, no muy populares, supongo, que son precisamente los que necesita leer esta sociedad. Preveo, por lo tanto, un leve fracaso general matizado por las interjecciones de esas pocas personas con criterio que aun quedan.

 

Martes, 23 de junio

Entrego el texto que me encargó Antonino para el libro que están haciendo en la editorial ochoycuarto. Me ha salido una cosa rara, un manifiesto unamuniano, violento intelectualmente, de una tristeza poco habitual, casi una despedida. Tiene la extensión de una columna, el tono de un poema y suena a un altavoz preventivo, como abandonando una época que ni si quiera hemos inaugurado. Cuando me pongo en este plan, solo me gusto yo mismo y a ratos. Pero creo que hay que presentar varios registros, ser versátil, no cansar, sorprender aunque sea para mal. Espero haberlo logrado.

 

Miércoles, 24 de junio

Me fui a la cama solo, me despierto solo. Entre medias, solo tormentas, lluvia torrencial, ruidos naturales que vienen a recordar tu lugar de secundario en el mundo. Silencio general en la calle sin tráfico, como una procesión de orantes con mascarillas. Ayer, comprando, sentí un dolor agudo en la mano derecha, a la altura del cuarto hueso carpiano y no logro deshacerme de él. Tampoco logro confirmar el punto exacto de la supuesta lesión, ni su causa. Lo busco con la otra mano, me doy masajes tratando de encontrar el núcleo, el punto exacto, el nervio inflamado, la fibra concreta. Pero nada, es más bien un concepto, un dolor vago e inconcreto. Un dolor preventivo. Valoro la posibilidad de acudir al médico con esta descripción del dolor, un dolor llano y vago, casi vulgar, pero temo que me mande al psiquiatra. Siempre me pasa lo mismo. Incapacidad total para describir dolores al médico de forma no literaria. Necesitamos traductores.

 

Jueves, 25 de junio

No puede captar la belleza quien no puede descifrarla. La belleza nunca es evidente y rara vez viene haciendo señales. No, la belleza no viene avisando, la verdadera belleza vive oculta, provocando desde el misterio y esperando para ser descubierta. Pero descifrar la belleza presupone talento. No todos lo tienen y, tristemente, son precisamente aquellos que no lo tienen los encargados de encontrarlo y pagarlo, por lo que caminamos por la vida enseñando los planos con los que ser descubiertos, el diccionario con el que ser interpretados, profanando la llama trémula al convertirla en fuego de artificio.

Es un error dar pábulo al mediocre, pero la exquisita educación nos dirige inevitablemente a alimentar cochinos. Al mal le encanta rebozarse en estiércol, pero sería un error convertirse en heces solo para facilitarles el entendimiento, solo para ser fácilmente descifrados por su menguada capacidad de compra. Porque -suele pasar-, pasado un tiempo, los que te obligan a ponerte al nivel del suelo, te echarán en cara tu olor a fango. Que prueben ellos a crecer.

El nivel exigido es moral y antes vivir con un fantasma y pasear de su mano por jardines interiores que ser pastor de cerdos. La altura de la belleza es la altura de los sueños y los gruñidos de los puercos no nos dejan soñar. Corremos el riesgo de bajar tanto el nivel que un día nos olvidemos de dónde venimos en realidad o quienes somos.

Asistid impávidos al espectáculo. Mientras sacian el deseo de su cuerpo, vacían el de su corazón, hasta vaciarlo de todo, muy al gusto porcino. Es el hilo de los tiempos, vaciarse del todo para ser pluma que cae del cielo al suelo dando vueltas, cuando se trata de hacer el viaje inverso y del modo contrario. Escribo esto hoy aunque sea torpemente, aunque sea con las manos gastadas y el corazón de rodillas, pero lo seguiré escribiendo mientras se rían de mi los buscadores de belleza y tú eches margaritas a los cerdos.

Viernes, 26 de junio

Como caracoles con Garabito. Tenía antojo y por fin se me logra. Un proyecto y un ‘gin and tonic’ veraniego. Y luego otro. Termino el día con Manu en casa de Picón, cenando entre vinos escandalosamente caros y totalmente fuera de lugar. No sé quién decía que «el dinero y los cojones, para las ocasiones». El problema es que hay muchas ocasiones. No tantos cojones. Y todavía menos dinero.

 

Sábado, 27 de junio

Se me había olvidado que viene la chica que limpia, así que se arruina la escena impresionista de descanso y lectura. Me levanto disparado, pre-cleaning precipitado y ducha preventiva. Salgo a una comida en el campo, en casa de Fragua, junto a grandes amigos. Y junto a mi hija. Qué maravilla es verla disfrutar de todo con esa cara que tiene el mundo cuando está recién pintado. Con qué belleza inabarcable termina sus 9 años. No tengo dudas de que lo más importante para una niña y su conformación de la realidad es tener un padre decente. Esta niña va a ser una persona muy feliz.

Paso un día fantástico entre artistas de todo tipo, fundamentalmente músicos. Fundamentalmente amigos. Uno de esos escasísimos momentos de pasión compartida en los que soy plenamente consciente de que todo va bien y de lo extraño que eso comienza a resultar. Me entran ganas de parar cada poco para escribir algo titulado ‘El último día antes de que todo se fuera a la mierda’. El ambiente casi lo exigía, porque todo resultó perfecto, como un corto costumbrista y bucólico entre la Champions League del hedonismo y el arte. Llego a casa cansado, pleno y solo. La columna de El Debate ha funcionado y me duermo entre multitud de elogios privados en el teléfono, varios diputados entre ellos. Todos los elogios, esta vez, son merecidos.

 

Domingo, 28 de junio

I

La semana que viene entrego tres columnas a El Norte y así será durante todo el verano, exceptuando la última de cada mes que entregaré una cuarta, ya que se suma a la lista la de El Debate. No sé si seré capaz y estoy acojonado. Dirijo una empresa, tengo a la niña en turnos de 8 días y estoy solo. La presión de la columna a este ritmo es grande y obliga a organizar el día -la vida- entorno a la columna. Entorno al miedo. Hasta que no hay entrega no hay paz. Pero dura poco: con cada entrega comienza de nuevo el ciclo del pánico. ¿A cambio de qué? A cambio de no defraudar a quien confía en mi, empezando por aquellos que esperan callados mi fracaso. Nadie confía tanto en mi como ellos. En todo lo que hago me mueve, fundamentalmente, la necesidad de demostrar qué equivocados han estado algunos conmigo. Lo que no tengo claro es qué viene después del hipotético momento en el que eso, por fin, quede claro. Quizá el silencio y una lápida.

 

II

Si tuviera que elegir la emoción que he sentido con más intensidad y frecuencia, sería, sin duda, el miedo. Por todo: por mi hija, por la salud, por la salud de mis padres, por el dinero, por la empresa, por la vida, por la muerte, por mi salvación, por la soledad propia, por la propia soledad. El tiempo pasa y comienzo a vislumbrar, a lo lejos, cómo acaba esto. Empiezo a ver nítidamente la escena de un viejo sentado en un banco de piedra de esa casa que algún día compraré, mirando otro atardecer rosa de Castilla, solo, sin perro que le ladre ni le alegre la estancia, en un día cualquiera de agosto, mirando a mi alrededor y preguntándome por qué he sido derrotado, por qué exactamente no he sido capaz de amar ni de ser amado. Dónde ha estado el problema exacto. Dónde pudo estar la solución. No entiendo por qué Dios quiere todo esto de mí. No sé por qué me hacer pasar tanto miedo y por qué me exige esta inmensa soledad para afrontarlo.

 

Lunes, 29 de junio

Miedo atroz, presión enorme, no quiero hacer el ridículo. Escribo como puedo una columna que no me gusta nada. La escribo como cuando Morante torea un toro de mierda. Al final sale, pero no estoy tranquilo, mi autoexigencia es extrema y finalmente escribo otra acerca de la boda de Sabina, columna que hago con facilidad, a gusto, sembrado. Sale un columnón de escándalo. Entrego esa y subo la otra, que es una vulgaridad carente de estilo ni de talla intelectual, a mi blog. Termino el día celebrando el cumpleaños de mi hermano Juan Luis junto a lo más peligroso de los ambientes pucelanos, manchesterianos y australianos. El Colmao parece una galera perdida hacia el destierro.

 

Martes, 30 de junio

Escribo hoy otras dos columnas para ir por delante de lo que viene y que la gente del periódico tenga tiempo de ilustrar y maquetar. Ya estoy escribiendo lo de la semana que viene. Este ritmo de trabajo es una locura. Si escribir una columna diaria es duro, escribir tres y en los ratos libres que deja el verdadero trabajo, que es la agencia, ya no tiene nombre. Cuando me doy cuenta son las cuatro de la tarde y no he comido. Escribir es entrar en un trance donde no hay tiempo ni espacio, es ser cada día Pantani en los Dolomitas. Mi madre, que lee mi diario, me dice que no estoy solo en el mundo y secuestra a mi hija con el doble objetivo de que yo pueda trabajar y de que ella pueda tenerla cerca. Por cierto, aprovecho para decir a mi madre, que me estará leyendo, que se podía currar unas lentejas. Y que lo de la soledad es solo que no quiero envejecer solo y que me gustaría encontrar alguien para ser como Papá y tú, pero el nivel es inalcanzable. Tú no te preocupes, que son chorradas. Céntrate en lo de las lentejas.

Al lío: se superponen las enhorabuenas, ya no sé por qué texto exactamente me felicitan. El finde salió El Debate, el lunes la macarrada de mi blog, hoy la de El Norte. Lo que escribo hoy se leerá mañana, el viernes y el domingo, y ya pierdo el sentido de los tiempos. Es verdaderamente aterrador el éxito que tienen las peores piezas. Definitivamente, los esfuerzos por pulir el estilo y la elegancia, no solo literaria sino también personalmente, caen en saco roto, en terreno baldío. Cuanto más macarra, cuanto más directo, cuanto más simple y más agresivo -precisamente todo lo que trato de evitar- más éxito. Es desolador. La columna que ayer deseché se dispara. La que entregué, pasa desapercibida. El columnismo es una rama menor del populismo.

 

Miércoles, 1 de julio

I

Comienzan dos meses frenéticos. Debido a que publico columnas en días alternos y que su estilo serán claramente de dietario, las incorporo al diario para ganar agilidad y coherencia.

 

II

Siempre que hay que pedir un deseo, pido el mismo. Me refiero a esas ocasiones en las que tu tía aparece con un lazo rojo, te dice que te pongas a la pata coja, que metas un anillo de oro dentro de la copa de champán y que escribas tus deseos en un papel y lo quemes con incienso de sándalo de la mismísima Calcuta. Lo del deseo sirve para cuando tiras monedas en la Fontana di Trevi, para cuando estrenas algo o incluso para nochevieja. Me refiero a ese tipo de ocasiones. No incluyo lo de saltar hogueras porque no soy ningún faquir y ese tema de saltar fuegos no lo trabajo, llámenme extraño. Es más, me ofende el rollito mediterráneo de los cuatro elementos y el fuego purificador de las narices. Yo tengo de mediterráneo lo mismo que de gimnasta rítmica. En Castilla no somos mediterráneos, dejémonos ya de bobadas, que alguno canta lo de «quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa…» como si hubiera nacido en la Albufera. Pues no. Aquí ni mediterráneo, ni hogueras, ni petardos, ni ‘garrofó’ en las paellas. Lo siento. Esto es otro rollo. Aquí no nos alimentamos para pasar el día. Nos alimentamos para conquistar continentes.

Decía que siempre pido lo mismo, porque es lo único que realmente quiero. Y lo pido en oración sincera. «Señor, tú que todo lo puedes, tú que todo lo sabes y tú que eres, en ti mismo, todo: líbrame este año de las piscinas, por favor. No pido mucho. Solo eso. Eso y, si puede ser, estabilidad presupuestaria, pero fundamentalmente eso. Lo de las piscinas. Te lo suplica tu hijo, que ha sufrido mucho entre cloro y tuppers de melón. Gracias Padre, que ya me has escuchado».

¿Y saben qué? Pues que resulta que, contra todo pronóstico, ha funcionado. Que Dios me ha bendecido con una plaga bíblica que imposibilita la apertura de la mayor parte de las piscinas. Qué cosa más grande, qué maravilla este Sodoma y Gomorra postmoderno, qué bellas nuestras pantorrillas al resguardo, qué ocultas nuestras lorzas, qué dignos los pies tapados. Ah, la fé.

Ya me estaba relamiendo, lo reconozco. Me prometía un año sin piscinas, sin gorritos de baño, sin ese sombrero de paja de torneo de pádel, sin ese gazpacho caliente que gotea lágrimas tibias, sin el sonido zen de la chicharra cabrona que martillea los intentos de siesta a la sombra de los pinos, como María del Monte pero versión meseta. Un año sin cargar sillas, mesas, bolsas repletas de cosas, que cada vez que yo me iba a la piscina los vecinos me preguntan si estábamos de mudanza. Lo veía hecho, lo reconozco. Ya planificaba mis tardes de verano con Liga y Champions de fondo, con una civilizada bajada al bar a media tarde, con lecturas interminables al cobijo cómplice del sofá. ¡Ah, qué relajada vida la del que huye del dominguerismo extremo!

Pues nada. A la mierda. Siempre hay un amigo con piscina. Siempre surge de la nada un amigo que cumple con todas las normas de limpieza, seguridad, normativas europeas y hasta con la última directiva de la OMS. Un amigo ‘echaopalante’ con una piscina hermosa y purificada como el Jordán, una piscina para ti, a tus pies de nuevo, a tu disposición un año más, tan fácil como cerrar los ojos e imaginárselo, tan azul como los versos de Rubén Darío, tan fresca como el mundo recién pintado. Un amigo que, además, controla tu argumentario perfectamente y tiene una respuesta a cada objeción, que te invita en voz alta y delante de tu hija para que no puedas romperla el corazón y tengas que decir que sí, sin alternativa. Sin piedad. Un amigo que, además, te lleva, te trae, te cocina y hasta compra para hacerte negronis.

Por cierto, que no sé si esto de beber negronis será ya como comer conguitos, una aberración facha, un apocalipsis ku-klux-klanero. Por si acaso, y mientras se acuerdan de que hay un ron que se llama ‘Negrita’, yo me siento ahí atrás, en pantalones largos y con gafas de sol a leer literatura rusa, fría como el corazón de un funcionario. A ver si se me pasa el cabreo. Maldito seas, amigo con piscina.

 

Jueves, 2 de julio

Como con Alfredo Fernández, en Trigo. Es una comida improvisada puesto que en realidad íbamos a quedar con un alto cargo político que finalmente nos abandonó al finalizar el vermú. Trigo es siempre una maravilla, un restaurante que se ha ganado la Estrella Michelin a pulso, a base de talento, trabajo, esfuerzo y una apuesta clara por productos de esta tierra. De Castilla y de León. Víctor y Noemí, además, son gente excepcional y desde el principio he acudido con bastante frecuencia, aunque con altibajos. Allí, por ejemplo, una mujer me entregó la más bella carta de amor unos meses antes de abandonarme. Es, de algún modo, también mi historia y cuando ganó la estrella, muchos sentimos que nos la daban también a nosotros.

El menú bien, muy bien. Pero el pichón de sangre, sencillamente antológico, fantástico. Es la sensación de ser un vikingo con frac, degustando una carne real, honesta y sin artificio. Este pichón es una de las aves más nobles que existe, tiene cinco semanas de vida y se sacrifica justo antes de que empiece a volar. Y lo disfruté mucho, muchísimo, tanto que después de la comida no puede trabajar un minuto más en todo el día. Es muy difícil volver a la realidad después de volar con la imaginación y sentirte especial, un elegido. Siento un agradecimiento enorme hacia la gente que, con su esfuerzo y talento, hace posible que yo disfrute tanto de la vida. Quedo con la madre de mi hija para un asunto puramente logístico y nos tomamos un Gin Tonic juntos. Termino el día cenando unas gambas al ajillo con Picón y nuestras respectivas descendencias junto al Pisuerga, en una terraza en la que vimos con nuestros propios ojos cómo el calor extremo se convierte en viento y frescor en un momento exacto, sin transiciones. Esta tierra está loca.

 

Viernes, 3 de julio

 

I

Hay que ver qué bien le ha venido esta pandemia al carácter de nuestros camareros. Están todos como convertidos de golpe a la magia de la sonrisa, felices como una pastelera protestante, me recuerdan un poco a San Pablo cayendo del caballo y abrazando la fe de golpe. Los siento como tocados por ‘Mister Wonderful’, acariciados por un tul vaporoso, como si a la vida le hubieran puesto la media esa que tenía la cámara para enfocar a Sarita Montiel y tapar los defectos de su rostro. Como si los tuviera. Ahora todo se ve como con un aura dorada y el camarero -otrora pasivo-agresivo-, se torna amable, servicial, risueño, angelical como un cuadro de Murillo, sonriendo con los mofletes colorados como esos querubines que pintaba Rafael. Yo los dejé con cara de mala leche, ojeras y un escudo del Atleti de cuando el doblete y me los encuentro felices como cuando tu hija te pinta su primer ‘christmas’. Dulces como una contrarreforma a tiempo.

Lo han tenido que pasar fatal y, por eso, yo los estoy apoyando como si me fuera la vida en ello, sin faltar un solo día a mi compromiso con la reactivación económica. Hasta la cirrosis, siempre. Pero no logro acostumbrarme a tanta hospitalidad, que a veces parece que me hubiera teletransportado a la calle San Jorge -Triana, España- y estuviera en ‘Casa Manolo’ que es la verdadera ‘culla della civiltà’ y no Roma.

Esto es incluso excesivo. No es que me parezca mal, solo que no estoy acostumbrado a la caricia y me llama la atención. El otro día, sin ir más lejos, me dio por comer caracoles, los auténticos ganadores de esta pandemia. Entré como con miedo, a lo mesetario: «Disculpe, buen señor. Me preguntaba si tendrían ustedes caracoles y, en caso afirmativo, si sería posible que este humilde paisano pudiera sentarse en una de sus mesas a dar buena cuenta de ellos, previa desinfección integral y entrega de aval bancario». Lo normal en febrero. Y también normal hubiera sido que el camarero te mirara con cara de perdonarte la vida y, con un rictus como de espagueti western te hiciera un gesto con el dedo que tú debes saber interpretar como signo de clemencia y leve afirmación. «Que sí, coño, que te sientes».

Pero esta nueva normalidad nos trae sorpresas. En lugar de con Clint Eastwood me encontré con un «faltaría más, buen amigo. Siéntese donde plazca, le traigo una carta electrónica, certificado de penales, estatuto de limpieza de sangre, bula papal y, faltaría más, también unos caracoles de los de mayo, de los de ‘pal amo’, que aquí no es otro sino usted, amable visitante y ya amigo. No se quede en la puerta y pase a esta, su casa».

Algo parecido me ha sucedido en una tienda de calcetines, de esos cortos, como de ‘milenial’, que me he comprado por exigencia de mi hija. Y en una confitería, en la frutería y en la óptica. Hasta he topado con una taxista que parecía Julie Andrews pasadita de THC. Qué amabilidad general, que empatía, qué afrancesados modales, qué éxito el curso de asertividad de la Cámara de Comercio.

El virus habrá destrozado el PIB y la primavera, pero ha traído dosis de humildad y sonrisas colaterales. No sé si de esta saldremos mejores, pero me conformaría con salir más humanos, más amables, como si el cielo de Castilla no pesara tanto, como si vivir no fuera tan grave ni la Verdad tan rotunda.

Ahora que todos somos amables y que entrar en un bar es como entrar en Tiffany’s, hay que hacer el paseíllo despacito y brindar cada vino desde los medios, como el acontecimiento que en realidad es. Porque lo importante es que nuestros cantineros vuelvan a ponerse delante de la cara del toro, cuanto antes, de frente, sin parches en el ojo, volver a dar las ventajas, quedarse quieto, pasar mucho miedo y jugarse la bragueta, que es lo que están haciendo. No creo que nos quede otra que ser parte de este espectáculo en tonos rosa palo y responder a este nuevo mundo como de carpeta de adolescente con un compromiso verdadero que, por supuesto y como siempre, no está en el corazón sino en la cartera, justo al lado del carnet de identidad. Se llama tarjeta de crédito y salva bares. Y vidas.

 

II

Almuerzo con todo el equipo de la agencia para darnos la bienvenida tras los meses de teletrabajo y para despedirnos ante la retahíla de vacaciones que ya comienza. Es un acto litúrgico como otro cualquiera. Tengo la enorme suerte de trabajar con grandes profesionales y grandes personas. Disfrutamos mucho juntos y, en lo que a mí respecta, aprendo cada día de ellos. Pasamos la tarde brindando con licores de diferentes tipos.

 

Sábado, 4 de julio

Nos vamos a Peñafiel. Lo sucedido, a continuación:

Hay quien prefiere el gazpacho y está en su derecho, pero nosotros decidimos pasar los treinta y cinco grados que inauguraban la canícula de julio sin abanicos y con un lechazo asado en Peñafiel, cabalgando contradicciones, hornos y reconquistas y aprovechando para explicar a los más pequeños que el siglo X late en cada tramo del Duero y de nuestra sangre castellana, guerrera y orgullosa, que no es otra cosa que su afluente. Esto es lo que somos y es lo que queremos seguir siendo si nos dejan los cursis y sus complejos freudianos.

El río, que es frontera y patria, es una especie de aorta descendente que esparce a su paso vida y taninos. Y algo más, quizá un pequeño olvido maniatado y el polvo de un rebaño de churras, el perro y el pastor. Pasear estos pueblos me ayuda a recordar quién soy y de dónde vengo. Me sitúa en una predisposición al asombro, al agradecimiento a los que poblaron estas tierras antes que nosotros y los que las defendieron en tiempos duros, duros de verdad, que no duraron tres meses sino ocho siglos. Y luego América, Lepanto, Flandes. Y nos la supieron legar, a pesar de que ahora algunos tiren las estatuas al suelo para poner así la historia real a la altura de sus escasísimas luces. Y una ofrenda de flores a Almanzor de parte de la asociación feminista local, supongo. Y un pendrive para los machos alfa.

Pero pasear estos pueblos también me deja destrozado. Donde otros ven una España vaciada yo veo decadencia esculpida en piedras que hablan y en escudos que se niegan a que olvidemos que nos hemos desangrado en nuestra propia indiferencia. Un pueblo que se respetara a sí mismo no llevaría a sus hijos a esos castillos inventados de EuroDisney, con princesas cursis y bailes globalistas, cartón piedra, pollo frito y una oda al sueño hortera de la clase media. Los llevaría a los castillos reales, a estos que nos miran con displicencia y altanería silenciosa y nos gritan al oído que quizá el olvido y la incultura sean la peor forma de maltrato infantil. Me temo que, si pudiéramos, no solo meteríamos en residencias a nuestros viejos sino a todo vestigio del pasado. Un almacén para castillos, bodegas, aparejos de labranza, campanas y retablos con carcoma, como un ‘bulldozer’ que hiciera de Castilla un centro comercial de Dubai. Pulido y frío como el amor cuando termina.

Y después del subidón supremacista, el lechazo como sacrificio atávico, una Salve a las parideras de verano, al cobijo fresco de las bodegas subterráneas que nos aíslan del calendario y sus consecuencias. Lo del fresco no es un modo de hablar: en el mesón estaban encendidos los radiadores para templar el ambiente y que el cambio no fuera excesivo. Así que eso, loas y alabanzas a la sabiduría popular, una lagrimilla de felicidad y una oración por esa pobre gente que, en estas fechas, se ve obligada a comer un bocadillo en la playa. O peor aún: en una terraza, al aire libre. Al aire libre comen las bestias, no las niñas de Castilla. Y luego lo de siempre: lechuga, pan blanco, mucho vino, queso al postre, amor entre amigos, balonazos infantiles contra en el muro de la iglesia, el paseíllo en ‘El Corro’ con un pasodoble de fondo y encuentros inesperados. Y la subida al castillo, claro, uno de los más bellos, allá en lo alto de una peña que recuerda a final de etapa ciclista, con camiseta del Kelme y esa vuelta que aun tenemos en las piernas.

Pasear nuestros pueblos es una obligación moral que nos recuerda que nos toca, que es nuestro turno, que no hay nadie a quien mirar para echarle las culpas de la que se nos viene encima, que el tiempo es ahora, que tenemos la enorme responsabilidad de mantener un patrimonio y un sentido de la dignidad y que ni hay más cera ni la que hay arde. Esta es nuestra cultura, nuestras tradiciones y una historia que no es de Disney. Hay que conocerla para conocerse. Hay que construirse desde dentro para poder salir hacia fuera sin hacer el ridículo, sin pretensiones de nuevo rico, sin estirar el meñique a la vida. Y sin demasiada gravedad, con amigos, con familia, con vino, con música. Con animales y con viejos.

El mundo no es un plato de atún marinado ni la vida una reducción de Pedro Ximénez. Si la expectativa se construye con estética de palets, los sábados acaban oliendo a ginebra rosa. La revolución tiene forma de porrón. La rebeldía es apretarse un lechazo a cuarenta grados. La verdadera subversión es mostrar el dedo corazón a la tarta de algarrobas. Lo más ‘in’ es estar ‘out’. Lo más cosmopolita, un niño que ame su tierra.

 

Domingo, 5 de julio

Tras este Grand Prix de excesos, paso el día con mis padres mientras la niña juega con su prima. Dedico la tarde a hablar de fútbol con mi padre, a intentar dormir siestas intermitentes y a ver películas y series de esas que solo un padre es capaz de ver. Disfruto como un enano. Envío la columna de mañana a El Norte. Primera semana superada.

 

Lunes, 6 de julio

La niña comienza un campamento de 8:30 a 15:30. Esto me libera todas las mañanas para trabajar, algo que hago con alegría inmensa. El verano es complicado para los divorciados-autónomos. Las épocas con niña son muy duras, al tener que compatibilizar su cuidado con el trabajo, mientras ella cree estar de vacaciones. Pero las épocas sin niña son aun más duras, por el sentimiento de tristeza y nostalgia de tener que pasar media vida separados.

Entrego las columnas de toda la semana. Algunas mejores que otras. Por lo general, el formato me limita bastante, al no poder hablar de ciertos temas, no poder dar un carácter local, tener que dar un aire veraniego, etc. No es sencillo y hay momentos complicados. El problema del columnismo a cierto nivel es el miedo terrible a hacer el ridículo o a no estar al nivel de los ojos que te miran. La presión es grande. Pero me sirve para avanzar, para mejorar, para no descansar un segundo hasta tener algo a la altura que yo me presupongo a mi mismo. Que es inalcanzable. Porque para escribir, o aspiras a ser el mejor o más vale que dejes de hacer el ridículo delante de toda España.

 

Martes, 7 de julio

En mi boda sonó la banda sonora de ‘La Misión’ y lo hizo por muchos motivos, la mayor parte de los cuales ya no importan. La otra parte en realidad nunca importaron y el resto ya se me han olvidado. Sin embargo, sé que tuvo sentido escuchar esa banda sonora enfrente de la Virgen y delante de toda la gente que me importaba y que, por supuesto, sigue haciéndolo. El tema central de esa banda sonora, ‘El Oboe de Gabriel’, es el modo que Dios ha encontrado para hablarnos, para hacerse presente. Esa pieza es su idioma, son los planos de su reino. Esa música es Él. Y las Cataratas de Iguazú, un avance del Paraíso. Los misioneros jesuitas, mis ídolos y los ídolos que todos aquellos que se respeten un poco. Y algunos de sus hermanos, en el altar, delante de mis ojos, casándome en el mismo lugar en el que muchos años antes tomé la comunión junto a mis compañeros.

Tengo un profundo sentido de la responsabilidad y del honor, y eso es algo que no tiene nada que ver con pegar un puñetazo al que te mira mal en un bar, sino más bien en saber cumplir con tu parte del trato y con las reglas. Porque los hombres que merecemos la pena, y yo soy uno de ellos, tenemos reglas y códigos. Y no los rompemos nunca. Y si los rompen otros, pagamos la cuenta y seguimos, con la cartera destrozada y la dignidad intacta. Yo no estaba en ese altar para ser feliz. Yo estaba allí porque tenía una misión y el Oboe de Gabriel es su vibración exacta. No sé cual es mi compromiso, pero sé cómo suena.

No fue el amor el que me llevó hasta ese altar, sino el Espíritu Santo, que es el nombre con el que los creyentes nos referimos al destino y sus marismas. Lo importante de todo esto es entender que la vida es una partida de ajedrez que Dios juega consigo mismo. El problema es no tener el talento suficiente para imaginarse dónde va a terminar la jugada cuando te comen la reina en el primer movimiento. Luego la partida va avanzando y entonces sonríes en silencio al entender que no hay fichas blancas y negras sino solo un tablero de perfección. Y tú, en el medio, montando un caballo negro con cara de gilipollas.

Cuando aquel día escuché el oboe del Padre Gabriel no pude evitar llorar, pero nadie se dio cuenta porque soy un maestro en el arte de llorar hacia dentro. Simplemente sé hacerlo, es como aguantar la respiración emocionalmente, como tensar el diafragma para no tener que tensar el futuro. Llorar en tu propia boda es de una afectación insoportable así que con la mano izquierda agarré el lexatin que tenía en el bolsillo, con la derecha el crucifijo que tenía en el otro y cerré los ojos como una folklórica cuadrada ante la Virgen de su barrio.

La cosa es que nunca he podido volver a escuchar el Oboe de Gabriel sin llorar y cuando digo nunca es nunca. Hoy ha muerto Ennio Morricone y, como terapia, me la he puesto sin parar una doscientas veces, entre ellas cuatro en medio del supermercado. Pero nada, a llorar, a llorar hacia fuera, a llorar con todo, que es como lloramos los hombres esos de las reglas y los códigos cuando no nos ven y ya hemos destrozado el diafragma.

El hedonismo tiene sentido como goce profundo, como modo de celebrar la vida y homenajear a la alegría, que es el primer principio moral, una obligación que tenemos la gente inteligente. Pero no debemos confundir el ‘joie de vivre’, con la inestabilidad emocional de un adolescente. Lo de ‘Carpe Diem’ suena a fracaso, a tatuaje en el brazo de un terraplanista. Yo no busco placer, yo tengo una misión, soy feliz cumpliéndola y Ennio me lo recuerda cada día de mi vida.

El genio romano ha dejado una nota. «Yo, Ennio Morricone, he muerto. Lo anuncio así a todos los amigos que siempre me fueron cercanos y también a esos un poco lejanos que despido con gran afecto. Solo hay una razón que me impulsa a saludar a todos así y a celebrar un funeral en privado: no quiero molestar». Morricone acaba la nota renovando su amor hacia su esposa, Maria Travia. Si Gregorio Fernández tuvo que conocer a Dios para esculpirle tan fielmente, no me cabe duda que Ennio tuvo que escucharle cada día de su vida. Y de tanto escucharle -de tanto escuchar a Gabriel y su oboe-, se le ha pegado el acento, la armonía perfecta que resuena en ese tablero de perfección.

Cuando yo muera, me gustaría que en mi funeral sonara de nuevo la música de La Misión. No para recordarme intensamente, no para que lloren mis viudas ni para estimular plañideras. Solo para recordar que me voy hacia el Padre. Es posible que nunca llegue a saber cual fue mi misión, pero siempre la intuí. Ya he dicho que yo siempre cumplo.

 

Miércoles, 8 de julio

Tomo café con un político muy conocido y me paso tres horas riendo. Me sorprende su cercanía, humanidad y complicidad. Siempre es igual: cuanto más arriba esté el personaje, más normal y fácil es todo. Cuanto más brillante, más cercano. Cuanto más talento tenga, más facilmente alabará el talento ajeno. Los complicados de verdad son los de medio pelo, la frustración que trae consigo la mediocridad, ese carguito que ha tenido que domar su instinto asesino durante trienios, obedeciendo a no sé quién y tragando bilis, quina y quien sabe si algo más para estar en el lugar gris en el que por fin está. Esto funciona en cualquier ámbito de la vida. Cuanto más arriba, más fácil. Recuerdo hoy lo complicado que era ligar con feas.

 

Jueves, 9 de julio

Esto me pasa por no quitar el edredón, pero es que necesito dormir con algo por encima, yo qué sé, un edredón, un trimestre, una mujer. Algo que pese, como la conciencia, como la culpa, como un par de kilos de lana virgen en el sambódromo de Río en martes de Carnaval. Si no hay peso por encima no se puede dormir, no hay sensación de escudo ante la noche y sus monstruos. Sería una temeridad si quiera intentarlo, como citar a pecho descubierto a un Miura con una venda en los ojos. Pero ese no es mi estilo. Cuando nace un saltimbanqui en Galapagar, en Sevilla muere un artista. Es cierto que debe existir una cosa que se llama colcha, o algo así, pero los hombres con barba y sentencia de divorcio no tenemos de eso. Es más, no sé muy bien qué es ni sabría dónde comprarla. Yo nunca he visto una tienda de colchas. Como mucho, una tienda de sábanas, pero te hacen muchas preguntas que no sé responder: tamaño, tipo de hilo, composición, alergias. Mira, no me siento capaz. No voy a comprar una colcha. Estaría bien una capa de invisibilidad élfica, que nos hiciera leves e inmortales. O una cota de malla, gris y pesada como la base de cotización. Pero no tengo a mano nada y son más de las cuatro de la mañana, así que edredón, media vuelta y ya está. A pasar calor y punto. Al fin y al cabo, solo hay dos posiciones: frío o calor, dormido o despierto, edredón o intemperie, civilización o barbarie. Y en su momento elegimos mal. Barbarie, claro. En caso contrario tendríamos ya un sistema de aire acondicionado que marcara la temperatura exacta del refinamiento a todos los niveles, una postura ética ante la vida, un frío centroeuropeo y progresista. Si la nieve es populismo puritano, el calor tiene algo de ejercito caribeño, de eso no hay duda, uno de esos ejércitos absurdos que piden a gritos que alguien les invada y les suelte una indemnización para que la tropa abra un chiringuito en el que servir piñas coladas en lugar de lanzar salvas a vete a saber qué estafador con bigotillo ‘revolusionario’. Pero poner aire acondicionado para las noches de verano de esta tierra me parece falto de decoro, a todas luces excesivo, un derroche que haría temblar a Angela Merkel si se enterara. Una ostentación de nuevo rico, como de Jesús Gil en Marbella, como de rapero de Aluche en Las Vegas, como de Pablo Iglesias en medio de un harem. Con Gadafi.

El calor va por dentro, como la procesión, y esta noche yo tengo la ‘madrugá’ entera, con la banda de La Lanzada incluida. El insomnio es solo la otra cara de la moneda, el precio que hay pagar para que pueda existir la siesta. Por eso, creo que el insomnio veraniego es preventivo, es una alerta. No por la preocupación sino por el éxtasis que viene.

No dormir un par de noches en julio debería ser recomendable, incluso obligatorio, como hacer la mili en Regulares. Duro, puede ser, pero sales de ahí con el brazo como el muslo de una mulata. Y las prioridades, en orden. Como yo de este insomnio, en el que creo que voy a intentar el noble arte de crear corrientes, como un zahorí patoso con una brújula desnortada, uno de esos capaces de hacer descender la temperatura media varios grados abriendo y cerrando ventanas a tiempo, bajando persianas como guillotinas y convirtiendo el pasillo en un túnel del viento que comience en Islandia y acabe en mi cara. Como unas vacaciones en Reikiavik.

Dice mi amigo Alfredo que en Marbella saben cuándo alguien es de Castilla porque salimos en pleno julio con una chaqueta ‘por si acaso’, como esperando un milagro térmico que invierta isobaras y traiga las bajas presiones. Pues bien, en los pasillos de alguno de estos expertos en corrientes habría que ir con bufanda y guantes. Pero no será hoy ni será aquí, porque son ya las cinco y pico y aquí sigo, bajo un edredón gris y azabache, dando vueltas como Neymar en Maracaná y mirando el techo con el móvil en la mano, como esperando un mensaje de algún otro insomne, de otro vampiro sonámbulo que me ayude a hacer raíces cuadradas y a cuadrar balances y Miuras imaginarios. Luego pienso que se me ha vuelto a olvidar traer agua a la mesilla, que de nuevo me he quedado sin café, que mis vecinos se montan unas fiestas que dan gusto, que mañana ya es sábado de nuevo y que se nos escapan las semanas sin piedad.

Así que me rindo. Decido levantarme, me ducho, hago cosas absurdas como barrer o poner lentejas a remojo y finalmente me visto con el alba para salir disparado por la puerta, cansado como un mediofondista en su día libre, ilusionado como un niño el primer día de clase. Meditaré lo de la colcha. Sería una rendición en toda regla, pero tiene sentido que algún día cambie insomnio por sueños, tan largos y compartidos que un día no hará falta ni escribirlos.

 

Viernes, 10 de julio

Me invitan a una tertulia en el Círculo de Recreo, organizada por Victor Cazurro y a la que también están invitados Guillermo Garabito, Enrique Berzal, Rafa Vega ‘Sansón’ y JM Nieto, aunque este último finalmente no acude. Es la primera vez que voy a una de estas tertulias y todo fluye con aparente sensación de normalidad, como si esto fuera el pan nuestro de cada día. No logro colocar ni uno de los mensajes que quiero colocar ni expresar un solo pensamiento elaborado, lo que me hace recordar por qué escribo y por qué no digo que no a todas las tertulias de radio o de tele. Pero esto es otra cosa, esto es un asunto de amigos tomando cañas que se agolpan en la mesa y estresan el ritmo postpandémico del camarero lento y preciso. Me asombra el gran respeto que todos me tienen y me preocupa que la imagen que esté dando sea demasiado dura, oscura, severa, como un domingo de tormenta, porque los que menos conocía se sorprenden de mi manera de ser risueña, evitando toda discusión, tendiendo puentes, educada y obsesionada con el bienestar de mi interlocutor. Luego los de derechas me llaman socialdemócrata y los de izquierdas facha. Lo de siempre. El día termina en un estado de ánimo insuperable y acuerdo con Sansón hacerle el texto para su próxima exposición. El respeto de cierta gente me produce tanta satisfacción como miedo su desprecio. Me llegan muchos cantos de sirena de posibles colaboraciones, de posibles oportunidades. Me ven con mucha más grandeza de la que tengo. ¿Dónde me llevará la vida?

 

Sábado, 11 de julio

Me entero de que un gran amigo de Palencia está muy enfermo. Quizá pasando sus últimos momentos. Me sorprendo a mí mismo reclamando su obituario, diciendo que cuando todo suceda, esa necrológica la firmo yo. Según salen las palabras de mi boca soy consciente del error que supone decirlo y, sobre todo, pensarlo. Es asqueroso y patético. Ante la muerte inminente de un amigo lo primero que pienso es en la columna. Llega un momento en el que no vives más que a través de la columna. Llega un momento en el que no miras las cosas en sí mismas, sino a través de una especie de crepúsculo, como un fuego delirante. La mirada de escritor es una mirada de mierda. Un velo insano.

 

Domingo, 12 de julio

Tormenta en soledad. La felicidad dominical es una horterada. Descubro por qué hay tanto comunista que acaba ultraliberal: dejan de creer en el comunismo pero siguen creyendo en la política como proyecto de salvación. La extrema derecha es de una ingenuidad solo comparable a la extrema izquierda. Es pueril como un parque de bolas.

 

Lunes, 13 de julio

El mejor día de mi vida fue aquel que decidí que mi hija sería mi prioridad absoluta y ser su padre un modo de estar en el mundo. La paternidad no es un ‘adendo’. La paternidad un hecho holístico que lo impregna todo, desde la primera hasta la última decisión de cada uno de tus días. No se puede ser padre de ocho a diez y no existe una vulgaridad mayor que decir eso de «este fin de semana me toca niña». No, tu hija toca siempre y, por ello, eres su padre siempre, no solo cuando estás con ella. Es más, eres su padre sobre todo cuando no estás con ella, que es cuando más hay que demostrar que padre ‘se es’. No ‘se está’.

Porque lo que una niña necesita fundamentalmente es crecer viendo a un padre decente, trabajador, limpio, honrado y feliz, no a un mamarracho con tirantes, vagueando en el sofá con una cerveza en la mano y diciendo chorradas como «necesito tiempo para mi mismo». No, un padre no necesita tiempo para si mismo. Un padre necesita ser él mismo todo el tiempo, y eso se hace cuando hay una coherencia entre lo que se es, se piensa y se hace. Y una niña debe saber que su padre actúa correctamente, honorablemente y generosamente siempre y en todo lugar, lo cual, a partir de una edad, pasará fundamentalmente por saber que no está en la cama de la primera que pasaba por allí. Yo sé qué hace mi padre porque sé quién es, porque le conozco y ella debe saber qué hace el suyo exactamente por el mismo motivo. Y si no es capaz de saber que hace, al menos ha de saber intuir qué no hace. Poder jugarse la mano y no perderla. Y no, yo no necesito mi espacio. No soy una esteticién de despedida de soltera.

Crecer con un padre autónomo hace más por la formación de una hija que todos los cursos de autoayuda y mindfulness que pueda hacer a partir de los veinticinco, que es cuando ya no hacen falta. Es fundamental que sepan que solo el esfuerzo y talento da sus frutos. Y saber de dónde sale la pasta, y no, no es un modo de hablar. Han de saberlo con detalle. «Mira cariño, esas cigalas son las columnas de todo el mes, las que con tanto esfuerzo y tanto estrés has visto nacer. Tu padre podría haber entregado cualquier mierda, pero no lo ha hecho. Ha dormido poco, ha tirado muchas columnas malas para entregar las buenas. Y hoy lo transformamos en champán». Son vasos comunicantes. Las niñas con padres trabajadores lo saben de modo natural: esfuerzo-recompensa, causa-efecto, socialismo-miseria.

No recuerdo cuando sucedió exactamente aquello de decidir que la niña sería mi prioridad absoluta. Según mi madre, cuando cumplí los seis años. Porque desde que tengo uso de razón, siempre he querido ser padre de una niña. Es lo único que he querido ser y es lo único que soy. Como dice Sostres, somos la verdadera élite. El resto de títulos, adjetivos y disfraces son nimiedades adheridas como lapas a la roca. Yo soy padre. Y quizá por eso, el verano es tan complicado. Porque un padre sin hija no deja de ser un fantasma que se arrastra por las calles, como un embarazo psicológico, como un guerrero con el síndrome del miembro amputado. En julio hay bares llenos de cadáveres fingiendo ser felices, pero yo los conozco y sé que el rollo del Rodríguez feliz no solo es una ordinariez y una declaración de intenciones. Es, sobre todo, una manera de engañarse. Si necesitas que tu familia se vaya para hacer lo que siempre has querido hacer solo hay dos opciones: o haces cosas muy malas o no sabes montártelo.No hay que esperar a que se vaya tu familia para cenar en el mejor restaurante de la ciudad. No hay que estar solo unos días para disfrutar de la liturgia de un ‘boulevardier’ infinito.

Yo no quiero ser Rodríguez, yo quiero estar con mi hija, tenerla bajo mi cuidado siempre y compatibilizarlo todo. Entiendo perfectamente que eso no puede ser, que tiene una madre fantástica, que se adoran, que necesita estar con ella, que es feliz, que está perfectamente e incluso mejor, que es muy divertida, que yo soy un rollo, que trabajo mucho, que la vida es así. Pero eso no quita para que desprecie con todas mis fuerzas el medio verano que paso fingiendo que soy feliz haciendo cosas de Rodríguez. Yo soy feliz siempre. Y ver cómo otros son ‘felices por decreto-ley’ o ‘felices cuando les dan permiso’ no logra sino hacerme sentir aún más orgulloso de la vida que tengo. Y, sobre todo, de la que no tengo.

 

Martes, 14 de julio

 

I

La literatura es un oficio pequeño-burgués. No se puede ser escritor, solo se puede escribir. Para ello, es necesario que el dinero venga de otro lado, de una empresa, de un trabajo, de las rentas. Por eso, tradicionalmente, los escritores han sido, además, otra cosa: médicos, abogados, arquitectos, empresarios. Porque poder escribir hay que poder permitírselo, es decir, no vivir solo de ello. Y, sobre todo, no necesitar el dinero, para poder ser libre y escribir como quieras. Enfrentarse profesionalmente a la escritura como sustento es un error que derivará irremediablemente en miseria y en frustración. Niños: estudiad, emprended y, si tenéis un rato, escribís. Si lo hacéis bien, habrá oportunidades de tener cierta relevancia. Si no, desahogaos con un blog como hemos hecho los demás durante años. Pero jugar a Umbral es una ruleta rusa con seis balas.

 

II

El otro día, Berzal me decía que admiraba mi valentía al escribir, cómo me expongo, cómo meto mi vida personal en las columnas. En realidad, creo que las columnas buenas han de tener un enganche con la actualidad para acabar hablando de lo que te de la gana, de modo lírico, es decir, subjetivo, es decir personal. El único tema que interesa es el ‘yo’. Sobre ese tema se ha cimentado toda la literatura universal. Sin yo no hay artista y sin artista no hay arte. Si quitamos el ‘yo’ de la columna se elimina la pretensión artística y nos convertimos en otra cosa, en periodistas quizá. Pero yo no soy periodista. Yo hago literatura en periódicos y eso exige integrar el ‘yo’. Es difícil y duele, pero la honradez es dar ese paso. El siglo XXI es el siglo de la búsqueda de la identidad y el columnismo engancha con el dietarismo. La realidad no importa mucho. Pero nos sirve para estirar el muletazo del arte. El buen columnismo, el realmente bueno, el columnismo con mayúsculas debe incluir el yo. Te jodes la vida, puede ser. Pero se trata de hacer grandes columnas. También se jode la vida un deportista de élite para meter goles. Si pretendemos tener una vida plácida y fácil, lo primero es dejar la literatura. No hemos venido aquí a otra cosa que a morir.

 

Miércoles, 15 de julio

Ahora sí que sí. Como decía la canción: «¡Será maravilloso viajar hasta Mayorga!». Madre del amor hermoso, de lo que me acabo de enterar. 144 kilos les han tocado, ni más ni menos, a mis paisanos vallisoletanos. Y yo con estos pelos. Un euromillón de los buenos en el corazón de Tierra de Campos, en la entraña misma de esos Campos Góticos con museos del pan y casinos. Mayorga es ‘La Moraleja’ de los palomares. Yo tenía esperanzas de que le hubiera tocado al cura, pero no ha podido ser. De cualquier modo, se han forrado unos cuantos y yo me alegro. He aprovechado para pensar en lo que haría yo con 144 kilos y lo tengo claro. Ahí va mi plan.

Empecemos diciendo que lo que quiero en realidad es una bici, pero, como no sé conducir y necesito un coche para ir a comprarla, creo que empezaré por comprarme un coche y contratar de modo indefinido a tres chóferes abstemios, cada uno en un turno de ocho horas cuya primera misión será llevarme a comprar la bici. Después, a visitar a la madre de Sergio González y anunciarla como el arcángel Gabriel la creación inminente de una ermita en su nombre, a la que destinaremos una suma equivalente, en millones, al número de puntos que consiga su hijo cada año. Y sufragaré una campaña para cambiar el nombre de Hospitalet por San Sergio del Llobregat. Luego, a la Montaña Palentina para ver con mis ojos el románico y el origen de todo. Y al Peñón de Lara, que es nuestra Meca. Allí construiré el Santuario Nacional ‘Fernán González’, al que los niños de esta tierra irán cada año de modo obligatorio para ver de lo que es capaz un pueblo con talento y valor.

Luego compraré un palco en el Bernabéu para llevar a mi amigo Manu a ver al Madrid, que es lo más grande. Él dice que el Madrid no se elige; el Madrid te elige a ti, y lo hace cuando estás preparado. Mi amigo Manu también opina que el Madrid debería dejar de jugar la Liga y dedicarse solo a partidos de exhibición o a torneos intergalácticos en lo que tardamos en alcanzar el verdadero objetivo, que no es otro que dejar el fútbol y convertir al Real Madrid en un ejército que se dedique a enviar ayuda humanitaria a las zonas en conflicto, con el escudo impreso en las bolsas y el himno de la décima de fondo. La ayuda la llevarían los jugadores en persona, excepto Ramos, que, al ser capitán, tiene rango de ministro. Y trato protocolario de Conde-Duque.

Luego, buscaré un ‘personal shopper’ que conozca mis medidas y vaya a comprarme una colcha y ropa que me quedara bien y me gustara, es decir, blanca, negra, gris o azul. El resto de colores no deben existir en el armario de un hombre que no vaya a salir del mismo. Y así conseguiría no entrar en un probador con este calor, nunca mais. Luego me compraría a Ben Arfa para jugar con él al pádel. Y también una pala de pádel. Y hablaría con el alcalde para poner aire acondicionado en las calles, como en Suecia con la calefacción, pero al revés. Ese y no otro es el verdadero estado de bienestar al que aspiramos, con multas estratosféricas para los hombres con chanclas y tirantes, con agravante si la camiseta es de un equipo de fútbol y viene acompañada de gorra a juego.

Seguiría con un abono perpetuo para seguir a Morante cada tarde, incluida la temporada de América y la matinal de Nimes, que es lo más alto a lo que una persona puede aspirar. Y un libro con las columnas de Gistau para leerlo mientras hago el Camino de Santiago en calesa, parando en los mejores restaurantes, en plan disfrutón, como Carlos Herrera. Y un médico para las resacas. Y una casa castellana con claustro renacentista y una biblioteca exageradamente grande, que se pueda dividir en autonomías, con varios códigos postales. ¡Qué digo! ¡Con varios husos horarios! Y que de la biblioteca saliera una trampilla secreta hacia una bodega con buenos vinos y muchas latas de conservas de esas caras. Y allí montamos un concierto subterráneo de Guns n’ Roses, pero con Steven Adler y con Izzy Stradlin. Y acto seguido un viaje a Tierra Santa para pedir perdón por todo lo anterior y que lo del muro de las lamentaciones tenga aún más sentido.

Lo que quieras menos visitar el sudeste asiático, pasar la noche viendo un musical o ver el atardecer en la playa junto a una brocheta de sandía. Parafraseando a Luis Alberto de Cuenca: «No puedo soportarlo, vida mía. Me horroriza. No puedo soportarlo». Pues eso.

 

Jueves, 16 de julio

Dice Sansón que mi estilo le recuerda mucho a Cossío porque soy capaz de escribir cientos de páginas acerca de un mísero canalón. Yo le respondo que seguramente se trate de eso. Me da igual el canalón, en realidad, como me da igual casi todo. Pero me permite sacar el arsenal de recursos y recuerdos. De estilo. Cuanto más nimio es el modelo más grande es el pintor. Todos escribiríamos grandes crónicas de sucesos grandilocuentes. Para escribir bien acerca de un canalón hay que estar lleno de literatura.

 

Viernes, 17 de julio

Pues ya son diez añazos cariño, cariño mío, niña rubia de la fotografía, maga de las palabras, aprendiz de poetisa, sonrisa iridiscente, pequeña maestra. Diez años con nosotros, entre nosotros, haciendo del mundo un lugar mucho mejor y de mi una mejor persona, no lo dudes. Me haces muy feliz, quiero que lo sepas y te quiero dar de nuevo las gracias, aunque sé que tú no estás para hacerme feliz a mi sino en todo caso yo para hacerte feliz a ti, pequeña, espuma de mar, guardia de corps, suspiro, parlanchina, perla brillante, sonrisa de agua limpia.

Estoy muy orgulloso de ti y aún no sé cómo explicarte ciertas cosas. Cuando sepas lo que hemos sido capaces de lograr, tú también estarás orgullosa de ti misma, eres una niña valiente y fuerte. Por si acaso, no me cansaré de repetirte que cuando todo falle, yo estaré allí, soy tu padre, una especie de banda paramilitar que está para estas cosas. El mundo no es mucho más que eso y si encima la hija es como tú, linda promesa, mirada suave, sueño de paz, docena de ojos, tarde eterna, cara de luna llena, el resumen no puede ser más perfecto.

Todo lo que he hecho en mi vida ha sido pensando en ti, aún cuando solo eras un sueño. Siempre será así, déjame recordártelo una vez al año, en este día en el que siempre me vuelvo cursi. ¿Y sabes por qué me vuelvo cursi este día? Porque en el fondo, tu cumpleaños es también el mío desde que hay algo de mi en ti y mi corazón late en un cuerpo pequeñajo como el tuyo.

Este año han pasado muchas cosas, pero si tengo que elegir una, sin duda me quedo con lo bien que has aprendido a gestionar encierros y pandemias, y lo mucho que disfrutas leyendo y pintando, pequeña niña sabia. Eso te va a abrir las puertas del cielo, créeme. El mundo sería muy poco si solo pudiéramos vivir nuestra vida. Pintar te va a permitir hacer del lienzo ventana y asomarte dentro y fuera de ti misma, y leer te va a dar la posibilidad de ser muchas personas, de aprender de ellas y de recorrer el mundo en zapatos ajenos, aunque te anticipo que te lo voy a enseñar entero, que para eso eres mi hija, chiquilla, promesa, sostén, saco de risa, mirada honda, luz de la mañana, niña bonita, compañera de cuentos, visitadora nocturna.

Verte crecer me da alegría y miedo a partes iguales. A veces cierro los ojos intentando retener estas imágenes y esta felicidad, este amor que sé que me tienes, esta confianza ciega que demuestras, porque sé que llegarán años difíciles, esa niña mudará la piel y vendrán los problemas. No sé si estaré a la altura, de hecho no sé cual es la altura a la que debo estar, espero que me ayudes entonces a encontrarla. Pero yo quiero quedarme con estos recuerdos, este cariño, esta manera que tienes de mirarme y de hacerme entenderlo todo, pequeña buscadora de moras, giraldilla, pucelanita, carta de amor, ángel en flor, bailarina de rosa, santa Lucía, victoria de la esperanza, esperanza de la victoria, sonrisa primera.

Eres para mi un anclaje con la realidad, con la vida dulce y bella, con la luz de las tardes de la infancia, con mi esencia, con Dios y con el milagro de haberte dado la vida. Creo que nunca he sido más yo que cuando te miro a ti, media verónica, pintora apócrifa, evangelista, escorzo del destino, risa de mi risa, niña de carne y bronce. Yo también cambiaré y dejaré de ser un hombre con fuerza para ser un hombre cansado. El recuerdo que me llevo de estos días me dará fuerza para seguir y para verte crecer y hacer volar tu juventud, blanca paloma, lengua de trapo, artista de la niñez, hermana, hija, luz, aire.

Te he visto despertar de nuevo hoy y he oído tu nombre en el viento, como aquel día de 2010. Estoy muy orgulloso de ti y si me dicen entonces quién venía a casa, quién llegaba a mis brazos, quién me iba a llamar papá, habría dado mi vida entera porque fueras tú. Creo que si a medida que creces eres capaz de seguir siendo tú misma y de encontrarte en tus dos mitades, vas a ser muy feliz y, sobre todo, vas a hacer muy feliz al resto, chica bonita, sueño eterno, duende del río… No sigo, que me emociono. Basta por hoy. Te quiero, un año más, hija, rostro de doble lustro, reina de julio, flor de verano. Gracias infinitas por ser quien eres: niña de luz.

 

Sábado, 18 de julio

Como con Juan Diego, mi ex cuñado. Mi amigo. Una mente extraordinaria, una de las pocas personas cuyos razonamientos eventualmente no soy capaz de seguir por su extrema brillantez y profundidad. Es psiquiatra y es artista. En realidad podría ser lo que le saliera de las narices y esa es la única verdad. Mi relación con él es sumamente especial a todos los niveles: intelectual, afectiva, de complicidad. Hace cinco años le escribí esto, con motivo del aniversario de uno de sus discos.

¿Quién ganó?

¿La noche o la pared?

¿Qué escribieron los locos?

 

Querido amigo:

Hoy hace cinco años que grababas esta maravilla, mientras moría Delibes. Creo que nunca te lo hemos agradecido lo suficiente. Creo, a decir verdad, que todos te debemos una disculpa. Nadie ha estado a la altura, sobre todo el público, que jamás entendió una palabra de nada de lo que decías, y sigue sin hacerlo. No es una cuestión de gustos, no es cuestión de preferencias ni de criterios. Es una cuestión de capacidades y de sensibilidad, perdón por la redundancia. Pasaran muchos años hasta que te entiendan, querido y admirado Suicida. Eso si alguien llega jamás a hacerlo, algo que sinceramente cada día dudo más.

Hay que haber vivido mucho. Hay que haber sentido y observado mucho para entender la belleza de estos versos trágicos. Hay que amar profundamente al ser humano para sospechar las causas de una lágrima contenida.

Engastados en la nostalgia /

nos diluimos con esencia de trementina /

evaporada en el muro de la pared

de antígona.

Bordes de oro y cristal.

 

Nunca una nostalgia fue tan bella. Nunca una oda a la derrota sonó tan victoriosa. Nadie entendió nada. Quizá fue pedirles demasiado.

Tiempo de funambulistas /

que convierten sus mentes

en abismo y fusión de almas en caída libre.

Nadar contracorriente

entre frágiles pedazos de otro tiempo

y sonrisas de dolor.

 

Creo que algún día nosotros mismos comprenderemos lo que hicimos. Tenemos mucho que olvidar para llegar al principio, a la pureza, al estado de ánimo impoluto, al blanco nuclear que se prepare para recibir al negro más dorado, al rayo de noche que destroce los cálices a dentelladas. Que los muertos entierren a sus muertos, que nosotros haremos gárgaras con el champán de la victoria que nunca quisimos. Alemania nos recuerda. Alemania te aclamaba. Yo lo he visto.

Ganó la pared, querido amigo. Hasta ahora. Porque algo me hace pensar que aún no hemos escrito los versos finales entre maniquíes sordos, una vez más. Yo sí me acuerdo y yo sí celebro este lustro. Bonita palabra para definirlo. Somos Lunáticos al Borde de Babel y hace ya cinco años que no brillamos.

 

En mi novelista ‘Pathetic’ le describo como Henry, personaje inspirado en él. Y es así:

 

Me fui a Battersea a por Henry. Es un buen amigo y he aprendido mucho de él. Con su manera de ver las cosas me dio las pautas definitivas para entender a las personas, algo que jamas le podré perdonar. Lo conocí por Martha hace muchos años, eran amigos de la infancia y desde el primer momento nos entendimos bien. Henry es escritor, es músico, es filósofo y… bueno, en realidad, Henry es lo que quiera ser, excepto feliz. Es una persona extremadamente humilde siempre que su superioridad quede clara de un modo evidente, lo que suele suceder a la media hora de conocerle. Siempre dice a las chicas que está en Londres de paso, con ese wanderlust inglés, aunque en realidad yo siempre le conocí en Londres y sin ninguna intención de irse.

Tenía escrita toda su obra, pero no había publicado nada. Temía que el éxito que presuponía a su primera novela le cambiara el tono en las siguientes, y por ello decidió escribir todo de una vez y publicarlo poco a poco, para que ni el éxito ni el fracaso le cambiaran su estilo. Decía que en toda disciplina artística, la primera obra era la única obra y que el resto son o intentos de repetirla o intentos de olvidarla. Nadie más que él y yo conocíamos sus planes de soltar su obra poco a poco, como si cada lanzamiento fuera una novedad recién escrita. La segunda novela era premeditadamente mejor que la primera para que nadie pudiera decir eso de la primera era mejor, aunque la verdad es que la escribió antes, así que se mire como se mire, la primera era mejor. Cosas de ingleses. Medía casi dos metros y, a pesar de sus cuarenta recién cumplidos, tenía carisma de viejo, como Jesucristo en un after. Pero como en una matrioska, esa apariencia de Jesucristo contenía a otra figura igual que se hacía llamar H. Other, que a su vez contenía la presencia de un tal Niederstein embarazado de Henry. Era posible saber a cuál de los cuatro te ibas a encontrar por su forma de citarte, pero para saber con cuál de los cuatro ibas a acabar borracho hacía falta esperar hasta la decepción que marcara el rumbo de la noche. Siempre era igual, aunque nunca supe por qué. Hay muchas cosas de Henry que nunca pregunté, por si acaso me respondía.

A Henry le gustaba estar solo, pero no como vía para disfrutar de su solitud sino como modo de evitar la compañía. Así, cuando estaba solo, Henry en realidad disfrutaba de no estar con su madre, de no estar con sus compañeros de trabajo, de no estar con sus hijos, si es que los tenía, jamás le pude preguntar. No hacer nada, por ejemplo, era para él algo afirmativo porque la inactividad no es algo vacío, no es una abstracción; no hacer nada es algo concreto, es no-trabajar, no-estar-corriendo, no-estar-andando, no-estar-follandose-a-su-amante. Por eso, Henry construía desde el negativo, que para él no era destructivo sino totalmente constructivo. No era una negación estéril sino tremendamente fértil. Sin embargo, de vez en cuando buscaba compañía en el metro o en el tren. Una mujer, a su lado, durante media hora de viaje, era sinónimo de paz, de presencia femenina, de una extraña complicidad, de olor a crema y de miradas indirectas. Buscaba esa mirada para saber que estaba vivo, para cerciorarse del todo que él no era una ilusión más de su mente. Había días en los que realmente lo dudaba. Lo constataba así, sabiéndose mirado por otro, el sentimiento especular de los vivos. Es indudable que cuando viajas al lado de una persona a veces se crea una corriente energética, no solo sexual sino de transmisión plenamente humana, de compañía y de paz, treinta y siete grados de piel y tragedia.

Vivía en una casa diseñada por él, sin ventanas, como un cuadrado ciego solo abierto al cielo. Ese era su resumen: cerrado para fuera, abierto hacia arriba. Le comenté lo de la expo de Helen en Shoreditch y me dijo que sí, que ok, que iría conmigo a tirar cacahuetes a los asistentes, a realizar su desformance o a lo que fuera. Nos pasamos de ales. Goulden House, en Bullen Street, Project Orange en Kensington Church Street, siempre en Battersea, cruzando el río, donde los hijos de los ricos como Henry habían encontrado su paz bohemia. Los fines de semana, todos a Weybridge a jugar al golf, pero entre semana, los padres en Chelsea y los hijos a sus casas de Battersea.

Eligieron Battersea por dos motivos: porque en Chelsea estaban sus padres y había que estar lejos de ellos pero no de su pasta y porque un río entre medias parecía suficiente barrera y suficientemente sorteable. Y además porque los ingleses estaban siendo desplazados en Chelsea por árabes, chinos y rusos. A mi en el fondo me encantaba que fueran víctimas de sus propios procesos de segregación y que se jodieran un poco. Cuando todo es cuestión de pasta, también tú estás en venta. Yo amo Inglaterra y a los ingleses, pero esa pose de superioridad frente a todo se me atraganta y por eso celebro tanto sus victorias como sus derrotas, ambas con la misma vehemencia y por el mismo motivo. Supongo que serán reminiscencias del imperio, pero que un inglés mire a un castellano por encima del hombro es algo que me vuelve loco, eso saca lo peor de mi. Convoqué a Blas de Lezo mentalmente y me sentí ganador. También convoqué a Henry, que juró que me acompañaría a la expo de Helen. No me prometió un buen comportamiento, solo su asistencia. Me valía. Le dejé borracho en Battersea y me fui a Portobello a ver si el alcohol me daba algo de inspiración para Pathetic. En South Kensington alcancé el clímax y así estuve hasta el día siguiente. Gloucester Road-High Street Kesington-Notting Hill Gate y corriendo al 299 Portobello, donde pasé la noche embelesado con mi propia voz

 

Larga vida a mi amigo Juan Diego.

 

Domingo, 19 de julio

Un dirigente socialista me decía en privado que la Ley de Violencia de Género es una basura injusta y probablemente anticonstitucional, pero que evidentemente no podía decirlo en público. Por su parte, muchos dirigentes populares admiten en privado que Bildu no es ETA, pero que evidentemente no pueden decirlo en público porque se les va a echar encima la opinión pública. Lo que menos entiendo de ambas posturas es la coletilla esa de ‘evidentemente’. Pase que no lo digas públicamente porque eres un poco cobarde, porque prefieres ir a favor de corriente, porque no quieres ir a contrapelo de la mano que te acaricia el lomo antes de llenarte el pesebre y tal. Es comprensible, es humano. Pero no digas eso de ‘evidentemente’, como si no hubiera otra opción, porque no hay nada de evidente en no dar la cara.

Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que hay un problema de violencia hacia la mujer contra el que hay que luchar. Pero, del mismo modo, esa misma persona con esos mismos dedos en esa misma frente sabe que la ley actual no solo es inútil sino, sobre todo, moralmente inaceptable. ¿Cómo va a condenarse diferente el mismo hecho en función del sexo del que lo comete? ¿Pero no nos damos cuenta de que es aberrante? Claro que nos damos cuenta, pero no queremos pasar por fachas.

Pues lo mismo con lo otro. Los que hemos crecido en la España de los ochenta, con bombas, atentados, secuestros, tiros en la nunca y masacres de inocentes a diario de inocentes solo podemos sentir un profundo desprecio ante ETA y ante la base social que los mantuvo y defendió con su acción o con su omisión.  Pero Bildu no es ETA. Yo ya sé que esto es complicado de aceptar, pero es así y alguien tiene que decirlo aunque eso implique que te llamen rojazo, terrorista u otras maravillas. Bildu es una basura, pero no es ETA sino una coalición formada por Eusko Alkartasuna -partido escindido a su vez del PNV por el primer lehendakari, Carlos Garaikoetxea-, Sortu y otros independientes. El problema, por lo que vemos, es Sortu. Pero Sortu no solo es un partido legal, sino que, además, según el Tribunal Constitucional dice que no puede catalogarse como la continuación de Batasuna sino como un partido que ha rechzado la violencia, incluida la de ETA, y por lo tanto es totalmente legal.

¿O estamos con el TC solo para lo que queremos? Ser demócrata es, entre otras cosas, aceptar la separación de poderes y acatar sentencias que no te gustan.

El ultimo asesinato de ETA es de 2009. Es decir, los votantes más jóvenes, tenían siete años. No nos debe sorprender que no sepan quién es Miguel Ángel Blanco, ha pasado mucho tiempo. Para un chaval de dieciocho años, Miguel Ángel Blanco es como para mi los abogados de Atocha, algo del pasado de lo que tenemos poca información y la que tenemos está diluida en una nebulosa casi cinematográfica. No es su culpa no saberlo. No creo que debamos machacarlos, a no ser que estemos todos dispuestos a hacer un examen de lo que sucedió cinco años antes de que naciéramos. Y sin entender este hecho es imposible ganar elecciones. Deben saberlo, pero no lo saben.

El problema es otro. El problema es la equidistancia del PNV. No cabe equidistancia entre el bien y el mal, entre los asesinos y las víctimas, entre las pistolas y las nucas. Los niños vascos -y todos los demás españoles- deberían crecer sabiendo lo que ha sucedido en su tierra, sentir la vergüenza de que un grupo de terroristas matara indiscriminadamente a inocentes durante décadas ante la complicidad de parte de los vascos y el silencio de otros. Esto ha pasado. Esto no es un cuento. Esto nos ha hecho sufrir a todos y lo estamos superando. Pero sin olvidar lo que ha sucedido, quienes son las víctimas y quienes son los culpables.

Bien. Pero Bildu no es ETA. Bildu, nos guste o no, es la forma natural para un vasco del año 2020 de ser nacionalista de izquierdas. Ese es el problema real. Que muchos no van a votar a la derecha del PNV ni a la izquierda que representa el PSOE. Dentro de los votantes actuales de Bildu hay de todo, hay muchos motivos y no todos son iguales. Personalmente no creo que el futuro del Pais Vasco se pueda construir sin Bildu, al igual que la democracia española no se pudo construir sin el franquismo o sin el comunismo. También PP surge de AP, partido nacido de siete proto-partidos con ministros franquistas por todos los lados. Y el PSOE tiene su historia manchada de sangre, de asesinatos, de un golpe de estado en el 34 y de los GAL. Y ERC tiene a gente del grupo terrorista Terra Lliure. Y no sigo.

Personalmente, admiro a Miguel Ángel Blanco, Ortega Lara, María San Gil, Fernando Buesa, Fernando Múgica, Gregorio Ordóñez, Joseba Pagazartundua, y todos aquellos héroes que no hicieron lo fácil, que era callarse, sino dar la cara por la democracia y por la libertad en los momentos más duros. Yo no habría tenido valor, pero ellos lo hicieron, corriendo un enorme riesgo que pagaron incluso con su vida. Y lo hicieron por nosotros, por la libertad, por la democracia, por no callarse ante la barbarie fascista de ETA y su régimen del terror y estupidez. Pero estamos en otra etapa. ETA no mata. Nos hemos cansado de pedirles que dejaran de matar y se pusieran a defender lo que quisieran democráticamente, políticamente, con la palabra. Y lo hemos logrado. Han perdido, ETA ha sido derrotada, no ha conseguido nada y ha sido arrinconada por la Policia Nacional, Guardia Civil, jueces y fiscales hasta que no han tenido mas remedio que abandonar su lucha armada.

Hemos ganado. Es cierto que ahora la izquieda abertzale sigue con los mismos objetivos y que muchos de ellos están siendo alcanzandos, pero ese es otro tema. Lo hacen legalmente y democráticamente. Les votan. Avanzan, desgraciadamente. Pero avanzan legalmente. En parte debido al blanqueamiento que de ellos ha hecho el PSOE de Sánchez y de Chivite y por supuesto Podemos, esa pocilga moral.

Yo creo que la mejor manera de que el constitucionalismo avance en el Pais Vasco no es votar a un partido que quiere cargarse la autonomía vasca, como VOX. Y tampoco creo que el candidato del PP vasco deba ser alguien que nos lleva mentalemente a otro tiempo, a un escenario bélico muy diferente al actual. Desde el resto del país damos consejos y lecciones diariamente al PP vasco, pero solo ellos saben qué es lo mejor. Lo sabían Borja Sémper y lo sabía Alfonso Alonso. Y muchos otros. Desde luego, la vía es otra. Con Bildu no se puede pactar prácticamente nada, y menos un programa de investidura o una reforma laboral como ha hecho Pedro Sánchez ante el aplauso enfermo de muchos socialistas. No se puede pactar con ellos. Hay que intentar ganarlos. Pero, desde luego, hay que pasar página. El País Vasco está en medio de una transición y de una reconciliación histórica y toda ayuda es poca.

La manipulación que el nacionalismo hace de la historia es vergonzosa. Todo lo que dicen de la historia de esa comunidad es falso, empezando por el hecho de que en Álava y en Vizcaya no han visto a un vascón más que en fotos. Siempre han sido condados enfrentados entre ellos y que solo han visto la paz cuando la ha impuesto Castilla. Y como parte de la Corona de Castilla -en el caso de parte de Guipuzcoa también de Navarra- han sido parte fundamental en la Reconquista y posteriormente en la conquista de América y de Europa por parte de España. Esto es lo que hay que enseñar. Esto y que Sabino Arana era un analfabeto semi oligofrénico. Y que ETA eran unos asesinos. No sé si el camino del constitucionalismo para ello es el más eficaz.

 

Lunes, 20 de julio

Este verano nos está enseñando muchas cosas. Por ejemplo, que un ‘botellón’ de cincuenta jóvenes en un parque es un inmenso factor de riesgo de contagio. Sin embargo, si esas cincuenta personas en lugar de ser jóvenes sin un duro bebiendo latas de cerveza sentados en un parque son señores mayores bebiendo cubatas en una terraza, el riesgo de contagio se reduce hasta la mínima expresión, porque, como todos sabemos, el virus respeta perfectamente las ordenanzas municipales y las diferencias intergeneracionales. Este es un virus de orden.

También hemos aprendido que el fútbol contagia más que los toros y las misas más que los conciertos, pero menos que los aviones. Cádiz contagia menos que Cibeles y la playa infinitamente menos que las piscinas. Por eso, mi Instagram está que arde con gente en bañador y sin otra distancia de seguridad que con la elegancia. La misma gente, por cierto, que se lleva las manos a la cabeza cuando ve a una persona sin mascarilla caminando sola por la calle, en el epicentro de la España vacía, con varios kilómetros cuadrados a su entera disposición. Los que llevan mascarilla en el coche, que son los mismos que en abril iban al supermercado a pelo porque el mentiroso Fernando Simón les había engañado como a chinos. Y oye, yo los veo tan tranquilos, encantados de que les tomen el pelo. Por ello, una reunión familiar de quince no contagia, pero una reunión de trabajo de ocho personas es jugar a la ruleta rusa con seis balas en el cargador.

Hacemos colas para comprar el pan y medio melón. Colas perfectas, disciplinadas, comunistas. Pero en la barra del bar ya no hacen falta colas, se ve que el vermú contagia menos que las picotas y no hay problema. Cada vez que entro en una tienda me he de desinfectar las manos, pero cogemos paquetes de Amazon sin problema de ningún tipo, es algo maravilloso. Por supuesto, la pistolita esa de la fiebre como peaje para pedir un café con leche. Pero cuando viene el repartidor con la pizza dominguera, el peligro se ha desvanecido. Nos da igual lo que pase desde que pulsamos al clic hasta que suena el telefonillo. Además, en la única pistola en la que creo los domingos es una con dardos tranquilizantes, porque nos han quitado el tour y no hay quien duerma la siesta.

También contagian mucho los museos. No puedo parar de imaginarme la carcajada que debió escucharse en el Consejo de Ministros cuando decidieron que había que reducir el aforo de los museos al 50%. A ver, la última vez que un museo estuvo a la mitad de capacidad fue el día que lo abrieron. Y también lo dudo. Así que supongo que por eso los museos, las bibliotecas y las salas de exposiciones están vacías, porque son mucho riesgo, sobre todo para esos del Consejo de Ministros y Menestras. Como a la gente nos de por pensar a lo mejor la carcajada va a ser nuestra y lo que se va a quedar al 50% entonces es el número de votos, que, por cierto, también contagian mucho. Por eso en el País Vasco han decidido que los enfermos de covid-19 pierden su derecho al sufragio activo. A ver si tiran por esa línea y también quitan a los enfermos el derecho al sufragio pasivo y nos libramos de la mitad del gobierno en un ‘Deux ex Machina’ del tamaño de la catedral de Burgos.

Por otro lado, aun sigo pensando qué hacer en mis vacaciones. Son todo dudas. Abro las redes sociales y veo a la mitad de España con una prudencia democristiana, en casa, con su mascarilla, su gel para las manos y su distancia social. La otra media, sin embargo, está en pareo en la playa, comiendo centollas en un yate, tipo narco, o su versión gaditana: langostinos de Sanlúcar en una lancha rápida.

Que a mi me parece bien, pero es que ¿tiene que haber dos Españas hasta para esto? Yo quiero una cosa moderada, desapasionada, maricomplejines, un sí pero no, un no pero sí, qué sé yo, digamos que ir a la costa pero no pisar la playa, ir a comer pescado al puerto pero hacerlo ‘indoor’, al cobijo civilizado de un techo amigo y aséptico: ir en el tren sin mascarilla, pero en un vagón vacío, enamorarse pero poco, disfrutar, pero no mucho. Disfrutar mucho en agosto no deja de ser un poco cutre, es como votar con ilusión o casarse por amor: un capricho snob y el camino más seguro hacia la frustración.

Lo que realmente queremos es una vacuna pero para los demás, mascarillas para el resto, un líquido para desinfectarlos a todos. Porque el infierno son los otros, que decía Sartre. Y, en un giro orteguiano, creo que este verano acabaré descubriendo que yo soy yo y mis anticuerpos.

 

Martes, 21 de julio

 

I

Cuando estoy en un ambiente de negocios y de marketing, me hago pasar por escritor para dejar claro que no soy uno de ellos. Hago esfuerzos notorios para parecer un outsider. Cuando estoy en un ambiente literario, de escritores, me hago pasar por hombre de negocios, por idéntico motivo: no ser uno de los nuestros. Cuando hablo con gente de derechas, hago verdaderos esfuerzos por justificar los postulados intelectuales de la izquierda y viceversa. No sé por qué lo hago, debería ser al revés. Desde luego, es una lucha endiablada cuyo objetivo no encajar en ninguna parte como modo de auto protegerme y de seguir libre, solo. Aislado siempre.

 

II

Los artículos del verano están funcionando muy bien. Siempre es lo más leído y me han dicho que ya son un género en sí mismos, un estilo reconocible y propio. No se me ocurre mayor aspiración, desde luego. Sin embargo, desde El Norte de Castilla me llega que existe una cierta preocupación porque mi futuro inmediato trascienda a este periódico. Que me vaya a otro sitio, vaya. Desde luego, se agradece el piropo que subyace, pero son sensaciones suyas. Nada más lejos de la realidad. Además, surgen nuevos proyectos para el periódico, de los cuales es un honor formar parte.

Por otra parte, he enviado columna a El Debate. Creo que muy buena. Es ya la tercera y creo que voy encontrando mi lugar. Las dos anteriores también lo eran, en realidad. Estoy buscando un tipo de artículo más largo, más profundo, con un análisis más complejo, que no quiere decir en absoluto rebuscado o pedante. Simplemente decir a gente de derechas cosas que nadie les dice, como que el PSOE no es el diablo, que en la derecha hay mucho cafre y que todo es un poco más complejo de lo que les suelen contar. Creo que el editor está contento con mi colaboración y desde luego yo estoy orgulloso de su confianza.

Todo avanza con una extraña sensación de placidez. Raro.

 

Miércoles, 22 de julio

No todo fue naufragar: si la crisis de 2008 terminó con la moda ‘tunning’, el coronavirus ha puesto pie en pared en esa escalada enfermiza de bodas originales que los españoles hemos sufrido en silencio, como las hemorroides o como a Carmen Calvo. Para los despistados: el ‘tunning’ fue aquella obsesión por customizar los coches, haciendo de ellos naves espaciales horteras con discotecas valencianas en su interior. Surgió directamente del ‘boom’ del ladrillo, como una consecuencia imprevista del enriquecimiento de ciertos perfiles, y era exactamente lo contrario del ‘quiero y no puedo’. Esto era un monumento al ‘puedo y no quiero’, es decir, puedo gastarme 60.000 euros en un coche, pero prefiero gastarme 20.000 y añadir 40.000 en extras, llantas, alerones y equipos de sonido interestelares. El resto ya se lo saben: se pinchó la burbuja, que es el opio del pueblo, todos al paro y los coches tuneados -ya imposibles de mantener-, al garaje, al desguace, al pueblo. Aquellos ‘Hyundai Coupé’ que poblaban sus días y nuestras noches dejaron paso a un silencio motórico, como una gran resaca fin de fiesta.

Lo mismo, con las bodas. Se nos había ido de las manos el tema y esta crisis ha venido a poner un poco de raciocinio en la espiral de ñonería extrema, de contenidos imposibles y actos hiperglucémicos de los enlaces de los infelices diez. De alguna me he tenido que salir con un coma diabético, y eso que yo no como dulce. Pero vamos, que es que yo he visto poemarios, veladas líricas, nombres comedias románticas en las mesas, gymkanas para pedir una caña. Me he vestido de Jimmy Hendrix, con falda escocesa, de templario. He asistido a regalos infinitos para la abuela, fotógrafos de Pulitzer, hielos traídos de un fiordo noruego, helicópteros con focos que ni ‘El Circo del Sol’ desde el cual bajaban bailarines rusos… Fuegos artificiales, calesas, coches de época, majorettes, gigantes y cabezudos, elefantes africanos, orfeones de niños cantores de Viena, ‘dantzaris’ traídos directamente de Rentería, gaiteros irlandeses, salves rocieras. He visto contratar a bandas con algún Grammy -y sobre todo con algún gramo-, y eso por no entrar a fondo en la selección musical, complicada como un western, que si se la piden a Ennio Morricone, lo descarta por demasiado complicado, por no verse capaz. Aquello parecía Broadway: una pieza para entrar en la boda, otra para salir, una canción especial para cuando los novios llegan al coctel -la que sonaba el día que se conocieron físicamente-, una canción especial para cuando los novios entran al comedor -la que sonaba el día que se conocieron, digamos que bíblicamente-, canción para el video homenaje a los padrinos, guiño a las amigas del colegio dentro del monólogo personalizado, el vals de ‘El Padrino’ para abrir el baile, coreografía sorpresa de los amigos del novio ante la cara de pre-infarto de la madre de la novia, intervención de un tío de Madrid cantando la de Julio esa de ‘soy un truhán, soy un señor’, con el movimientos del Tricicle incluido, claro. Todo para luego acabar en una conga de ridículo inmisericorde.

Era ya demasiado complicado: no eras nadie si no tenías despedida de soltero en Las Vegas, luego preboda, boda, postboda, pre-luna de miel, luna de miel, post-luna de miel. Y de ahí, claro, ya la pareja cae en picado, es imposible mantener la tensión y el nivel sentimental tras un carrusel emocional que ni Enrique Ponce. Por cierto, que estos días me imagino al maestro de Chiva intentando hacerse coleguita de las amigas de su nueva novia. ¿Qué hará? ¿Jugarán al ‘Quinito’? ¿Irán de botellón al río? ¿Las irá a visitar al erasmus a Bolonia? ¿Cómo se ganará a los novios de las amigas? ¿Torearán como toreo yo cuando tengo una carpeta en la mano izquierda y un cubata de más en la derecha? ¿Los irá a buscar a la salida del examen de Derecho Romano? ¿Los llevará en el Mercedes a las fiestas de no sé qué pueblo? ¿Los colará a la zona VIP del concierto de Taburete? Vaya marrón tienes, Enrique.

Pues parece que todo esto se va terminando, a Dios gracias. Espero que lleguen de nuevo las bodas de los noventa, una cosa contenida, reprimida, mínima. Es cierto que el melón con jamón ha dado paso al sushi y el cóctel de marisco a la cucharita de sueño de pulpo. Pero hemos de volver a la esencia, a los chavales fumándose a escondidas los cigarros de la tía-abuela, a las niñas bailando con la novia, a los amigos del novio amenazando de muerte a la Tuna… y esperar a las sorpresas que nos traerá la siguiente crisis, que está a la vuelta de la esquina haciéndonos gestos. Si las dos anteriores han acabado con el ‘tunning’ y las súper bodas, apuesto a que la siguiente seremos capaces de terminar con otras atrocidades como el mojito. O, siendo más ambicioso, con las bandas tributo a Queen.

 

Jueves, 23 de julio

Ayer pasé la tarde leyendo. Desde el fin del confinamiento había leído bastante poco, seguramente por la sobredosis anterior y por estar vertido por entero al mundo exterior. La primavera fue un espectáculo de intraversión, de lo que me avisó P.  En realidad, ya echaba de menos perderme una tarde entera en libros y, pese a los increíbles intentos de Lucía por destrozar mi plan, logré una tarde sin actividad, sin terrazas, sin paseos y entregado por completo a la lectura. Rematé ‘La noche que llegué al Café Gijón’, de Umbral. Es simplemente prodigioso este hombre. Uno se queda sin palabras. He estado a punto de volver a leerlo, esta segunda vez para tomar notas, para estudiarlo, para encontrar el truco de su estilo. Luego he seguido con ‘Amar en Madrid’, también de Umbral. Idem. Y decidí salir de Umbral para comenzar ‘Las máscaras del héroe’, de Juan Manuel de Prada, que me tuvo enganchado hasta el punto de leer las cien primeras páginas del tirón. Una gozada. Lucía me odia, pero una gozada.

 

Viernes, 24 de julio

Mi escasísima ambición es percibida como provocación y como factor de competitividad extrema. Por mi manera de ser, nadie puede creer que no sea competitivo. Hoy dos personas en un intervalo de horas que me sugieren que lo mío es una pose, una táctica, una manera de ‘llegar’ sin ser percibido como rival. Me asombra. No hay nada de cierto en eso. La vida es un sainete que te lleva y te trae y cuyos planos desconocemos. El éxito es una mezcla de muchas cosas, entre ellas la suerte. Y la suerte no se puede trabajar. Pero sin trabajo no hay suerte. Por ello, la única variable en la que puedes inferir es en merecerlo, es decir, en trabajar. Pero eso no es en absoluto garantía de nada. Me he pasado años escribiendo un un blog sin llamar la atención de nadie. Y entonces merecía tanto como ahora, quizá más. Quiero decir con esto que yo intento ser cada día mejor en mi trabajo, en mi escritura y en todos los aspectos de mi vida, pero no como medio para un fin, sino como fin en si mismo, por dignidad y por respeto a quien me ha dado los escasos talentos que tengo. Mateo (25,14-30). Si se consigue bien. Si no, no pasa nada. Una vez entendí que el ego es algo se interpone entre tú y tu mejor versión de ti. Hay quien escribe bien como modo de ser el numero uno. Hay quien llega a ser el numero uno porque su único objetivo es escribir bien. Entiendo que no se me comprenda. Estamos en manos de Dios.

 

Sábado, 25 de julio

Leo que existe un boom por criar gallinas, por proveerse de huevos como sustento básico y proteico ante el Armagedón que supondría un posible reconfinamiento en esta temporada otoño-invierno. Y no doy crédito. Se trata de ir a mejor, no de ir a peor. Yo no quiero criar gallinas. Yo quiero ir a un supermercado donde pueda comprar pollos muertos y fileteados, que es de lo que se trata. No quiero vivir en una casa con un corral lleno de gallinas ni tampoco en una casa con huerto ni jardín. Yo quiero vivir cerca de una tienda de huevos, de una floristería y de un vivero, en un lugar en el cual, si me pongo malo, pueda llegar a un hospital en cinco minutos. En un lugar con un número ingente de taxis, de ambulancias, de servicios de paquetería inmediata y de personas que me traigan la comida los domingos mientras aprovecho a escribir. Eso es lo que quiero. Un lugar con salas de cine, atractivas mujeres desconocidas y estaciones de tren. Y periódicos y librerías. Y servicios para mi hija como profesores de inglés, clases de danza o entrenadores de vóley.

Supongo que soy una mala persona, pero no tengo ninguna intención de criar animales y mucho menos de matarlos. No me interesa tener berenjenas, cuidar de mis propias lechugas ni escabechar pollos. Yo quiero salir de casa y ver tráfico rodado, capitalismo, libertad económica, progreso. Bares, restaurantes, hoteles, iglesias, fábricas, personas haciendo cosas, unas contentas y otras tristes. Museos, salas de exposiciones, galerías de arte, conciertos. Porque sí, frente a lo que nos cuenta la ‘cuchipandi’ esta de los cero diputados en Galicia, el arte, la cultura, la sanidad y la educación necesitan dinero, es decir, capitalismo, es decir, ciudades. Sin pasta no hay artistas ni, por supuesto, arte. Ni médicos, ni profesores. Ni nada.

¿O por qué creerán que está vacía la España vacía? ¿Porque somos idiotas? No, porque no hay nada, porque no es posible tener todos los servicios de las ciudades saliendo fuera de las ciudades. Está vacía porque preferimos no estar allí, y esto es algo que deberían saber nuestros comunistas urbanitas de las gallinas y la masa madre. El comunismo es una barbaridad inmoral y criminal, pero se torna ridículo cuando llega a la política local y traviste su violencia endémica en batucadas, en carriles bici, en huertos urbanos, en arte callejero, en aplausos a no sé qué colectivo y en coreografías feministas que avergonzarían al mismo Lenin. El rollito new-age, que no tiene nada de obrero y de campesino y mucho de burguesía pija y blanda como la papada de un premio Planeta.

Ahora resulta que la gente quiere una casita con jardín y gallinas para poder pasar frío este invierno, un frío de pueblo, además, que es un frío diferente, intenso, un frío que sale de dentro hacia fuera, un frío total. A ver, un pueblo o se tiene o no se tiene, pero no se puede ‘comprar’. Se es o no se es de pueblo, pero el acto de irse a un pueblo a criar gallinas y lechugas no es querer tener pueblo ni mucho menos serlo. No se puede ser a la vez animalista y rural. En los pueblos se caza y se utiliza a los animales para lo que están, es decir, para dar un servicio al hombre. Por eso, irse al pueblo para tener un corral con gallinas y pimientos morrones es un acto urbanita, totalmente urbanita y burgués y es un acto de huida hacia el ideal desconocido como modo de olvidarse quizá de la vulgaridad de la realidad que tan bien conocemos.

Idealizar una vida mejor fuera de la ciudad es como divorciarse para encontrar el amor o apostatar del catolicismo para encontrar la paz. El rollo naif de ir al pueblo con tu perro, tu gato, tu bici, tus gallinas ecológicas y tus frutas ‘bio’ con gusano tiene en realidad mucho más que ver con una tontita del barrio de Gracia que con la realidad de un pueblo castellano en el que, por otra parte, van al súper a por pechugas de pollo y a por puerros porque no son idiotas. Por cierto, que no sé dónde pondrán el límite: si quieren gallinas para no comprar huevos, quizá quieran una oveja para no comprar queso o una vaca para hacer su propio yogur griego con muesli y frutas del bosque.

Lo malo de todo esto es cuando venga el zorro a por las gallinas, el lobo a por la oveja o la mastitis a por la vaca. O el aburrimiento a por el niño, claro. O el frío a por todos, o el calor a sus moscas, nada urbanitas, por cierto. Y entonces, todos a la ciudad, claro. A comprar huevos en Mercadona por docenas. Y luego a la batucada de la Uni. Y al yoga. O sea.

 

Domingo, 26 de julio

Hay domingos que los carga el diablo. Íntima desesperación por la incapacidad de amar ni de ser amado. Nunca jamas volveré a la intensidad emocional de la juventud. Es una pena.

 

Lunes, 27 de julio

Un poeta es alguien que escribe poesía. Un poeta no es una persona con una visión más o menos poética de las cosas, con una sensibilidad especial en la mirada o con una pose lírica en las actitudes. No. Un poeta es quien –con mayor o menor acierto- escribe poemas. Del mismo modo, un escritor es quien escribe prosa y un dramaturgo el que escribe teatro. Un músico es quien compone o interpreta música y un pintor el que pinta cuadros.

Un turista es una persona que está de paso en un lugar que no es el suyo, comprando fotos al por mayor, rentabilizando su inversión, viendo a través de la réflex las cosas que ya había visto a través de la pantalla y subiendo postales a Instagram, sin enterarse prácticamente de nada. Un turista hace cosas de turistas, tiene prisa por ver lo que marca la guía Lonely Planet en el tiempo preciso que marca para ello: Portobello los sábados, el Rastro los domingos. Un turista, así, no es un viajero. Un viajero es un habitante temporal, un viajero es otra cosa. Un viajero busca puntos de vista propios en tierra ajena. Busca experiencias, busca sentir. Busca ser.

Un gilipollas es lo que resulta cuando un turista llega al arte, a la Cultura -perdón por la mayúscula. No son artistas, solo fingen serlo. Quieren vivir como artistas, rodeados de artistas, haciendo cosas de artistas. Visten como visten los artistas el domingo, pero se les olvida el mono de trabajo los lunes. Son holgazanes que, en lugar de trabajar, hablan de lo que quieren hacer cuando trabajen, piensan en cómo orientar su obra, planean el siguiente paso, encuadran su estilo, trabajan la corriente en la que se van a enmarcar, matizan su disfraz. Suelen ir en manada; así, los puedes ver debatiendo entre ellos, inaugurando bares y cerrándolos, los puedes ver en el pre-show y en el after-show. El show es lo de menos. Tienen mil iniciativas, entre las que no se encuentra trabajar. Quieren ser confundidos con artistas, con intelectuales. Les basta parecerlo: serlo está sobrevalorado.

Además, está el desprecio con el que nos tratan al resto, a los que no tenemos el nivel para entenderlos. Si lo tuviéramos, ellos triunfarían, y como no triunfan, cierran el silogismo por la vía rápida. Triunfar, por cierto, que para ellos no implica que el mercado pague por disfrutar de su obra lo suficiente como para poder dedicarse a ella por completo, ni recibir reconocimientos. Triunfar tampoco consiste en conseguir un lenguaje propio, un universo genuino ni alcanzar la libertad creativa.No. Triunfar es recibir una subvención, es decir, vender al ciudadano, pero a punta de pistola.

El otro día, la diputada de la asamblea de Madrid, Clara R. San Miguel, nos decía que Quevedo y Yung Beef son igual de Cultura española, dando a entender que todo es Cultura y que hay cierto elitismo en la consideración de alta cultura frente a la baja cultura, la popular. Bien, yo quería decir a Clara que es exactamente así, que la Cultura no es democrática, ni igualitaria ni nada parecido. No es que haya una Cultura elitista, es que la alta cultura es en sí misma la elite, la propia elite, la parte de arriba, los mejores. No se puede confundir a la gente igualando todo y hay que diferenciar Cultura de entretenimiento. La cultura sólo es cultura si es aprendizaje interiorizado. La cultura, para ser cultura, debe doler porque debe despertar una pregunta, una duda, donde antes había una certeza. O llenar un vacío, lo que conlleva la preexistencia de dicho vacío y su reconocimiento. Interiorizar el aprendizaje es un esfuerzo. Tiene que haber una búsqueda, una acción basada en una omisión previa. Yung Beef no es eso.

Ni yo tampoco, Clara. Yo no soy Cultura. Me inhibo. Me libero de tan pesada carga. No soy lo mismo que Quevedo. No soy un intelectual. No tengo un sistema de creencias, una cosmovisión o una explicación de las cosas que merezca la pena reseñar. No soy un pensador. No soy tampoco lo mismo que Yung Beef, de verdad.

Que los verdaderos artistas, creadores e intelectuales nos perdonen. Que Cervantes, Shakespeare, Goethe y Moliere nos protejan. Que Lope, Galdós o Flaubert sean indulgentes con nosotros. Que Juan Muñoz, Chopin o Bacon nos iluminen el sendero hacia la biblioteca más cercana, que es donde algunos tienen que estar y donde, seguramente, jamás habrán pisado. Están en el bar, esperando a que les hagan un homenaje. Para ese día tienen elegido ya sombrero. Y matizado hasta la perfección el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua. Creo que a alguno le darán el escaño G. de Gilipollas.

 

Martes, 28 de julio

I

Ayer vi ‘Cowboy de medianoche’. Un clásico de Dustin Hoffman y John Voight. Cuanto más cine veo, más me doy cuenta que el mundo está hecho por aficionados al cine. Los deseos de la gente son deseos cinematográficos, encuadres, planos, un cierto tipo de intensidad. La gente piensa en cine. La gente visitar playas, ciudades, lugares, quintas avenidas. La gente fantasean con que alguien les miren como miran los actores. Buscan sensaciones cinematográficas, cadencias inventadas, ritmos artificiales.

La vida no es eso. No van a abandonar la frustración hasta que no abandonen el maldito cine y dejen de soñar en trucos de cineastas para emocionar a funcionarios aburridos y a peluqueras despechadas. Los que hemos crecido leyendo un mundo literario no buscamos eso. Vamos a otro ritmo, un ritmo lento, pesado, real. No pensamos en planos, las sensaciones no son artificiales, el amor no se sugiere con miradas de actrices sino con el pasar de las páginas. Creo que la literatura te prepara mejor para la verdad. El problema es que nadie quiere la verdad y que los literarios lentos estamos perdidos intentando enamorar a mujeres que viven en hora y media.

La película no está mal, es una novela ejemplar del siglo XX. Picaresca del siglo de oro en personajes de 1970. Gran interpretación de Hoffman, muy por encima del argumento. Pero sobre todo, una maravilla ver ese Nueva York decadente, gris y perdido en el que siempre llovía, en esa década perdida entre la generación beat californiana, el mayo del 68, los hippies, las drogas y lo que iba a venir en los ochenta.

«La aurora de Nueva York tiene cuatro columnas de cieno y un huracán de negras palomas que chapotean las aguas podridas. La aurora de Nueva York gime por las inmensas escaleras, buscando entre las aristas nardos de angustia dibujada. La aurora llega y nadie la recibe en su boca porque allí no hay mañana ni esperanza posible: a veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. Los primeros que salen comprenden con sus huesos que no habrá paraísos ni amores deshojados; saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto. La luz es sepultada por cadenas y ruidos en impúdico reto de ciencia sin raíces. por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre».

 

Perdónenme pero donde otros ven cine, yo solo veo a Lorca.

 

II

Me llaman de la agencia de noticias ICAL para pedirme impresiones y declaraciones acerca de mi colaboración en el libro recién publicado ‘Un tiempo fuera del tiempo’, coordinado por Antonio Nieto., en el que aporto un texto a modo de Manifiesto. Me sorprende la llamada, pero me la hacen como único vallisoletano en el libro, aunque debe haber alguna actriz paisana colaborando. No sé cómo se habrán enterado, estas cosas se me escapan. Hay cierta repercusión oculta que subyace a todo.

 

III

Hablando con mis amigos, nos damos cuenta de que hay en nuestro entorno más inmediato una decena de solteros o divorciados de entre 35 y 40 años. Todos sin ningún tipo de esperanza o ilusión por encontrar el amor. El desencanto es absoluto, pero no por nosotros, sino por la derrota que supone haber conocido a la mujer y haber caído en la plena consciencia de que jamás podremos hacerlas felices. Al decir que no hay ninguna mujer tal y como nosotros la queremos, no mostramos un gran autoestima sino lo contrario: una autoestima destruida por las mujeres, unos hombres derrotados por la realidad, una brecha enorme entre la vida que esperábamos y la realidad que nos hemos encontrado. Es curioso que, en el otro lado del telón, haya muchas mujeres frustradas e insatisfechas, igual de solas que nosotros y pensando lo mismo, pero desde la autoestima y el empoderamiento. El feminismo es una fábrica de desdicha y de soledad. El feminismo actual es una forma de nacionalismo y. como tal, lleva del victimismo a la guerra. Satán está gozando.

Personalmente me siento incapaz de hacer feliz a una mujer. Mi autoestima está reventada desde dentro.

 

Miércoles, 29 de julio

He ido a El Corte Inglés a comprar colonia, que ya se me estaba acabando, y me han dado un vale de 6€ para canjear en el supermercado al gastar más de 30€. No tenía nada que comprar, pero me he liado y he comprado comida por valor de 60€. Esto en mi tierra se llama hacer un pan con unas hostias. En fin, que llegaba yo a casa cargado de bolsas a las 3 de la tarde de un 29 de julio, a 40ºC inhumanos y asesinos y en la puerta me he topado con una repartidora de Amazon. La he invitado amablemente a entrar, pero ella ha dicho que no, que primero que tenía que llamar a ver si la persona destinataria de su paquete estaba en casa. Cuando por fin me disponía a entrar en el ascensor he oído cómo la repartidora preguntaba a una vecina si ella era del 2ºA, lo cual es imposible porque el del 2ºA soy yo y vivo solo con mi hija. Y, sobre todo, no he pedido nada.

He salido del ascensor para decirle que el del 2ºA soy yo, pero que debe tratarse de un error porque no he pedido nada. Me ha preguntado el nombre, se lo he dado y la chica seguía insistiendo en que ese paquete era mío. Un poco pensativo he subido con todas las bolsas y un paquete de amazon. Al abrirlo, veo que era un libro. He revisado la aplicación de Amazon pero nada, yo no lo he pedido. He preguntado a mi familia y nadie sabe nada. No hay remite, no hay rastro, no hay pistas. He revisado todos mis emails y whatsapps, buscando consecuencias de posibles decisiones en plena borrachera, de esas que no te acuerdas. Pero nada de nada. No tendría mayor importancia, podría asumirlo como un error normal, si no fuera porque alguien ha decidido enviarme ‘Un hombre acabado’, de Giovanni Papini. ¿Es una amenaza? ¿Alguien va a acabar conmigo? ¿Por qué a mi? ¿Por qué ese libro? ¿Quién me lo envía?

Como siempre, ante la duda, decido bajarme al Colmao. A ver cómo me explica Juan este misterio.

 

Jueves, 30 de julio

El misterio no cesa. Y de hecho se hace más grande. He llegado a casa y en el buzón, otro libro de Papini. En este caso es ‘Palabras y sangre’ y me lo envían desde una librería de Madrid. Joder, no sé qué significa todo esto. ¿Me están amenazando?

De modo instintivo, decido no leerlos de momento, no quiero entrar en el juego, si es que es un juego y no un error. Paso la tarde leyendo ‘Spleen de Paris’, de Baudelaire, cuya influencia en el columnismo, según veo, es decisiva. Un libro revolucionario e interesantísimo desde el punto de vista del amante de la literatura. Es una especia de piedra Rosetta, un códice encontrado que explicaría todo. El eslabón perdido, a medio camino entre el poema borracho de absenta de Rimbaud y la columna costumbrista de Ruano. Pero no puedo dejar de pensar en el ‘Papini Gate’.

De vuelta a El Colmao, neurótico.

 

Viernes, 31 de julio

Uno empieza a cansarse de la criminalización que se hace a todas horas de los jóvenes y de su actitud ante el coronavirus. Me parece profundamente injusto. No solo no lo están haciendo mal, sino que además lo están haciendo bien, muy bien y salvo raras excepciones están mostrando una responsabilidad que ya me gustaría a mi ver en los demás si la cosa fuera al revés y los que estuvieran en grave peligro fueran ellos y el resto fuéramos inmortales. Porque hay que recordar que son inmortales y lo saben, que esto no los afecta directamente a la salud y que lo único que están haciendo es sacrificar el verano para salvar a sus familiares y proteger al resto de la sociedad en un acto de generosidad enorme. Están en lo mejor de la vida, es el verano de sus diecisiete años. Están enamorados, son guapos y fuertes. Sus vestidos, muy blancos. Llevan un año de mierda, confinados, con graves problemas para ser formados y evaluados. Se enfrentan a un futuro desolador en lo académico, en lo laboral y en todos los aspectos. Y ahora, para rematar, llega el verano, llega el buen tiempo y no solo renuncian a casi todo por el bien de toda la sociedad sino que, además, tienen que escuchar cómo se les trata como terroristas por tomarse una litrona en el parque. Bueno, mucho peor que a terroristas. Aquí a los terroristas les hacen homenajes.

A ver, que lo del botellón es lo mismo que hacemos los demás en las terrazas o en la casa del campo de no sé qué amigo, hombre. No seamos fariseos. Yencima ellos tienen las hormonas haciéndoles un escrache permanente dentro del cuerpo, hormonas con las pinturas de guerra. Hormonas de diecisiete años. Quién las pillara. No entiendo la diferencia entre tomar algo en una terraza o en los bancos de la plaza del pueblo. Tampoco entiendo la diferencia entre tu botellín de cerveza y el suyo, exceptuando el precio, claro. Y tampoco entiendo la diferencia entre sentarse a la una y media de la tarde, con el salvoconducto social del vermú, y hacerlo a la una y media de la noche, con el reproche del mismo señor del vermú de antes llamándole golfo, sinvergüenza, degenerado, etc.

Y es que ya me gustaría veros a todos con esa edad, allá por COU, si os hubiera caído encima una pandemia mundial, de verdad. Por cierto, que decir COU ahora te hace viejo de repente. Es decirlo y te salen unas cuantas arrugas. A los jóvenes les suena como a mi lo de la reválida de cuarto. No se tiene esa edad más que una vez, es lo mejor de la vida y a ellos se la han jodido. Y no va a volver jamás. En mi caso, lo de los diecisiete años fue allá por 1995-1996, con Aznar recién llegado al gobierno y el boom del ladrillo a punto de asomar la patita. Los años buenos, vaya. Los recuerdo perfectamente y también recuerdo a toda mi generación, esos que ahora van de ultra responsables, de perfectos padres de familia con hígados asépticos y palas de pádel desinfectadas recriminando no sé qué a un chaval en un banco del parque que lleva cinco meses aguantando a sus padres en un piso de setenta metros cuadrados.

Yo conozco perfectamente a mi generación y sé de sobra lo que habría pasado si nos hubiera tocado a nosotros, que, por cierto, éramos un número ingente de personas llenando las calles, las plazas, los callejones y lo que hiciera falta. Y sé que no habríamos sido tan responsables, ni por asomo. Seguramente habríamos delinquido de modo más profesional, no nos habrían pillado, pareceríamos pulcros, limpios como enfermeros empezando en un turno. Pero vamos, que nos habríamos bebido hasta el gel hidroalcohólico.

Yo habría matado por aquella chica y si por entonces me tuviera que haber encadenado en la discoteca para haberla visto, lo habría hecho, jugándome la vida y haciendo frente al virus con mis manos y mi corazón enamorado. Los chavales de hoy no han decidido que las discotecas y los bares de copas abran. Eso lo han decidido otros. Lo que ellos han decidido es, una vez que están abiertos y los viejos están -estamos- en casa, ir. Ir, bailar, tomar algo, ligar y lo que surja, que es a lo que vamos, a lo que surja, a lo que tiene que surgir, al fondo de todo esto. Porque no buscan alcohol ni drogas ni reggeaton como no lo buscábamos nosotros. Eso es solo el escenario, gajes del oficio, attrezzo. Lo que están buscando es amor, es empezar a sentirse adultos, estar a la altura de esa chica, demostrarla lo bueno que es. «Abre la cola, cierra la cola y gira el pavo real», que me decía por entonces a mi una chica cuyo nombre iba a decir que no recuerdo, pero recuerdo perfectamente. Porque ese es el tema, que estos recuerdos van a marcar su futuro, su manera de percibirse y de percibir al resto. Lo están haciendo bien, hay que felicitarlos, decirles que por favor extremen el cuidado y aplaudirles como a los sanitarios, pero cuando vuelven a casa escuchando a los pajaritos esos del amanecer.

O cerramos los bares o asumimos que los jóvenes van a ir y que eventualmente se van a quitar la mascarilla para comerse a besos, como por otra parte hacen los mayores. Los que pueden, vamos.

 

Sábado, 1 de agosto

 

I

Reculo. Me desdigo. Aunque afirmé no hacerlo, finalmente me voy unos días de vacaciones y que sea lo que Dios quiera. Prefiero pasar una semana entre mascarillas y distancias de seguridad que sufrir quince días en casa viendo cómo mi hija me mira con esa cara de preadolescente aburrida, con ese ‘spleen’ como de taquillero de la estación de Baltimore y con esa manera de sobre interpretar un fracaso vital prematuro de la que solo una niña aburrida es capaz para torturar emocionalmente a un padre. Me niego. Tiro la toalla. Acepto el chantaje, pago el impuesto revolucionario y dejo, además, propina. Me voy a jugar la vida y a convertirme en Julie Andrews solo para que la redacción del cole este septiembre no comience, como suele, con «a ver, mi padre es autónomo. El resto, bien».

El mero concepto de ‘veranear’ me da náuseas, por eso yo prefiero ‘otoñear’, que es irse en agosto a Guipúzcoa. Si bien tiene el punto negativo de tener muchas playas, al menos te aseguras lluvia. Lo he mirado bien antes de hacer la reserva, hasta he llamado a un pastor de ovejas latxas, esas del queso Idiazábal, y me lo ha confirmado: lluvia, lluvia vasca, lluvia de chuletón y de caracoles trepando obras de Chillida. Tiene otro punto débil: allí todos los hombres van en bermudas, es algo generalizado. Pantalón corto mostrando pierna, pierna vasca, pierna vasca depilada y tatuada, pierna de haber estado a punto de ganar una etapa de la Vuelta a Burgos en el 99.

En fin, nadie es perfecto y además yo ya me estoy viendo en San Sebastián, en Zarauz, en Fuenterrabía y hasta en Biarritz, al cobijo templado de una lluvia fina y antipopulista con un vino de Rueda en una mano –para tocar un poco las narices– y una Gilda en la otra –para compensar, tipo socialista vasco–, mientras leo a Chapu Apaolaza en el ‘Diario Vasco’. Porque he puesto mis condiciones. Sí, yo te llevo a la costa, cariño. Yo me juego la vida por ti, también. Pero yo no piso la playa ni la piscina ni me pongo bermudas ni tatuajes en el tobillo. Te vas con tu tía y con tu prima, que ya os esperamos mi cuñado y yo leyendo a Chapu, con el que, por cierto, voy a empezar a negociar una política matrimonial para nuestros hijos que ni los Habsburgo. De momento voy preparando la dote y un par de viñedos en la Ribera del Duero, a ver si nos ganamos al pequeño. Y mientras tanto, a ver si engaño a alguien para que un año de estos me dejen escribir columna allí para felicitar a mi ahijado, el afamado y sensacional Jon de Lezo, que el domingo cumple tres años como tres soles y que ya come como un levantador de piedras en un domingo de resaca. Así que lo celebraremos con un chuletón, quizá tortilla de bacalao, supongo que unos pimientos de Guernica, mientras veo como una nube se anuncia sin clemencia a lo lejos y justifica moralmente que intente lo de las alubias de Tolosa. Si por fin me sale, lo haré vestido como Dios manda, con pantalón largo, sin chanclas, tirantes ni demás ‘outfit’ bárbaro. Si no, sopa de pescado en Fuenterrabía. Y luego iré a una misa al azar a rezar por todos los hombres de bien que estén pasando calor en esas playas de Dios, para hacer feliz a su mujer, hijas, suegras, cuñadas… Una de ellas que, por cierto, me decía ayer que las playas de Cádiz son kilométricas y no pasa nada Y claro, le tuve que decir que mas grande es el Sahara y no vamos allí con la tartera y la sandía, hombre. Son las mismas que luego te dicen que mucho mejor el calor que el frío porque se gasta menos en calefacción. Sí, señora, puede ser, pero lo que me ahorro en calefacción me lo gasto en antidepresivos. Así que no me compensa.

Y es que yo creo que, en verano, todos los hombres tenemos, de repente, algo de parientes. Somos víctimas colaterales de ese deseo de sol tan femenino. Y eso une. Por eso nos miramos con esa complicidad como de nazarenos el jueves santo y nos convertimos en Cirineos unos de otros, ayudándonos a llevar la cruz en este calvario de sangría, ‘aftersun’ y camisetas hawaianas. Creo que, al menos, Guipúzcoa es una opción sensata, evolucionista, darwinista. Así, mientras mi hija disfruta de la playa, yo presentaré mis respetos en el Dickens, en Bergara, intentaré besar el suelo de Ibai, puede que hasta Elkano, en Getaria.

Así que, si no escribo en los próximos días, no me lo tengan en cuenta. Es probable que esté perdido en Pasajes, o en Orio, o en San Juan de Luz. Con mascarilla, distancia social, chubasquero foral y un par de kilos más. Y, sobre todo, con una preadolescente que, con un poco de suerte, este año comience la redacción del cole con «a ver, mi padre me lleva en vacaciones a Guipúzcoa. Y el resto, da igual».

 

II

Mi amigo Diego Vegue me pregunta, desde Los Ángeles, California, si he recibido los libros de Papini. Estallo en una sonora carcajada.

 

Domingo, 2 de agosto

Día muy agradable en Getaria y en San Sebastián celebrando el cumpleaños de mi ahijado Jon. El clima sensacional hace pasemos el día entero juntos y rematemos cenando en Bergara -Gros-, absortos por la calidad increíble de su barra. El Pais Vasco es una celebración constante, pero contenida. Es una manera de ser muy similar a la castellana, pero quizá menos anclada en el dolor que trae consigo la miseria y el sacrificio. Su riqueza no es compatible con nuestro fatalismo, sino más bien con una celebración contenida, mesurada, alejada del flamenquismo. Si algo nos diferencia, además de ese matiz, es el sentimiento de comunidad. Nosotros somos individualistas, aislados, temerosos del otro, incapaces de colaborar. No nos sentimos parte de lo mismo, sino mas bien lo contrario, condenados a convivir con el enemigo, que son todos en potencia. No nos fiamos ni de nuestra madre y eso tiene mucho que ver con nuestro origen, los hombres libres que bajaban del norte en plena reconquista. Tierra a cambio de silencio, sabiendo que el siguiente vecino está a kilómetros. Todo sin ayuda y sin miedo. Pero los vascos,  no. Ellos se saben parte de una comunidad. Ese matiz nos hace totalmente diferentes.

 

Lunes, 3 de agosto

 

I

Nos alojamos en una apartamento genial en el corazón de Gros. Mientras mi hermana y mi cuñado se llevan a la playa de Zurriola a Lucía y a mi sobrina María en una mañana espléndida, aprovecho para dar un paseo, leer el Diario Vasco y escribir un par de columnas. Siempre que voy a una ciudad leo su prensa local. Y lo leo todo, lo leo bien. Estudio cómo lo hacen, me leo todas las columnas, escudriño la maqueta. Intento aprender, quiero mejorar. Hoy dedico unas horas y siento que esta sensación de libertad es lo mejor de las vacaciones, la del flaneur que descubre todo, que se despersonaliza al entrar en contacto con la multitud, la del que mira el mundo con cara de sorpresa, en camisa y sin mas contacto con el bañador que el del escaparate.

Comemos en Fuenterrabía, en un lugar llamado Laia, que nos ofrece un paraje excepcional frente a las Peñas de Aya, una chuleta prodigiosa y, por encima de todas las cosas, unos hongos en un extraño pil-pil memorable cuya receta no soy capaz de comprender pese a que el chef, agradecido, se muestra muy colaborador. Paseo por la tarde entre la preciosidad de ese pueblo -con un pasado más castellano que Burgos, le pese a quien le pese- y cenamos en Lezo, en Carmen Jatetxea, que es nuestra segunda casa, viendo el monte Jaizkibel.

Es un placer estar en esta tierra y convivir con esta gente: Peyo, Aloña, Maritxu. Los niños Jon y Enea. San Sebastián es excesivamente bonita, demasiado, se pasa. No es una manera de hablar. Creo que le hace mal ser tan extraordinariamente bella, ya que genera en sus habitantes un ensimismamiento permanente, un complejo de Dorian Grey mirándose al espejo siempre, sin enterarse de nada de lo que está sucediendo a su alrededor, mientras sus conciencias está perdidas en un punto fijo en el mar, frente a La Concha. Desde Urgull podrías estar mirando constantemente la belleza total sin importarte lo más mínimo que a tu lado se estuvieran cometiendo tropelías. Se pierde la fuerza y la voluntad, como ante una mujer bella. El mundo del arte y la cultura ha dado a San Sebastian el Festival de Cine, el Festival de Jazz y guiños y monerías constantes. Pero nada sirve, porque nada vale. Les podrían regalar la luna, que no la mirarían. Solo el espejo, como un Narciso global.

Les entiendo.

 

II

 

No sé en qué momento exacto Chapu Apaolaza decidió que la mejor manera de lidiar con mi vértigo era aplicar una técnica rápida y agresiva consistente en escalar juntos el Monte Urgull, como si yo fuera Juanito Oyarzábal y él mi sherpa. Y junto a nosotros su perro Lur, claro, que tiene más rizos que yo y hacía el papel de San Bernardo pero con txakolí en lugar de whisky. Supongo que Chapu será seguidor de alguna corriente psicológica conductual consistente en enfrentar a la persona a su mayor miedo de modo que alcance su pico de ansiedad cuanto antes. Y a otra cosa. La cosa es que resulta y ya estoy pensando en contratarlo como apoderado, de esos de los de antes, que te llevaban a una finca y te hacían lidiar con tu miedo acercándote al cuatreño hasta que te moche suavemente la pierna, convirtiendo al hasta entonces terrible Cuadri en un entrañable y juguetón cachorro de Labrador. Desde luego, no sé qué debe sentir el torero en esa situación, pero dudo que sintiera la relajación que yo sentí al entrar en el Ganbara. Ni medio kilo de opiáceos podrían lograr el efecto de ese txangurro y esos hongos que nos prepararon Edurne y Amaiur, con la corrección formal y la ausencia de flamenquismo del que se sabe poderoso. Los grandes chefs miran como miran las mujeres bellas, desde arriba, desde dentro, desde siempre. Saben lo que estás pensando y aguantan la mirada porque son conscientes de que te someten sin bajar la mano. Y nosotros dos, que tenemos la casta por castigo y nobleza para exportar, obedecemos, pasamos por el aro, nos dejamos someter y nos crecemos en el castigo. Cambiando banderillas negras por las de la alegría.

Creo que, si le hubiera dicho, por ejemplo, que tengo miedo al agua, me habría llevado a nadar junto a tiburones. O a pescar sepias a pulmón, vaya. Doy gracias porque este año no hubiera encierro de Miura, que si no me veo protagonizando la portada del Diario de Navarra con una carrera tan prodigiosa como heterodoxa. Lo de curar mi miedo a los grandes espacios abiertos a través de una panorámica cenital del Cantábrico en la que llegamos a ver Vizcaya, ya tal. Ahora que lo pienso, creo que el muy canalla lo tenía preparado, era todo una performance. Si no, ya me dirán qué hacía aquel aborigen vasco-australiano invocando a sus dioses en lo alto de la rampa aquella de la muerte. Que oye, llámenme raro, pero si la rampa se llama ‘de la muerte’ yo sospecharía algo. Y luego a buscar la tumba de un caballo carlista en el cementerio de los ingleses. Juro que no miento.

Yo iba preparado para una cita normal de las de paseo, caña y pincho, vaya. Una cosa socialdemócrata y mundana. Y terminé casi con mi primer ochomil. Pero funcionó, oye. Se me quitaron los miedos de golpe. Pero todos, vaya. Hasta el miedo a escribir, sobre todo ese. Y ni siquiera eso fue lo más raro de mi cita. Lo más raro fue encontrarme con un tipo mucho más grande de lo que parece, que ya es decir. Un tipo brillante, educado, rápido, culto y muy generoso. Habíamos hablado varias veces antes, no sé a santo de qué, pero Chapu en persona gana. Todos los grandes son humildes. Todos los grandes te hacen sentir grande. Todos los grandes te tratan de igual a igual, pero solo Chapu te hace, además, sentir en casa en lo más alto de tu vértigo. Solo Chapu te dedica un par de horas como quien te dedica un libro, como quien te brinda un toro en Las Ventas. Otro abrevia, hace una faena de aliño, pero solo Chapu te sube a Urgull, supongo que porque solo ahí arriba se puede estar a la altura de las expectativas.

Y esta noche estaba pensando que Chapu resume, mejor que nadie, España. Un donostiarra que se va a estudiar a Pamplona, empieza a escribir en La Voz de Cádiz y vive en Madrid. Eso es España, la universalidad del localismo, huir del paletismo de la autorreferencia, salir del disfraz ese que tiene tu mismo rostro y disparar a las rodillas a la parodia de ti mismo en la que corres el riesgo de convertirte si escuchas a quien no debes para ser quien en realidad no eres. Se puede ser más vasco que nadie, como lo es Chapu, sin una concesión al graderío. Se puede ser más madrileño que nadie, como lo es Chapu, sin vestirse de Pichi ni decir ‘ejque’. Se puede –y se debe– ser gaditano en Donosti y de Amara en El Puerto. Se trata de mirar de frente, dar las ventajas y hacer que el toro –la vida– pase por donde quieres que pase, sabiendo que probablemente no lo haga. Y entonces estás muerto. Y ya. Esa es la verdad del toreo –de la vida–. El resto es pegar pases, y Chapu no pega pases, yo lo he visto, entre gildas y guindillas del Tamboril. Le he visto la cara al untar el pan de pueblo en la salsa de los champiñones y compartirla con Lur. Porque yo sé que Chapu, delante de mí, frente a mí, en mi presencia, no solo comía pan. Chapu, recién llegado a su ciudad, estaba sintiendo todos los recuerdos, estaba viviendo entera su infancia, abrazaba como nunca a sus padres. Estaba lidiando con la culpa eterna del donostiarra herido de nostalgia que tiene la valentía de no volver, mientras vuelve. Esa y no otra es la prueba de la verdadera aristocracia, la independencia de pensamiento, la apuesta por la libertad, subir a Urgull para gritar al oído a un castellano de Valladolid que hay silencios escandalosos, que hay generosidades que solo se entienden si son recíprocas y que el dolor es la arruga del estilo, y que ese es el único compromiso. A él nos debemos mientras ocultamos el miedo de la columna nuestra de cada día y sonreímos a la vida por permitirnos hacer el paseíllo con semejantes maestros.

Martes, 4 de agosto

Pasamos el día en Biarritz, ya en Francia. Biarritz tiene lo mejor de Francia y lo mejor del Pais Vasco. Une el tipismo, la naturaleza, la gastronomía, el mar, el monte y la hospitalidad vasca con la elegancia y la sofisticación francesa. Se percibe el dinero nada más llegar, la manera de vestir de las gentes, los rasgos de los paseantes, su manera de comer, de pedir, de acercarse al camarero, de tener hambre a las 12:30, como los señores, y no a las 15:30, como los turistas de chancleta y salitre. Los coches, las miradas, el anonimato, la falta de interés por asombrar al de enfrente son definitivas. Biarritz es Paris con mar. No acabo de disfrutar de todo porque las niñas tienen tanto interés en el espacio común de lo vasco y lo francés como en la estadística inferencia. Es decir, nada. Viven pegadas a la tablet y a la anhedonia.

Si yo hubiera visitado esto con diez años habría escrito una trilogía de cada mirada. Pero los niños de hoy no solo no lo valoran ni lo disfrutan sino que no me dejan disfrutar a mi. Mal está que, por tener el mundo a un click, ellas no tengan ya esa inocencia en la mirada. Pero, al menos, que no me obliguen a mí a perder la mía.

 

Miércoles, 5 de agosto

Regentar una pequeña tienda de mapas en Stirling, cerca de aquel cementerio de cuento de hadas, todas ellas con cara de conocer a William Wallace. O quizá pasear una mañana -como pudiera ser esta misma- por un puente de Breda, con una bolsa de papel marrón llena de vegetales que acabaría de comprar en la pequeña tienda de la Sra. Goederieck para dar de comer a los nuestros. Ser profesor de música de niños pequeños en el conservatorio municipal de Kendal, Cumbria, o joyeros con taller propio en Tívoli creando souvenirs de recuerdo para que Nelly se los vendiera a sus comensales después de la ‘porchetta’ que nos queme las penas y la ‘grappa’ que nos queme la garganta

Especializarnos en ‘steak tartar’ en una tasca bohemia en el callejón del oro de Praga, viendo cada día la casa de Kafka o arreglar bicis en Bonn, sintiendo a Beethoven cerca en la sordera de tu insomnio de cada noche. Una tienda de discos usados en lo más usado de Reims, una pequeña galería de ilustradores emergentes en el Chelsea neoyorquino o un bar de callos al estilo de Vallecas en el corazón del Soho. Así, tocando las pelotas, para no perder la costumbre.

Vender vino español en una boutique de Height-Ashbury en San Francisco o montar un pequeño estudio de diseño en la frontera holandesa de Westfalia, digamos que en Venray. Arquitectos hipersoberbios en San Telmo, músicos callejeros en Copenhague, padres de cuatro niñas en un barrio residencial de Boston, traductores de español en Saint John’s Wood, que además nos permitiera ser paseantes de fin de semana bajo la lluvia azul de Regent’s Park. No deseo una resaca más de domingo a la deriva en Bloomsbury. Mejor así.

Escribir relatos negros en Estocolmo, vender magdalenas muy pequeñas en Mont Martre en un local donde, además, habría dormido –según la leyenda que me inventaría en ese mismo día- Scott Fitzgerald en su noche más lúcida. Aprendices de Justo Algaba, areneros de la México, editores de cuentos infantiles en Biarritz, doctorandos de latín en Oxford, reparadores de cámaras de fotos en el puerto de Saint Tropez, vigilantes de una sala de fotografía de gran formato en Venecia.

Aprendices de sombrereros en las afueras de Dublín, entre el verde de los montes y el negro Guiness de la noche o ayudantes en un establo del hipódromo de Montecarlo, susurrando a los caballos y a la luz blanco-ostra de la vida de la costa azul, de modo permanente. Enseñar arte en la escuela de Oslo, ser corresponsales de ‘Le Figaro’ en Roma, con sede en Trastévere, o mejor, escribir crónicas de las homilías de El Vaticano para ‘L’Osservatore Romano’. O cronistas del diario oficial de la lonja de Amberes o críticos culturales en el ‘Manchester Evening News’. Pero escribir.

O enseñar jotas con capa bejarana en el corazón de Bristol, como subterfugio para algún día tomar Westminster en nombre de Leonor. Hacernos pasar por Blas de Lezo y correr cojos a los Cebada Gago en Pamplona, sintiendo por una vez el miedo dentro de contexto. Cirujanos estéticos en Medellín, riendo con las paisas y con el auspicio de Raedo, o ponernos pelo en Estambul para vestirnos de piratas y hacer un nuevo Lepanto con el Cristo de las Batallas y tomar Santa Sofía para la monarquía hispánica y el catolicismo, valga la redundancia.

Alfareros en Triana o, mejor aún, intentar ser los que limpian cada noche la Capilla de los Reyes de la Catedral de Sevilla, para renovar mi compromiso por los Borgoña de Castilla. O en la Alhambra por idéntico motivo, pero en versión Trastámara. Y luego, al mediterráneo moral de Málaga junto al ‘Raggio que no cesa’. Y traficar con armas y té moruno en el Hafa Café de Tánger, mientras rezamos por el alma de Aute.

Entrenar a pívots angoleños en un barrio de Lisboa o preparar sandwiches de gorgonzola en el pub de Davy Byrne en el Bloomsday. Percebeiros en Muxía, ganaderos de ovejas churras en los Campos Góticos, bajo la protección de un rey visigodo con nombre de bárbaro y acento de Palencia.

Lo que sea, pero, por favor, alejados de la mediocridad, del miedo como base sobre la que construir una vida y de las opciones vulgares, tranquilas y civilizadas. Aun queda tiempo para el otoño y podemos pensar. Mientras tanto, agradeceremos a Dios por cada minuto y daremos al mundo la mitad de lo que el mundo nos da. Hay que aprovechar más, se ha ido Gistau, los demás también vamos empezar a desfilar y aún no conozco Buenos Aires. Se me acelera el corazón solo de pensar lo que nos queda por delante. No me va a dar tiempo a hacerlo todo, pero sé que vamos a ganar. Ese es el plan. Agárrate fuerte.

 

Jueves, 6 de agosto

Viaje a Zarauz, que en agosto es una caricatura azul y soleada. Zarauz comienza a ser Zarauz con las primeras lluvias, con la calma chicha de septiembre y octubre, y alcanza su plenitud con la mar picada y las brumas invernales, que es cuando se madruga, se pasea en la playa en soledad y los viejos hablan euskera con un txakoli en la barra. En ese momento, los únicos turistas son pájaros que van al mar, a ver si pillan algo que echarse al gaznate. Y el verano, entonces, es solo un mal sueño.

Quedamos a comer con Fran Encinas y su pareja, Adriana de Medellín. Fran fue mi jefe y mi primer maestro, hace ya demasiado tiempo. Veinte años después, seguimos manteniendo una bonita amistad, de respeto y admiración mutua. Y nos vemos cuando podemos, que es menos de lo que nos gustaría porque la cosa suele acabar mal: somos imparables, incontrolables y excesivos, como una marea, un tornado, un terremoto. Es incluso algo físico donde la voluntad se pierde y el magnetismo revienta todo por dentro. Si algún día contáramos nuestras andanzas de aquellos años, nadie las creería, pensarían que estamos exagerando, que todo es una broma de mal gusto. Pero no: aquello fue el derroche, la fiesta, la vida, las mujeres, el éxito precipitado, el primer contacto con la buena vida, con la creatividad sin sensación de esfuerzo, con el talento infinito cada día y la intensidad febril de las noches largas.

Comemos en el restaurante de Arguiñano, que nos produce a todos una gratísima sorpresa. Arguiñano vende una imagen muy trabajada, muy pensada, de restaurante popular. Quiere que todo el mundo pueda permitirse comer en su restaurante una vez, lo que quiere decir que comienza a trabajar por el precio, y a partir de ahí escala para dar lo mejor posible dentro de ese margen. Y claro, esperas una cosa normalita. Pero no, Karlos consigue un resultado extraordinario dentro de un precio asequible. Un gran producto, una ejecución brillante y un servicio que encaja exactamente con lo que quiere. Por ejemplo, todos los camareros hablan euskera. Puede parecer una gilipollez sin más impacto en el resultado final, pero muy al contrario, es su manera de integrar el restaurante en el pueblo de Zarauz, de que los viejos vayan a tomar un vino, de que las señoras compren el postre, de que los hombres compren el periódico día a día y se tomen un café frente al Cantábrico. Sería muy fácil crecer mirando al mar y de espaldas al pueblo, pero Karlos es extraordinariamente inteligente y hace a Zarauz cómplice de sus intenciones. Y logra una comunión antielitista, una confraternización interclasista, una normalidad fantástica entre el turista y el nativo, entre el foodie y el curioso, entre el experto y el novato. Comimos de cine y esa es la única realidad.

 

Viernes, 7 de agosto

Uno no puede evitar preguntarse qué estaría buscando exactamente Juan Carlos I a través de esos negocios de los que obtuvo, presuntamente, comisiones millonarias. Un rey no tiene negocios. Un rey no tiene comisiones. Un rey no tiene intereses más allá de los del país cuya jefatura de estado ostenta y un rey emérito es todo lo anterior, pero, además, con la tranquilidad de no tener nada más que hacer que estar callado, sonreír, posar para el retrato, escribir sus memorias junto a la hoguera, hacer carantoñas a los nietos y poner buena cara para la foto de cada verano en Marivent. Y luego, en temporada baja, ya alejado de los focos y del ruido mediático, cazar unos ñúes, subirse al barco de un amigo para disfrutar como espectador de la vela, visitar Vega Sicilia, beberse un par de vinos de más cuando no le vea Sofía y esperar a las niñas con un chocolate caliente en el refugio de Baqueira.

Y el resto del tiempo, a la ópera, al palco si hay Eurocopa, a saludar a la delegación española en los Juegos Olímpicos, a Mugaritz en otoño y poco más. Y si necesita más pasta, pues se pide con luz y taquígrafos, aunque honestamente no entiendo para qué quiere más dinero que el que generosamente le asigna la Casa Real -es decir, su hijo, y proveniente de los Presupuestos Generales del Estado- un octogenario que vive en un palacio. Desde luego, no se espera de un monarca que lleve esta vida como de Espartaco Santoni. Vivir tus últimos días así deja entrever que siempre has querido vivir así y no has podido. Y eso te convierte en un hombre esclavo de tus pasiones y con ciertas actitudes irresponsables que denotan una escasa preparación humana.

Me apena mucho hacerme estas reflexiones, porque Juan Carlos I ha sido ‘El Rey’ como Juan Pablo II ha sido ‘El Papa’. Un reinado eterno, lleno de luces, de admiración internacional, de consenso interno. Ha hecho historia, ha traicionado al régimen de Franco para servir al pueblo, ha traído una democracia que parecía imposible, ha parado un golpe de estado y ha realizado su trabajo, en líneas generales, de modo intachable. Pero según parece tenía que estropearlo todo al final con una Mata Hari de tres al cuarto y unas comisiones como de bróker estresado que hace yoga los martes. Si Juan Carlos de Borbón puede destrozarse la vida por una mujer, imagínense a los demás, míseros bípedos sin corona. Tampoco soy capaz de entender qué lleva a un anciano a ciertos escarceos amorosos con señora de reputación cuestionable, teniendo a Sofía de Grecia en casa, a un hijo reinando y a una nieta mirando. Llámenme raro pero mi manera de demostrar cariño y respeto a mi hija va a tener como punto uno no destrozar con corruptelas el legado que un día le habré de entregar. El punto dos será mantener la bragueta cerrada. No parece demasiado.

No podemos caer en el relato coletopopulista. El reinado de Juan Carlos I no debería verse enmerdado por estos -graves- errores en los minutos de la basura. Pero la cosa es que, por mucho que lo repitamos, es imposible no estropear el relato y a un rey se le presupone la suficiente inteligencia como para saberlo. No es Iglesias quien ha puesto en peligro la Corona. No es Alberto Garzón quien ha jugado con la estabilidad de nuestro sistema. No son Rufián, ni Urkullu ni Otegi los que han hecho tambalear los cimientos de la monarquía constitucional. Ha sido Juan Carlos I quien, con sus actitudes irresponsables y alejadas de la honorabilidad que se le exige ha perjudicado los intereses de su hijo, de su familia, de su país y de todos aquellos que nos hemos desgañitado defendiéndole. Y ahora, que la monarquía sea algo que solo defiende la derecha o que la defendamos todos menos Podemos y separatistas depende solo de Pedro Sánchez que, gracias a Dios, en este tema está sabiendo comportarse. Pero ya sabemos que no es de fiar. Si el futuro de la monarquía está en la mano de Sánchez, la situación es trágica.

Es evidente que hay mucho más de lo que sabemos, que puede ser una trampa, que huele a cloaca que apesta, que estamos en el medio de una partida de ajedrez de la cual no sabemos ni quiénes la están jugando, ni cuántas fichas les quedan. Pero es igual de evidente que si no caes en la trampa, la partida termina en ese momento y mira que me desquicia cuando me sale este tono de editorialista de la transición, pero estoy de mala leche, no puedo evitar sentirme traicionado y me saca de quicio la carita de ‘ya os lo dije’ de ciertos cantamañanas.

Nos estamos jugando mucho, esto no es un asunto de prensa rosa. Sin monarquía no hay Constitución, sin Constitución no hay España y sin España no hay libertad. Por eso, defender a la monarquía es un asunto prioritario, estratégico. Es el asunto más importante de cuantos tenemos en la mesa. Y en esa mesa, sabemos de sobra luchar contra nuestros enemigos. Para lo que no estábamos preparados es para luchar contra nuestros amigos, esos que, con sus declaraciones absurdas, defendiendo lo indefendible y comparando con los Puyol y con los ERE de Andalucía fabrican republicanos por miles. Es de vergüenza ajena. Pues claro que no es lo mismo. Puyol es un paleto cleptómano. Los de los ERE andaluces unos corruptos y unas sinvergüenzas. Pero a Juan Carlos un día le enterrarán en El Escorial. A ver si se creen que los hombres libres hacemos reverencias a cualquiera.

 

Sábado, 8 de agosto

Una tormenta cae sobre la ciudad vacía, desterrada de sí misma. Esta es la primera de las señales que esta tierra suele darnos para avisar que el otoño aparece a lo lejos. Es cierto que aun queda verano, mucho verano. Pero los viejos de Castilla, entre los cuales me encuentro por decisión propia, sabemos que ya termina una etapa, la del verano atroz, la de los cuarenta grados, la de la canícula impasible y la soberbia del sol. Y comienza, poco a poco, otra etapa: la del verano leve, frágil, la del verano que se sabe decadente y ha perdido su fuerza de joven. La etapa de las noches frescas, la del calor que calienta por dentro, hartos de arder por fuera. Y la del reencuentro con la rutina y el latido. ‘Agosto, frío en el rostro’, dice el refrán. Supongo que parecerá una exageración, pero si sabes mirar, ya asoma a lo lejos el final del horror. Como un sueño que se alcanza.

 

Domingo, 9 de agosto

Me informan de que, en uno de los bares de Gros en los que hemos estado, se ha detectado un foco de Covid-19, con el contagio de al menos cinco camareros. La Sanidad Vasca emite una nota a través de la cual pide a todos los clientes que hayan pasado por dicho bar en una horquilla de fechas que se hagan una prueba PCR. Me la hago inmediatamente y doy negativo, pero no puedo evitar pensar que por allí ha podido pasar medio San Sebastián y miles de turistas. Esto es una lotería que antes o después nos va a tocar a todos. El otoño va a ser duro.

 

Lunes, 10 de agosto

 

I

La editorial que estaba interesada en mi diario de confinamiento alaba el texto, pero decide que va a cerrar indefinidamente su colección de no- ficción. El ensayo no vende. Van a apostar por poesía y ficción de modo exclusivo. Ese es el único motivo por el cual no me publican. Uno escribe estos diarios desde la convicción íntima de que algún día tendrán un interés para alguien. No tengo duda de que algún día veré cómo una editorial los pone en papel. No busco dinero, solo eternidad y lectura para mis descendientes. Todo el mundo publica en España menos yo. Resulta totalmente descorazonador.

 

II

Compro ‘7 de julio’, de Chapu Apaolaza, ‘Historia de los Visigodos’, de Daniel Gómez Aragonés y ‘Lo que fue presente – (Diarios 1985-2006’), de Héctor Abad Faciolince, recomendado por un lector de este diario al que agradezco el interés. No obstante, paso la tarde entera leyendo ‘Madrid. El advenimiento de la República’, de Josep Pla, un texto prodigioso de tremenda actualidad. Pla es soberbio, me encanta su manera de relatar quitándose del medio, no dando opiniones y, la vez, no parando de darlas. Su humildad denota una grandeza gigante. Pla es un maestro, uno de los grandes.

 

III

Este verano estoy escribiendo 3-4 columnas semanales. No voy a negar que supone un reto, es un ritmo alto y además son columnas largas. Escribir casi todos los días te hace vivir como un esclavo, organizas tu día entorno a tu obligación con la columna. Organizas tu vida. Hay miedo y no es al folio en blanco, a mi eso nunca me ha pasado. Es miedo a la mediocridad, a la vulgaridad, a ser plano, demasiado soso o demasiado intenso. A convertirse en humorista, en poeta, en ensayista o en cualquier cosa. A convertirse en otro. Se duerme mal, las columnas vienen cuando quieren y, en ese momento, tienes que parar lo que quieras que estés haciendo para ponerte a escribir. Hay estrés cuando no hay tema, hay estrés cuando hay tema pero el tono es dudoso. Hay estrés siempre.

He entregado 19 y me quedan solo 8, la mayor parte de las cuales tengo ya pensadas. Y, lejos de sentir alivio, tengo un enorme sentimiento de pérdida, de orfandad, de despersonalización y de pena. Necesito esto como una droga. Necesito el miedo.

 

Martes, 11 de agosto

 

I

Me pide Rafa Vega -Sansón- un texto para la exposición que homenajeará sus 25 años de viñetas en El Norte de Castilla. Es un tremendo honor. No acabo de acostumbrarme a todo esto. Es para mí un sueño hecho realidad poder tener cerca a gente como Rafa y que me traten con afecto, respeto, cariño y consideración. No estoy muy acostumbrado a todo eso y menos por parte de gente de este nivel, de personas con esta talla humana y profesional. Hace año y medio yo tenía un blog irrelevante.

 

II

Me cita Chapu en el Diario de Navarra. Un enorme honor.

Han cerrado la playa de La Concha porque la rondaba un tiburón. Recuerdo una noche en que siendo un chaval entró en el muelle una tortuga y se movía por entre el agua negra como un ataúd a motor o como el próximo invierno. Ha estado en la ciudad Magnífico Margarito, que mira los horizontes como miran los castellanos, fijándose en las cosas, soñando los mundos, y no como esos vainas que cuando ven un horizonte a lo único que alcanzan es a decir que wow, que cómo se está aquí y que qué pasada. El horizonte hay que mirarlo como Chillida, que se planteaba qué es lo que había detrás del mar y de mi mirarla. Siempre ha sido bonita Euskadi en los ojos de un castellano. Magnífico, que es magnífico, va subiendo Urgull con el vértigo -se arrima a los muros del Castillo como si se acercara a una bomba- y unas gafas de sol de poli de carretera de Montana. Con el flipe nos encontramos con un aborígen australiano subido a lo alto de la Peña de la Muerte, un espíritu ingrávido a punto de despeñarse. Como Sánchez. Margarito ha escrito un generoso y bello artículo en ‘El Norte de Castilla’ sobre nuestro paseo que guardaré a mis nietos y allí cuenta lo del indio, que igual no era indio, pero sí imprudente. Como Sánchez.

 

Miércoles, 12 de agosto

De todos los trabajos que he realizado en mi vida, el más importante ha sido el de camarero. Aunque, pensándolo bien, no creo que se pueda trabajar de camarero sin serlo. No se trabaja de camarero. Camarero se es o no se es, aunque sea puntualmente. Porque uno sirve o no sirve; uno ama o no ama. Todo se limita a eso. El resto se puede aprender, pero querer hacer feliz a los demás viene de serie, como el aire acondicionado en los coches. Y ser camarero es un poco como ser padre: una figura casi invisible que hace magia, que trabaja en las sombras y cuya gran obra es aquella que no se nota, que no se puede percibir a través de los sentidos. Se trata de que, simplemente, todo salga bien y no se te pueda atribuir a ti nada, no somos ‘prima donnas’ del Liceo, ni tampoco Pedro Sánchez, perdón por la redundancia.

Se trata, sobre todo, de que lo perfecto parezca lo normal, que lo óptimo parezca lo mínimo, de hacer como si la magia existiera. Pero no, eso no es lo normal. Lo que pasa es que a los mandos de la magia hay siempre un padre que oculta sus fuentes y las intervenciones que realiza de precisión quirúrgica. Eso es un camarero: una persona que planifica, actúa y se mata con los de la cocina para que tú simplemente disfrutes con una aparente sensación de normalidad. De magia. Pero es un espejismo. Nada es normal; todo es, en realidad, un milagro realizado sobre la base del esfuerzo, de las renuncias, del sacrificio, de la batalla a muerte que se libra en cada cocina. Y del amor, que es a lo que iba. Sobre todo, del amor. Esa es la diferencia entre un mal camarero y uno bueno: que el bueno te ama mientras te sirve, te ama profundamente, quiere hacerte feliz y sabe que, en realidad, de eso va todo. Admite un segundo plano, asume su rol secundario en la acción, que es donde está la cámara. Y la cámara está siempre con el cliente. Hay que tener muchísima clase, elegancia, hay que estar muy formado como persona y muy seguro de tu construcción íntima para aceptar con alegría un segundo plano ante otro hombre y para firmar una suspensión temporal del precepto de igualdad a cambio, solamente, de amar al prójimo, de servir a los demás, de hacer feliz a un alma humana.

Porque es ahí, al otro lado de la barra o junto a esa mesa redonda, donde se conoce verdaderamente el alma humana, donde hay un sacrificio real, tanto a nivel físico como psicológico. Se trata de servir, de servir contento, de saberse una pieza insignificante que solo existe en cuanto que existe un otro, y que, de hecho, existe para el disfrute de ese otro; se trata de ponerse el disfraz de hombre invisible y dedicar tu tiempo a hacer lo que el resto no quiere hacer y cuando no quiere hacerlo. Así, mientras unos cogen vacaciones, hay un camarero que trabaja. Si es fin de semana, lo es porque hay un camarero activo. Cuando sales de trabajar, en uno de esos días de íntimo cansancio y mucho estrés y no contemplas meterte directamente en casa -de nuevo solo-, para simplemente dormir y volver a trabajar en unas horas, y sientes que mejor te paras a tomar un par de negronis, lo puedes hacer porque hay un camarero que no se va a su casa para simplemente dormir, dormir y volver a trabajar en unas horas. Hay nochevieja porque hay camareros que sacrifican su ocio y su familia para que tú disfrutes de la tuya. Hay comuniones y bautizos y bodas porque hay camareros preparados y a la orden.

«Si quieres conocer a alguien observa cómo trata al camarero». No sé de quien es la frase, pero resulta del todo acertada. Estos días vemos a familias en restaurantes haciendo el ridículo, tratando al camarero como si fuera su esclavo, hablándole sin mirarle a los ojos, sentándose en la mesa sin pedir permiso previamente, tuteando o tratando de usted cuando no corresponde, sin facilitar las cosas con una sonrisa, sin la ternura y la piedad con la que cualquier ser humano debe tratar a otro, y más cuando está a su servicio, a su disposición, con su alegría y bienestar como único objetivo. Y lo peor es que no es un asunto de educación solamente. A muchos les daría igual que les enseñen a estar en un restaurante. Si no se aprende ‘a ser’, no te pueden enseñar ‘a estar’. La maldad, el egoísmo, el ventajismo y el sadismo vienen, muchas veces, de cuna. Y es así porque las familias en los restaurantes en verano suelen ser una fabrica de vulgaridad en la que los niños se miran, aprenden esa vulgaridad y la hacen suya como lo normal. Lo estándar.

Es un asunto de preparación. Se habla con el camarero como se habla con un asesor fiscal: con respeto, explicándote, dejándole trabajar para ti. Facilitando las cosas, haciendo como que no ves los errores, ayudando a que no se cometan de nuevo, pareciendo tonto y dejando que el otro brille y cierre el círculo de la gran actuación de la bondad que formamos el camarero y yo en cada pase.

Pero para que surja el arte, ese arte, tiene que haber un artista a cada lado del lienzo. De nada sirve que alguien ejecute a la perfección una pintura de expresionismo abstracto si al otro lado del lienzo hay un paleto que dice que eso de Rothko lo hace su hijo de cuatro años. De nada sirve que el ballet de ‘El lago de los cisnes’ brille en ese dualismo entre la delicadeza de Odette y la fortaleza de Odile, si tú nunca has abstraído mentalmente un cisne. Mira, no lo sé. Lo que sé es que un buen camarero es un agente doble que se debe encargar cada día de ampliar la distancia entre tú y él a través de sus palabras y de reducirla a través de sus actos, con la barra y la mesa como fronteras físicas que delimitan dos espacios que en realidad son el mismo. Y que si has sido camarero entiendes perfectamente lo que estoy diciendo.