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Han pasado más de cincuenta años de aquel día en el que Joaquín Sabina tuvo que huir de España para librarse del talego tras colocar un explosivo en una sucursal del Banco de Bilbao en Granada. Aunque el hecho tiene ecos de aquel proceso de Burgos que llevara a Aute a escribir ‘Al Alba’, él siempre ha contado que no lo hizo por ideales políticos, sino para follar, que como activismo es menos vistoso, pero mucho más útil. Quién le iba a decir a él que, mucho tiempo después, a su segunda boda acudiría en persona el mismísimo Ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska. Mucha mucha policía. La vida.

Por si este 2020 no nos estaba pareciendo lo suficientemente extraño, ayer se nos casaba ‘El Flaco’ en el juzgado de la calle Pradillo. Demasiado cerca del Bernabéu para un indio. Yo no sé si en la decisión ha pesado más el amor a Jimena Coronado, esa ‘Rosa de Lima’ que ha sido su pareja durante los últimos veinticinco años o el miedo a su mala salud de hierro. No sé si es la pena por las ausencias de Krahe y de Aute o la gran ‘sabinada’ de casarse un lunes, como quien hace un recado, entre lo que vas a Correos y te compras unas cebollas; un lunes, además, día de San Pedro y San Pablo, a la hora del ángelus, con sombrero de paja, de guardia civil y oro, con mascarilla a juego y flores en el ojal, como el reaccionario canalla que siempre ha llevado dentro.

Y luego, supongo que lo de siempre. Una comida a medio camino entre el lujo y el lumpen, entre el bien y el mal, en un mexicano de Lavapiés, a trescientos euros por barba, por ejemplo. Y después de haber bebido, brindado y soñado, entrar en un Mercadona con unos mariachis que rimen soda con boda y llevarte a las cajeras a casa para que se unan a una noche memorable, noche que acabará con una despedida precipitada y un recuerdo impermeable bajo esa lluvia de Tirso que nunca dejará de caer. Y cosas así, cosas que rimen con policía, con whisky, con primavera y con Madrid como, por ejemplo, atraco, tren, estación y abril. Cosas que rimen con César Vallejo, como Ángel González. Y movidas así.

Cosas que rimen con todos los que se han ido, que son ya demasiados. Porque Sabina los sobrevive a todos, como el loco de los Panero, y conquista a los conquistadores, los gana a los puntos y los deja como agilipollados en un conjuro de rimas consonantes. Y es que todos hemos sido Sabina, y esa es su virtud: que su nombre es el de todos los hombres, el ganador, el perdedor, el seductor y el seducido. La nube negra, los excesos, el abandono, el ictus, la línea 1 de un metro que huele a podrido pero lleva a una boda en Chamartín.

Joaquín es el alcalde de Madrid, el perro andaluz, el novillero poeta, el maestro inalcanzable, la luz que entra por la ventana, la noche que brota del corazón. El macarra de salón. El gran poeta. Y desde ayer, por fin, también el novio en la boda, ese novio que ha cambiado de idea en cuanto a lo de no querer un amor civilizado. Yo me alegro por él y por todos los demás, porque, de algún modo, ayer nos casábamos media España con la otra media, que es de lo que se trata y es lo que solo Joaquín consigue una noche tras otra, un recuerdo tras otro, como una esperanza que, al final, se queda. Que sea por muchos años, maestro. Ya se sabe: «Que el corazón no se pase de moda, que los otoños te doren la piel. Que cada noche sea noche de bodas, que no se ponga la luna de miel».

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 30 de junio de 2020. Disponible haciendo clic aquí)