wai

Hay que ver qué bien le ha venido esta pandemia al carácter de nuestros camareros. Están todos como convertidos de golpe a la magia de la sonrisa, felices como una pastelera protestante, me recuerdan un poco a San Pablo cayendo del caballo y abrazando la fe de golpe. Los siento como tocados por ‘Mister Wonderful’, acariciados por un tul vaporoso, como si a la vida le hubieran puesto la media esa que tenía la cámara para enfocar a Sarita Montiel y tapar los defectos de su rostro. Como si los tuviera. Ahora todo se ve como con un aura dorada y el camarero -otrora pasivo-agresivo-, se torna amable, servicial, risueño, angelical como un cuadro de Murillo, sonriendo con los mofletes colorados como esos querubines que pintaba Rafael. Yo los dejé con cara de mala leche, ojeras y un escudo del Atleti de cuando el doblete y me los encuentro felices como cuando tu hija te pinta su primer ‘christmas’. Dulces como una contrarreforma a tiempo. (Clic aquí para leer el artículo completo en El Norte de Castilla)

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 3 de julio de 2020).