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Hay quien prefiere el gazpacho y está en su derecho, pero nosotros decidimos pasar los treinta y cinco grados que inauguraban la canícula de julio sin abanicos y con un lechazo asado en Peñafiel, cabalgando contradicciones, hornos y reconquistas y aprovechando para explicar a los más pequeños que el siglo X late en cada tramo del Duero y de nuestra sangre castellana, guerrera y orgullosa, que no es otra cosa que su afluente. Esto es lo que somos y es lo que queremos seguir siendo si nos dejan los cursis y sus complejos freudianos. (Clic aquí para leer el artículo entero).

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 6 de julio de 2020).