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El mejor día de mi vida fue aquel que decidí que mi hija sería mi prioridad absoluta y ser su padre un modo de estar en el mundo. La paternidad no es un ‘adendo’. La paternidad un hecho holístico que lo impregna todo, desde la primera hasta la última decisión de cada uno de tus días. No se puede ser padre de ocho a diez y no existe una vulgaridad mayor que decir eso de «este fin de semana me toca niña». No, tu hija toca siempre y, por ello, eres su padre siempre, no solo cuando estás con ella. Es más, eres su padre sobre todo cuando no estás con ella, que es cuando más hay que demostrar que padre ‘se es’. No ‘se está’.

Porque lo que una niña necesita fundamentalmente es crecer viendo a un padre decente, trabajador, limpio, honrado y feliz, no a un mamarracho con tirantes, vagueando en el sofá con una cerveza en la mano y diciendo chorradas como «necesito tiempo para mi mismo». No, un padre no necesita tiempo para si mismo. Un padre necesita ser él mismo todo el tiempo, y eso se hace cuando hay una coherencia entre lo que se es, se piensa y se hace. Y una niña debe saber que su padre actúa correctamente, honorablemente y generosamente siempre y en todo lugar, lo cual, a partir de una edad, pasará fundamentalmente por saber que no está en la cama de la primera que pasaba por allí. Yo sé qué hace mi padre porque sé quién es, porque le conozco y ella debe saber qué hace el suyo exactamente por el mismo motivo. Y si no es capaz de saber que hace, al menos ha de saber intuir qué no hace. Poder jugarse la mano y no perderla. Y no, yo no necesito mi espacio. No soy una esteticién de despedida de soltera.

Crecer con un padre autónomo hace más por la formación de una hija que todos los cursos de autoayuda y mindfulness que pueda hacer a partir de los veinticinco, que es cuando ya no hacen falta. Es fundamental que sepan que solo el esfuerzo y talento da sus frutos. Y saber de dónde sale la pasta, y no, no es un modo de hablar. Han de saberlo con detalle. «Mira cariño, esas cigalas son las columnas de todo el mes, las que con tanto esfuerzo y tanto estrés has visto nacer. Tu padre podría haber entregado cualquier mierda, pero no lo ha hecho. Ha dormido poco, ha tirado muchas columnas malas para entregar las buenas. Y hoy lo transformamos en champán». Son vasos comunicantes. Las niñas con padres trabajadores lo saben de modo natural: esfuerzo-recompensa, causa-efecto, socialismo-miseria.

«Yo no quiero ser Rodríguez, yo quiero estar con mi hija, tenerla bajo mi cuidado siempre y compatibilizarlo todo»

No recuerdo cuando sucedió exactamente aquello de decidir que la niña sería mi prioridad absoluta. Según mi madre, cuando cumplí los seis años. Porque desde que tengo uso de razón, siempre he querido ser padre de una niña. Es lo único que he querido ser y es lo único que soy. Como dice Sostres, somos la verdadera élite. El resto de títulos, adjetivos y disfraces son nimiedades adheridas como lapas a la roca. Yo soy padre. Y quizá por eso, el verano es tan complicado. Porque un padre sin hija no deja de ser un fantasma que se arrastra por las calles, como un embarazo psicológico, como un guerrero con el síndrome del miembro amputado. En julio hay bares llenos de cadáveres fingiendo ser felices, pero yo los conozco y sé que el rollo del Rodríguez feliz no solo es una ordinariez y una declaración de intenciones. Es, sobre todo, una manera de engañarse. Si necesitas que tu familia se vaya para hacer lo que siempre has querido hacer solo hay dos opciones: o haces cosas muy malas o no sabes montártelo. No hay que esperar a que se vaya tu familia para cenar en el mejor restaurante de la ciudad. No hay que estar solo unos días para disfrutar de la liturgia de un ‘boulevardier’ infinito.

Yo no quiero ser Rodríguez, yo quiero estar con mi hija, tenerla bajo mi cuidado siempre y compatibilizarlo todo. Entiendo perfectamente que eso no puede ser, que tiene una madre fantástica, que se adoran, que necesita estar con ella, que es feliz, que está perfectamente e incluso mejor, que es muy divertida, que yo soy un rollo, que trabajo mucho, que la vida es así. Pero eso no quita para que desprecie con todas mis fuerzas el medio verano que paso fingiendo que soy feliz haciendo cosas de Rodríguez. Yo soy feliz siempre. Y ver cómo otros son ‘felices por decreto-ley’ o ‘felices cuando les dan permiso’ no logra sino hacerme sentir aún más orgulloso de la vida que tengo. Y, sobre todo, de la que no tengo.

Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 13 de julio de 2020. (Clic aquí)