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Esto me pasa por no quitar el edredón, pero es que necesito dormir con algo por encima, yo qué sé, un edredón, un trimestre, una mujer. Algo que pese, como la conciencia, como la culpa, como un par de kilos de lana virgen en el sambódromo de Río en martes de Carnaval. Si no hay peso por encima no se puede dormir, no hay sensación de escudo ante la noche y sus monstruos. Sería una temeridad si quiera intentarlo, como citar a pecho descubierto a un Miura con una venda en los ojos. Pero ese no es mi estilo. Cuando nace un saltimbanqui en Galapagar, en Sevilla muere un artista. Es cierto que debe existir una cosa que se llama colcha, o algo así, pero los hombres con barba y sentencia de divorcio no tenemos de eso. Es más, no sé muy bien qué es ni sabría dónde comprarla. Yo nunca he visto una tienda de colchas. Como mucho, una tienda de sábanas, pero te hacen muchas preguntas que no sé responder: tamaño, tipo de hilo, composición, alergias. Mira, no me siento capaz. No voy a comprar una colcha. Estaría bien una capa de invisibilidad élfica, que nos hiciera leves e inmortales. O una cota de malla, gris y pesada como la base de cotización. Pero no tengo a mano nada y son más de las cuatro de la mañana, así que edredón, media vuelta y ya está. A pasar calor y punto. Al fin y al cabo, solo hay dos posiciones: frío o calor, dormido o despierto, edredón o intemperie, civilización o barbarie. Y en su momento elegimos mal. Barbarie, claro. En caso contrario tendríamos ya un sistema de aire acondicionado que marcara la temperatura exacta del refinamiento a todos los niveles, una postura ética ante la vida, un frío centroeuropeo y progresista. Si la nieve es populismo puritano, el calor tiene algo de ejercito caribeño, de eso no hay duda, uno de esos ejércitos absurdos que piden a gritos que alguien les invada y les suelte una indemnización para que la tropa abra un chiringuito en el que servir piñas coladas en lugar de lanzar salvas a vete a saber qué estafador con bigotillo ‘revolusionario’. Pero poner aire acondicionado para las noches de verano de esta tierra me parece falto de decoro, a todas luces excesivo, un derroche que haría temblar a Angela Merkel si se enterara. Una ostentación de nuevo rico, como de Jesús Gil en Marbella, como de rapero de Aluche en Las Vegas, como de Pablo Iglesias en medio de un harem. Con Gadafi.

El calor va por dentro, como la procesión, y esta noche yo tengo la ‘madrugá’ entera, con la banda de La Lanzada incluida. El insomnio es solo la otra cara de la moneda, el precio que hay pagar para que pueda existir la siesta. Por eso, creo que el insomnio veraniego es preventivo, es una alerta. No por la preocupación sino por el éxtasis que viene.

No dormir un par de noches en julio debería ser recomendable, incluso obligatorio, como hacer la mili en Regulares. Duro, puede ser, pero sales de ahí con el brazo como el muslo de una mulata. Y las prioridades, en orden. Como yo de este insomnio, en el que creo que voy a intentar el noble arte de crear corrientes, como un zahorí patoso con una brújula desnortada, uno de esos capaces de hacer descender la temperatura media varios grados abriendo y cerrando ventanas a tiempo, bajando persianas como guillotinas y convirtiendo el pasillo en un túnel del viento que comience en Islandia y acabe en mi cara. Como unas vacaciones en Reikiavik.

Dice mi amigo Alfredo que en Marbella saben cuándo alguien es de Castilla porque salimos en pleno julio con una chaqueta ‘por si acaso’, como esperando un milagro térmico que invierta isobaras y traiga las bajas presiones. Pues bien, en los pasillos de alguno de estos expertos en corrientes habría que ir con bufanda y guantes. Pero no será hoy ni será aquí, porque son ya las cinco y pico y aquí sigo, bajo un edredón gris y azabache, dando vueltas como Neymar en Maracaná y mirando el techo con el móvil en la mano, como esperando un mensaje de algún otro insomne, de otro vampiro sonámbulo que me ayude a hacer raíces cuadradas y a cuadrar balances y Miuras imaginarios. Luego pienso que se me ha vuelto a olvidar traer agua a la mesilla, que de nuevo me he quedado sin café, que mis vecinos se montan unas fiestas que dan gusto, que mañana ya es sábado de nuevo y que se nos escapan las semanas sin piedad.

Así que me rindo. Decido levantarme, me ducho, hago cosas absurdas como barrer o poner lentejas a remojo y finalmente me visto con el alba para salir disparado por la puerta, cansado como un mediofondista en su día libre, ilusionado como un niño el primer día de clase. Meditaré lo de la colcha. Sería una rendición en toda regla, pero tiene sentido que algún día cambie insomnio por sueños, tan largos y compartidos que un día no hará falta ni escribirlos.

Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 10 de julio de 2020. (Clic aquí)