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De todos los trabajos que he realizado en mi vida, el más importante ha sido el de camarero. Aunque, pensándolo bien, no creo que se pueda trabajar de camarero sin serlo. No se trabaja de camarero. Camarero se es o no se es, aunque sea puntualmente. Porque uno sirve o no sirve; uno ama o no ama. Todo se limita a eso. El resto se puede aprender, pero querer hacer feliz a los demás viene de serie, como el aire acondicionado en los coches. Y ser camarero es un poco como ser padre: una figura casi invisible que hace magia, que trabaja en las sombras y cuya gran obra es aquella que no se nota, que no se puede percibir a través de los sentidos. Se trata de que, simplemente, todo salga bien y no se te pueda atribuir a ti nada, no somos ‘prima donnas’ del Liceo, ni tampoco Pedro Sánchez, perdón por la redundancia.

Se trata, sobre todo, de que lo perfecto parezca lo normal, que lo óptimo parezca lo mínimo, de hacer como si la magia existiera. Pero no, eso no es lo normal. Lo que pasa es que a los mandos de la magia hay siempre un padre que oculta sus fuentes y las intervenciones que realiza de precisión quirúrgica. Eso es un camarero: una persona que planifica, actúa y se mata con los de la cocina para que tú simplemente disfrutes con una aparente sensación de normalidad. De magia. Pero es un espejismo. Nada es normal; todo es, en realidad, un milagro realizado sobre la base del esfuerzo, de las renuncias, del sacrificio, de la batalla a muerte que se libra en cada cocina. Y del amor, que es a lo que iba. Sobre todo, del amor. Esa es la diferencia entre un mal camarero y uno bueno: que el bueno te ama mientras te sirve, te ama profundamente, quiere hacerte feliz y sabe que, en realidad, de eso va todo. Admite un segundo plano, asume su rol secundario en la acción, que es donde está la cámara. Y la cámara está siempre con el cliente. Hay que tener muchísima clase, elegancia, hay que estar muy formado como persona y muy seguro de tu construcción íntima para aceptar con alegría un segundo plano ante otro hombre y para firmar una suspensión temporal del precepto de igualdad a cambio, solamente, de amar al prójimo, de servir a los demás, de hacer feliz a un alma humana.

Porque es ahí, al otro lado de la barra o junto a esa mesa redonda, donde se conoce verdaderamente el alma humana, donde hay un sacrificio real, tanto a nivel físico como psicológico. Se trata de servir, de servir contento, de saberse una pieza insignificante que solo existe en cuanto que existe un otro, y que, de hecho, existe para el disfrute de ese otro; se trata de ponerse el disfraz de hombre invisible y dedicar tu tiempo a hacer lo que el resto no quiere hacer y cuando no quiere hacerlo. Así, mientras unos cogen vacaciones, hay un camarero que trabaja. Si es fin de semana, lo es porque hay un camarero activo. Cuando sales de trabajar, en uno de esos días de íntimo cansancio y mucho estrés y no contemplas meterte directamente en casa -de nuevo solo-, para simplemente dormir y volver a trabajar en unas horas, y sientes que mejor te paras a tomar un par de negronis, lo puedes hacer porque hay un camarero que no se va a su casa para simplemente dormir, dormir y volver a trabajar en unas horas. Hay nochevieja porque hay camareros que sacrifican su ocio y su familia para que tú disfrutes de la tuya. Hay comuniones y bautizos y bodas porque hay camareros preparados y a la orden.

«Si quieres conocer a alguien observa cómo trata al camarero». No sé de quien es la frase, pero resulta del todo acertada. Estos días vemos a familias en restaurantes haciendo el ridículo, tratando al camarero como si fuera su esclavo, hablándole sin mirarle a los ojos, sentándose en la mesa sin pedir permiso previamente, tuteando o tratando de usted cuando no corresponde, sin facilitar las cosas con una sonrisa, sin la ternura y la piedad con la que cualquier ser humano debe tratar a otro, y más cuando está a su servicio, a su disposición, con su alegría y bienestar como único objetivo. Y lo peor es que no es un asunto de educación solamente. A muchos les daría igual que les enseñen a estar en un restaurante. Si no se aprende ‘a ser’, no te pueden enseñar ‘a estar’. La maldad, el egoísmo, el ventajismo y el sadismo vienen, muchas veces, de cuna. Y es así porque las familias en los restaurantes en verano suelen ser una fabrica de vulgaridad en la que los niños se miran, aprenden esa vulgaridad y la hacen suya como lo normal. Lo estándar.

Es un asunto de preparación. Se habla con el camarero como se habla con un asesor fiscal: con respeto, explicándote, dejándole trabajar para ti. Facilitando las cosas, haciendo como que no ves los errores, ayudando a que no se cometan de nuevo, pareciendo tonto y dejando que el otro brille y cierre el círculo de la gran actuación de la bondad que formamos el camarero y yo en cada pase.

Pero para que surja el arte, ese arte, tiene que haber un artista a cada lado del lienzo. De nada sirve que alguien ejecute a la perfección una pintura de expresionismo abstracto si al otro lado del lienzo hay un paleto que dice que eso de Rothko lo hace su hijo de cuatro años. De nada sirve que el ballet de ‘El lago de los cisnes’ brille en ese dualismo entre la delicadeza de Odette y la fortaleza de Odile, si tú nunca has abstraído mentalmente un cisne. Mira, no lo sé. Lo que sé es que un buen camarero es un agente doble que se debe encargar cada día de ampliar la distancia entre tú y él a través de sus palabras y de reducirla a través de sus actos, con la barra y la mesa como fronteras físicas que delimitan dos espacios que en realidad son el mismo. Y que si has sido camarero entiendes perfectamente lo que estoy diciendo.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 12 de agosto de 2020. Disponible haciendo clic aqui)