Aún recuerdo mi infancia, metiendo goles en el patio de un colegio concertado, como un auténtico fascista. En el mes de mayo nos obligaban a ir en ayunas a llevar lirios a la Virgen y, por las tardes, nos reíamos de los más pobres de la clase, que creo que para eso los admitían, como bufones. A uno, que se apellidaba Calabazas, le llamábamos Calabacillas, pero claro, no lo entendía porque, al ser sus padres pobres, no le habían llevado al Prado. Aunque en realidad, a nosotros tampoco nos llevaban, decían que el arte era una cosa de maricones y de rojos y que lo que hacía falta era tirar piedras a los gatos y poner petardos para asustar a las viejas. Necesitábamos a esos niños pobres para iniciar una suerte de esclavitud infantil, para que fueran a por tizas a la otra clase y tal. Porque no íbamos a ir nosotros, claro. O para que nos sacaran a hombros cuando ganábamos un partido a los de la clase de al lado, que eran otra panda de fascistas. Cuando nos hicimos mayores les pusimos a trabajar de camareros en los bares y se hicieron nuestros camellitos. 

Comíamos bocadillos de jamón y los niños pobres nos miraban con cara de hambre, algunos les tiraban el tocino a la cara y todo, y no veas cómo nos reíamos de Tortosa al ver cómo corría a por las sobras, como si fuera una batalla. Las Babas de Tortosa, lo llamábamos. Era un colegio segregado en el que no vimos una chica hasta los 14 años y, claro, había muchísima tensión sexual, creo que ahora cuatro o cinco están en la cárcel por maltratadores. Otros matan a sus galgos y nos mandan las fotos al grupo de whatsapp para que lo veamos todos. ¡Qué risas nos echamos todos con las cosas de Arévalo, Bertín y José Manuel Soto!

Luego está lo de los curas pederastas, que no hace falta ni contarlo, claro. A la salida de la sacristía dejábamos el cilicio en la taquilla e íbamos a entrenar. Como venían a buscarnos las chachas, a veces las poníamos de barrera mientras entrenábamos los libres directos con el Mikasa ese naranja que picaba de lo lindo. ¡Cómo se escocían! A mí, los reyes magos me trajeron una red entera de balones de esos junto con un par de caballos y el cloro para la piscina. También me traían armas. 

Cuando llegábamos a casa veíamos a nuestras madres con esa suavidad que tenían sus abrigos de visón. Venían de pasarse la tarde tomando café con anís y de poner a parir a las madres de los del colegio público. Por las pintas, claro. Los fines de semana veíamos a nuestros padres, con sus chisteras, soltando billetes de diez mil para que no diéramos guerra y fumando Montecristos. Luego se desentendían de nosotros para ejercer el heteropatriarcado y volvían al despacho a inflarse a whisky y a pellizcar el culo a sus secretarias.

En las clases éramos dieciséis, todos teníamos ordenador y el polideportivo y el gimnasio parecían el Madison Square Garden, aunque las extraescolares preferidas eran caza y polo. Los cumpleaños tirábamos salvas desde el cuartel de la Guardia Civil y matábamos unos novillos. Era difícil hacerlo mientras saludábamos con la mano abierta y cantábamos el ‘Cara al sol’.

Ahora, ya de mayores, disfrutamos de nuestros privilegios de clase y seguimos oprimiendo a nuestros semejantes sin perspectiva de género ni nada. Pero estamos todos mal formados, tenemos muy poca cultura y nulo espíritu crítico. Quizá por eso, Tezanos dice que, en nuestra franja de edad, Pedro Sánchez gana de calle.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 24 de noviembre de 2020. Disponible haciendo clic aquí).