Algunos pensarán que es casualidad, pero, para mi, no tiene nada de azaroso. La crisis de la democracia tiene mucho que ver con la crisis de la prensa. Y, esta a su vez, con la crisis de la hostelería. Sin bares cae el número de lectores de periódicos y, sin ciudadanos informados, no hay votantes racionales. Urge, por lo tanto, abrir los bares para que la gente apague La Sexta y vuelva a la realidad de los hechos contrastados, a los datos serios del papel junto al café cortado, papel que, por cierto, no contagia nada y que, en todo caso, actúa como mascarilla contra otro virus, el de la ignorancia y el fanatismo. El café, la mascarilla y el periódico son hermanos de barra y mucho más. Lo importante es el microcosmos que forma el café, el periódico y usted, ese ‘modo avión’ permanente, ese aislamiento que tiene lugar a plena luz del día, a plena calle. La prensa es mascarilla contra los macarras.

Hay que leer el periódico y ya. Apetezca o no apetezca. Es como ducharse, una obligación diaria fuera de todo debate. Es una cuestión de disciplina y de aristocracia, es decir, de independencia de pensamiento. Hay que leer con especial empeño las visiones de aquellos que más detestamos, nos dan puntos de vista que, de modo natural, nunca tendríamos. Huimos así de la autocomplacencia y del del sesgo de confirmación que suponen las redes sociales, que provocan que solo sigamos a aquellos que nos da la razón y que nos llevan a un callejón sin salida: el del espejismo de pensar que España está llena de gente que piensa como tú. Y no. Ese grupo de whatsapp no es la realidad. Y si crees que España es tan cafre como los colegas del chat, pasa lo que pasa, que uno se relaja y acaba mandando fusilar a veintiséis millones de españoles, exactamente el mismo número, por cierto, que quieren fusilar los del whatsapp de al lado, pero con diferentes nombres. Algunos estamos en ambas listas, de ahí el aparente exceso de fusilables. Tengo claro que inauguraré paredón o checa, pero de esta no me libro. 

Cualquier niño que hoy en día hojee un par de periódicos estará mejor informado que el más sesudo de los adultos que ven la tele o escuchan según qué radiopredicadores y radiopredicadoras. Simplemente, en una sociedad informada, no son posibles los populismos, no son posibles los nacionalismos ni tampoco lo es Pedro Sánchez, rompeolas de todas las necedades. Una sociedad que se respete haría caso a Unamuno: «¿Tropezáis con uno que dice tonterías, a quien oye toda una muchedumbre con la boca abierta? Gritarles: ¡estúpidos!, y ¡adelante! ¡Adelante siempre!»

La maquinaria de basura es tan grande y huele tan mal que apenas deja tiempo para quitarse la mascarilla e inspirar el aire fresco. Prueben a hacerlo, apaguen la tele, bajen la tela, abran la prensa, respiren hondo. Los recuerdos se agolpan, el frío tiene un olor y este puente olía a infancia, a musgo, a mañana de sábado en un campo de fútbol de tierra. Lo malo es que ese olor recuerda a una sociedad que ya no existe, a una sociedad que avanzaba unida entre pantalones de campana y canciones de Jarcha. Yo nací en 1978. Mi vida ha sido observar el progreso de una sociedad a todos los niveles y, después, asistir a su decadencia, al paso del aire frío y puro a este aire lento, denso, a este aire ya respirado. Ante ello, solo queda abrir las ventanas y leer la prensa. Lo que, en realidad, viene a ser lo mismo. 

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 8 de diciembre de 2020. Disponible haciendo clic aquí).