A pesar de lo que muchos pueden llegar a pensar, no hace falta ser católico para no matar a tus hijos. Parece un mínimo en el que todos podemos estar de acuerdo: matar está feo, matar a un bebé está muy feo y matar a tu propio bebé está tirando a horroroso.

Esta es una de las pocas cosas con las que, a priori, podemos estar todos de acuerdo en un país en el que hay guerras civiles por la presencia de cebolla en la tortilla o por si puedo o no llamar paella a lo que me hizo ayer mi madre cuando el garrofó más cercano me pillaba a tres comunidades autónomas de distancia. (Clic aquí para leer el texto completo en EL ESPAÑOL).