En ‘La Postal’, sobre el olvidado cauce de la Esgueva, hay un cartel en el que pone: «Los abrigos deberán -no deberían sino deberán- estar en el perchero que, por otro lado, es su lugar natural». No sé si es literal porque cito de memoria y ayer bebí mucho vino. En mi defensa he de decir que no fui el único. Mi ciudad con sol es una explosión de vida y feromonas y yo he visto ‘alumbraos’ en Sevilla con menos ambiente que el centro de Valladolid en esta primavera que se asoma como avisando de toda la felicidad que se nos viene encima. No sé qué será de nosotros cuando estemos vacunados y la vida sea un eterno viernes por la tarde en el que nos miraremos de nuevo a los labios como si fuéramos sordomudos y la boca sea una novedad exótica y rosa, con ese ‘gloss’ húmedo de las chicas de perlitas, como sirenas pagadas por el gobierno de Ítaca para que Ulises no se relaje.

Al lado de ese cartel, en el mismo bar, hay otro: «Seguimos sin tener Nestea ni mierdas de esas». Puede que tampoco sea exacto, pero ¿quién elegiría el rigor pudiendo elegir la sonrisa preventiva? Su oferta se basa en vino, embutido y tortillas de patata. Honestidad, cargar la suerte, vaciar el muletazo. En picos de trabajo, Ángel hace dieciséis tortillas a la hora, casi una cada cuatro minutos y todas y cada una son realizadas con cara de mala leche artesanal y ese estoicismo que aparece en las ojeras del que ya lo ha visto todo. Este tipo de tabernas viven como antagonistas de sus némesis, los ‘gastro wine experience’ de nombre pijo, a medio camino entre el lobby de un hotel y una peluquería de Chueca, con un carismático camarero argentino, dos chester, tres mesas hechas con palets, chill-out de fondo y un tartar de no sé qué vegetal imposible. Que a mi me parece bien, pero donde esté el malo oficial se puede quitar el cantamañanas con cara de bueno y el corazón oscuro, como el abogado de tu ex. 

Antes había un tercer cartel: «No insistan, no hacemos tortillas para llevar», pero con la pandemia han tenido que recular, como tendremos que recular todos antes o después de este paréntesis de respiraciones contenidas. Porque mucho me temo que esta situación puede estar tapando nuestras miserias y cuando podamos, por fin, hacer lo que queramos, nos daremos cuenta de que no tenemos ya nada que hacer; que cuando podamos recorrer el mundo, no tendremos con quien hacerlo y que no habrá suficientes cuadros de Luis Pérez para pintar las soledades de esas cenas mirando el móvil en hoteles con lobby con pinta de taberna pija; y que cuando podamos salir a por las noches interminables, no tendremos a quien culpar de las ojeras y los bostezos delatores del que sueña con volver a casa a la tranquilidad cobarde de un secuestro civil, de una soledad cuyo culpable no eres tú.

No hay nada peor que estar borracho, pero no hay nada mejor que estar emborrachándose y ese es el problema, esa bruma indefinida, ese rango de la tarde sin fronteras ni alarmas que avisen de que la felicidad está llegando o se está yendo, que la alegría es un punto concreto que se esfuma si no se talla sobre papeles como este. La vida no se entiende hasta que no se ven las consecuencias del presente, hasta que no miras hacia atrás buscando las raíces de las flores que adornan el escote y los alféizares y mucho me temo que ya empieza lo mejor, que estamos a las puertas del sueño, del engaño, la expectativa de la primavera, el cartel que anuncia que llega la fortuna universal, ese momento en el que aún podemos culpar a un virus de todos nuestros males, como una catarsis griega. Aprovechen, que se esfuma y detrás llega la realidad. Mientras tanto, volverán las oscuras endorfinas.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 2 de marzo de 2021. Disponible haciendo clic aquí)