Este tercer volumen de mi diario sigue la estela de la primera parte (Distancia social – Diario de confinamiento) y de la segunda (The New Normal).

Lunes, 15 de marzo

Apenas puedo dormir pensando en el debut en ABC. Aunque estoy bastante seguro del texto que he mandado, siento cierto vértigo y no es por la calidad literaria o por lo que opinarán de mí unos y otros, sino por la exposición tan brutal que supone. Twitter es un estercolero y ABC es una declaración de intenciones. Es una suerte que esta oportunidad haya llegado con 42 años. Con 30 uno es aún un gilipollas y estaría intentando agradar, histérico, nervioso, ansioso, con miedo, quizá con pájaros en la cabeza intentando encajar. Con 42 es otra cosa, uno está más preparado, la personalidad totalmente formada, tiene el suficiente fracaso y el suficiente éxito a la espalda como para desconfiar de ambas sensaciones. Y sobre todo para tratar educadamente a todos, pero sin hacer mucho caso a nadie. Si me han llamado es porque les gusta quién soy. Cambiar para agradar sería un error, como nos sucede a menudo cuando nos enamoramos aunque, en realidad, ya ni me acuerdo de la sensación de amor. Pero por mucho que esté seguro, ser el blanco de la ira de la extrema izquierda no es lo mismo que ser el blanco de la crítica de la iglesia católica, por poner un ejemplo. Los segundos no te pegan. Es cierto que no veo España en una situación tan crítica y que mis textos no están hechos desde el odio, que tengo amigos en todos los lados y que me significo por estar en contra de las dos Españas, pero desde luego eso hace que unos y otros no me tienen ningún cariño y ABC es un escaparate a todo el país.

La columna funciona bien -es buena- y recibo felicitaciones de parte de muchísima gente. Hago un guiño a Camba, a Ruano, a Azorín, a Wenceslao…y a Gistau. No fue una columna fácil de escribir porque uno es educado y está acostumbrado a saludar cuando entra en un lugar en el que nunca ha estado, pero eso hacía que el texto fuera vulgar, mediocre, cobarde. En cuanto cambié el tono y comencé a hablar como si todo el mundo me conociera, el estilo fluido salió solo, elevando mucho la calidad de la columna, el ambiente, el trasfondo, el contexto. Citar en mi primera columna esas referencias es marcar el territorio, dejar clara la herencia que pretendo seguir, insertarme mentalmente en un marco muy concreto. Y sobre todo dejar claro a lo que he venido.

ABC es otra liga y se percibe desde el primer momento. El trato de todo el mundo es exquisito, diferente. No digo que en el resto de sitios no sea así sino que en ABC se percibe más, que parece ser un sello de la casa, que se exagera la educación, que el respeto es mucho mayor y de un modo no casual. Desde que he comenzado he hablado con varias personas -contabilidad, redacción, administración, ilustración, opinión- y todos y cada uno me han tratado con enorme respeto. Incluso me han cambiado la plumilla, que era una basura, solo porque lo he pedido. En otros medios quizá no atienden esa petición al último mono, como es mi caso hoy. Incluso se puede percibir como una pijada, un capricho. Aquí quizá también, pero al menos no lo dicen. Las llamadas que recibo no son las normales. No voy a decir que un nuevo columnista en ABC sea un acontecimiento nacional, desde luego que no. Pero se nota de modo evidente otro nivel de interacciones y de felicitaciones. Es otro mundo, esto es sentarse en la mesa de los mayores pero desde el salón de mi casa y comiendo macarrones.

A las 19:00 de la tarde, cuando creía que estaba todo el pescado vendido, me llaman director y subdirector de ABC -Quirós y Pery- para preguntarme si podría hacer un texto para la web acerca de la renuncia de Pablo Iglesias a la vicepresidencia del gobierno y su candidatura a la presidencia de la comunidad de Madrid. Me da la impresión de que les ha gustado la primera columna y quieren probar si podría hacer otra columna buena sin avisar, sin tiempo, con un tema impuesto. Les digo que sin problema, claro. Torería, patalante, un par. La vida es una plaza de toros y la diferencia entre unos y otros es que cuando sueltan el toro, hay quien corre pálido y quien se planta en los medios, baja la mano y se juega la bragueta. Así que en hora y media entrego un texto realmente bueno. Me voy a la cama muy cansado mentalmente, con la sensación de que esto va en serio. Es mi primer día y mi segunda columna, cuando se suponía que solo tenía una a la semana. Empieza bien. Pero no se donde va a terminar. No vivo de esto y necesito orden para compatibilizar todo. Pero me encanta el rock and roll.

Martes, 16 de marzo

Me felicitan director adjunto, subdirectores, jefe de sección y el mismo Consejero Delegado, además de mucha gente anónima y no tan anónima. Acabo el día en la portada de la web de ABC como texto más leído del día. Hace una semana estaba tomando una caña.

Miércoles, 17 de marzo

I

Acudo al Colegio San José, mi colegio, para hablar con el director, Carlos Entrambasaguas, que me pide que colabore con el Colegio en unas sesiones acerca de publicidad y periodismo para 3º de la ESO. Por supuesto, accedo. No se puede decir que no a la Compañía de Jesús y menos a mi Colegio en particular. Es el lado correcto de la historia. Jesuitas somos una nación, quizá la única que importa. Doy un paseo por los viejos claustros y me siento de nuevo un niño asustado ante tanta solemnidad. Estoy deseando que mi hija pueda entrar, es muy importante para mi.

II

Como con Juanma, un amigo a medio camino entre Frank Underwood y Juan Carlos Aragón con el que me río mucho y, sobre todo, aprendo. La relación comenzó siendo profesional, pero poco a poco se ha tornado en otra cosa. Comemos de vez en cuando y es para mi un placer. Tengo la agenda llena de comidas y cenas hasta 2026. Aunque me encuentro bien, tengo pánico a hacerme análisis, estoy comiendo y bebiendo con más frecuencia y se sabe que un hombre sin mujer tiene una esperanza de vida mucho menor. Joder, que me receten una mujer y terminamos antes. O que Siri me eche la bronca.

Jueves, 18 de marzo

Mi estilo está formado por capas, por anillos de vida, como los troncos de los árboles. Pero creo que si algún día me enamoro me cambiará del todo. Temo a la capa final, posiblemente no se superponga a las anteriores sino que las quemará, arrasará con el estilo, con las arrugas. Escribiré para impresionar a una mujer, para buscar su aprobación y me volveré un cursi, un empleado que busca agradar. Escribiré con menos tiempo porque tendré que hacer cosas super especiales y planes conjuntos. No podré darlo todo en cada texto. Luego la ruptura y la vuelta al estilo, pero quizá ya sea demasiado tarde.

Viernes, 19 de marzo

Gran éxito con texto en El Debate. Visita al dentista, ayer comiendo garbanzos comí también una piedra que me ha partido la muela del juicio. Espero con ansia que sea algo simbólico e incluso profético.

Sábado, 20 de marzo

Me llama Guillermo Garabito para pedirme que prologue la reedición de ‘Amapolas comuneras’, mítico poemario de su abuelo Godofredo. Le digo que sí, por supuesto, que un honor. El otro prologuista es Arturo Pérez Reverte. Esto empieza a ser dantesco, me muevo en ambientes ya altos con naturalidad, pero no puedo evitar sentir una mezcla de que estoy donde tengo que estar y de que estoy cometiendo un error. Siento miedo, pero no por mí. Siento miedo por que tengo la sensación de no ser yo mismo, de estar interpretado un papel, de ser un actor. Supongo que es cuestión de tiempo. Me llama el subdirector de ABC para hacerme una proposición malévola, pero no puedo hablar por la muela y me quedo con las ganas de saber qué quiere. A esperar.

Domingo, 21 de marzo

Paso el fin de semana entre ibuprofeno y soledades, con un par de libros más y una muela menos. Vuelve el sentimiento de presión, es una presión intensa, una autoexigencia máxima que me hace sentirme disconforme con todo lo que escribo. El fondo es importante, pero la forma lo es más, no se puede escribir de cualquier manera, no se puede entregar cualquier cosa solo porque sea brillante. Ha de ser bella, intensa, sorprendente. No me vale nada. He dormido fatal, con pesadillas por la columna de ABC, pero también ha llegado alguna idea. Decido sentarme desde primera hora de la mañana a escribir columnas, las que sea, diez si son necesarias hasta que me salga una a la altura de mis expectativas. Empiezo con un tema y, como siempre, me sale bien y a la primera. Tengo todo el día libre para mejorarla, pero la columna está hecha y funciona bien. Además cumple con mi visión: frugal, que toque la actualidad solo como excusa, mala leche, acidez, ironía, humor, ligereza. Y sobre todo: persigo que la columna deje entrever un conocimiento grande de la actualidad pero que no sea un ejercicio de pedantería. Hay que dar a entender que te enteras de todo y sobre eso, escribir, lo cual es muy diferente a escribir ‘de eso’.

Veo durante la tarde una serie llamada Wolf Hall realmente interesante que aumentan la manía que tengo a los protestantes.

Lunes, 22 de marzo

Me paso todo el día viendo por la tele la moción de censura del PSOE al presidente de la Junta para hacer una columna que tardo en hacer media hora. Esto no tiene sentido. Entre medias como con Michel, Manu y Edu y pasamos la tarde juntos. Me ven hacer la columna en directo y les llama la atención el proceso creativo, cómo surge el clic, cómo no hay tiempo para dudar, la rapidez extrema en la que se crean ideas como forma bella. Entrego y me paso un poco con el alcohol, y no por beber mucho, sino porque no debería beber nada. Estoy repleto de compromisos, todo el mundo me requiere, tengo la agenda llena y esto es insostenible.

Martes, 23 de marzo

Vuelven las pesadillas. Sueño que escribo columnas, las escribo durante toda la noche, borro, matizo, vuelvo a lo escrito, mejoro, pulo y nada sirve de nada porque sucede solo en sueños. Quiero dejar claro que no sueño que escribo sino que escribo en sueños, es decir, las columnas son reales y las escribo de verdad, solo que dormido. Me despierto y me agobia saber que tengo que escribir de nuevo para un suplemento especial de El Norte que verá la luz en abril y cuya fecha límite es hoy. Esta semana tengo que entregar todos los días, algo que me agobia. No es el hecho de escribir, insisto, eso sale más o menos fácil. Lo que agobia es que vives para la columna, que solo puedes pensar en la columna hasta que la entregas y te liberas, pero es como desactivar una bomba cada día. Al subidón le sucede otra situación de estrés. No siempre se puede ser brillante. Pero he de serlo cada día. Tengo la sensación de que algún día se acabará el talento y todo el mundo descubrirá que soy un farsante.

Miércoles, 24 de marzo

Termina Rastreadores, el podcast en el que participo en El Norte de Castilla. Hemos cumplido la misión que nos encomendaron, abrir la veta, explorar un nuevo mundo, aprender junto al periódico en esta incursión en lo audiovisual. Ahora vendrán otros, seguramente con otros formatos y objetivos más concretos, para poblar este territorio en el que hemos sido pioneros. Para mi ha sido un aprendizaje grande. Tengo más soltura, más capacidad de improvisación, más tablas y sobre todo, he aprendido que hay puntos de vista muy interesantes en la otra orilla. He hecho dos amigos, Rafa Vega y Enrique Berzal. He dado la cara, he sido generoso y me siento conforme. Además, es un gran orgullo haber sido elegido por el periódico para dar este paso que queda para la historia. Vale.

Para celebrarlo vamos a comer juntos en un gran ambiente de risas y frases memorables. Se nos alargan las copas, evidentemente. Cómo no.

Jueves, 25 de marzo

Me empieza a molestar la comparación constante con Gistau. No soy Gistau, no soy el nuevo Gistau. Solo tengo barba y camisetas de rock. Y cierto estilo desafectado. Pero entiendo que hay miles así, es decir, yo no copio ni me inspiro ni me reflejo. Yo soy yo y la comparación constante me descentra. En primer motivo porque, ante esa comparación, solo puedo decepcionar. Y en segundo motivo porque puedo tender a cambiar mi estilo para, artificialmente, alejarme de Gistau. Yo no quiero cambiar mi estilo, quiero escribir como siempre, le parezca lo que parezca al resto. Es tan débil escribir para parecerse a alguien como escribir para no parecerse. Yo sé quien soy.

Viernes, 26 de marzo

Chapu, Belmonte, Peyró, Zabala, Sabino, Raúl del Pozo. Burgos cuando habla de Sevilla. Sostres cuando no quiere epatar ni elevarse. Nieto Jurado como cronista. Bustos y Hughes cuando no hacen análisis políticos. Jabois de vez en cuando. Cuartango cuando no está triste.

Sábado, 27 de marzo

Cada vez llevo peor las invitaciones a actos. No quiero ser pregonero de nada, inaugurar nada, ser miembro de ningún comité, acudir a ningún acto social, firma de libros, lectura de manifiestos, acto público de apoyo a cualquier gilipollez, recital de poesía, conferencia, mesa redonda, acto de confraternización, tertulia, vermú, misa o funeral. Quiero escribir, leer, ver museos con mi hija, tomar vino con mis amigos y dormir con mi gata.

Domingo, 28 de marzo

Escribo la columna de ABC con facilidad. No me viene bien esa longitud, necesito más espacio, un poco más. ABC me da 2200 caracteres con espacios y necesito 3300, como en El Norte. Esta longitud me hace tener que ir más al grano y pierdo capacidad para desarrollar conceptos como me gustaría y adornarme en el estilo. Hablo del tema de las custodias y paso muy por encima de mi caso porque no quiero decir nada que pueda perjudicar ni si quiera de refilón a mi hija o a su madre. Sería capaz de inventarme una realidad de ficción paralela para que Lucía se construya a si misma desde el amor y el respeto. Donde mejor está la mierda es tapada y los malos tiempos quedaron en el pasado. Somos felices a nuestra manera. De hecho me encuentro con ellas y con su actual pareja y comemos juntos en un ambiente divertido, amable y educado. Acabo, eso sí, hasta las narices. Una cosa no quita la otra. Renovaría mi compromiso con el divorcio cada día si fuera necesario.

Lunes, 29 de marzo

Facturo a El Norte, a El Debate y a ABC. La suma comienza a ser interesante. Y me lo dan a cambio de escribir, solamente de eso. No me lo puedo creer. Me pagan por escribir. Me siento un estafador. Me encanta.

Martes, 30 de marzo

Escribo sobre la Semana Santa para El Norte, tema complejo, escritura difícil, riesgo grande. Me cuesta, sufro escribiendo, siento miedo por momentos. Pero voy al límite del genero y del estilo. Día duro, termino muy cansado. Intento irme a descansar pronto para levantarme temprano y entregar para El Debate. Mañana cojo a Lucía a la hora de comer y quiero estar libre hasta el domingo. Muchas ganas de abrazarla.

Miércoles, 31 de marzo

Remato El Debate, muy satisfecho con estos dos últimos textos semansanteros. Viene Lucía y por fin puedo leer tras varias semanas de nervios. Con nervios no puedo leer, me resulta imposible, me posee la angustia. Sin embargo, la paz tiene efectos fulminantes en mi afición a la lectura. Estoy con Zweig, ‘El mundo de ayer’, fantástico. Me siento bastante identificado con esa obsesión que muestra por la libertad interior, que siempre he visto más como un sentimiento que como una realidad. Es decir, buscamos la sensación de libertad, no la libertad. La libertad es un lujo de pobres. En cuanto se tienen propiedades, intereses, familia, etc. nadie es libre, nadie puede hacer lo que quiere, todos nos debemos a la preservación de un bien superior al de nuestra propia libertad. Sin embargo, la sensación de libertad, ese señuelo, es suficiente. Lo que queremos es independencia, no libertad. Y la independencia sí que la da el dinero.

Viernes, 2 de abril

Exitos muy grandes de mis artículos de Semana Santa en El Norte y en El Debate. Voces importantes me proponen como Premio Cossio. No entiendo bien el éxito del texto de El Debate. Aunque es bueno, explico cosas para mi evidentes pero que, por lo que veo, no lo son tanto para los demás. No deja de asombrarme cómo funciona esto, el éxito y el fracaso son impostores esperando a la vuelta de la esquina para darte un susto cuando menos te lo esperas.

Sábado, 3 de abril

Empecé a escribir porque no me dejaban hablar. Yo no había escrito una palabra hasta que recogí la suficiente frustración. Como todo aquel que haya estado casado, yo estoy dispuesto a no hablar o a hablar muy poco, a limitarme a escuchar, a ser ninguneado, obviado, silenciado, anulado. Lo que no estoy dispuesto es a ser interrumpido. Y como no tenía ninguna otra manera de poder desarrollar algo sin que me cortaran, tuve que ponerme a escribir. Es la única forma que conozco de poder expresarme sin interrupciones, matices, temas paralelos, recuerdos, anotaciones, acotaciones y enmiendas.

Yo creía que muerto el perro se acabó la rabia, pero nada. Todo el mundo me corta, soy incapaz de hacer un comentario sin que me interrumpan. Y ojo, hablo de intervenciones de cinco segundos. Así que ya me retiro. Me limito a escribir y dedico el resto del tiempo a asentir haciendo caso omiso de todo.

Domingo, 4 de abril

I

Jorge Bustos comienza su columna en la contraportada de El Mundo con estas palabras: «Demasiada tiniebla ahoga la verdad pero demasiada luz mata el misterio, razona Peláez al hilo de su Semana Santa, que es la pucelana sin dejar de ser la sevillana». La leche.

II

Pido a ABC el teléfono y el mail de Herrera y me lo dan al instante y sin preguntar el motivo. Herrera no me hace ni caso, pero el hecho de que ABC sí que me lo haga me hace sentirme importante durante un segundo. Me paso el día mirando el WhatsApp de Carlos Herrera. Estoy por borrarlo y decir a ABC que no se crean nada, que soy solo un pobre hombre.

III

No paro de pensar en cómo voy a hacerlo para viajar con mi gata. Es decir, en cómo voy a hacerlo para viajar unos días este verano dejando a Mía en casa, no sé, tres o cuatro. Mi hermano puede ir cada día a darle comida y limpiar la arena, pero aún así, me siento un traidor. Ella me mira y no sospecha que sea capaz de irme a San Sebastián sin ella. Mía duerme conmigo, escribe conmigo, come cuando yo como y me acompaña a todos los sitios. Me despierta cada mañana a las 6:30 para que le dé el desayuno, que es un poco de lata de comida blanda. Cometi el error de dárselo el primer día y ahora lo pide sin faltar una sola mañana. A mi se me parte el corazón al pensar que, cuando me vaya, se va a despertar y no va a tener su desayuno especial cada día y que va a tener que dormir sola en una casa vacía. Luego me muerde y me araña cuando menos me lo espero, a traición, porque lo que es fundamentalmente es una cabrona, y entonces pienso que soy gilipollas, ella me abandonaría sin dudarlo por un pájaro con el que jugar un rato. Pero yo no puedo hacerlo, es demasiado bonita, esa mirada es arrebatadora, nunca he visto una gata tan bonita. En realidad, pienso, esta relación no se diferencia mucho del amor a una mujer.

Lunes, 5 de abril

I

Garabito me pide el prólogo y se lo hago en media hora, como poseído por una fuerza superior y extraña, en total estado de gracia. Inspiradísimo. Es fantástico y no sé cómo he sido capaz de explicar eso, no sé como he podido sacar de mi cabeza algo que nunca ha estado dentro. A mi me dicta la providencia, soy un puto medium. No reconozco la autoría de ningún texto.

II

Quirós me pregunta que cómo estoy en ABC, si estoy a gusto. Le respondo que es al revés, que si están a gusto ellos, no sé cómo estoy funcionando y no hemos vuelto a hablar. Me dice que están muy contentos y que, tras estos meses de contención, se ampliará mi colaboración. Me parece bien esa contención, yo también la tengo y estoy esperando para hacer un texto de indulto. Me limito a hacer faenas de aliño, de calidad, bien ejecutadas, de oficio, con clase pero sin aspavientos, sin estirarme a la verónica. No porque no pueda sino porque aún no conviene. Estoy enseñando al toro a embestir, a conocerme, a presentarme, a unas nuevas formas, a una ruptura generacional, a nuevos registros, nuevas referencias, a cierta insolencia envuelta de corrección. No escribo para las señoras viudas del Barrio de Salamanca sino para sus hijos, seguramente divorciados y con barba de tres días. Llegará el momento de liarla. Aún es pronto. No nos conviene a nadie, prefiero ganar a los puntos hasta que llegue la oportunidad para ganar por K.O.

Martes, 6 de abril

Vuelta a la normalidad de algún modo. Esta semana no tengo que escribir más que mañana para El Norte y libre hasta el domingo. Puedo dedicarme por completo a la empresa, hace sol, tengo tiempo y siento una profunda sensación de felicidad, de tranquilidad, de liberación, de relajación. Cierro con Pablo Velasco, de El Debate, el calendario de mis últimas colaboraciones. Me quedan seis, en junio quiero terminar. Verano es una buena fecha para irse sin traumas, como desdibujándose, un ‘fade to black’. Espero poder limitarme a hacer dos para ABC y una para El Norte. Es lo óptimo, tres columnas por semana y solo en dos medios. No creo que sea posible, siempre surgen 700 cosas y no sé decir que no. Me temo que, en cuanto se levante el pie y empiecen los congresos, jornadas, conferencias, etc. tenga compromisos por toda España.

Miércoles, 7 de abril

Compro ‘La amistad de dos gigantes’, la correspondencia entre Umbral y Delibes. Y ahora viene el problema: ¿lo pongo en la balda de Umbral o en la Delibes? También compro ‘Asombro y desencanto’, de Jorge Bustos. Muchas ganas de leer este último, el cabronazo escribe como los ángeles.

Jueves, 8 de abril

Acabo de trabajar y me tomo una docena de cervezas con Picón, Manu, mi hermano y más gente que va llegando a la terraza del Cafetín, frente a la Catedral, bajo el diluvio. Esto me recuerda a otros tiempos, no tan lejanos, en los que no hacía falta quedar, simplemente nos íbamos encontrando un grupo de mucha gente en ciertos bares. Todo eso se ha perdido, no solo por el virus. Fundamentalmente porque tenemos hijos, obligaciones y porque, en realidad, siempre he odiado que se siente en mi mesa gente con la que no he quedado y que conozco solo de vista. De cualquier modo, doy gracias a Dios porque haya un toque de queda a las diez de la noche. Si no, aún seguiría por ahí.

Viernes, 9 de abril

Tengo la sensación de estar terminando la ultima época feliz en la que están mis padres, mis hermanos, mis amigos y todos vivos y sanos, sin enfermedades. No tengo problemas económicos ni de salud. Mi empresa avanza. Mi carrera literaria, también. No tengo mujer ni amante. Hay que disfrutar de estos escasos momentos de felicidad total que se dan en una vida.

Sábado, 10 de abril

Me paso el día en pijama con Lucía, sin salir de casa para nada. Me invento un juego a través del cual le doy un punto cada vez que hace algo por mí, hasta llegar a los 35. Los puntos se pueden canjear por euros y los 35 euros son el precio de un pack de superthings, que no sé qué es, pero que parece tener mucho valor, así que lo pido en Amazon con la condición de que solo se lo daré cuando llegue a esa cifra. Mano de santo: pone el lavavajillas, lo quita, cambia la arena de la gata, hace las camas, pone la mesa, la retira, me hace el desayuno, me deja leer sin molestar y veo de fondo toda la jornada de fútbol. Creo que esto roza la explotación infantil, la realidad es que tengo una pequeña esclava por 35€. Es posible que si se entera la fiscalía me quiten la custodia compartida, pero me la juego, he sido terriblemente feliz comiendo comida basura y leyendo a Bustos sin levantarme del sofá en este día de lluvia.

Domingo, 11 de abril

Me aterra la opinión que de mí tiene mi familia y amigos más allegados. Se confirma que nadie te conoce menos que quien te conoce de siempre. Me siento terriblemente incomprendido, mal interpretado. Pero ¿qué hombre no se siente así? Se interpretan mal todos mis actos, mis comentarios, mis presencias y mis ausencias. Se toman en serio mi sentido del humor, valoran como maldad todas las chorradas que se me ocurren, pero es que escribo columnas sin cesar, soy una máquina de escribir, de observar y de adornar con humor la realidad. Todo por la columna, incluso la vida. Mi cabeza está preparada para la acidez, la brillantez y el humor. Esto hace que haya quien opina de mi que soy nervioso, poco diplomático, engreído, soberbio, impaciente e impertinente. Es rotundamente falso, no acepto nada de eso. Soy frío, extremadamente educado, aristócrata sin pintas, humilde, trabajador, paciente y -eso sí- irreverente. Pero ante todo soy libre y mantengo mi independencia a costa de lo que sea. De lo que sea. Soy capaz de perder cualquier amigo si percibo que no me deja ser quien soy. Mi individualismo es extremo: ni jefes, ni socios, ni mujer. Yo hago lo que considero que tengo que hacer y no doy explicaciones. Esto no es soberbia, es libertad. No la han probado. Tiene un precio y lo he pagado.

Lunes, 12 de abril

Me piden una articulo para la revista de la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio Lourdes, un colegio de Valladolid. Por supuesto acepto. No sé decir que no pero, fundamentalmente, no quiero. Me parece una falta de consideración terrible, una falta de respeto enorme y no encuentro un motivo decente y moral para, pudiendo hacerlo, preferir decir que no. Me parece un acto de soberbia y de ausencia de categoría. Otra cosa es que no pudiera, pero, en realidad, ¿quien no puede dedicar una hora a escribir a alguien que te lo pide y para quien tu escritura es importante?

Martes, 13 de abril

Hay un escritor asturiano del que nunca había oido hablar, que se mete con Delibes y con Castilla para justificar su amor por Umbral. Otro de esos feladores de Umbral que no han entendido una sola palabra del maestro. Y menos aún de Delibes, que es más complejo. Este tipo de cerrazón y de falta de entendederas es muy normal entre escritores con mofletes que se creen malditos y parecen angelotes. No ha entendido absolutamente nada. Lo bloqueo en redes para no ser molestado con sus chorradas, prescindibles siempre. Me entran, eso sí, muchas ganas de hacer un curso de Umbral para que comprendan que se puede ser un enorme escritor y un ser insoportable, mezquino, tacaño, egoísta, falto de grandeza. Y, sobre todo, para explicar que un estilo divino como el suyo es compatible con un escaso talento para la novela. Algo en lo que, por otro lado, me siento identificado.

Miércoles, 14 de abril

Quedo con Picón y paso la tarde bebiendo cerveza a un ritmo inhumano, como si fuéramos dos parados de un barrio del cinturón rojo de Barcelona. Me siento muy culpable siempre que hago estas cosas, no por lo que hago sino más bien por lo que no hago, porque me recuerda que no tengo muchas opciones, que la vida que tengo no es la que quiero. Hago lo que puedo con las cartas que me han tocado, apenas eso. Cartas, por otra parte, tremendamente vulgares. Desde luego, estoy sacando petróleo de una jugada vital nefasta.

Jueves, 15 de abril

Me piden otro prólogo, en este caso Andrés Martínez, sacerdote madrileño al que no tengo el placer de conocer personalmente, pero que nos seguimos en redes. Acepto, claro. No entiendo por qué motivo alguien puede decir que no a una petición de este calibre, una petición vital casi. Pedir un prólogo es escribir una carta de amor. ¿Como no responderla?

Viernes, 16 de abril

Comida de empresa que se alarga hasta el límite legal. Acabamos en la agencia bailando con un notable abuso de bebidas espirituosas y un escaso

Sábado, 17 de abril

Los sábados son una mierda sobrevalorada, un día en el que cambiamos una rutina por otra igual de insoportable que nos recuerda que el trabajo no es la peor opción. La peor opción es una vida de asueto y falta de orden. No los soporto. Me veo obligado a hacer cosas que no quiero y no encuentro ningún aliciente. Pero hay que socializar si no queremos enloquecer, eso lo tengo claro. Yo quiero una casa en el campo con una mujer rubia, guapa, buena, un libro bajo un árbol, una bici, un río, una comida frugal, digna y elegante. Y un buen vino.

Domingo, 18 de abril

Nada satisfecho con la columna de ABC. Comienzo a media mañana y no logro sentirme a gusto ni suelto en ningún momento. Me toca tirar de oficio, más que de inspiración y paso el día intentando mejorar algo que no tiene más solución real que empezar de cero. Me habría venido muy bien salir de casa, cambiar de entorno, despejar el cerebro, pero el día no acompaña y finalmente hay que aceptar que no se puede ser sublime sin interrupción. La experiencia me dice que nadie nota nada, solo lo noto yo. Hay columnas espectaculares que pasan desapercibidas y columnas vulgares que son un derroche de aplausos. Lo mejor mañana será esconder la cabeza bajo el ala y caminar con dignidad pero sin abrir el plumaje. No soporto ser vulgar. Me siento constantemente examinado, pero en un examen para el que no he estudiado, sin temario y en el que tendré que fingir ser experto. Eso cada día. Y con multitudes mirando. Luego que si somos raros, me gustaría ver al resto del mundo en nuestro lugar, manteniendo un nivel insufrible.

Lunes, 19 de abril

He perdido el control de mi biblioteca de nuevo. Necesito repensarla otra vez, como todos los años. Tengo libros a medias por todos los lados, encima de la cama, en la mesilla de noche, en dos mesas de trabajo, en la mesa del salón, en la cartera, en la mochila, en el baño. Todo se ha mezclado, los sectores han perdido sentido, unos han crecido mucho, otros han perdido peso relativo. Además, necesito una parte de archivo, sobre todo para mi colección de periódicos, que liberaría espacio en la parte de abajo de una de las estanterías. Pero esto me recuerda que tengo que cambiar muebles del salón, para lo cual antes he de pintar y no puedo pintar la casa sin que me cambien las ventanas cuyo presupuesto he aceptado hace un mes y medio. Todo va en cascada y necesito dar pasos. No puedo vivir con los libros desordenados porque una biblioteca es un proyecto que no tiene fin y aceptar su desorden es aceptar el desorden del proyecto. Y eso sí que no.

Martes, 20 de abril

Me desquito escribiendo una columna antológica para el lunes que viene. Voy a empezar a escribir cuando tenga ganas, no voy a esperar al ultimo día para tener noticias frescas. Ahora toca esperar una semana, pero me siento buen escritor. La clave han sido las felicitaciones por un texto para un suplemento de El Norte. Han sido tantas que he ganado confianza. Y cuanto un escritor tiene confianza escribe bien. Ya está. Necesito que me hagan la pelota para escribir sobrado, que es cuando se escribe bien. El día que tenga mujer, por lo tanto, tendré que dejarlo. Tanta indiferencia, frialdad y apatía me harán esconderme en un zulo y pedir perdón por todo lo escrito. Eso sí: si contra todo pronóstico, me quiere y admira un poco, vamos imparables a por el Nobel.

Miércoles, 21 de abril

Quedo con Berzal y con Chema Nieto para tomar un vermú, que es el último reducto de la civilización. Nieto está entusiasmado con mi trayectoria en ABC, lo cual me extraña porque estoy conteniéndome mucho. Lo más importante en la vida es tener sentido de la oportunidad, del ritmo, del momento, de cuándo sí y cuándo no, de cuándo rápido y cuándo lento, cuándo intenso y cuándo ligero. De momento estoy lidiando, estoy en los lances de recibo, enseñando al lector a embestir, a conocerme, a familiarizarse con el capote para, cuando lo tenga donde quiero, estirarme a la verónica y escribir como quiero y como sé. Pero aún no ha sido el momento, todo tiene un proceso y no quiero llamar la atención demasiado pronto en asuntos de estilo o temas en el margen de la actualidad. Todo va como tiene que ir. Pero sí esto a él ya le impresiona, creo que va mejor de lo que creo porque Nieto es amigo, Nieto es un aliado verdadero, siento que me quiere y que le importo. No habla por hablar y sabe lo que dice. Por la tarde tomo cervezas con Picón en El Colmao, bajo la lluvia torrencial de abril.

Jueves, 22 de abril

Pery es mitad poeta, mitad terrorista. Pareciera un mafioso que te acabara de mandar una cabeza de caballo pero con una nota escrita en endecasílabos perfectos y bellos. Me cita en Madrid, en un bar al lado de ABC y conectamos de inmediato. Hay una línea láser invisible que une a cierto tipo de persona y con Pery surge de inmediato. Es director adjunto de ABC. Me da la bienvenida a su manera, me marca territorios a su manera y yo tengo muchas tablas para leer entre líneas y entender perfectamente lo que me quiere decir. No lo verbalizo, porque verbalizar ciertas cosas es de aprendices o de subnormales y ni él ni yo somos ni lo uno ni lo otro. Me traslada que la redacción está encantada conmigo, que los jefes están muy contentos y que solo reciben buen feedback de todo el mundo, entre los cuales cita expresamente a Ignacio Camacho, lo que me resulta terriblemente sorprendente. Camacho es una institución en ABC y me resulta milagroso que me lea y le guste. Pery me da confianza y me pide que amplíe mi colaboración a lo que yo quiera, siempre que tenga algo que decir, siempre que haya tema, que escriba y que escriba rápido. Me deja claro que no me circunscriba a la actualidad política y que me adentre en toros, cultura, fútbol y lo que quiera. El periódico necesita ciertas cosas y yo puedo aportarlas. Tardo en digerir lo que me está diciendo, que no es otra cosa que tengo un papel concreto y que ese papel es importante. Otro se arrugaría pero yo ante la presión me vengo arriba, me relajo y empiezo a soltar verónicas. Solo me vengo abajo ante la falta de confianza, nunca ante la responsabilidad ni ante la crítica. La reunión termina dándome teléfonos de todo el mundo y con un abrazo sincero, como si hubiéramos avanzando años en una hora y media.

De allí, taxi hasta CEU San Pablo, donde me reúno con Pablo Velasco, editor y director de El Debate, al que aun no conocía personalmente. Pablo es un tipo amable, simpático, tranquilo y sosegado que me trata con respeto y educación exquisita. Tomamos un café en uno de esas cafeterías modernillas de Moncloa que no soporto y, de nuevo, siento que la conexión personal es grande. De vuelta en San Pablo CEU me siento por primera vez en la vida una estrella del rock: todo el mundo me conoce, todo el mundo me para, me saluda, me da la enhorabuena, me cuenta que me lee, que me sigue, que le encanta lo que escribo. Esto es algo que no esperaba en absoluto, no estoy acostumbrado a que me traten así, como alguien importante. Y menos en Madrid. Y menos en lo más pijo de Madrid. Se amontonan las horas, como se amontonan los libros en la mesilla y los encuentros se suceden satisfactoriamente hasta que, por fin, me encuentro con Armando Zerolo, profesor, columnista y amigo, aun sin conocernos. Armando es un sabio y una persona maravillosa a la que leo mirando hacia arriba, con la admiración que siento un niño por un genio, pero resulta que él me considera del mismo modo y habla de mi y de mi obra como si estuviera ante un acontecimiento literario. No comprendo nada, pero las cañas se suceden y me siento querido, respetado, protegido. Hacía años que no tenía un encuentro de este calibre y solo puedo sentirme agradecido enormemente por este reconocimiento y estos apoyos, no solo en lo literario, sino en lo personal, en lo emocional, si es que en realidad no fuera todo lo mismo. Armando es una persona especial, muy especial y quiero estar cerca de él. Esta amistad recién inaugurada será grande.

Salgo escopetado hacia mi comida con Chapu, Ondarra, Nieto y Santi Molina en un restaurante asturiano regentado por sudamericanos, de modo que comemos una fusión asturiano-caribeña prescidinble. Lo que no es prescindible es la amistad, que ya necesitaba ser celebrada. No conocía personalmente a Ondarra, pero es uno de los nuestros. Tremendamente joven pero con un carácter periodístico que -no me cabe duda- le llevará a un éxito que ya está comenzando a vislumbrar en El Español. Terminanos tomando los peores Gin Tonics de Madrid bajo una lluvia torrencial y de ahí, tras un paseo atravesando Chamberí, en taxi Chamartín. Cuando esperando en la estación, aparece Paloma corriendo para darme un abrazo y despedirse.

Y yo no estoy acostumbrado a eso. Creo que es lo más bonito que nadie ha hecho por mí en años, lo cual me recuerda que mi vida sentimental es una desgracia. Ella solo ha venido a darme un abrazo y despedirse, lamentando no haber podido quedar mas tiempo. Le cuento mi día, mi baño de multitudes multilugar, lo bien que va todo. Y me dice que no le sorprende en absoluto y que le alegra que la gente se empiece a dar cuenta de lo que ella sabía hace años. Como buena amiga, me pone los pies en el suelo, avisándome que no se puede caer en el ego ni en la chulería. Yo le recuerdo que solo le he contado ciertas cosas a ella, que mis pequeños éxitos son privados y que nadie más conoce esto. En definitiva, que vivo como un fracasado para no llamar la atención, para no generar envidias y para que no me tiren piedras los pájaros. Pero mientras habla no puedo cesar de pensar que Paloma y su belleza se han recorrido Madrid para decirme adiós. Solamente para eso. Paso el resto del día tratando de descifrar el día y me quedo dormido en los laureles del hombre que recibe amor y afecto pero al llegar la noche se esconde en una cárcel autoconstruida. La cárcel del que sabe escribir la vida, pero no vivirla.

Viernes, 23 de abril

Fiesta en mi tierra. 500 años de la derrota de los Comuneros en Villalar, tema del que estoy hasta los cojones porque lo he escrito hasta la saciedad. Hoy es el día de los domingueros de la historia, no el mío. Hoy es el día del folklore y del castellanismo de postal. No me interesa y paso el día pensando en todo lo que sucedió ayer. Por la noche, cojo el guante de Pery para escribir cuando tenga tema y lo hago. Recibo tanto apoyo por parte de mi periódico y parte de los lectores como odio, insultos, amenazas, vejaciones, salivazos y rebuznos de partidarios de VOX no muy listos. No digo que todos los votantes de VOX sean tontos, los hay de todas clases, incluidos muy listos. Solo digo que los que me tocan a mi son los más tontos de todos y no entienden ni una sola palabra. Me dan por todos los lados, pero mi periódico está plenamente en mi postura. Ya he dicho que me crezco ante el castigo.

Sábado, 24 de abril

Paso la tarde junto a Manu, Edu, Japo, David y sus respectivas descendencias en La Santa Espina. No hago nada más que comer caracoles, beber vino, admirar la sublime belleza de los Montes Torozos, ver a mi hija jugar y recibir insultos de media España. Todo en orden.

Miércoles, 28 de abril

Veo el nuevo documental de Héroes del Silencio. Creo que es la banda más de verdad que conozco. Sus mierdas, sus egos, esa oscuridad que desprenden las relaciones, las horas en la furgoneta, la escasa épica con la que hablan de su éxito y de su fracaso, su relación con las drogas, la decepción que queda en sus miradas. Es una banda que, pese a tener solo cuatro discos y una trayectoria relativamente corta, dejaron un hueco que nadie ha podido llenar aún. Escuchar muchos de sus temas me transporta a mi infancia y juventud y me invade la nostalgia, me llego a emocionar por momentos, pero no por añorar lo perdido si no porque de algún modo lo revivo y vuelvo a ser ese chaval impresionable. Creo que siempre he tenido una sensibilidad extrema y eso me ha hecho frágil porque vivo esa sensibilidad como un handicap, como algo que me resta capacidad. Me limita.

Jueves, 29 de abril

Hago columnas como quien fríe un huevo. Lleva trabajo, dedico muchas horas a ello, leo, observo, veo temas por todos los lados, me importa hacerlo bien, estoy dispuesto siempre. Pero, con todo, me resulta sencillo. Pero me llama Ortiz y me aconseja que me deje querer, que conviene no cansar, no saturar. Tiene razón, por lo que decido bajar el ritmo.

Viernes, 30 de abril

El director del Aula de Cultura de El Norte de Castilla, Fernando Conde, me cita para tomar un café y conocerme. Me llama ‘maestro’ y me trata como tal, como si estuviera delante de un Premio Cervantes. Me parece excesivo, él escribe realmente bien, lo cual me genera aún más satisfacción. Cuando alguien que escribe muy bien te valora, de algún modo te impulsa, te hacer crecer desde su nivel, te hace sentirte capaz de superarlo, lo cual me interesa exclusivamente porque quiero escribir cada día mejor, no hay un ápice de competición en ello. La cosa es que el café me genera tal euforia que invito a Manu a comer, a tomar una copa y empalmo con una comida con Pitarch y con Fernando en Simancas. Un día que ni las bodas gitanas.

Sábado, 1 de mayo

Paso el día en casa, desfallecido. Me meto en la cama a las nueve de la noche como quien se conecta a un cargador de móvil portátil. Necesito de vez en cuando dormir mucho, de modo excesivo, incontrolable, aislarme y entrar en estado vegetativo. Ese estado de intensa introspección y coma anímico me hace sentir bien y, aunque esos días hay mas sombras que luces, de modo mágico, funciona y me levanto el día siguiente como nuevo. Creo que es agotamiento mental.

Domingo, 2 de mayo

Desde que tengo a Mía, echo mucho de menos a las otras tres gatas que he tenido en mi vida. Las recuerdo mucho, de modo vívido, con un inmenso cariño y mucha pena. Me obsesiona no recordar sus momentos finales, ni qué paso, ni en qué orden ni ser capaz de recordarlas enfermas ni viejas. Me apena profundamente y no puedo separarme de ella en estos días, no he podido dormir pensando en su último momento, para el que quedan muchos años. Con este animal tengo una conexión especial. No se separa de mi lado ni un segundo. La tengo un profundo afecto y me siento muy agradecido a ella. Gracias, Mía. Eres una gran gata y una gran compañera.

Lunes, 3 de mayo

Hoy hace nueve años que mi mujer me dejó y se fue de casa sin más en una mañana cualquiera. Aun no estoy preparado para hablar de las cosas que sucedieron entonces ni de mi manera de recordarlas hoy. Son duras y no creo que le convenga a nadie, especialmente a mi hija. Hay muchas cosas de las que jamás podré escribir. Pero no tengo duda de que mi vida cambió para bien: esa mañana nació un escritor.

Martes, 4 de mayo

Solo tengo miedo a dos cosas: a la cárcel y a que fallezca mi hija. Pero tengo mucho miedo a ambas cosas, absurdamente. Son agobios recurrentes y sin motivo.

Miércoles, 5 de mayo

Hay políticos que merecen la pena. Hoy he conocido a uno brillante, cultísimo, muy inteligente y amable. Hemos tomado algo durante hora y media y entiendo por qué este tipo de perfiles no caben en política. Solo los retorcidos, los mediocres y los oscuros pueden sobrevivir. Esta es la realidad y no aceptarlo llevará solamente a la frustración.

Jueves, 6 de mayo

Comida decepcionante con político. No sé por qué me meto en estos fregados, pero me siento ontológicamente incapaz de decir que no a una comida, un café, un encuentro. Me parece un asunto de educación. Si alguien tiene algo que decirme o quiere conocerme para algo, me parece aberrante y vulgar negarle la posibilidad y cerrarle la puerta de antemano. Pero la realidad es que, la mayor parte de las veces, lo único que logro es perjudicar mi bolsillo, mi hígado, mi paz mental y mi prosa.

Viernes, 7 de mayo

Hacía mucho que no pasaba por una situación de estrés, de preocupación. De algún modo, de miedo. Cuando algo se escapa de mi control y me afecta, me bloqueo, me obsesiono, no puedo seguir, me paralizo. Me pasó con la custodia de mi hija. Se convierte en el único tema que me interesa y no puedo seguir, no puedo hacer nada, no puedo dejar de pensarlo. Hoy me ha pensado algo similar. En esta semana he aprendido que para escribir bien y ser a la vez feliz, es necesario estar aislado de los políticos, de otros columnistas, de periodistas, tertulianos, asesores, gabinetes, de todo el que te quiere conocer, de todo tipo de comida, fiesta, inauguración, tertulia. Leer, escribir, aislamiento, familia, gata y silencio. Todos te quieren utilizar para algo. Y yo he nacido para monje.

Sábado, 8 de mayo

Yo empecé a escribir para que me quisieran. Pensaba que si me conocían, si me escuchaban, me iban a querer. A medida que he ido creciendo como escritor, he recibido reconocimiento, aplausos, apoyos, admiración, elogios…pero no cariño. Es más, creo que he conseguido lo contrario, mostrarme como alguien difícil, extraño, frío, lejano, complejo, incluso soberbio. Hoy por hoy veo imposible que alguien me quiera. Este oficio implica sacrificarlo todo. Si quiero que me quieran tengo que escribir con tono humilde, afectado, sensible, accesible, bienqueda. Es decir, mal. Muchos días pienso en lo que estoy viviendo y en cómo me gustaría poder compartir este camino con alguien, pero me temo que este camino empezó solo y terminará solo.

Domingo, 9 de mayo

Ha llegado el sol. 26 grados en Valladolid. ¡Qué horror, qué grande es la vulgaridad, qué largo es el tedio!

Lunes, 10 de mayo

Me invita Juan Zapatero junto a Chema Nieto a ver la exposición de Los Comuneros en las Cortes de Castilla y León. Salgo asombrado, una exposición muy interesante para un fetichista como yo que cree que los objetos en sí mismos tienen un valor, más allá de su utilidad. El responsable de protocolo pasa por encima de mi y coge a Chema Nieto del brazo para llevarle a firmar el libro de honor, haciéndome un desprecio fantástico y ninguneándome como solo un jefe de protocolo es capaz de hacer. Nadie lee un puto periódico.

Martes, 11 de mayo

Otro año que no me dan el Cavia. Es una pena porque tenía el discurso preparado y era muy bueno. Sin embargo siento una pequeño alivio por no tener que dar un discurso ni pasar por la enorme presión de cenar junto a los reyes.

Miércoles, 12 de mayo

El bisabuelo de mi hija fallece de un infarto en el Mercadona. Comunico la noticia a la niña y la acompaño al funeral. Antes, la instruyo en etiqueta mortuoria básica y ella me sorprende con una entereza, un saber estar, una madurez y una valentía enormes para su edad. Esta niña es especial. Me hace sentir tremendamente orgulloso.

Jueves, 13 de mayo

Es fiesta en Valladolid. Mi hermana Marta nos invita a comer en Mercé por su cumpleaños. Mercé es un lugar que me recomienda Victor, de Trigo con una cocina muy interesante, una propuesta fantástica y un servicio en sala bastante bueno. Sobre todo, tienen clase y mucha voluntad de servicio, de servicio sin comillas ni limitaciones. Saben que están para servir, para servirte, a tu disposición, para hacerte feliz y lo hacen sin un reproche posible, con pasión, con interés, con esfuerzo, sin contemporizar, sin buscar la mejor opción de tiempo/resultado. Las cosas funcionan así, la vida no es una inversión en renta variable y si no estás dispuesto a darlo todo, cueste lo que cueste y lleve el tiempo que lleve, es mejor que no hagas nada. La pereza me repugna, no puedo soportar a quien toma cañas sabiendo que su trabajo no es excelente, no aguanto la supuesta dignidad de quien no lo da todo porque no se lo pagan, porque no le interesa. ¿Qué hay más importante que tu nombre? ¿De verdad alguien tiene que motivarte para hacer las cosas bien, muy bien, siempre y sin que te pongan una zanahoria? Vivimos rodeados de mediocres, de vagos, de gente que viste de dignidad la soberbia, de altanería la vulgaridad, de ‘no quiero’ cuando en realidad es ‘no puedo’ porque ‘no soy’. Lo primero es ‘ser’ y cuando ‘eres’ ya no tienes otra opción que ‘hacer’, es decir, ‘ser’ en el presente, ‘ser’ en movimiento, ‘ser’ siempre, ser sin término, servir a Dios a través del prójimo, servir a Dios a través de tu trabajo, de tu obra, de tus dones, de tu nombre. Todo lo que no sea eso me parece un lujo que no puedo permitirme. Necesito ser excelente como modo de ser humilde. La relajación es soberbia. Hay que morir cada día en cada frase. El resto no me interesa.

Viernes, 14 de mayo

Como con mis compañeros de ‘Rastreadores’, Rafa Vega y Enrique Berzal. Es para mi un honor pasar tiempo con ellos, es gente de la que aprendo y cuyo afecto y respeto siento profundamente. No podría hablar mal de nadie de El Norte, no tengo ningún reproche y esa cabecera me ha dado muchísimo. Solo tengo agradecimiento y un profundo compromiso. Pero del mismo modo, siento que a la gente que hacemos columnas no se nos ve como ‘el periódico’. Parece que ‘el periódico’ es la redacción y el resto somos lapas adheridas a esas letras góticas. Creo que la gente que no somos empleados de El Norte pero que nos partimos la cara por el periódico también somos el periódico. Una redacción es un lugar complicado, lleno de egos, sin muchas muestras de afecto. Del mismo modo que nunca me he sentido agredido ni mucho menos, tampoco me he sentido querido ni un solo momento. Quizá puntualmente por alguien, pero no creo que ningún periódico del mundo sepa tratar a un autor. Incluso puede que esto se vea como una mariconada, como si el reconocimiento y el afecto fueran cosas de niños débiles. Me parece evidente que nadie escribe una columna por dinero, como sí que hace una redacción. Hay quien podría decir, por lo tanto, que una redacción es un grupo de mercenarios sindicados y solo un colaborador externo está verdaderamente comprometido. Yo no lo creo tampoco, pero tengo claro que yo hago un periódico cada día que escribo y me juego el nombre. No pido afecto y el respeto ya lo tengo. Pero echo en falta compañerismo, respeto, agradecimiento, equipo.

Sábado, 15 de mayo

Paso el día haciendo un reportaje para ABC, mi primer reportaje. No comprendo ni como la gente puede hacer un reportaje en apenas unas horas ni cómo son capaces de entregar mierdas por tener solamente unas horas. A mi un reportaje me lleva varios días de obsesión. Es cierto que luego escribo rápido, pero porque hay un trabajo en segundo plano que me obsesiona. Empiezo el día en escritor y lo acabo en escritor, tras recorrer toda mi ciudad. Entrego un buen texto por el que me felicitan. Me gusta más la crónica que la opinión, si bien tiene menos prestigio. Quiero escribir más largo, menos pegado a la actualidad. Una crónica me permite opinión, observación, descripción, recuerdos, ficción, ensayo…Es un registro que le viene muy bien a mis características. El problema es que no le interesa una mierda a nadie. Yo solo leo aquellas cuyo autor me cae bien.

Domingo, 16 de mayo

Tengo la sensación de que ya he dicho todo, de que me repito, de que he vaciado, por fin, el tintero. Me cansa un poco la intensidad de mi tono. Estoy cansado de oírme. Estoy cansándome de mí. Pero es que no puedo parar, nadie me escucharía sino estuviera callado y escribiera. Lo que no sé es para qué. ¿Qué tengo que decir? Mi compromiso no es con ABC ni con El Norte ni con El Debate. Mi compromiso no es ni si quiera con el periodismo no conmigo mismo. Mi único compromiso es con el Evangelio. Con Jesucristo. A veces me pregunto si los creyentes son consciente de verdad de que Cristo está vivo y mirando. Creo que si fuera conscientes de verdad, vivirían sin miedo, sin sensación de soledad y, sobre todo, sin decir las chorradas que uno tiene que oír.

Lunes, 17 de mayo

Me preguntan de nuevo que por qué no me atrevo con una novela larga. En esta ocasión Santi Molina. Le respondo que no me interesa nada lo que escribo cuando es novela. No encuentro un objetivo, no tiene sentido, es solo el pavo real que saca el plumaje. Puedo escribir páginas y páginas maravillosas, pero sin motivo, yo sé que es mentira, no nace de dentro, no quiere decir nada, es artificio. Es como pegar pases a un toro sin intensidad, sin hondura, sin misterio, solo para impresionar a guiris que no entienden nada. No me interesa en absoluto la narrativa para contar historias sin más. Porque las historias no me interesan. Podría escribir interminablemente e impresionarles a todos, pero solo sería un engaño. Necesito introspección, observación, un motivo, buscar la belleza fuera y dentro. Necesito sentir esa verdad, como un poeta. Ese pulso, un sentido, un sentido sincero, con estilo. Un natural, un verso, un paso de palio.

Yo quiero un sentido, solo eso. Cuando encuentre el sentido, escribiré un libro. Pero escribir solo porque sé hacerlo, no. Prefiero el silencio. ¿Por qué no escribes un libro? Porque no tengo nada que decir.

Martes, 18 de mayo

Ha muerto Franco Battiato y no tengo el valor para escarbar en mi y sacar todo lo que tengo que decir. No me atrevo.

Miércoles, 19 de mayo

Leo ‘Miedo y asco en Las Vegas’, ‘Antigua sabiduría gonzo’ y ‘La maldición de Lono’, tres libros de Hunter S. Thompson. Cuando digo ‘leo’ digo ‘hojeo’, digamos que trescientas paginas en total de los tres libros. Me hago una idea de lo que quiere decir, del estilo, del terremoto estilístico. Cojo lo que necesito, lo mejoro, lo integro, lo adapto y, de algún modo, me ilumina en el camino de búsqueda que estoy recorriendo. Pero acabo empachado, cansado, con ganas de vomitar, como si estuviera borracho, drogado, fracasado, vomitado. Es un loco pretencioso y afectado.

Jueves, 20 de mayo

Tengo ya más planes y compromisos en Madrid que en Valladolid. Tengo decenas de comidas pendientes, de gente que me quiere conocer, de cervezas esperando, de cafés en pausa, de invitaciones a jornadas, a mesas redondas, colaboraciones, conferencias, clubes de todo tipo, invitaciones a premios, clases que dar e incluso mujeres con las que quedar no sé muy bien para qué y no me apetece averiguarlo por si acaso no es para lo que espero. Se me amontonan los planes, se agolpan los eventos y tengo la sensación de que podría estar dos o tres semanas seguidas en Madrid sin parar ni un solo día de comer y cenar con personas diferentes. Pienso últimamente mucho si será el momento de comenzar a compatibilizar Valladolid y Madrid. Me estoy perdiendo cosas muy interesantes, muy divertidas y estoy derrochando interminables oportunidades de comer con la gente más interesante de España. Creo que esta temporada, en Madrid, sería inolvidable.

Pero mi trabajo y mi hija están en Valladolid y durante unos años será así. No sé si debo plantearme ya alquilar una habitación y pasar dos o tres días por semana allí, con el único objeto de cumplir con los compromisos. Pero odio los compromisos y cuando me situo mentalmente en una habitación de un piso compartido de Chamberí tengo unas ganas irrefrenables de salir corriendo a Valladolid, de evitar todas esas citas. Soy un misántropo muy sociable. Sé tratar a la gente, soy divertido, me llevo bien con casi todo el mundo y cuando estoy con alguien lo disfruto mucho. Pero el antes y el después es terrible. No soporto ver la agenda llena, compromisos diarios, ausencia de libertad, tener que ser brillante y adorable cada puto minuto. Y solo me apetece meterme a la cueva, aislarme y no hacer nada, disfrutar de la soledad, de la inactividad, de la protección de no tener que darlo todo en cada minuto.

Pero cada vez aguanto menos mi ciudad. Estoy solo, no tengo nada que hacer excepto trabajar, escribir, cuidar a mi hija y a mi gata, que no es asunto menor. La mitad de los días estoy aburrido, cansado de estas relaciones monótonas, rutinarias y decadentes y sueño entonces con la vida que tengo pausada en Madrid, atractiva, frenética, intensa, con personas que me respetan y valoran. En mi ciudad eso es imposible, hay demasiado pasado, demasiado fantasma. Y entonces pienso en huir a Madrid para aislarme de los compromisos de Valladolid y huir a Valladolid para escapar de los compromisos de Madrid. La cosa es huir.

Viernes, 21 de mayo

Yo quería escribir para que me quisieran y he conseguido que me odien. Es el resultado de escribir bien, de decir cosas, de jugarse el tipo en cada columna, de tomarse en serio el oficio. Antes no me conocían y me menospreciaban. Ahora me conocen y me odian. No es mala trayectoria. Pero sé donde termina el camino: en la soledad más absoluta y preguntándome si habrá merecido la pena. De momento la respuesta es sí, claro. No tengo alternativa. No me quieren, pero en la alternativa tampoco. Y puestos a que no me quieran, prefiero escribir que escuchar. Ser que no ser. Nunca hubo otra cuestión.

Sábado, 22 de mayo

Me siento incapaz de hacer feliz a una mujer. Miro a una chica guapa y buena que ríe y siento que esa sonrisa alumbra la calle y la vida. Y pienso en lo infeliz que sería en mis brazos, en lo desdichada que sería a mi lado, siempre después de la escritura, siempre después de mi oficio, siempre después de mi búsqueda de identidad, de mis obligaciones, siempre soportando mi odio a la playa y a las fiestas, mis recursos ácidos de columnista mediocre y siempre soñando en cómo ella podría haber estado delante, antes, previo a todo, como esa luz con la que llenó las calles de alma el día en que aparecí de repente.

Domingo, 23 de mayo

Escribo como un jodido salvaje. Esta semana columnas, reportajes, crónicas, contracrónicas, coberturas de Moncloa, de deportes, temas locales, nacionales, internacionales y hoy, por la mañana, hago dos columnas como podría hacer catorce. He alcanzado una maestría y una velocidad que solo llegan con cierta irresponsabilidad y quitando trascedencia al acto de publicar. Tengo tres artículos en portada de ABC y, lejos de importarme cada vez más, cada vez me importa menos. Sobrevuelo las cosas, soy más ligero, persigo la falta de intensidad, de importancia, la falta de gravedad. Una cierta desgana. No solo me protege, también mejora los textos.

Lunes, 24 de mayo

El hecho de tener una niña y tener su custodia compartida desde que no tenía aún ni dos años ha supuesto que tenga que dar explicaciones diarias para no hacer cosas. Paso la mitad de mi vida solo con una niña y esos días no puedes viajar, no puedes ir a un evento, no puedes ir a conferencias, inauguraciones, presentaciones, cenas, comidas, no puedes ir a una reunión, no puedes hacer un reportaje, no puedes alargarte en nada porque hay que ir a llevarla al cole, a recogerla, a hacer la comida, a dar la comida, a recoger todo, a llevarla a la extraescolar, a recogerla, a preparar la merienda, o la cena, o bañarla o ayudar con los deberes, o dormirla cuando no puede. Cojo vacaciones para poder cubrir sus vacaciones, es decir, para estar con ella medio julio, medio agosto, media Navidad. Todo esto ha supuesto que durante años tenga que decir ‘no’ de modo constante. Pues bien, nunca jamás he encontrado a nadie que no lo entendiera. Todo el mundo entiende la situación, la acepta, la valora, es más, me dicen siempre que «la niña es lo primero» y nadie presiona. Ni hombres, ni mujeres, ni jefes, ni compañeros, ni en publicidad, ni en periodismo. Solo he encontrado apoyo por parte de todo el mundo.

Martes, 25 de mayo

Hablo con Chapu y veo en su cara el miedo, la presión, el desgaste. Creo que necesita vacaciones. Y le comprendo perfectamente. Sentimos miedo, pavor, pánico diario ante la obligación de ser cada día brillante y además de serlo en todo, en la columna, en la radio, como padre, como trabajador. Es un desgaste terrible. Somos como Sísifo, cada día subimos una piedra y hacemos cumbre, pero en ese mismo momento la piedra cae y empezamos a subirla de nuevo, sin descanso. Creo que Chapu tiene que descansar, dormir, apagar el móvil e irse de vacaciones. Me dice que si te tiras veinte años enfrentándote a cada columna como si fuera la última acabas loco, hay que relativizar. Pero hay algo en mí y en todos que no nos lo permite. El miedo, en realidad, es a hacer el ridículo.

Miércoles, 26 de mayo

Paso el día entero en casa mientras me cambian todas las ventanas e instalan unas nuevas con mosquiteras, para poder abrirlas sin que la gata se escape. Finjo que odio tener que estar encerrado sin salir de la habitación junto a Mía, pero paso el mejor día de mi vida. Cuando los instaladores terminan, abro las ventanas y la gata descubre un universo de sonidos que jamás había oído: la calle, el mundo, los coches, los pájaros. Ahora puede oler el sol. Intento imitarla, pero no lo consigo. Soy un mísero bípedo de limitado olfato rendido ante un rayo que muere en mi pómulo.

Jueves, 27 de mayo

Empiezo régimen. Paso muchas horas sentado, trabajando y escribiendo, apenas tengo actividad física y no puede ser. Tengo que adelgazar y me quito los hidratos. Tengo mucha fuerza de voluntad para controlar la comida, pero no tanta disciplina para realizar ejercicio físico diario. Y menos en verano. Es sobre todo un asunto de tiempo y de agenda. En cuanto cambio el chip entiendo que el hambre es bueno, que es soportable, que no necesitamos tanto en realidad, que el cuerpo tira de reservas y que de eso se trata. Y entonces simplemente lo hago. Podría estar sin comer nada sin ningún problema hasta las nueve de la noche, que es el momento en el que realmente tengo hambre. No ansiedad, no hambre metafórico, no gula ni apetencia, no. Hambre. Canino.

Viernes, 28 de mayo

Viene a visitarme Santi Molina, que piensa en francés aunque es malagueño. Santi me trata como si fuera una estrella y, de hecho, dice abiertamente que soy una estrella, una puta estrella del rock and roll, el mejor columnista de España y demás exageraciones. Pero dice que es que además me muevo como una estrella, sobre todo en los bares y restaurantes. Es curioso, yo creía que me movía como un señor mayor ante un examen anual de próstata. Pasamos un día fantástico, me pregunta muchos detalles sobre mi vida, como si quisiera hacerme una biografía y entre conversaciones de filosofía, columnismo, comunismo, mujeres, amigos comunes y Dios, acabo con una borrachera interesante mientras él carga con su juventud y su dignidad y vuelve a Madrid como quien vuelve del baño a la cama.

Sábado, 29 de mayo

No me gustan las amistades intensas. Me gusta la amistad superficial, educada, con afecto pero sin demasiada confianza, con admiración, con distancia, con barreras incluso físicas, con ciertos limites. No puedo soportar que se de por hecho que tengo que avisar de todo lo que hago, que tengo que contar con todo el mundo para todo, que se vean con el derecho de preguntarme por qué voy o no voy a tal sitio, qué planes tengo, motivos, razones, justificaciones. No aguanto la falta de respeto que da la excesiva confianza. Yo doy mi vida por ti si hace falta. Pero no me pidas que cargue contigo como si tuviéramos doce años y fuéramos los mejores amigos. Yo estoy solo, camino solo, vivo solo y decido solo, aunque no esté solo ni un segundo. Soy un señor de los de antes. Exijo respeto y distancia.

Domingo, 30 de mayo

Escucho a Jabois decir que no hay nada mejor que ver la agenda vacía una semana, mirar el calendario y ver que no hay viajes, ni reuniones, ni tertulias, ni inauguraciones, ni has quedado con nadie para comer, ni nadie quiere conocerte, ni hay entrevistas, ni cenas ni nada más que la vida normal. Es una oportunidad para quedarse en casa, escribir, dormir, ver una serie, leer, dar un paseo, escuchar un podcast, tomar un vino. Le comprendo perfectamente, lo cual me hace pensar que no soy tan huraño como dice P., sino que es algo de columnista, una enfermedad profesional, digamos. También dice que luego disfruta mucho con esas comidas, con esa gente, con esas cenas, con esas entrevistas, y me pasa lo mismo. Disfruto mucho todo. Pero me agobia mucho la previa, me hace infeliz profundamente tener cosas que hacer y gente que ver.

Lunes, 31 de mayo

Paso un día terrible al ser invitado por Juan Ramón Lucas para participar como tertuliano en La Brújula, de Onda Cero. No consigo hacer nada en todo el día, no logro concentrarme, ni hablar con nadie ni nada que no sea escuchar todas las tertulias del mundo, especialmente La Brújula, y estudiar todos los periódicos al dedillo. Voy armado con diez folios de ideas. Hay que trabajar mucho para parecer que improvisas. Cuando llego me encuentro con un auditorio de lleno, el presidente de la Junta de Castilla y León, consejeros, asesores y periodistas de la casa, todos los cuales me saludan y dan la bienvenida al programa, entusiasmados por mi presencia. Hace más calor que en una peluquería de señoras, casi me da un ataque de pánico, casi me dan siete infartos y finalmente todo pasa con normalidad, incluso apaciblemente. Consigo intervenir en varias ocasiones y siento que Rastreadores me dio armas para lidiar guerras mas importantes, como esta. Juanra está satisfecho y me voy con la sensación de que puedo entrar como fijo en su tertulia en la próxima temporada.

Nos llevan a cenar a un hotel de cinco estrellas y coincido en la mesa con Graciano Palomo y Chapu Apaolaza. Graciano es un tipo fantástico que confirma las sensaciones que me dio en la tertulia: es amable, generoso, me apoya, me ayuda, me trata con respeto y es alguien profundamente culto a la vez que profundamente campechano, de mi tierra, castellano. Eso sí, es un sabueso, tiene olfato y conocimientos para exportar. Paso junto a él y a Chapu -que es mi amigo- una cena inolvidable que termina a las 2:00 a.m. Termino el día exhausto y no consigo dormir por la tensión acumulada.

Martes, 1 de junio

Graciano Palomo me despierta diciéndome que huele el talento y que yo lo tengo.

Miércoles, 2 de junio

Me invita a comer Garabito como agradecimiento por el prólogo de la quinta edición de ‘Amapolas Comuneras’. Como siempre, acabamos fantaseando y tratándonos como estrellas. A veces siento que Guillermo tiene dentro de sí una necesidad de poder, de influencia, de protagonismo social, de relevancia. Es curioso porque yo huyo de todos esos conceptos como del agua hirviendo, no los soporto, me cansan, me aburren, me parecen denigrantes. El verdadero poder es pasar desapercibido, huir de la corte de aduladores, de los interesados, de la vida social y de sus miserias. Solo quiero independencia, es decir, el poder para ser libre. La libertad es un concepto vacío. Para hacer lo que quieres es necesario ‘poder hacerlo’. Es decir, si buscas libertad, enfócate en tener poder. Pero el poder en si mismo no sirve de nada. El poder y la libertad se encuentran en el concepto independencia, que es poder para ser libre, para no depender de nadie y yo esto lo tengo muy desarrollado, como toda mi familia. Necesitamos independencia, no puedo verme obligado a hacer cosas, no puedo sentir compromisos sociales, marcos mentales, cosas que hay que hacer, gente que hay que saludar. Simplemente no puedo. Huyo de todo encuentro no buscado, necesito estar solo, sin más agenda que la que yo quiera tener. En eso somos muy diferentes. Pero confluimos en el amor por el columnismo y en la vocación extrema. Cuando hablamos de amor, de Dios, de literatura, de estilo, de la vida -es decir, cuando se abre- Guillermo tiene una conversación memorable. Cuando todo gira entorno a nombres, cotilleos, ofertas, rumores, movimientos, dinero y, en definitiva, entorno al ego, intento no entrar y simplemente escuchar. Yo solo quiero escribir, no me interesa la vida literaria. Hablando de este tema, todos los columnistas están deseando un encuentro, unas jornadas, un congreso de columnismo, con la única intención de verse y emborracharse juntos. Pero solo Guillermo puede asumir ese liderazgo, es algo que he sentido en cada conversación que he tenido con Nieto, con Chapu, con Soto Ivars, con Úbeda y con tantos otros. Es complicado, si metemos a instituciones, se pierde autenticidad, Si las quitamos, se pierde dinero y esto tiene coste, hace falta desplazamientos, comidas, cenas, catering y una cierta logística. En cualquier caso, es algo que hay que abordar antes o después y estamos llamados a ello.

Jueves, 3 de junio

Como cada día que Lucía no duerme conmigo, voy a casa de su madre para llevarla al colegio. Y baja enfadada, llorando, tras haber discutido con su madre. Me machaca ver a mi hija triste y desesperada, pero no consigo encauzar la situación del todo y acabo discutiendo con ella por no saber sobreponerse y ser algo más cínica. Creo que la pido demasiado, a eso se aprende más tarde. Pero es labor de un padre explicar que aunque no depende de ti lo que sucede, sí depende de ti como te enfrentas a ello. La alegría es una decisión personal y yo soy feliz por el hecho de respirar, de ver el sol, de pasear, de estar vivo. Pero no puedo exigirselo a ella. Una cosa es que yo haya aprendido a vivir pasando de su madre y otra cosa es que ella pueda y deba hacerlo. Por la noche le llamo para decirla que la quiero, que es fantástica, que estoy orgulloso de ella y que nunca olvide que estoy orgulloso de ella y que la quiero. No sé cómo lo expreso pero me llaman a los cinco minutos porque la niña está llorando pensando que me he despedido de ella para siempre. Está claro que hay días en los que no llega a amanecer. Y que me expreso como el culo.

Viernes, 4 de junio

Me he tomado la mañana libre y ha sido una gran idea, he pasado un día maravilloso. Hacía años que no tenía un día libre del todo, sin trabajar, sin escribir, sin reuniones, sin citas de ningún tipo. Y lo necesitaba, estoy bastante saturado en general, un poco cansado de mí mismo, cansado de concentrarme, de escucharme. Si esto de no tener nada que hacer y dimitir de todo sucede durante el fin de semana, me sume en una ligera tristeza, pienso que cuando todo el mundo está libre, yo estoy solo, es decir, que cuando no estoy solo es por imperativo, por trabajo, por algún interés. Cuando todo el mundo está con quien quiere, no es conmigo. Y eso es, al fin y al cabo, otra rutina diferente, un tedio pasivo. A mí me gusta el tedio activo, es decir, no hacer nada mientras la ciudad está a pleno rendimiento, entragada a sus quehaceres. No hacer nada mientras el resto sí que lo hace. Y así me he despertado a las 8:00, sin despertador, me he duchado, me he puesto unos vaqueros, una camiseta negra y las gafas de sol. Me he disfrazado de mí mismo. Y he dado un largo paseo en un día de recuerdo cantábrico, los 15º de Comillas los días de Agosto que amenazan lluvia, no hay playa y disfrutamos poniéndonos manga larga, dando un paseo por Cóbreces o por Santillana, comiendo un cocido montañés y recorriendo esas calles de piedra resbalizada y musgo triste, cansado de tanto sol. Así que hora y medio caminando con ese olor a salitre que viene del norte. Y me he metido en el Patio Herreriano, donde me ha sorprendido Val del Omar y, sobre todo, una exposición de Piedad Isla con fotografías sobresalientes de la Montaña Palentina a mediados del pasado siglo. Esa mirada me ha llegado mucho, aunque creo haberla visto antes en Palencia cuando trabajaba en el estudio de Fran Encinas. Es una mirada moderna, poética, muy artística, costumbrista, pero nada triste, muy europea, entre Dickens y Flaubert, una fábrica de sensaciones que me han inspirado muchísimo. Es verdaderamente buena. Posteriormente he entrado en la Feria del Libro, pero he huido al ver el horror de la comitiva inaugural, políticos, cámaras, redactores, satélites, parásitos, asesores y otras metástasis. Y me he tomado un par de vinos a la sombra de un árbol. No se puede describir la calma que produce el clima templado y la rutina ajena. Y en medio de esta paz, ha llegado Ricardo Franco a proponer una cena con Armando Zerolo, Pablo Velasco y Luis From The Tree, que acepto inmediatamente. Ricardo será mi editor cuando escriba algo. Es más, será mi apoderado, mi productor musical y mi maestro. Quiero hablar con él para entender qué quiero hacer. Sostiene que tengo que hacer lo que me salga de los cojones y solo escribir si siento la necesidad y la urgencia de hacerlo. Eso me hace pensar que una temporada a su lado me hará entender qué quiero hacer y por qué quiero hacerlo. Y al comprenderme, me sabrá guiar de alguna manera hacia mi obra, que me espera como yo la espero a ella.

Sábado, 5 de junio

Soy la única persona de la ciudad a la que no han invitado a participar en la Feria del Libro. Quien más, quien menos, todos presentan una novela, moderan un debate, participan en un coloquio, dan un taller, amenizan con su piano un encuentro, enseñan a los niños a ilustrar, anuncian una novela, firman libros o participan en una mesa redonda, aunque sea para realizar una felación al político de turno por debajo de ella. Si me invitaran escribiría aquí lo poco que me apetece y el gran sacrificio que me supone ir a lo que sea, pero me llama la atención profundamente que ni si quiera me inviten, que no me consideren como una de las 35.000 personas más relevantes del mundo de la escritura de Valladolid. Es acojonante. ¿Qué tendrán en la cabeza?

Domingo, 6 de junio

Este verano quiero ir a Toledo y a Granada. Valoro pasar un par de días en San Sebastián, a ver a mi ahijado Jon y otro par quizá en Málaga, con la niña. Alguna escapada a Madrid y quizá otra a Burgos. No tengo más planes, lo que realmente me apetece es salir de España, a donde sea, pero la situación es complicada. No soporto la idea de pasar quince días en la playa tocándome las narices. A mí no me gusta tocarme las narices. Es cierto que tampoco me gusta trabajar como un esclavo durante 16 horas al día, pero creo que hay un punto medio, lo óptimo es procurarse una rutina agradable, trabajar todos los días, descansar todos los días y disfrutar todos los días teniendo en cuenta siempre que no es normal dejar de trabajar y pasarte un mes como un holgazán. Lo normal es trabajar cada día, pero no mucho. No creo que el ser humano esté diseñado para el ocio extremo y creo que ese el origen de muchas enfermedades mentales, la esperanza del ocio como base, la neurosis del que piensa que no hacer nada es lo normal, nuestro estado natural y trabajar un mero accidente. Es al revés: nuestro estado natural es estar en una cueva o una casa, cuidar del ganado cada día, ir a por agua cada día y defenderte cada día de los enemigos. No trabajar en absoluto durante un día es una perversión intelectual, moral y afectiva. Y menos para irse a la playa a hacer el paleto y el dominguero con unas chanclas y la cara roja del puto sol a cientos de kilómetros de tu hogar. Hace años que no estoy un día sin trabajar, aunque sea una hora. Y estoy mejor que nunca.

Lunes, 7 de junio

Da igual que te comportes como Teresa de Calcuta. Si te va bien, eres arrogante y soberbio. Es imposible salir de ahí más que actuando siempre con caridad cristiana, aceptando la situación y callando mucho. Es terrible la inmoralidad con la que se trata al éxito.

Martes, 8 de junio

Quedo con un asesor de un político muy relevante, de un primer espada nacional y salgo espantado. Me dice que creía que era un poeta y se ha encontrado con un tecnócrata. Adviértase que, al decir eso, él se autopercibe como poeta. Y que ve la tecnocracia como un desprecio. Yo la poesía la dejo para mi vida privada, espero que los políticos sean fríos, técnicos, que se marquen objetivos, que trabajen para llegar a ellos y que se dejen de chorradas justo para que haya un marco de estabilidad y prosperidad que permita que yo me dedique a hacer poesía, a ser un bardo y a follar. Vamos, que poesía yo y cuando quiera. Ellos a currar como burócratas. Las personas que quieren poesía de sus políticos es porque no la tienen en su día a día. Es decir, la pulsión de trascendencia, la gente brillante la tenemos dentro. Y la gente mediocre que no la tiene, la busca fuera, en sus políticos.

De cualquier modo decido hoy no quedar con todo el mundo que quiere quedar conmigo, es cansado, decepcionante y además no creo que me beneficie. Yo hablo con mis textos. Y quedo con mis amigos.

Miércoles, 9 de junio

Quedo con Rubén Raedo para tomar un café a las 12:00 y terminamos tomando copas toda la tarde. Rubén vive ahora en Medellín y cuando viene a España me llama. Es uno de los tipos más brillantes y divertidos que conozco y una de esas personas con conversación interminable, con la que las horas pasan como si fuera todo un juego y todo fluye con cierta frugalidad, con profundidad pero sin afectación, como si los referentes y los conceptos fueran los mismos y los tuviéramos igual de trabajados. Luego llega su mujer, una ingeniera colombiana, que nos aguanta y soporta. Daría la vida por una mujer que no fuera española, sin esa mala hostia que se gastan, esa soberbia, esa educación de princesas del pueblo, esa chulería, como si fueran la parte valiosa y fuera tu obligación hacerlas felices. No las soporto. A las sudamericanas (cultas), sí. Es otra manera de ser, mucho más dulce, menos demandante. O sea, demandan amor, sexo, dinero, como todas. Pero no demandan obsesivamente atención. Hay días como este en los que todo es fantástico.

Jueves, 10 de junio

Avanza la feria del libro, esa concentración de progres semifracasados. No soporto la pose de la cultura progre, como apropiándose de ciertos conceptos. A ver, la cultura es libertad, es lo contrario de hacer reverencias a sociatas y lo contrario a hacer la conga con el público que se autopercibe como élite. Odio eterno a la cultura local. Gracias a Dios ellos también me odian eternamente a mí. Pero yo escribo mejor. Por eso ni tengo hueco ni lo tendré jamás.

Viernes, 11 de junio

Quedo con Juan Fernández-Miranda, director adjunto de ABC y la conexión es inmediata. Me lleva a un club privado en la Plaza de Santa Ana y tomamos dos cervezas como pudimos tomar catorce. Juan tiene mi edad pero parece más joven, tiene la energía de un chaval, la curiosidad de un adolescente, la manera de moverse de un novillo, la hiperactividad de universitario, pero la inteligencia y la clase de un anciano. Brilla. Juan es luminoso. Me dice que soy mejor que Gistau, que no haga ni caso. Y que he entrado por la puerta grande, que necesitamos ese orgullo que yo aporto y que incluso hay gente picada que se está poniendo las pilas por mi llegada. Tengo la sensación de que estar recogiendo en unos meses el fruto al trabajo de años, de estar recorriendo ahora fisicamente un camino que he recorrido ya intelectualmente hace mucho, de estar sacando la cabeza tras haber crecido en la alcantarilla. En este oficio no hay más que envidias y trepas. Pero también hay gente como Pery, como Juan, como Ortiz, como Quirós, como Pablo Velasco. He tenido una suerte enorme por tener el afecto y el respeto de los mejores.

Por otro lado, también hay gente como Hughes que me tilda de desfachatez. Cito literalmente: «Cuando se produce un crimen como el infanticidio de Tenerife nos enfrentamos, colateralmente, con una serie de ejemplares de la desfachatez. Está el periodismo amarillista, muy criticado pero que casi ya es lo más leve; aparecen también los periodistas-papás que tratan de poner la nota lacrimógena informándonos de cuánto quieren a sus niños.»

Pero podría ser peor. Podría ser como él y aprovechar la muerte de dos niñas para hacer política.

Sábado, 12 de junio

Hoy torea Morante a las 20:00, tardísimo. Quedo con Picón, Juan Diego y Fran Encinas para tomar un vermú, para comer con mucho vino y para tomar muchos Gin Tonics hasta la hora de la corrida, lo que hace que vayamos pedo y no la recuerde bien. Bueno, miento. Recuerdo discutir con una acomodadora que me impedía subir una copa a mi sitio un minuto después de habérmela servido. Y de indignarme con el público por regalar orejas populistas a Manzanares. Vamos, que entre el enfado y el alcohol me voy en el quinto toro y decido ir al Casino, donde gano una cantidad ingente de dinero. Dios aprieta pero no ahoga.

Domingo, 13 de junio

Me despierto y voy a buscar la cantidad ingente de dinero que gané y no la encuentro por ningún lugar. Remuevo toda la casa presa del pánico, sudando como un pollo, pensando en si lo pude perder, regalar, si lo doné o si lo escondí. Mi gata no para de maullar viéndome en una actitud extraña y, tras media hora de pavor, lo encuentro debajo de un libro de Baudelaire. Se ve que anoche decidí -bien- dejarlo fuera del alcance de mi gata y fuera de la cartera porque no cabía tanto billete. Se piensa mejor borracho, lo tengo claro. Sobrio solo hay dudas y culpa. La cosa es que casi pierdo el tren que me lleva a Madrid con una resaca como un piano a cubrir para ABC la manifestación de Colón contra los indultos del gobierno a los presos golpistas catalanes. Paso el día como puedo, con ansiedad, dolor de cabeza, mucha sed y muchísimo dinero. Y hago una crónica bárbara. Justo cuando entrego me levanto del bar en el barrio de Salamanca y me encuentro con Jesus Nieto Jurado con media sonrisa y dos botellines de cerveza fría esperándome. Nos tomamos cuatro y huyo despavorido a Valladolid a descansar por fin, con lagunas de los últimos días, con billetes por toda la casa, totalmente deshidratado y un Cavia a las puertas.

Lunes, 14 de junio

Mi hija tiene que llevar gafas. Las compramos a la primera, está preciosa. Brindo por mi buena suerte y me escondo en la cueva a recuperarme.

Martes, 15 de junio

Yo recuerdo exactamente el día en que la perdí. Fue un instante, hubo un momento concreto y además me acuerdo perfectamente de ello. De repente se perdió todo, simplemente se acabó y cuando digo que se acabó digo que se acabó, se extinguió, se murió todo delante de mi cara, en el medio de una conversación, sin procesos ni degradados. Y entonces se le cambió la cara y yo supe que era capaz de todo, absolutamente de todo, vi la crueldad con la que una mujer trata a un hombre cuando deja de importarle. Yo jamás pensé que pudiera hacer todo lo que hizo. Y, aunque ha pasado mucho tiempo de aquello, no dejaré de sorprenderme por ello. Ni de recordarlo cada día de mi vida. Pero también recuerdo tenerla encima, desnuda, me quería, yo sé que eso fue cierto, y cuando mis manos agarraban su culo me sentía poderoso, en la cumbre, y no por ella, que era lo de menos, si no por la imagen que yo tenía entonces de mí mismo.

Miércoles, 16 de junio

I

Empiezo a valorar seriamente pasar a partir de septiembre un par de días a la semana en Madrid y un par de días en Valladolid, coincidiendo con los días que tengo a mi hija. El número de compromisos empresariales, profesionales, literarios, periodísticos, personales y faranduleros se están disparando. Por una parte me apetece mucho, estoy accediendo a un tipo de personas a los que no se accede normalmente. Además estoy muy cansado de Valladolid que, si bien en una ciudad muy cómoda, me hace aislarme, mi vida aquí es monótona y tengo ya a poca gente cerca disponible. La vida avanza. Pero la vida madrileña también me da cierto pudor, no tengo ya edad para tanta intensidad emocional. Y luego está el tema del domicilio, no tiene sentido alquilar una casa por 1000 euros y la opción hotel me hace estar siempre de paso y obviando los fines de semana, que los pasaría siempre en Valladolid. Y la gata, claro. No puedo llevarla y traerla y no quiero que esté sola. Hay una decisión por tomar, pero no sé tomarla. Todo este diario es la solitaria voz de un hombre que, a pesar de todo, no está solo. Es decir, la de un hombre libre que en realidad no lo es.

II

En una semana he dicho no a una colaboración en prensa y a otra en televisión. Hubo una época de decir sí a todo y ahora llega la de decir no a todo. Hasta quedarme con lo mínimo. Y pensar en el libro.

Jueves, 17 de junio

No concibo mayor placer que despertarme un día lluvioso, mirar la agenda y ver que no tengo ni reuniones ni comidas ni cenas, ducharme, dar un largo paseo y volver a casa a encerrarme a trabajar junto a mi gata mientras hago la comida a mi hija.

Viernes, 18 de junio

¿Cuál es el secreto para escribir mucho y bien? Solo hay uno: no tener una mujer demandando atención constantemente.

II

Celebramos el cumpleaños de Lucía con sus amigos, uno de los peores momentos del año para un padre tímido, misántropo y tendente al aislamiento como es el caso. Pero, como cada año, acaba siendo una tarde fantástica. Los momentos previos a un acto son una mierda llena de mil posibilidades de caos. Pero la realidad, habitualmente es más benévola. Me pasó lo mismo con la comunión. Desde el día en que me divorcié tuve pesadillas con ese día de encuentro de dos familias muy distanciadas. Pero resultó un gran día en el que todo el mundo estuvo a la altura y mucho más que eso. En el caso del cumpleaños, además, hora y media de conversación con la madre de Lucía mientras los niños hacían un circuito de escalada y aventuras. Me encanta ver cómo, al otro lado del silencio, hay una persona y me sorprende ver cariño, respeto, alegría por mis éxitos, generosidad y afecto. A pesar de todo, somos un equipo, un equipo de mierda, fracasado, roto, un equipo perdedor, un equipo desequilibrado, sin táctica, ni estrategia ni nada. Pero un equipo a pesar de todo, un equipo en el que no confundimos lealtades, intereses y objetivos. De algún modo actuamos como profesionales, como socios en una empresa que funciona, como compañeros de trabajo que se aguantan porque, a pesar de todo, se forran cada día que el negocio abre la persiana.

Un día de 2007, sentados en la cama, decidimos que ella abandonaría Madrid para estar en Valladolid, junto a mí y mi trabajo. Decidimos que ella opositaría para dar seguridad al proyecto y yo lo intentaría en lo privado para dar ambición. Todo salió bien, todo salió tal y como estaba previsto, la oposición, la empresa privada, la boda, la niña. Todo salió perfectamente excepto lo importante, que se fue a la mierda. Y cuento esto porque, a pesar del desastre, a pesar del olor a podrido de los cuerpos por dentro, a pesar de las sombras y a pesar de la escarcha, tengo un compromiso por aquel plan y por aquella chica guapa que, sentada en el colchón, un día creyó en mí. Ella sigue dando seguridad. Y yo seguiré dando todo lo que pueda mientras pueda erguirme. Todo lo que pueda, es decir, todo. Menos amor.

Sábado, 19 de junio

Me aburro mucho, me encuentro fuera de lugar en todas las situaciones, no quiero estar en ningún lugar, con ninguna persona, no quiero fingir ni quiero someterme a la educación, no quiero discutir ni opinar, no quiero dar mi opinión, no quiero escuchar la opinión de nadie, no voy a nada, no acepto nada, no quiero luchar la batalla diaria de ganar o perder, de quedar bien o mal, no quiero beber, no quiero agradar a todo el mundo que quiere quedar conmigo cada puto día para hacer cosas. Estoy cansado, necesito relaciones frías, respetuosas, sin confianza, sin expectativas, sin presiones.

Pero estoy en mi mejor momento. Y no sé hasta cuando durará, vivo con la incertidumbre del futuro. Sé que esto pasará, sé que vendrán tiempos peores. Ya han venido antes y estoy preparado para la hostia. Pero pienso disfrutar de todo lo que está pasándome. Aunque sea en silencio y escondido.

Domingo, 20 de junio

Pery me da el contacto de Julian Lacalle, de la editorial Pepitas de Calabaza. Podría haber interés en mí. Le explico que tengo un plan para hacerle millonario, pero que a cambio necesito que confíe en mí, que le guste mi estilo y pensar toda la carrera de antemano. Ejecutarla es lo de menos, es fácil. Lo difícil es imaginarla. Me llama y me comunica que quiere comenzar con una antología de columnas, como hizo con Jabois, como carta de presentación. A Jabo no le fue mal, desde luego, usando esta misma estrategia, pero yo le digo que también quiero sacar mis diarios, que parece no interesarle, aunque los va a leer con atención.

Lunes, 21 de junio

Compra compulsiva de libros. Me hago con la trilogía de la reconquista, de José Javier Esparza, formada por los libros ‘La gran aventura del Reino de Asturias’, ‘Moros y cristianos’ y ‘Santiago y cierra España’, cada uno de los cuales narra más o menos dos o tres siglos. Tenía ya el primero y es fantástico por lo que, en realidad, lo que he hecho ha sido completar la colección. También me hago con ‘Memorias’, de Tony Blair, que creo que está usando Iván Redondo como base para negociar con sus socios golpistas y puede venirme bien para anticipar sus movimientos, de cara a las columnas. También compro ‘Los papeles de Herralde: una historia de Anagrama 1968-2000), que recoge la correspondencia de Jorge Herralde durante esos treinta y dos años. ‘Nietzsche: la vida como literatura’, de Alexander Nehamas, que he visto recomendado en algun otro libro que no recuerdo. ‘Diálogo con mi sombra. Sobre el oficio de escritor’, de Pedro Juan Gutiérrez. ‘Tristam Shandy’, de Laurence Sterne. ‘Emocionarte: la doble vida de los cuadros’, de Carlos del Amor y ‘Los años extraordinarios’, de Rodrigo Cortés. Vuelvo a casa como un sherpa, casi no puedo moverme.

Aparte, sigo con el ‘Dietario voluble’, de Enrique Vila-Matas, que más allá de su interés habitual, me toca los cojones de vez en cuando por sus comentarios enlatados de oyente de la SER.

Hay lecturas para rato, pero soy caótico.

Martes, 22 de junio

Hago la selección de columnas para Pepitas y las paso putas. Releerse es insoportable, un empacho de vergüenza ajena, sobre todo cuando me enfrento a las primeras columnas, allá por 2013. Selecciono muchas de El Norte, algunas de ABC y El Debate y meto tambien una de El Pais y de El Español, para que también tenga presencia. Por último elijo las que valen la pena de mi blog, que, para mi sorpresa, no son todas lamentables. Hay bastantes salvables. Se lo paso a Julián junto a los diarios, esperando noticias.

Miércoles, 23 de junio

Hoy es la noche de San Juan, una de mis noches más odiadas del año junto a Carnaval y otras horteradas de este estilo. En concreto, La Noche de San Juan reúne todo lo que odio. Todo. Solo falta que se disfracen, porque batucadas doy por hecho que no faltarán, y además lo harán mientras saludan al fuego y beben cosas con pajita. La noche de San Juan tiene algo de podemita empoderada con el pelo rosa, un trujas en la mano y que da la turra con las tradiciones paganas y la herencia celta. Es el Halloween del verano, el populismo de las noches, el Telecinco de las tradiciones, el Puigdemont de los solsticios. Lo debería presentar Pedroche. El agua del mar, la arena de la playa, el fuego de la hoguera y el aire que respiramos. Los cuatro elementos. Cinco contigo y con tus chanclas. Y luego el coñazo ese de que la hoguera quemamos lo malo, lo que nos sobra, lo que queremos dejar atrás y una foto de Jordi Cuixart. Y llegamos a casa renovados por completo, con los pies como un zíngaro y un poco oliendo a chorizo a la brasa y a calimocho. Pero eso si, purificados. Not my cup of tea.

Por otro lado, Lucía termina el curso con notas prodigiosas y se va hasta el domingo con su abuelo materno a Hospital de Órbigo, en León, a hacer el cofre con la bici, la huerta, el río y demás elementos de felicidad para una niña de casi once años.

Jueves, 24 de junio

Voy a la Casa de Cervantes a una conferencia de JM Nieto, viñetista de ABC. No suelo ir nunca a nada de lo que me invitan, pero a lo de Nieto voy casi siempre. Es mi amigo, es mi compañero de ABC, es buena persona y es mi vecino. De cualquier modo, justo cuando empieza la conferencia me llama Armando Zerolo para hacerme consultas importantes, y me deja K.O. y muy preocupado por la situación política. Más allá del contenido, Armando me viene muy bien porque me abre la cabeza, es muy inteligente, catedrático, intelectual de verdad y me aporta visiones que de modo natural no tengo. Esto me bloquea de cara a escribir porque se me van las certezas y con dudas no hay quien escriba. Paso el resto del día con Juan Ángel Méndez y Rubén Raedo y no se me va de la cabeza la conversación con Armando.

Viernes, 25 de junio

Termino en El Debate de hoy con la sensación de deber cumplido, de haber sido una firma importante en el medio, de haber aportado, de haber sumado, de haber hecho amigos y un profundo sentimiento de agradecimiento por haber confiando en mi. El texto que entrego tiene bastante éxito. Me queda un sentimiento de despedida agridulce. Por un parte cierta pena, por otra cierto alivio. Uno no es el mismo en cada medio, la manera de enfrentarse al texto es diferente, se pretende ‘agradar’ a públicos diferentes, se lidia con problemas diferentes, se eligen temas difetentes, tonos diferentes y esto cansa mucho. En el fondo agradezco centrarme en el tono ABC y El Norte para los temas locales, que son los mejores. Hay que huir del gran tema, de la política, que suele estar sobado y que saca lo peor de mi. Los temas frugales, anecdóticos, las miradas furtivas son germen de columnas literariamente potentes. Aunque voy a echar de menos el esfuerzo intelectual que me obligaba a hacer El Debate. Dejo amigos y una buena experiencia. Vale.

Sábado, 26 de junio

Odio profundamente el horario de comidas de mi familia, cuarenta y dos años y no me adapto a sus ritmos. No pido comer a la una, aunque desde luego me encantaría y es lo que hago cuando estoy solo, pero qué menos que estar sentados en la mesa a las dos de la tarde. Pues nada, hay quien llega a casa de mi madre a las tres y media. No comprendo esos tempos, esa manera de vivir, ese apetito por posponer las cosas, por el sofá y por la tele que tienen mis hermanos. Me enerva, y no solo porque tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo sino porque para comer a las tres y media hay que estar tomando un vino dos horas y media, que es otra cosa que odio, la sucesión interminable de vinos, las horas en la terraza, la gente pasando, la vida como si fuéramos parados de un pueblo del cinturón rojo de Barcelona. No puedo soportarlo.

Domingo, 27 de junio

Escribo fatal y entrego una columna mediocre. Me dijo JM Nieto que mejor mis columnas costumbristas, fuera de la política. Y Nieto Jurado que hablaba mucho de mi hija, que me pasaba con el rollo padre. Ambas opiniones se enfrentan en mi cabeza y no logro dar con el tema, por una parte evito la política, por otra a mi hija y, al ser domingo, no puedo salir a la calle a buscar enfoques ni costumbrismo porque Valladolid en domingo es una ciudad muerta. Hay días en los que, simplemente, no llegas a encontrarte. Escribo mejor entre semana, desde luego.

Lunes, 28 de junio

Cuando comencé en El País, me llamaron el mismo día El Norte de Castilla y ABC Castilla y León. Tuve que elegir, entre los tres, todos eran incompatibles entre sí. Y elegí El Norte, o más bien, me eligieron a mi. Angel Ortiz me dijo: «Un tío que escribe como tú y tan de Valladolid solo puede estar aquí. Acéptalo, tu lugar en el mundo es El Norte de Castilla. Aquí ha estado Delibes, Umbral, Jimenez Lozano. Manu Leguineche, Cesar Alonso de los Ríos. Y ahora te toca a ti». Ante esa introducción no tuve otra que aceptar, claro. Vamos, es que no me dejó opción. Es curioso como después de años escribiendo y sin ni una sola oferta de nadie, el mismo día tienes tres. Bien, exactamente lo mismo me ha pasado con la editorial. Me llama la directora de ‘La Esfera de los Libros’, Ymelda Navajo, para decirme que le han hablado bien de mi por todos los lados, que me ha leído mucho, que me sigue y que si quiero escribir algo para La Esfera. No entiendo cómo puede pasar esto, de verdad. Me cita el martes en el Wellington, en Madrid. Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos, pero creo que, de un modo u otro, tengo editorial. Y me va a tocar escribir. Ojalá pueda ser compatible con la antología de columnas y los diarios. Preveo marejada y negociación difícil, que no sé gestionar. Buenos tiempos.

Martes, 29 de junio

Cuando Quirós llamó a Ortiz para ver mi incorporación a ABC, le dijo que su única duda era si yo podría escribir una columna cada semana. Hoy me he enterado de la respuesta de Ortiz y me he muerto de risa. «Julian, desengáñate, Peláez te puede hacer una columna cada tres cuartos de hora».

Miércoles, 30 de junio

Me llama David del Cura en La Brújula del verano, de Onda Cero para batirme en duelo con Juan Valderrama, en una encuesta acerca del verano. Yo lidero el equipo ANTI. Paso un buen rato en la radio. Por otra parte, sigo ayudando a jóvenes talentos que me lo piden. Me siento muy identificado con ellos y hago todo lo que está en mi mano para que tengan la ayuda que no yo tuve. Es lo que me toca.

Jueves, 1 de julio

Lucía se va de campamento y yo comienzo diez días de supuesta soledad que no será tal porque tengo todos los días llenos de trabajo, actividades, comidas, cenas, viajes, reuniones y demás saraos. No sé qué es lo peor del verano: diez días seguidos con ella, en los que no se puede trabajar, hay que compaginar todo como puedo, la empresa, la escritura, la piscina, comidas, cenas, terrazas, actividades, etc. o su contrario, es decir, diez días sin verla. No estoy acostumbrado a ninguna de las dos cosas. Necesito rutina. Amo la vida ordenada. Esto es un sindiós.

Viernes, 2 de julio

Siempre que estoy con gente que he conocido hace poco, me pasa lo mismo y, en un momento dado, súbitamente me siento terriblemente solo, como desubicado. Trato de buscar causas y efectos de la situación, trato de entender por qué todo es nuevo, si acaso soy nuevo también yo, dónde está mi pasado, dónde estoy yo, dónde se ha roto la línea de puntos suspensivos y se ha transformado en una línea disruptiva, en qué momento exacto la vida se rompió -por decirlo de algún modo- y cogió otra ruta. Yo no sé si es el divorcio, no sé si es ABC y sus consecuencias, pero tengo la sensación de despertarme de un sueño de diez años, de un letargo eterno y comenzar a explorar la vida de nuevo tras el coma. El problema es que a esto no le acompaña necesariamente un sentimiento de felicidad desbordante, tampoco de pena ni de melancolía. Es sorpresa. La soledad es una sensación íntima que no viene de estar solo, sino de estar sin alguien concreto. Es decir, no es el cero sino un menos uno.

Sábado y domingo, 3-4 de julio

Uno dos días porque han estado unidos en realidad. El viernes llegué a casa a las 22:00 y no he vuelto a tener contacto con ningún ser humano hasta el lunes. Yo no busco aislamiento y soledad por nada en concreto, solo por la necesidad de sentir que yo manejo mi vida y que mi tiempo libre es mío, yo lo decido, yo elijo qué hacer, qué no, con quién. Esto es algo que no he hecho nunca, mi vida está siempre en manos de los demás y conviene comenzar a cambiarlo. No puedo decir sí a todo el mundo. Entre otras cosas porque nunca me reclaman para hacer jogging ni para ver a los patos del campo grande sino para comer, cenar, tomar cerveza, vino, copas, mi salud sufre y mi esperanza de vida se desmorona. Y luego el sentimiento de culpa, la falta de personalidad para poner pie en pared, la sensación de que que no manejo nada. Prefiero la soledad, que trae culpa, pero una culpa diferente, la culpa de no tener amor. Pero al menos es una culpa digna. Odio el tiempo libre.

Lunes, 5 de julio

Doble jornada de nuevo: comida, copas. Cañas, cena, copas. Termino el día reventado. Da igual que me pase los fines de semana encerrado si los lunes los vivo como sábados. Solo se pospone el asunto y así no vamos a ninguna parte.

Martes, 6 de julio

Voy a Madrid con una resaca como un piano a reunirme con Ymelda Navajo en el Wellington. La ansiedad trabaja a mi favor, creo, y el encuentro resulta un éxito. Planteamos varios proyectos de modo natural, casi como si fuéramos dos actores interpretando cada uno su papel, con frases perfectas, con una compenetración natural y alineados, mirando a cámara como profesionales. Así que hay dos libros en ciernes. Con la antología de columnas y los diarios, quizá cuatro. Vienen curvas. De cualquier modo, tengo otro par de reuniones y noto que Madrid empieza a cansarme, me consume, estoy mucho más tranquilo en la frontera, cerca del poder pero fuera de él, con la distancia que da Valladolid, con la perspectiva que tienes cuando no todo el mundo con el que hablas es super poderoso y sabe todo de todos. Madrid es una ciudad de fantasmas. Y entre fantasmas no se puede escribir bien.

Miércoles, 7 de julio

I

Para ser humilde, verdaderamente humilde, primero hay que triunfar. Solo así adquiere sentido la humildad. Que vean de lo que eres capaz para que, como contraposición, la humildad tenga sentido. Ser humilde cuando uno es un necio no es ser humilde, es ser coherente. La humildad exige incoherencia, es decir, alguien que teniendo motivos para ser un gilipollas, no lo es. Por eso, lo primero es triunfar. Y luego, la humildad.

II

El otro día, comiendo con Lucía y con su madre, la niña nos preguntó qué deseo pediríamos si pudiéramos elegir cualquier cosa. Una respondió que ir al colegio de Harry Potter, la otra no recuerdo, seguramente comer sin engordar o algo así. Yo solo pediría poder hablar de nuevo un rato con mis abuelos. Se hizo un silencio como de quirófano y seguimos, sin más, quitando las espinas al pescado.

Jueves, 8 de julio

«En un viejo país ineficiente, 
algo así como España entre dos guerras 
civiles, en un pueblo junto al mar, 
poseer una casa y poca hacienda 
y memoria ninguna. No leer, 
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas, 
y vivir como un noble arruinado 
entre las ruinas de mi inteligencia».

(Jaime Gil de Biedma)

Viernes, 9 de julio

Cansadísimo tras la vacuna. Me encuentro bien pero con la sensación de llevar dos días sin dormir, una especie de resaca sin resaca, una extraña fátiga interior. Se me caen los ojos y me voy a casa, a la defensa de la cueva. Aprovecho para leer ‘Rayuela’, de Cortázar y ‘Platero y yo’, de Juan Ramón. Probablemente los dos libros que me gustaría haber escrito. Obras maestras, insuperables, estilo prodigioso. Creo que Juan Ramón y esa prosa poética puede engarzar formalmente de algún modo con el ‘Spleen de Paris’ de Baudelaire que, a la sazón, sería el padre moral del columnismo, probablemente sin saberlo. Algo se enciende en mi interior.

Sábado, 10 de julio

Veníamos de pasar un día memorable rodeados de belleza, empezando por la tuya. Es increíble lo guapa que te pones en verano, con ese moreno sutil que solo pueden tener las chicas muy guapas, un moreno no trabajable -y, sobre todo, no comprable-, que apareció en tu cuerpo un día, de repente, que llegó de la nada sin que llegáramos a conocer con seguridad su origen, como el Golf GTI en los garajes de los pijos de mi generación. Yo solo sé que estabas allí, delante de mi, con un vestido blanco como el de Massiel y la sonrisa de quien ha encontrado por fin su lugar en el mundo, que, la verdad, quien nos iba a decir a nosotros, y sobre todo a tu madre, que ese lugar iba a terminar siendo yo. Manda cojones, tanto colegio de pago y tantas clases de ballet para esto. Pero se ve que hay un club de tipos con suerte y yo soy socio fundador. En la terraza, junto al mar, te inventabas colores imposibles, como el mermelada de melón, el pastel de cabracho o el vainilla quemada. Estoy casi seguro de que lo decías para reírte de mis caras intentando llegar a esos niveles de abstracción, pero soy perro viejo y te seguía el rollo como si mi cerebro fuera el del dueño de Pantone. Luego me vengué con la carta. Yo pedía cosas que apenas sé pronunciar y tú ibas haciendo mentalmente la cuenta, y cuanto más te indignabas, yo más champán y cuanto más intentabas disimular la indignación, yo más ostras. No haber empezado tú con lo de los colores y ni haber puesto esa cara de duda cuanto te hablé del Blanc de blancs. Te hablaba de cómo quiero llegar a escribir y fui testigo de cómo, mientras tanto, de tu cabeza salió una nube de comic, una nube con las fotos de todos los vestidos que te podrías haber comprado con el precio de aquella cena. Y seguramente tengas razón, pero yo me sentía querido y cuando me siento querido, me quema el dinero, la vida y las columnas. Y el moreno roto de tu cuerpo, claro, y el blanco del vestido de Massiel y esa cara como de haber entendido de repente lo que es un hogar.

Justo en ese momento vimos a un padre sucio con su hija que tomaban el aire, el mismo aire que nosotros. Entonces no supe si eran mendigos y, lo peor de todo, no sé si ellos mismos lo habrán llegado a averiguar. Miraban entusiasmados el resplandor de las copas, las luces del aparador, la belleza del conjunto, el mar de fondo, el dorado de los apliques, las maderas tan nobles, los metales tan preciosos, las cuñas de quince centímetros y los ojos de las mujeres bellas. Solo decían: «¡Qué bonito!». Lo decía el padre, luego la hija y luego de nuevo el padre. «¡Qué bonito!». Una y otra vez. Ahí parados, de la mano, fascinados por la estampa, como si estuvieran viendo el mundo por primera vez y, en realidad, es probable que así fuera. Solo había alegría en sus caras. Sucedía a unos metros, pero había mucha distancia entre su hambre y nuestra frivolidad. Tanta que me sentí avergonzado por los colorines y las ostras y la gilipollez y me fui a hablar con ellos. Los ojos de la niña eran los ojos de Dios. Charlamos un rato. Ellos no habían cenado y les di todo lo que pude, sobre todo respeto. Cuando volví, me echaste la bronca por dejarte sola y me dijiste que esas escenitas te parecían insoportables y me montaste un pollo delante del camarero y el resto de figurantes. Y entonces, de repente, entendí lo de tu madre, y por qué ciertos colores solo se pueden ver desde la oscuridad negro Guinness de algunas almas que, definitivamente, nunca serán mi lugar en el mundo. 

Domingo, 11 de julio

Llega Lucía del campamento. O al menos llega su cuerpo, ella tarda más en llegar y, cuando lo hace, me encuentro una niña diferente a la que se fue. Habla diferente, tiene acento pijo, la cadencia de las palabras es otra y está seria, como si hubiera crecido de repente. No está triste, está contenta, pero simplemente está como más mayor, más hecha. No quiere salir de casa en todo el día, solo quiere descansar y vaguear. Su cuerpo necesita reposo, está claro, y a mi no hay nada que me de tanta paz y tanto descanso como no hacer absolutamente nada pero junto a mi hija.

Lunes, 12 de julio

Paso el día en la piscina con mi hija y mi sobrina. Sufro en este entorno de tedio entre chancletas, gente que toma cerveza con gaseosa y gente en bañador. Como un plato combinado repugnante y, evidentemente, no me baño. No llego a quitarme el polo, de hecho y, mientras las niñas juegan, yo trabajo más que nunca, un poco por necesidad y un poco por enmienda a la totalidad, por dejar clara mi oposición, como un niño enfadado que se pone pasivo agresivo para manejar la frustración. No logro entenderlo, qué falta de pudor, qué falta de elegancia. No consigo creerme que la gente se quede libremente en paños menores delante de desconocidos, como si fuéramos animalejos totalmente sujetos a las sensaciones físicas. Y que lo hagan sin problemas, con naturalidad. Joder, la gente se obsesiona con el calor, con el frío, con el hambre, con el sueño. Es como si estuvieran presos de sus sentidos. Y pierden la dignidad en piscinas, en playas, en lugares comunales donde hay agua, supongo que también en ríos, lagos y pantanos. Esto de ir a refrescarse en grupo me parece como de manada de bisontes, no es algo serio, digno ni debería ser normal en el ser humano.

Martes, 13 de julio

Me llama Julián Quirós para ampliar mi colaboración en el periódico. Y para mejorar ciertas condiciones. Me traslada su confianza y reconocimiento y yo no sé si reírme o si llorar. Todo llega, antes o después, pero no puedo evitar pensar que ni ahora soy tan bueno, ni antes tan malo. Todo es suerte, a veces buena, a veces mala. Nunca hay justicia, hay gente buenísima que no llega y gente que llega y no lo merece. Las cosas llegan cuando llegan, no cuando tú quieres que lleguen o cuando crees que deberían llegar. Sirve para el arte, para el dinero y para el amor. No podemos manejar las cuerdas, somos marionetas en manos de Dios. A eso lo llamamos suerte, es evidente que esa suerte está presente en el éxito, en todo éxito. También en el fracaso. Pero no podemos manejarla, nos excede su interpretación, de modo que todo se limita a merecerlo, a escribir muy bien y jugarse la vida en cada texto. El resto no depende de mí. Tampoco dependerá de mí la mala suerte, que llegará, sin duda. La experiencia nos da eso, el descreimiento. Cuando estás abajo sabes que es temporal. Pero cuando estás arriba, también. Todo esto se irá y me quedaré, de nuevo, solo, es decir, incomprendido. No pasa nada, el recuerdo de estos días me servirá para entender los ciclos. Vamos a por ello.

Miércoles, 14 de julio

Me llaman cuatro personas de La Esfera para cerrar el concepto del libro y redactar el contrato. Estamos alineados, tenemos claro todo, comercial y literariamente. Así que hay libro en ciernes. Sigo absorto, toda la vida sin pasar nada y en dos días cambia todo para bien. Dios no da puntada sin hilo.

Jueves, 15 de julio

El amor joven es un amor impuro, imperfecto, dogmático, lleno de significantes, de expectativas. Parece que se construyen en base al otro y, como consecuencia, interpretan un papel, como intentando cumplir la profecía de lo que siempre han pensado que es el amor, basado sobre todo en lo que han visto, en sus padres, en los libros, en las películas. Hay demasiada presión en el amor joven, demasiada intransigencia, demasiada ilusión. La experiencia quita ilusión, pero aporta tranquilidad y comprensión, ya no se enamoran los ideales de cada uno sino las miserias. Y eso aporta muchísimo compañerismo. Todos venimos fracasados de antes. Esto no es malo. Al contrario, es como un toro después del segundo puyazo que va al caballo por tercera vez. Reposado, real, anti utópico. Ser quien se supone que tienes que ser e interpretar el rol que toca al completo, es limitador, es castrante. Yo solo he podido ser yo mismo cuando he abandonado a mi ideal de mi mismo, que no es otra cosa que el ego. El amor joven es demasiado serio, hay mucho ego, se perciben diferentes, especiales, bellos. Tienen grandes sueños y eso es un gran problema porque los sueños en el amor rara vez se cumplen y, por el camino, se pierden muchas cosas. Entre ellas, el tiempo.

Viernes, 16 de julio

Ha sido firmar el contrato y perder totalmente mi capacidad de escribir. Esto va a ser duro. No tengo claro lo que quiero escribir ni por qué. Y sin motivo no hay nada. No quiero escribir por escribir. Quiero un motivo, solo pido eso. Un motivo, una finalidad, una sensación.

Sábado, 17 de julio

Hace once años, también era sábado. El día se despertó tan caluroso como hoy, un calor sin contemplaciones, escandaloso, insultante. Un calor sin ambages ni matices, un día de julio en Castilla con el cielo azul, ni un resto de nube y un sol violento, un sol de macarra en su mejor momento, antes de la artrosis en los nudillos. Yo prometí hacer putanesca, una salsa que por entonces hacía muy bien y que no he vuelto a hacer jamás, por cierto. La cosa es que me apetece muchísimo, pero este es otro tema. Nos despertamos y fuimos a El Corte Inglés a comprar los ingredientes. En mitad de la elección de las anchoas, Raquel comenzó a tener contracciones, al principio ligeras y espaciadas, pero que poco a poco se hacían fuertes y constantes. Decidimos ir a casa hasta que llegara el momento de salir al hospital y fue en ese momento en el que me encontré con Rafael de Paula en la terraza del hotel Mozart. Le saludé y trasladé mi admiración, que recibió al modo Paula, es decir, sin afectación, callado, serio. De camino a casa dije a Raquel que lo había visto claro, que la niña debería llamarse Paula a lo que me respondió con una mirada inyectada en sangre, una mirada de madre con contracciones ante una revelación de este tipo. No sé si me llamó gilipollas pero, en cualquier caso, la niña se llamó Lucía y nació pocas horas después para cambiarlo todo. A mejor, claro. Hoy celebra once años y alterna miradas de niña con actitudes de adolescente. Está mudando la piel. Y yo, con ella.

Domingo, 18 de julio

Comida familiar multitudinaria bajo un calor de tribu africana, inmoral y sedicioso. Previamente vermú de muchedumbres y posteriormente gin and tonics de confraternización, como una manifestación sin pancartas ni más reinvindicaciones que el cariño. Todo se sucede de modo agradable, la niña es feliz y finalmente me retiro a mis aposentos, habiendo dejado a la niña con su madre para una semana que dedicaré a trabajar, a escribir y a echarla de menos. A partes iguales.

Lunes, 19 de julio

Creo que he encontrado la veta para el libro. Junto unas cuantas páginas de cierto mérito y puede que tenga algo. Escribir un libro es un gran reto para mi, que no estoy acostumbrado a ser corredor de fondo. Soy un sprinter y esto cambia mi manera de escribir. En ocasiones no me veo capaz y tengo ganas de abandonar, tengo la sensación de que todo es vulgar, mediocre. No todo lo que escribo yo sino todo lo que leo, en general. Todo tiene pasajes que se pueden evitar, que se pueden eliminar, hasta llegar a una obra condensada, la esencia del sabor, la potencia total del estilo. Pero eso es un poema y es insufrible leer un poema de 250 paginas. ¿O quizá no?

Martes, 20 de julio

I

Si de niño me hubieran dicho que iba a tener una vida sin amor, sin mujer, sin una familia con muchos hijos, sin una casa en el campo, sin veranos lánguidos con sombreros panamá, sin una idea de progreso económico, de lucha, de equipo, de orgullo de pertenencia, de adhesión inquebrantable a una manera de hacer las cosas y sin un gran orgullo interno por haber conseguido todo lo anterior, habría llorado mucho y me habría sentido un desdichado. No por no haber sido capaz de amar, no por no haberlo conseguido de modo pasivo, sino activo, es decir, por no haber sido digno de ser amado, por no merecerlo. La sensación es de responsabilidad, como ante todo en la vida. La culpa no es del resto, es mía. En el fondo es lo de siempre, la puta culpa de no ser sido digno de amor.

II

Un columnista puede escribir dos folios de casi todo y doscientos de casi nada.

Miércoles, 21 de julio

I

No logro hacerme con la columna en ningún momento y paso una mañana horrible, creo que es la primera vez que me sucede un bloqueo total y una falta de estilo y de carácter vergonzosa. No quiero hablar del estado de alarma, de la sentencia del constitucional, de las mascarillas, de las restricciones irracionales ni del ridículo que están haciendo todos los partidos. Tampoco quiero hablar del linchamiento que sufría ayer en redes por parte de los macarras de Vox y no quiero volver con el tema del verano, que tengo muy trillado durante muchos años. No logro sentirme a gusto y salgo por peteneras. Creo que estoy un poco saturado de trabajo, de columnas y de libro. Hasta el punto que paralizo la firma del contrato hasta que esté seguro de que tengo algo a la altura de lo que me exijo a mí mismo, algo que la editorial entiende perfectamente.

II

No sé qué hacer este verano, no tengo ganas de salir de Valladolid pero tampoco de quedarme. No me gusta ningún plan, no me apetece viajar. Estoy saturado. Yo solo quería un pueblo, un pueblo con un río que lo atraviese y en el que poder pescar, que es como levantar un monumento a la vez al tedio y a la esperanza. Y un puente de piedra para cruzarlo con los amigos, que se convierta en uno de plata para los que no lo son. Y una bici barata para dar paseos entre los caminos polvorientos y correr entre los árboles con el frescor de la primera mañana, ese frescor como de mundo recién pintado que viene para recordarnos que el día ha vuelto a ganar a la noche y que seguimos vivos a pesar de todo. Lo de la bici sin matarme, vaya, una cosa tranquila, anti competitiva, que roce incluso el desprecio al deporte, sin ambición ni espíritu alguno de mejora. Placer puro, dominguerismo extremo, aire libre, relajación, mente en blanco.

Un pueblo con una iglesia mudéjar y un cura mayor al que le guste el vino para hacerle unas cuantas preguntas que, me temo, tienen respuestas largas. No pasa nada, hay vino y tiempo de sobra. El vino en una jarra sin pretensiones. Y un trozo de queso famélico, casi como atrezzo. No tener internet ni netflix, invitar a mis amigos, a mi hija, rodearme de gente que sonría, de una mujer que me quiera un poco y preparar chuletillas de lechazo los domingos. Leer sin interrupciones, no escribir, tener dos perros y dos gatos y una casa austera, sin concesiones a la frivolidad. Dar largos paseos, hacerlo todo muy despacio, no llevar reloj. Y con una estación de tren cercana, a ser posible en el propio pueblo, que no sé conducir. No pido mucho. Creo.

Jueves, 22 de julio

Almuerzo con los directores de ABC y de El Norte de Castilla. Pero ni si quiera eso ha sido lo más importante del día.

Viernes, 23 de julio

Por primera vez en muchos años noto que necesito parar, descansar y desconectar. Digo necesitar, no que simplemente me apetezca o que me vendría bien. No, es una necesidad. Comienzo a tener miedo a todo, no puedo, pospongo, procastino, cometo errores, me vuelvo débil y me empiezan a dar igual cosas que no deberían. Esto siempre me ha parecido de vagos, de consultores junior y de mujeres tontas. Pero resulta que no, que yo también necesito parar del todo sin sentirme culpable por descansar y tocarme las narices. Paso el día aislado trabajando lo justo, eso sí, sin exhibirme, callado, avergonzado. Una especie de detox emocional. Y funciona.

Sábado, 24 de julio

Veo la inauguración de los Juegos Olímpicos de Tokio y me sorprende mucho que nuestro abanderado no sea Pedro Sánchez. Me habría encantado verle saludando a la nada con esa sonrisa suya que solo funciona de ojos para abajo, una sonrisa de modelo con mirada de manager de modelo. Salgo a la calle con la intención de comprar una mochila negra y por el camino me encuentro con un amigo que me invita a un café y luego con una amiga que me invita a unos cuantos vinos, con lo que no consigo comprar la mochila, claro. De hecho ni si quiera sé dónde se compra. También necesito sabanas, almohadas nuevas, un colchón, un reloj, alguna pulsera de chico, arreglar la cadena musical, quitar el gotelé, pintar la casa, cambiar el baño, cambiar muebles del salón, hacer mi rincón reaccionario de lectura antiveraniega, cambiar el plato de ducha y la cocina entera. Lo pienso, intento trazar un plan y hacer un croquis y concluyo que es más fácil cambiar de casa y empezar una vida de cero. Pongo un anuncio.

Domingo, 25 de julio

I

Algún día tendré que investigar por qué suena la alarma cada vez que salgo de todas las tiendas y supermercados de España. Me da muchísima vergüenza, parece que robo. Pero la cosa es que todo el mundo sabe que no. Lo cual me da la idea de ofrecerme para robar en nombre del que lo necesite, como un Robin Hood tecnológico. A lo mejor es un superpoder que me ha enviado Dios. O que desde el cielo se ríen de mi. Está bien no saber entrar a las tiendas, pero me parece excesivo no poder salir.

II

Entrego columna con mucha facilidad y mucha calidad. Llevo dos días sin tocar mi libro y me siento descansado. Creo que es el libro lo que trastoca el límite de mi estrés, ya de por si cogido por los pelos. Mi vida, durante mucho tiempo -quizá demasiado- ha sido niña, trabajo y columnas. Ahora se unen más cosas -y las que quedan, la siguiente temporada va a ser dura- y creo que me cuesta gestionarlas, integrarlas en el caos previo. Gracias a Dios, no queda otra que hacerlo. Aprenderemos. Y si un día reviento, pues a otra cosa. Se cuelgan las botas, tiro el ordenador por la ventana y a vivir, por fin, mirando el campo y soñando el mar.

III

Estoy saliendo de un letargo. O puede que sea justo lo contrario, que esté saliendo del estrés que da la insatisfacción y la presión y entrando en el letargo de la vida normal, en ese lexatin natural de los días lentos.

Lunes, 26 de julio

Niño del 40 (Manuel Alcántara)

Una luz por el parque y el pitido
de un barco que se fue, que se está yendo.
Una luz que conozco y que comprendo
y un barco que partió y que no se ha ido.

Palomas. Y biznagas que han querido
serlo para volar. También lo entiendo:
ser otro y ser lo que estuvimos siendo.
Acaso alguna lo haya conseguido.

Un tranvía de sol con jardinera
y en los Baños del Carmen gran carrera,
concurso entre sirenas y delfines.

No se estaba ya en guerra aquel verano,
mi padre me llevaba de la mano,
yo estudiaba segundo de jazmines.

Martes, 27 de julio

I

«Estás en un continuo estado de gracia», me dicen. «Parece que se pudiera alargar indefinidamente». Y así es, si te aíslas y te entregas por completo a la escritura. Pero es imposible aislarse y no vale la pena. Y entonces hablas con alguien que te da un punto de vista diferente, interesante, y se te caen las estructuras previas que te hacían parecer en estado de gracia. Entran las dudas, desconfías de tu propio criterio y te caes. O hablas con una musilla y te cambia el tono y las expectativas y empiezas a ver lo bonito que son los pájaros y los ojos por las mañanas. Y te conviertes en un poeta vulgar y en un autor de mujer de mediana edad con depresión. Y se acaba el estado de gracia. Así funciona esto.

II

Evidentemente, hay una parte de lectores y suscriptores de ABC que me odian por mi postura abiertamente contraria a VOX y piden mi cabeza. Lo entiendo, lo respeto y, de hecho, pagan por ello. Pagan por leerme, pueden criticar, no pasa nada. Pero la derecha en la que creo no puede asumir a VOX, eso no es derecha, es la pose infantil y fanatizada de la izquierda con ciertos toques nacionalistas y ultracatólicos. Eso no es derecha moderada, capitalista, sensata, europea. Yo estoy con la cultura, con la inteligencia, con la sofisticación y contra el paletismo exaltado de derecha e izquierda. El periódico en el que creo debe estar muy lejos de eso y muy cerca de la elite cultural e intelectual del país. Y si no quepo, me voy. No pasa nada, absolutamente nada. Pero voy a dar la cara y no me voy a esconder. Que dure lo que tenga que durar. Hay algo en mi que se viene arriba cuando sé que estoy haciendo lo correcto y luchando contra los malos vengan de donde vengan.

Miércoles, 28 de julio

Por ejemplo, cuando, tras años de esfuerzos y cientos de renuncias, una atleta joven gana una medalla en la otra punta del mundo, sonríe a cámara y, súbitamente, todo encaja y la vida vale la pena. O cuando otro atleta pierde la medalla, tras el mismo esfuerzo y las mismas renuncias y piensas que es solo parte de un proceso, que al final todo va a salir bien. Cuando, contra todo pronóstico, el padre de la película aparece en la función de ballet de la niña y esta le guiña un ojo cómplice antes de ejecutar la mejor danza de su vida. Cuando alguien realiza un acto no previsto de bondad, cuando se gradúa tu sobrino, cuando tienes tanta presión que no puedes dar un paso más o cuando, sin esperarlo, notas cómo tiran de ti dos ojos oscuros como las noches que valen la pena.

Cuando suena de fondo ‘A tu lado’, de Los Secretos y piensas en todo lo que Enrique quiso a María. Agárrate fuerte a su recuerdo, niña. Simplemente tenía miedo y no supo a dónde huir. Lo dejó dicho. Pero no puedo soportarlo. Cuando, en Semana Santa, en la cumbre de la empatía, sientes cada latigazo en tu espalda. O cuando, en Navidad, faltan cada vez más en la mesa y fingimos que no pasa nada para quitarle importancia. Pero no cuela. Claro que pasa.

Cada vez que suena el himno de España para alguien y sientes que, a menos que el columnismo se torne disciplina olímpica, quizá nunca seas capaz de dar algo a tu patria como para ser digno de recibir ese honor. Cuando en el día del padre, te regalan un marca páginas de cartulina. Cuando retorna un recuerdo bonito, cuando la casa huele a cazuela de barro y las pituitarias envían recuerdos de afecto a los receptores del cariño, que están moribundos en la memoria. Cuando echas la vista atrás y le pides perdón al niño que fuiste por no haber logrado ni uno solo de los sueños que tuvimos, cuando recibes una buena noticia inesperada, cuando alguien, por fin, se sana y cuando comienzas a entender la partida de ajedrez que Dios está jugando delante de nuestras narices mientras enrocamos reyes por torres que también caerán. 

Cuando salen soldados de reemplazo y también cuando vuelven y abrazan a sus mujeres. Cuando nace un niño y le das la bienvenida a este teatro y le prometes que siempre podrá contar contigo en el camino. Cuando alguien se va y algo se muere en el alma. Cuando vuelves a Sevilla, cuando la tamborrada de San Sebastián o cuando en los toros me vuelvo a tratar de encontrar el puro de mi abuelo. Cuando vuelve mi hija del campamento, cuando veo un ‘talent show’, cuando me topo con un perfume conocido que me deja olfateando el pasado en plena calle. Cuando un animal te mira pidiendo ayuda o cuando ves ‘La Rendición de Breda’ y recuerdas lo que fueron nuestros antepasados y la mierda en la que hemos convertido su legado. En todos esos casos y en alguno más, últimamente me da por llorar, como una folklórica. Creo que me hago viejo. O quizá solo sea la señal que advierte que llega el final del letargo afectivo, los últimos coletazos en el parpadeo del botón que apretamos cuando la vida se puso en pausa. Apenas eso.

Jueves, 29 de julio

M. está deprimida. Ella aún no lo sabe, pero yo sé que es la falta de expectativa, la ausencia de motivos, el absurdo y el vértigo. Quiere cambiar de trabajo, de peinado y de entorno. Por supuesto, al final no cambiará ninguna de las tres cosas, pero la mera posibilidad le abre las ventanas al agobio y lo airea, lo expulsa, lo transforma. Es la decepción global, una decepción en forma y fondo que llega en silencio y que se expande dentro de ella como un gas que lo llena todo. Y se queda en forma de zumbido en el corazón, un zumbido que no suena, como el espejismo de la vibración de un móvil sin batería. La decepción huele a mojado y no se va con nada, se queda asido a la garganta y a la memoria y lo echa todo a perder. Y las ganas de probar algo puro, claro. Algo cierto, algo verdadero, aunque solo sea un rato, la mirada de una pareja de ancianos que se aman, el abrazo de un niño que todos quieren soltar, pero ella no, ella se aferra, lo mira y sonríe con esa contención tan bella, tan elegante.

M. busca el amor de verdad porque lo conoce, lo tiene dentro, le desborda potencialmente. Y le preocupa ese sentimiento de gravedad, porque, en el fondo, sabe de lo que es capaz. ¿Podría llegar a perder la cabeza de tanto amor si se diera entera, por una vez? ¿Qué pasaría si perdiera el control por un día y se limitara a sonreír y a oler las flores y la mañana? La realidad es que el amor de verdad no lo quiere nadie; como el oxígeno puro, es irrespirable. Ella percibe la pureza en los surcos de la tierra mojada, de esta tierra castellana, bella y profunda como ella. Es frágil, pero yo nunca llego a tiempo de verlo. O ya se la ha pasado o aún no ha sucedido. Puede que sea yo el que llegue a deshora o puede que, al contrario, actúe como catalizador de algo dentro de ella que solo sucede sin mi presencia. En cualquier caso, no estoy seguro de que la reacción que desencadeno sea buena, pese a mis intentos de cortar el cable correcto, como un Tedax cada tarde. Pero cada noche, M. nota que está entrando en letargo, en el letargo de la vida sin artificios, sin haber podido aceptar -aún es pronto- que cuando no pasa nada, es la vida lo que pasa. La vida es decepcionante si la tomas demasiado en serio, y creo que, de algún modo, ya vislumbra al fondo de la escena una sombra que le advierte que, en algún momento, habrá de decidir entre alegría o Verdad. Sin duda elegirá bien. Alegría, claro. Pero quedan años para eso. Un poco de frivolidad, un poco de superficialidad y un poco de traición interior como única vía para no llegar a la traición íntima. Como ella es honesta, cree que la vida no es eso, no es eso, y me lo demostraría, pero yo hago como que no me entero. El cinismo nos protege de la realidad y de sus fantasmas. Es nuestro aliado, un disfraz que nos permite seguir manteniendo la esencia sin discutir ni perder el tiempo. El cinismo bien entendido es el mayor grado de la educación.

No se puede vivir con una intensidad de tal calibre porque un día le va a dar algo. De hecho, hay cosas que están cambiando dentro de ella. No lo puede explicar y ya se lo toma a risa: un día le duele la cabeza, otro el esófago, otro el cuello y todos el corazón. Pese a su juventud, M. es un corazón viejo y un alma con claroscuros, un alma a contraluz que recibe sol y proyecta sombra. Pero qué sombra tan bella, Dios mío, qué bonito es el lado oscuro cuando, en realidad, recoge toda la luz del mundo y la almacena para deslumbrarme. Le duele el futuro y los esquemas. Le duele la vida y es un dolor cierto que le impide respirar, dormir y llorar. M. no sabe aún que la verdadera soledad no se cura cogiendo el coche y conduciendo para huir y por eso acaba llamándome con cualquier excusa. Yo ya estaba mirando el móvil como se mira al silencio y cuando llega su presencia, su letargo me despierta del mío, me hace sentir importante, imprescindible, útil. Cuando aparece me siento un afortunado, claro. Un hombre. Ella llena las calles de alma y el mundo de belleza, yo lo he visto. Es posible que nos estemos metiendo en un lío, este es un libro de ‘Elige tu propia aventura’ en el que ya hemos recorrido todos los finales. Es probable que no acabe bien y es más probable aún que no llegue si quiera a comenzar. Lo sabe ella, lo sé yo y lo sabe Dios que es quien puso a uno en el camino del otro. Pero cada día cavamos un poco más el hueco en el que caeremos juntos o lo taparemos por separado. Nadie se salva solo, lo tengo claro. En cualquier caso, es hermoso perderse en esta nebulosa que me impide distinguir nada a dos metros. Ni a dos horas. No recuerdo nada, se me está borrando el pasado y el futuro y creo que es ella, que lo deshace de algún modo. No se qué quiere de mi. Probablemente nada, probablemente ni siquiera lo haya pensado y se limite a darme la mano para recorrer el cauce, como los ríos, que ni son lágrimas ni van al mar. La mayor forma de desnudez es la debilidad. Por eso no hay mayor intimidad que saber cuándo estás a salvo.

Viernes, 30 de julio

I

No soporto la violencia intelectual, la agresividad verbal, la gente que se muestra segura de sí misma a través de palabras como disparos. No me siento bien entre gente a la defensiva, enfadada, sospechando permanentemente de todo. Yo quiero rodearme de bondad, de tranquilidad, de gente comprensiva que crea que nada es tan grave, que quite por sistema importancia a las cosas, que sonría por defecto y que trate al resto con amabilidad y dulzura. No se trata de no ver lo malo sino de despreciarlo, de arrinconarlo. Esto es una elección personal, los ambientes se crean. En mi caso ni si quiera es una elección: cuando me arrinconan, huyo. En el New College de Oxford se puede leer ‘Manners makyth man’, es decir, ‘los modales hacen a la persona’. El bien está en las formas. Hay que extremar los modales porque son esos modales los que hacen al ser humano; la sonrisa forja bondad y nos libra del salvajismo. Mientras creen librarse del mal con su actitud pasivo agresiva, algunos en realidad se rebozan en el fango de la maldad. Lo lógico es que se ahoguen mientras creen salvarse.

II

Una mujer, en un hombre, busca felicidad. Pero un hombre, en una mujer, busca paz. Esto hace que para un hombre, una mujer sea estación de destino mientras que para una mujer, un hombre es estación de salida. En cualquier caso somos estaciones. Y las conversaciones, trenes de cercanías.

III

Ayer me pusieron la segunda dosis, entré al caballo por segunda vez. Encastado, bravo, valiente, tirando de riñones mentalmente y sintiendo cómo el acero me desgarraba las fibras, siempre con la boca cerrada y sangre hasta las pezuñas. Algo más cansado que lo normal y el brazo dolorido. Pero vivo. Creo que no somos conscientes de lo que hemos hecho como sociedad: hemos logrado crear una vacuna eficaz, distribuirla e inocularla masivamente en menos de año y medio. La gente muere solo de modo residual. Esto está superado pero, mientras tanto, a M. le duele el corazón, lo nota, nota la aurícula llorar y tiene triste hasta el pericardio. No duerme nunca. Necesita descansar hasta septiembre, pero su cabeza es un carrusel en el que hay caballitos rosas y dragones que lloran. Nunca sabes lo que te va a tocar.

Sábado, 31 de julio

I

Comienzo a aceptar que jamás tendré una mochila negra. La anterior la compré en 2013, cuando fui a Londres a escribir ‘Pathetic’. Ha durado, la verdad. Ha recorrido miles de kilómetros conmigo, que vivo pegado al portátil y lo transporto como una tortuga su caparazón. Pero ya no hay mochilas de vestir. No consigo encontrar una puta mochila negra de cuero, o que imite a cuero, o que imite lo que sea, pero que no sea deportiva, que se pueda llevar con abrigo. No hay mochilas y acepto mi destino cruel. El maletín tiene la cremallera rota, por lo que tampoco es una opción. Necesito una corte de empleados que hagan todo lo que yo no sé hacer, es decir todo. Mi cisterna lleva un año rota, la luz de encima de mi cama lleva fundida desde la pandemia, el aplique de la luz de la habitación de Lucía no existe. No sé hacer nada. Menos mal que existe el marketing y el columnismo. En caso contrario me habría muerto de hambre o, peor, estaría internado en algún centro especial para discapacitados donde me visitarían los domingos.

II

M. recorre Madrid mientras Madrid la recorre a ella. Ambas se asombran al mirarse, claro, como sorprendidas la una de la otra. De La Latina a Gran Vía, de Hortaleza a Sol. Y el corazón, de repente, ya no le duele tanto. Está bien cambiar de aires, y más si son aires pintados por Antonio López, con la oración de un crepúsculo tan alto y la paz de las mañanas perdidas. M. se hace la dura y yo el blando, pero creo que al final será al revés, es un arco narrativo clásico. Y mientras ella vagabundea y cabalga olas de calor africano, yo compro ropa, adelgazo y miro mis uñas, a ver si crecen. Cuando vuelve a Valladolid, quedamos a tomar algo y, súbitamente, ya no parece deprimida, algo ha cambiado en ella, que sigue igual de fría y de distante, igual de exigente y de dura, pero de algún modo, algo es diferente. Parece como si estuviera aprendiendo a gestionar ciertas cosas y yo veo esto desde fuera como se miran a las aves cuando migran. M. me está poniendo a prueba, creo que me está examinando de algo, pero no tengo ni idea de qué. Y lo mejor: me temo que ella tampoco.

Domingo, 1 de agosto

El verano en agosto ya es diferente. Tiene toques de julio pero definitivamente anuncia septiembre, muestra a lo lejos el olor a tierra mojada, que se llama petricor y que es patrimonio de Castilla. Hace calor, pero es diferente, un calor que ya no arde, como una piedra por la noche. De algún modo reconforta por dentro, la gente feliz no necesitamos que venga nada a romper nuestra rutina y solo quiero visitar toda Castilla con una chaqueta y unas botas para sentirme en paz conmigo mismo y con mis antepasados. Me encuentro con mi vecina del primero, una anciana adorable y seria. Hace mucho que no veo a su marido, que es ciego, aunque disimula. Cree que nadie lo sabe, pero en realidad, todos somos conscientes. Me comunica que murió hace un año. No sé cómo reaccionar, le pido disculpas por no haberme enterado, le doy el pésame, me pongo a su disposición y oigo como me dice: «Le echo mucho de menos. Fue un buen hombre y un buen padre». No creo que se pueda pedir mucho más a la vida que pasarla junto a una mujer que piensa eso de ti, una mujer con un proyecto que encuentra la felicidad en el hecho de actuar correctamente en lugar de en divertirse todo el tiempo a costa de lo que sea. La vida no es un puto parque de atracciones. Hoy tengo claro que los ciegos somos los demás.

Lunes, 2 de agosto

Cuando abro la ventana de la agencia, escucho por el patio como un gilipollas grita e insulta a su anciana madre diariamente. Cuando estoy en casa, escucho a una señora con acento caribeño tratar a gritos al anciano al que cuida y desprecia. En ambos casos me invade una sensación de violencia inusitada y un día voy a hacer un ‘Amelie’ inverso para devolverles todo el mal que están haciendo.

Martes, 3 de agosto

Entiendo perfectamente por qué Gistau tuvo que irse de twitter y por qué la inmensa mayoría de los columnistas han decidido lo mismo. El linchamiento es insoportable. Es difícil vivir siendo insultado, amenazado y vejado cada día. Es mucho más inteligente salir de esos entornos, que no ofrecen nada y solo traen odio y problema. A cambio de nada.

El precio de la decencia y de la honestidad es este. La libertad es decir lo que quieras, lo que realmente piensas, sin pensar a quien beneficia o perjudica. Defender un punto de vista, una manera de ver las cosas alejada del odio y del enfrentamiento. Anteponer a las personas a las ideas. Esto tiene un precio, por supuesto, que es precisamente estar expuesto y, por lo tanto, gustar a unos y no gustar a otros. Y ser odiado por unos pocos. Es difícil acostumbrarse a eso y, cuando no sabes quien te odia, pero sabes que son muchos y están por todas partes, se tiende al aislamiento, al aislamiento total y absoluto. Al torreón de Montaigne, a la protección del silencio, al escudo de la desconfianza.