Comprendo el dolor de Rocío Carrasco porque lo conozco. Ser separado de un hijo es algo devastador, una traición al instinto, la ruptura de una falla, algo inhumano y diría que iniciático. En ese proceso defensivo el ego se escinde en dos partes, una de las cuales hace necrosis y muere, como cuando podas una planta, de forma que lo que sobrevive lo hace con más fuerza. Lo mismo pasa ante el dolor: uno se convierte en lo que ha quedado vivo, en la única posibilidad de seguir. Toda la savia va ahora hacia lo que queda de ti y te conviertes en las consecuencias de ese dolor. Te conviertes en artista, en la punta visible de un iceberg con una herida en la base. Escribir es sangrar por esa herida. Y ya.

El que crea que un matrimonio es un papelito es que nunca se ha casado. El que crea que el divorcio arregla algo es que nunca ha hecho trizas el papelito ni lanzado el confeti al cielo. Hay lugares de los que no se vuelve y este es uno de ellos. No me cabe duda de que el dolor de Rocío es cierto, porque es el mismo que llevan sintiendo durante décadas millones de varones separados injustamente de sus hijos en procesos de divorcio fraudulentos, en una epidemia silenciosa que vertebra España y que hace que la ardilla la pueda cruzar de tragedia en tragedia. Lo peor es que esa epidemia ha tenido lugar a vista de todos y se ha preferido no mirar. La vida es así. Que el feminismo ya no es igualdad lo muestra el hecho de que no haya legiones de feministas en cada juzgado de familia luchando por las custodias paternas y compartidas.

Esto no le importaba a nadie. La sociedad ha tenido que ver sufrir a una madre para entender de una vez el sufrimiento de los padres. Una madre no siente más que un padre, su dolor no es más importante y no tiene más derechos. De lo que se trata es de buscar lo mejor para los hijos y el resto es casi anecdótico. El dolor no se juzga, no hay tribunales contra la pena. El ‘rocíogate’ es el ‘watergate’ de la mañana, un perfume hecho de gotas de llanto. Pero las lágrimas no tienen sexo y el resto de la historia ni la sé ni me importa. 

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 29 de marzo de 2021. Disponible haciendo clic aquí).