No acordarse de nada cuando has bebido el día anterior entra dentro de lo normal, pero yo he batido el record del mundo, olvidándome el mismo sábado al despertar de la siesta de cosas que me habían pasado durante el vermú. Es el récord del mundo de la cosa. Hay que ser un completo desastre para borrar recuerdos intradía, olvidarse de detalles sin necesidad de que pase una noche, sino solo un rato. Y casi sin alcohol, señora. Dicen que es estrés, pero yo creo que es que me da igual casi todo lo que me cuentan. Quizá es un súper poder que sirve para poner distancia con todos los cafres que diariamente me insultan por algo, quizá es porque tengo mucho que olvidar o quizá es un principio de Alzhéimer. Quién sabe. Lo importante es que empiezo a ser un pequeño pez perdido, sin memoria ni línea continua en mi propia vida, que percibo con saltos. Pasan los whatsapps, las llamadas, los correos y las conversaciones como pasan los trenes hacia el norte, fríos, monótonos, discretos. Pasa la vida como pasa la lluvia por encima de un impermeable y los días también pasan, como canciones que ya han sonado y no te has enterado. Eso es todo, la vida es esa canción de fondo que no oyes porque estás escribiendo. La realidad es un cuadro a lo lejos que no llegas a ver porque estás mirando solo el primer plano, el ‘puto folio en blanco’, la hora de recoger a la niña, la hora de quitar la olla, la reunión de esta tarde, la columna de mañana, el ‘deadline’ que llega como la cartita para pagar el IBI, cuando menos te lo esperas.

El ‘deadline’ es el mejor amigo del columnista. Sin esa fecha tope de entrega no habría escrito una sola palabra en mi vida porque, en realidad, no tengo nada que decir ni nada especial que aportar. Yo no sé lo que pienso de un tema hasta que no escribo de él. Y si lo escribo es porque al otro lado hay un hueco con mi foto esperándome. Por eso, por el miedo atroz que sentimos a diario, un columnista acaba siéndolo todo el tiempo. Un columnista escribe siempre, sobre todo cuando no escribe. Poner las palabras una detrás de otra es solo el final de un proceso que ha empezado mucho antes, observando, relacionando cosas con cara de agilipollado. Y cuando lo observas todo, en todo encuentras una idea, una frase, una posibilidad. La vida, así, es solo una excusa para escribir. Y acabas ensimismado, encerrado en ti mismo y en las cuatro cosas que aún te importan -hija, columna, trabajo, Dios-. Ya está. No soy capaz de hacer más cosas, de responder whatsapps, llamadas, de seguir la trama de una película y si no me leo el libro de una sentada, cuando vuelvo a él ya se me ha olvidado lo que había pasado.

La diferencia de esto con una resaca es solamente el miedo. Cuando no te acuerdas de lo de ayer porque has bebido, llenas el hueco con ideas malísimas. Nunca piensas que en ese rato olvidado has ayudado a cruzar a un invidente, rescatado un cachorrito, o llevado la compra a una viejecita. No, ese espacio se llena de cosas malas, de errores potenciales, de secretos desvelados, de dinero dilapidado, de mujeres malas y piensas que has quedado mal con todo el mundo, que incluso has podido abrazar de nuevo a un Bardem. Esto ultimo no es un modo de hablar. Y entonces despiertas pensando en la que has liado sin enterarte, como si todo lo que potencialmente has podido hacer hubiera realmente sucedido y afrontaras las consecuencias sin recordar las causas. Y sientes la culpa preventiva. Saben a lo que me refiero, ¿verdad? Bueno, pues todo esto no va a ser nada comparado con el día en el que los diputados del PSOE despierten y se hagan los olvidadizos para soportar la inmensa vergüenza de saber a quién han estado apoyando.

Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 29 de mayo de 2021. Disponible haciendo clic aquí)