Arde en tus ojos un misterio, virgen
esquiva y compañera.

      No sé si es odio o es amor la lumbre
inagotable de tu aljaba negra.

      Conmigo irás mientras proyecte sombra
mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.

      —¿Eres la sed o el agua en mi camino?
Dime, virgen esquiva y compañera.

 (Antonio Machado)

No escribo un libro porque no tengo nada que contar, porque no tengo un pulso interior ni dentro de mí se libra ninguna batalla de esas que agitan y revientan desde dentro el tapón de la botella de champán. No escribo un libro porque no me gusta la ficción, porque no he leído la suficiente narrativa y no manejo bien los códigos, porque no tengo la habilidad de desdoblar mi personalidad en diferentes personajes de manera que todos ellos sean parte de mí sin que ninguno de ellos sea estrictamente yo. No escribo un libro porque no tengo la generosidad suficiente.

No escribo un libro porque mi voz aún se superpone a las de los personajes, las ahoga, las mutila y los pone a ellos a mi servicio en lugar de ponerme yo al suyo. Porque tengo una lista hecha de mis diez primeros libros, pero la trayectoria que se dibuja no tiene sentido, es una carrera errática y absurda, tanto como la propia vida. No escribo un libro porque el primero no puede ser simplemente el que cronológicamente llegó antes, sin más, no puede empezar todo por el primero que alguien decidió comprarme, no, nada de eso. Ha de ser una pieza iniciática, un texto muy concreto, un intento de obra maestra, una puesta de largo que deje claro quien soy y que avise que aquí estoy. Pero la realidad es que no sé muy bien ni quien soy ni dónde estoy. Estoy en ello, estoy casi a punto de encontrar un sentido. Denme un poco más de tiempo. 

No escribo un libro porque solo me salen columnas, más o menos largas, pero columnas, escribo a base de sprints, de intensidad, de adrenalina, de destellos de oscuridad por donde entra y sale la luz. Porque necesito fecha de entrega y sin ella no puedo dar un solo paso. Porque necesito reconocimiento inmediato, no puedo mantener un buen texto escondido mucho tiempo. No escribo un libro porque antes de ello necesito un editor, alguien que haga de maestro, que me aguante, que entienda lo que hago y por qué lo hago. Y sobre todo que entienda por qué no hago lo que no hago. Que entienda a dónde vamos, por qué cogemos esta carretera y que la recorra conmigo, a veces con más luz, a veces con más sombra, como si algo todavía valiera la pena.

No escribo un libro porque es mentira. No me interesa nada de lo que escribo, son páginas y páginas prescindibles, que no llevan a ninguna parte, solo estilo, solo pose, solo belleza formal y un puñetazo tras otro. Y creo que todo puede ser dicho en formato columna, no hace falta dar el coñazo con trescientas páginas. Y cuanto más corta sea, mejor, hasta llegar al aforismo, al haiku, al refrán o mejor aún, hasta llegar a un poema. Y quizá ni eso, quizá sobre con llegar a la contemplación, no hace falta encuadrar la vida y escribirla. Solo hay que mirar la ingente obra de Dios, que es el estadio anterior y posterior al texto. Ya está todo escrito. Solo hay que mirarlo y reconocerlo como texto, el hecho de escribirlo quizá solo sea una forma de ego, de decir al mundo que has visto lo que has visto, pero es que ellos también lo han visto, todos hemos visto la belleza. Y veces se me escapan las lágrimas al recordarla.

No escribo un libro porque no encuentro un objetivo, no tiene sentido escribir solo porque alguien lo espera, me convertiría en ese pavo real que abre la cola y muestra el plumaje por el mero hecho de que puede hacerlo. Esa es la realidad, puedo escribir páginas y páginas maravillosas, soy consciente, pero lo haría sin motivo alguno, yo sé que es mentira, no nace de dentro, no quiere decir nada, es solo artificio, no es belleza sino cosmética, no es verdad sino técnica, como pegar pases a un toro sin intensidad, sin ponerse en el sitio de la belleza, sin hondura y sin misterio, solo para impresionar a japoneses que no entienden una mierda. Como hacer una paella en la costa sabiendo que a esos borrachos les va a encantar mientras tú sabes que no, que no, que no, que es mentira, que no hay nada de cierto, que es un trampantojo, que es solo un engaño. Yo necesito introspección, observación, un motivo, buscar la belleza fuera y dentro de mi. Necesito sentir esa verdad, como un poeta. Un pulso, un por qué, un sentido sincero, un estilo. Un natural, un verso, un paso de palio. Yo quiero un motivo, solo eso. Cuando encuentre el sentido, escribiré un libro, quizá. Pero me niego a escribirlo solo porque sé hacerlo. No. Prefiero el silencio.

Me conformaría con un poema, con un segundo interminable de belleza, yo solo quiero escribir para que le guste a Ricardo Franco, cuando capta con su cámara torpe la lluvia cayendo y no adorna la belleza con más belleza. Él sabe que no hace falta, todo está en ese sonido de las gotas tristes en Granada. Yo quiero ir con la verdad por delante, como Ricardo, con esa oscuridad, con arrugas en el estilo. Yo quiero ser fiel a mi mirada, la mirada propia y escribir desde ella, quiero no contar nada, solo quiero ser, ser sin término, ser siempre, no quiero aislarme de la realidad sino mirarla y modificarla, no quiero quitarme del medio sino ponerme en el centro, alterar la realidad con mi mirada, hablar de mi, solo de mi, explicarme para que me comprendan. 

Porque se ha dicho que comprender es perdonar. Quiero, entonces, pedir perdón. No puedo pensar en el lector, no escribo un libro porque no quiero que ese libro tenga una finalidad. El libro ya es un fin en si mismo y voy a decepcionar a todo el mundo, no sé bailar para las visitas, odio el sexo sin amor. Prefiero no escribir a escribir para que me aplaudan, prefiero la soledad al amor de tercera. Decía Manolete que «uno sabe cuando ha toreado bien». Y si lo sabes tú, da igual lo que te digan. Uno sabe cuando ha escrito bien y eso pasa por decir lo que quieres decir, de la manera en la que quieres decirlo, sin amaneramiento, sin imitaciones, sin efectismo, solo la verdad, dando las ventajas, jugándote la vida, cargando la suerte, citando a la muerte por derecho, vaciando el muletazo y venciéndolo al vacío en el encuentro con el otro. Y aún no sé cómo hacerlo.

No escribo un libro porque escribo dietarios y parece no ser suficiente, se ve como un jueguecito, como un género menor. Y cuanto menor parece, más ganas me entran de entregarme solo a él, a la vida, al género mayor, a este absurdo inverosímil que acaba en la Verdad absoluta. Y bien pensado, ¿quién querría otra cosa?

Este texto se publicó originalmente en EL DEBATE DE HOY el 28 de mayo de 2021. Disponible haciendo clic aquí).