El mayor problema al que nos enfrentamos como país son las pensiones. Bueno, está lo de Ramos y, sobre todo, lo de Morante con los Miuras en la feria de San Miguel, que no andan lejos, pero, en lo estrictamente político, las luces estroboscópicas y el sonido de las sirenas de la policía están sobre las pensiones. O deberían estarlo, porque, en realidad, los gobiernos se suceden pasando de puntillas por el tema, casi silbando, como en aquel chiste de Gila, sin ser capaces de asumir la impopularidad que supone tratar a la gente como adultos, decir la verdad, afirmar lo que ya sabemos, que hay que jubilarse más tarde y que hay que cobrar menos porque, más allá de ideologías y unicornios, la aritmética es tozuda. Y no llega. Por cierto, que esta es una reforma que solo puede acometer la izquierda si no queremos que el país arda, del mismo modo que solo la derecha pudo acabar con la mili. Si los recortes de Zapatero los llegar a hacer Rajoy, lo habrían colgado del palo mayor de la tienda de campaña más cochambrosa de Sol y si es Aznar el que nos mete en la OTAN tras haber engañado a todo el mundo, todavía se verían grafitis de un bigote bajo una guillotina. Eso sí, de marca. ‘Robespierre Cardin’, por ejemplo.

Cada uno traiciona a los suyos y, como vemos con los indultos, además se muestran entusiasmados. La realidad es que solo la izquierda puede vender ciertas noticias a la izquierda y, para ello, debería contar con el apoyo leal de la derecha cabal. Porque el problema existe. Pero aparte de recortar las pensiones se pueden hacer más cosas, y ahí es donde tiene mucho que aportar la derecha más creativa, como es, sin duda, la presidenta de la Comunidad de Madrid, que cuando se limita a leer es mucho mejor que cuando improvisa. Y yo, en eso, me siento muy identificado, la verdad. El problema de hablar es que no podemos borrar palabras como cuando escribimos columnas. En resumen: que, para presidir, nos gusta más Ayuso que Isa. Para tomar cañas, al revés. En cualquier caso, esta apuesta por la natalidad es, sin duda, una muestra de que se puede poner remedio al gran problema de España si se piensa y se actúa con firmeza. Esto de no tener niños, aparte de generalizar neurosis entre los peterpanes de cuarenta y tantos, implica que, en unos años, no tendremos cotizantes, ni trabajadores, ni empresarios y, sin ello, no habrá riqueza que redistribuir, ni pensiones que ajustar, ni servicios públicos que mejorar, porque ya será tarde y no habrá nadie a quien echar en cara nada.

Las ayudas que esta mañana ha anunciado Isabel Díaz Ayuso suponen ya un éxito que marcan el camino al resto de comunidades. Porque ya me dirán qué universitaria se va a empadronar en Segovia o en Toledo sabiendo que va a terminar en Madrid y que si lo hace a tiempo tendrá unas ayudas muy interesantes para cuando sea madre. Este debería ser un asunto de estado, pero Sánchez está a otras cosas, haciendo el ridículo de cumbre en cumbre, como la ardilla esa que cruza España. Por ello, hace bien el PP en adelantarse en aquellas comunidades que gobierna, con Madrid a la cabeza. 

Solo un ‘pero’ y no es menor. Los niños no son de las madres. Asumir con normalidad que las beneficiarias de las ayudas han de ser las madres es algo éticamente perverso, legalmente muy cuestionable en cuanto a que discrimina al varón, que no es uno que pasaba por ahí, ni es el de la semillita, no: es el padre, el PADRE, con mayúscula, no un secundario en una historia que protagonizan madre e hijo. 

Asumir sin más que el padre no tiene derecho a ayudas por tener un hijo, que da igual si lleva 20 años empadronado, que da igual su renta y, en definitiva, que no pinta nada, es comprar el ideario progre y la ideología de género de lleno y haberse tragado el marco de la izquierda enterito. Las ayudas deben ser a la natalidad, no a la maternidad. Entiendo que están a tiempo de buscar fórmulas más decentes, pero sorprende que no lo hayan visto. Aunque puestos a sorpresas, no sé si me ha asombrado más el hecho de que la derecha más dura aplauda con efusividad las políticas expansivas y abrace con fuerza el keynesianismo o que la izquierda feminista se oponga a su propia agenda. Cosas veredes.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 17 de junio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).