Si algo me sorprende de esta patulea de catalanes paletos es su propensión a la macarrada, a la horterada, a la vulgaridad en las formas. Más allá del fondo, de la legitimidad de las ideas, más allá de las posiciones propias y mucho más allá de los conflictos, hay que recordarles que está muy mal levantarse de la mesa, de cualquier mesa, y mucho más si es una mesa política en la que se te exige no comportarte como un ‘hooligan’, si es una mesa en la que estás representando a todo el pueblo catalán y no solo a los que te han votado. Está muy feo negar el saludo y plantar a nadie, pero, menos aún, al Rey. Si el Rey te cita, tú vas, pienses lo que pienses del Rey. Si te cita la Reina de Inglaterra, el presidente de la República Francesa o el Papa, tú vas y te comportas como marca el protocolo, que no es una cárcel sino un homenaje al buen gusto, una declaración de guerra al fango, un chaleco antibalas contra la vida entre animales. Y si no sabes estar, porque nadie te ha enseñado, pides ayuda, haces un cursillo o sacas el carácter y el sentido del ridículo y te pasas la noche sin dormir haciendo lo que esté en tu mano para aprender y estar al nivel que se te presupone a ti o, al menos, a los que representas.

Hay que recordarles que es intolerable negar el saludo, que no se puede amenazar con no presentarse a los sitios y que no hay nada más vulgar que colgar teléfonos. Negar el saludo –y peor aun, anunciarlo– es una obscenidad propia de salvajes. No se niega el saludo a nadie ni se subtitulan los eructos. Solo hay algo peor que auto referenciarse o explicarse a uno mismo, que es auto referenciarse y explicarse para traducir vulgaridades, actitudes de chulos de bolera, maneras de estar en el mundo de mafiosos de película cutre.

No se levanta uno de la mesa nunca y no se niega el saludo ni al diablo, es una cuestión de aristocracia –de independencia, decía Anatole France– y de respeto, no solo por el interlocutor, sino por ti mismo, por tus padres y por la grandeza a la que aspiramos. Saludar no implica estar de acuerdo: el saludo es previo a todo y está después de todo. De hecho, puedes estar en contra de alguien, radicalmente en contra, absolutamente en contra, pero, aún así, te sientas, saludas, te explicas y combates. Pero con las normas por bandera. Despreciarlas es pasar de la esgrima a las navajas, del refinamiento que te convierte en elite a los purines de la arrogancia, de la chulería y del olor a fracaso, que una vez se te pega al cuerpo, ya se queda impregnado para siempre. Hay que reconocer al rival y extremar más la educación cuanto más rival seas. Y cuanto más alejado estés, más educadas las maneras. Se pueden perder las batallas, hemos perdido unas cuantas. Pero, por favor, nunca jamás los modales.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 30 de junio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).