La solidaridad es como la bondad: no se puede fingir. Si se imposta, se nota, si no sale de dentro, no funciona y, además, hiede. Tampoco se puede exigir, porque ya sería otra cosa, un derecho quizá, puede que un fuero, pero, no solidaridad, que, para serlo, tiene que nacer de un convencimiento íntimo. Que los jóvenes hayan perdido un año de su vida encerrados para no contagiar a los mayores, es un acto de solidaridad. Que, con un índice de contagios enorme en su franja, sigan esperando su turno de vacunación sin montar escenitas, otro. No han sido necesarios grandes manuales de ética. Hay cosas que se entienden de modo natural.

Que mi generación esté pagando unas cotizaciones desorbitadas sabiendo que no va a tener más pensión que, quizá, algo asistencial, es una forma de solidaridad. Vemos las costuras del sistema, pero no lo cuestionamos, aunque convendría recordar que, en puridad, lo que estamos devengando es un derecho para nosotros y no ‘cash’ para hacer frente a los derechos de los pensionistas actuales. Es decir, sabemos que estamos siendo estafados, pero callamos por solidaridad y por amor que, casi siempre, se demuestra mejor sacando la cartera que sacando los poemas.

Pero no estaría de más que los pensionistas fueran también solidarios y entendieran que los jóvenes hacen grandes esfuerzos para pagar las pensiones de hoy, sabiendo que ellos no van a disfrutarlas mañana. Igual que nosotros vemos la estafa, deberían verla los mayores. Eso sería solidaridad, aceptar ciertos recortes para no hundir el sistema, aceptar perder algo para no perderlo todos todo y asumir algunas reformas para un bien común y no uno ‘de clase’. A veces, parece que la solidaridad solo va en un sentido y si es repugnante que Simón anteponga la vida de uno de 20 a uno de 95, no es menos repugnante lo contrario y por los mismos motivos. Si los ancianos no piensan en los jóvenes, los catalanes no piensan en los extremeños y los ricos no piensan en los pobres, no somos una comunidad política sino una suma de segmentos mercenarios. Y en ese caso, podemos discutir lo que queramos el concepto de España, que dará igual. Sin solidaridad, no hay nación. Y sin nación, es cuestión de tiempo que tampoco haya estado.

(Esta columna se publicó en ABC el 5 de julio de 2021. Disponible haciendo clic aquí)