Se ve que no le ha resultado suficiente con hundir su partido, con destrozar el centro derecha y, como consecuencia, con llevar en volandas a Sánchez hasta la mismita puerta de La Moncloa. Se ve que no ha sido suficiente con echar la gobernabilidad de España en manos de Podemos y de los nacionalistas en lugar de tragarse su orgullo y firmar de nuevo el ‘acuerdo para un gobierno reformista y de progreso’ que ya había firmado en 2016 y que habría ayudado a acometer, con una mayoría absoluta, las reformas que necesitaba España, moderando, de paso, al PSOE. Se ve que no es suficiente el hecho de llegar para acabar con el nacionalismo y tener que retirarte por haber sido la mayor fábrica de independentistas.

Se ve que no se ha dado cuenta aún del fracaso de su estilo cesarista, presidencialista, del error tremendo que supone su desprecio por las bases y por sus propios cuadros, que su política de reclutamiento está más cercana a la búsqueda de mercenarios fieles que a un partido político, que la inflexibilidad de sus criterios no casa con la mente de un gobernante brillante sino, en todo caso, con la de un consultor senior con escaso recorrido en las Cuatro Torres.

Se ve que la ambición enfermiza de querer llegar al poder no se va con cuatro lavados y que siempre queda algo en la piel de ese olor a moqueta, de esa mirada pegajosa que deja el marketing malo al amanecer, las ‘slides’ con grafiquitos de los analistas de Villegas (posible oxímoron) con consejos para oler perros y coleccionar adoquines.

Se ve que no ha interiorizado aún el blues de la Barceloneta, las coplas de la bisagra y la receta del fracaso: un cuarto de facherío de taberna, un cuarto de inmovilismo simplón, un cuarto de pijas monillas que votaban como quien va a ‘La Máquina’, en Jorge Juan, a medio camino entre coaching y el manual de autoayuda y un cuarto de pedantería anticatólica con tattoo de Pinker.

Se ve que no ha entendido aún que el camino es el de este pacto tácito entre el capitalismo con límites y la socialdemocracia light, limitada, ordenada, bien gestionada, regeneradora, antinacionalista y antiaging, que engarza con nuestros valores y nuestras tradiciones, con el humanismo cristiano, con el campo, con el autonomismo, con los servicios sociales de calidad, con la gestión eficiente y, sobre todo, con los intereses del país y no los de uno mismo. Se ve que puede dar al PP unos cuantos votos por Barcelona y llevar a Génova a un millón de indecisos, pero se ve también que ni unos ni otros se enteran aún de que estamos en otra pantalla y que necesitamos personas grandes, generosas y tenaces, capaces de sentarse a una mesa a buscar soluciones. Y no a los especialistas en reventarlas. 

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 8 de julio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).