No sé si en la exposición de Piedad Isla hay más de Piedad o más de Isla, pero me he prometido averiguarlo en una segunda visita. Desde luego, hay una mirada piadosa, profundamente buena, que observa desde el cariño, desde el amor, casi con la misericordia de un corazón que a veces quisiera perdonar y otras pedir perdón. Es cierto que para que eso se perciba tiene que haber otra mirada buena al otro lado o, al menos, una mirada sensible, capaz de emocionarse y capaz de recordar. Un corazón frágil que se asome al balcón de la foto como vía de mirarse hacia adentro. Esto es: Piedad te hace reversible.

También hay isla, decía, como si la montaña palentina fuera un archipiélago rodeado de nada, un trozo de tierra a la deriva varada en el tiempo y el espacio, el realismo mágico sudamericano pasado por el tamiz del silencio. La exposición, de este modo, es una botella lanzada al mar con un mensaje dentro, una botella que viaja desde el pasado para mostrarnos en un espejo lo que fuimos y, si Dios lo permite, también lo que seremos no tardando. Por eso, si alguien quiere saber cómo era Castilla a mediados del siglo pasado, quiénes fueron sus padres, su abuelos o sus bisabuelos, si alguien tiene un mínimo interés en conocerse y en entenderse, lo mejor que puede hacer es estrellar el móvil contra la pared, tirar la televisión por la ventana y subir al Patio Herreriano. Siempre me ha parecido absurdo mitificar el pasado como hacen los reaccionarios, tanto como mitificar el futuro y esa idea pueril de progreso eterno, de avance constante. En ‘El mundo de ayer’, Stefan Zweig nos recuerda que, para quien vivió las guerras mundiales, el progreso estaba en el pasado, tanto como lo estaba para los romanos de los tiempos de la República cuando llegaron los Bárbaros para terminar con el esplendor y entregar al futuro apenas unos restos viscosos. El pasado es lo que es y la nostalgia un burdo pasatiempo, que decía Luis Alberto de Cuenca. 

Y si estos conceptos son difusos, lo son mucho más en la obra de Piedad Isla. Yo no tengo claro si la cámara mira lo perdido, como si al retratarlo pudiera conservarlo o todo lo contrario, es decir, si mira el progreso incipiente para mostrarnos la miseria absoluta de la que venimos, la pobreza extrema de la que los castellanos somos hijos, el desamparo, el olvido, las manos rotas, las caras ajadas, la vejez prematura, la ropa remendada. Y en el medio, la belleza de una joven de su tiempo, una moto, un vestido blanco y algo de esperanza. Yo no tengo ni idea de fotografía. En realidad, yo no tengo ni idea de casi nada. Pero si algo llama la atención de la obra de Piedad Isla es esa sensación de que el arte ya estaba allí antes, de que ella no compone escenas, de que solo se trata de enmarcar con la mirada, de que, si te fijas bien, hay una exposición latente en cada calle, en cada viejo que te mira al pasar con esa mascarilla mal puesta, en cada trasera llena de barro en la que va a morir un carro mientras el sol, ajeno a todo, seca las tierras y las almas. Castilla ya no tiene quien la explique y esa es nuestra verdadera pobreza. Pero, desde luego, sí que tuvo quien la inmortalizó. Al menos dos: Piedad es Delibes con una Kodak. Delibes, Piedad con un tintero. 

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 8 de julio de 2021. Disponible haciendo clic aquí).