Siempre he tenido la inquietante sensación de que los números pares son redondos y los impares picudos, que, la verdad, no sé de dónde lo he sacado, pero las cabezas andan regular y hay que aceptarlo sin más. Y, sobre todo, sin sobreactuar, que no somos folklóricas. Hay folklóricas de todos los sexos, de todas las edades e incluso de todos los orígenes. Así, no todas son mujeres de Triana, con larga melena y ojos de luto. Muy al contrario, se puede actuar como una diva en retirada, aunque seas hombre, hayas nacido entre butifarras y tengas un aire como de pastor manchego. Porque la afectación va por dentro, no se elige, como no se elige tampoco su opuesto, es decir, la clase, la elegancia y los lujos que no se pueden comprar con dinero para desesperación de los nuevos ricos y de los pobres viejos.

No hay nada más picudo que un codo. El codo es la quintaesencia de lo impar y lo más impar que existe es la soledad. Por eso saludar con el codito tiene algo de ataque, de desprecio, de ariete que destroza puertas y vuela puentes de plata, que expulsa en lugar de acoger y que aísla. Saludar con el codo es un hola huesudo, ososo, casi un adiós a priori, una despedida en grado de tentativa. Sin embargo, la mano es cóncava, es decir, par, redonda, blanda. Y por eso acoge, recibe, ahorma la amistad y la calienta como preparándola para lo que pueda venir después. Es el primer principio de termodinámica, los cuerpos tienden a darse calor hasta que se equilibran y actúan como uno solo a niveles de temperatura y de muchas cosas más. Pero los codos no, los codos son excluyentes, son flechas agudas con psoriasis en la punta. La mano es un corazón fuera del cuerpo, un capote apaulado hasta arriba de almidón y carne que acaricia la vida cuando pasa. Pero el codo es convexo, como los espejos del Callejón del Gato, que deforman la presencia y las expectativas. El codo es un estoque con mucha muerte.

Así que se acabó. Declaro obsoleta la dictadura del codo como declaramos obsoleto el riesgo al contagio por los ojos, como dejamos de descalzarnos al entrar en casa y como decidimos que fumigar calles era algo de ‘cazafantasmas’. Los guantes han desaparecido de los supermercados y también los bedeles con termómetros-pistola. Se han acabado las alfombras desinfectantes, no hay aerosoles en las huellas dactilares, hemos vuelto a tocar los picaportes y en cuanto a geles, somos menos de ‘hidro’ que de ‘alcohólicos’. Fin. El que me quiera saludar que lo haga como Dios manda, respetando el canon y la liturgia. Necesito volver a soltar la mano, notar ese apretón firme, correcto y comprensivo, la apoteosis de lo par, confirmar que no hemos perdido el toque y las sensaciones y percibir cómo mientras mi derecha se une su derecha, la izquierda va directa al hombro, elevando así el afecto al cuadrado. Esperemos que el saludo con el codito quede para el recuerdo como algo que hicimos sin pensar mucho, como lo de Zapatero. El único codo en el que creo es en el de Morante en El Puerto. Y el resto, Tassottis del ridículo.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 2 de agosto de 2021. Disponible haciendo clic aquí)