La manera en la que una persona decide pasar el verano lo dice todo de ella. Nada hay más decisivo para conocer profundamente a alguien que saber qué hace cuando puede elegir, cuales son las expectativas que tiene acerca del bienestar o cómo pasaría la vida si no se viera empujada al estándar de lo cotidiano. Ahí reside su verdadera personalidad. Porque el verano es, ante todo, un palo en la rueda de lo estándar, un punto y aparte con vacaciones, que son la sublimación de la expectativa. Mi amigo Iván pensaba que el asueto es el estado natural del hombre y el trabajo apenas una anomalía puntual para conseguir recursos, es decir, que, si no los necesitaras, solo habría ocio. Yo no estoy de acuerdo. El ocio eterno lleva a la neurosis. El estado natural del hombre es lo contrario, una rutina plácida que conjugue diariamente trabajo, ocio, familia, cultura y cuidado físico. Estamos diseñados para eso, para caminar diariamente a buscar agua al pozo o a proveernos de alimentos, para leer y pensar o para defendernos y cuidar a los nuestros de modo permanente. Eso es el ser humano, un bicho que necesita hacer todas esas cosas y además a la vez. Si pretendes hacerlo por fases, primero una y después otra, no funciona. No se puede trabajar hasta desfallecer y luego tirarse diez días en la hamaca. No se puede hacer un sobre esfuerzo cultural o físico si eso conlleva desatender la familia o los negocios. Son las pelotas de un malabarista, todas controladas, pero siempre alguna en el aire.

Y así, del mismo modo que el asueto no es lo normal, no es lo normal el verano y por el mismo motivo. Aunque hay cuatro estaciones y duran lo mismo, en Castilla no podemos evitar sentir el verano como una excepción, como una alteración de la normalidad, lo cual no tiene mucho sentido puesto que, de igual manera, podríamos dar por hecho que lo normal es el verano y el invierno la anomalía. Pero no lo consigo. Lo normal es la maravillosa rutina y el verano apenas una aberración moral y estilística. Pero, sobre todo, una excentricidad estadística.

Viendo algunas opciones veraniegas, no puedo evitar pensar en qué pasaría si les tocara la lotería. El mundo sería un lugar horrible lleno de gandules en chanclas y con camisa hawaiana, camuflados entre el sofá, la toalla y la lata de cerveza y, lo peor, entregados por completo a los instintos: calmar la sed, calmar el calor, calmar el tedio y, en definitiva, resolver todos los problemas que no existirían si no estuviéramos en verano. Así que la duda no es norte-sur, playa-montaña, viaje al extranjero-semana en el pueblo. Tampoco es barbacoa-estrella Michelín, ni manga corta-manga larga. La diferencia real es si las aspiraciones que muestras son en realidad un modo de huir de una vida que odias o de completar una vida que amas. No es casualidad que la mayor parte de los divorcios se decidan estos meses. Algunos, queriendo huir de la vida real, se encuentran con ella de cara. Y vaya susto, claro. Tiburón a la vista, matrimonialista. Ni todos los selfies, ni todas las colas en heladerías, ni todos los parkings de playa repletos pueden esconder la realidad de que el verano es una mentira de la que todos formamos parte, un error gigantesco del que somos conscientes, pero que preferimos guardar en secreto para no quitar la ilusión al resto. Como los Reyes Magos, pero en hortera. Ojalá tormentas, petricor y níscalos.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 5 de agosto de 2021. Disponible haciendo clic aquí).