Me topo con ‘Verano azul’ en la anhedonia de mis tardes. La ola de calor y el propio anacoretismo me conducen al aislamiento, como a Onofre, y ese aislamiento a un ‘spleen’ que tiene más de Germán Areta en el Madrid de los ochenta que de Baudelaire en el Paris del XIX. Baudelaire inventó entonces la columna y yo voy a inventar la fila, que es su opuesto, la apoteosis de lo horizontal, como la siesta. Vivo obsesionado con la cara de Landa cuando hace de Areta, la cara hierática, lenta y desapasionada de los hombres cuando aún eran hombres. Ese Madrid me hace bajar las pulsaciones hasta la bradicardia. Los coches blancos sobre el asfalto mojado en el que se reflejaban las luces de la noche de una España a medio hacer, las gabardinas, el humo de tabaco negro y el whisky. Si en ‘El Crack’ Garci pasa el dolor por el tamiz de lo intelectual para hacer arte, Mercero hace lo inverso, que es elevar el día, la luz y lo pueril hacia la categoría de estándar, como si lo normal fuera ser feliz. La España de ‘Verano azul’ y de ‘El Crack’ son la misma porque ambas están grabadas en 1981, y viéndolas, uno cae en la cuenta de cómo ha cambiado todo. Resulta extraño ver a esa panda de niños solos por Nerja, yendo y viniendo con la bici como si no existieran los padres, compadreando con gente mayor en tardes interminables, hablando con desconocidos y recibiendo la protección global de una sociedad entera en la que, paradójicamente, nadie se metía en tus asuntos. Veníamos de un golpe de estado en ese mismo febrero, pero la sensación es de placidez, de balsa de aceite, de sociedad feliz y tranquila. En cambio, hoy, que vivimos lo que entonces sería un sueño de bienestar social y económico, sentimos el jingoísmo belicoso de quien realmente viviera esperando un golpe de estado.

Resulta curioso un mundo sin móviles, sin iPad, los niños aburriéndose sin sermones de psicopedagogos. Resulta maravilloso ver a la gente leyendo junto a la abuela en la playa de Nerja, en vez de influencers fotografiándose los pies; resulta milagroso ver un chiringuito sin certificado de sanidad y sin pretensión de servir como attrezzo para Instagram. Hay cierta inocencia en esa España o, quizá sea recuerdo de la inocencia propia. Hay mucha más modernidad en la manera de estar en el mundo de los protagonistas que en toda la ola puritana que ahoga hoy España. Hay más tolerancia en un fotograma de ‘El Crack’ que en todo Netflix y no queda otra que aceptar que todo lo que hemos mejorado como democracia, como economía y como sociedad tecnológica, lo hemos perdido como vecinos, como convivientes y como comunidad afectiva. No quiero caer en la nostalgia del pasado, que me parece tan idiota como la fe ciega en el futuro, pero, si tienen un rato, pongan La 2, vean cómo éramos y pregúntense qué ha pasado por el camino y por qué el tedio de esa Nerja del 81 sería un sueño utópico de libertad para cualquier niño de 2021. No molesto más. Sigan subiendo stories.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 13 de agosto de 2021. Disponible haciendo clic aquí).