Que Leonor se vaya a Gales no es un privilegio para Leonor, sino para Gales. Eso es lo primero que debemos tener claro. No hay un ápice de privilegio en tener que dejar tu casa, tu país y tu familia siendo una adolescente para cumplir con tu obligación, para convertirte en lo que se espera de ti y para servir al país que un día reinarás, a pesar de que una parte de él queme tus fotos y la de tu padre los días de fiesta, como quien asa un chivo expiatorio. De eso se trata, de aprender a ganar, de aprender a perder, de aprender a sufrir y de hacerlo en silencio y con los dientes apretados por la noche para salir a dar la cara cada nuevo día con la sonrisa recién pintada y la dignidad intacta. 

Esta experiencia, estos dos años de formación en tierras lejanas van a ponerte a prueba, van a tensar tu preparación intelectual y, sobre todo, la humana. Todo hasta que seas capaz de demostrar de qué estas hecha, quién eres, cuáles son tus mimbres, cuán hondos tus cimientos. Es ahí cuando saldrá a la luz todo y lo hará como un torrente, sin que sepas dónde estaba escondido hasta entonces. Es ahí cuando las enseñanzas, la educación y el ejemplo que te han sido dados de modo subyacente, pasan de lo teórico a lo real, de las musas al teatro. Y es ahí cuando vas a entender que tenían razón en todo, que solo hay un camino, y es el del refinamiento, la sofisticación, la educación, la apertura mental, la defensa de la libertad, el respeto y la paz. Sobre todo, la paz.

No hay privilegios en todo esto. El privilegio sería, en todo caso, poder elegir, dimitir de tu sangre para crecer sabiéndote libre, como las demás, y que el resplandor de tus quince años puede encontrar en Madrid sitio y mantel, sentido y proyección, parada y fonda. Pero eso no es posible cuando eres la futura reina de España y la próxima jefa de nuestro estado. Has de estar preparada para cuando sea necesario, esperemos que dentro de mucho. Pero la vida y la historia nos enseña que nunca se sabe cuándo te veremos entrar en el Congreso de los Diputados para cumplir con tu misión. No hay tiempo que perder.

Claro que hay buenos colegios en España, públicos, privados y concertados. Y claro que allí podrías haber completado una formación excelente, pero no habrías sufrido la barrera del acento, la lejanía de tus padres, la soledad de las noches, la impotencia que surge en el cruce de caminos, cuando no sabes continuar. Solo que sí que sabes, lo verás llegado el momento. Y el acento se aprende y la soledad no es tanta y la lejanía se acaba a tiro de whatsapp. Y entonces la impotencia desaparece y muta en autoestima y en fortaleza. Y la vida en una carrera de obstáculos que acabas de empezar a saltar. No porque quieras, no porque lo prefieras, no porque sea lo fácil, sino porque es tu obligación. Tu éxito garantizará más la libertad y los derechos de la mujer que quinientas manifestaciones. Por eso ser feminista, me temo, es apostar por tu formación.

El privilegio, decía, es de Gales. Pero, sobre todo, nuestro, que te veremos de nuevo en unos meses, en la ceremonia de los premios Princesa de Asturias y sabremos que detrás de ella no hay ya una niña que juega en Madrid sino una persona que se hay ido para librar una batalla personal. Y que pondrá esa victoria al servicio del país, con una sonrisa parecida, pero nunca igual, porque estará llena de sentido. Llegado el momento, los obstáculos no son tan grandes. Y en todo caso, los saltaremos juntos. Abríguese Alteza. Y coma bien. Que hay un país -más una madre- pendiente.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 31 de agosto de 2021. Disponible haciendo clic aquí).