Todas las grandes ciudades se parecen entre sí. Esas enormes diferencias o supuestas singularidades que nos venden son, a menudo, ensoñaciones artificiales, literatura de consumo interno, fuegos de artificio y juegos de manos con los que algunos trileros tratan de ocultar que, en realidad, lo tienen casi todo en común. Así, lo más similar a un gran restaurante es otro gran restaurante y lo más parecido al Real Madrid es el F.C. Barcelona, seamos serios. Los grandes tienen siempre intereses comunes, los mismos problemas, motivaciones similares y, más allá de la rivalidad, subyace una hermandad de fondo, una fraternidad que trasciende a la competencia. Sé bien lo que digo: soy del San José. Y mi manera de serlo no es precisamente tibia o desapasionada. Al contrario, soy uno de esos ‘guindillas’ militantes, integristas, el núcleo duro del núcleo duro, una especie de nacionalismo de la Plaza de Santa Cruz. Por eso precisamente estoy aquí hoy, para mostrar mis respetos, para tenderos la mano, para intercambiar banderines y poner un ramo de flores con el nombre de mi Colegio en el patio del jardín, bajo la Virgen de Lourdes.

Lo hago en mi nombre, no creo estar autorizado para hablar en nombre de nadie más. Me represento a mi mismo y, la mayor parte de las ocasiones, ni si quiera eso. Aún así estoy seguro de que muchos de mis compañeros estarán de acuerdo con mis palabras y lo estarán más cuanto más orgullosos se sientan del San José. Solo estando muy seguro de uno mismo se puede admirar sin complejos al otro, solo desde unas raíces profundas se puede entender la profundad de otras raíces igual de fuertes. Vivir acomplejado es la consecuencia de vivir sin cimientos. No es nuestro caso.

Ambos colegios actuamos como esas mujeres extraordinariamente bellas que necesitan que observes su manera de no mirarte. Y lo hacemos porque ya no nos hace falta, nos conocemos tanto que no necesitamos vernos, hemos escudriñado hasta el último gesto del otro, conocemos cada rincón, cada mínimo aspecto. Y es así porque, precisamente a través del otro es como nos entendemos mejor a nosotros mismos, con esa actitud que combina la fascinación con la frialdad, la cercanía con la distancia. No nos miramos porque nos admiramos. Si el amor es ciego, la rivalidad es su mayor manifestación, una ceguera ante el espejo. El respeto son dos ojos cerrados de par en par. 

La rivalidad sirve para mejorar, pero sobre todo sirve para forjar una identidad, un orgullo de pertenencia. Si no existiera el Lourdes, el Sanjo sería peor. Si no existiera el Sanjo, el Lourdes no sería lo que es. Y si no existiéramos ninguno, sería Valladolid quien perdería. Nos necesitamos, nos mejoramos, nos venimos bien. Que uno crezca es la mayor motivación para que el otro se estire. Algunos dirán que es un juego de suma cero que no sirve para nada. No es cierto: nos sirve para avanzar, para forjar personalidades ganadoras que no se conformen, para seguir sonriendo por la calle cuando vemos a niños con ese chándal que podría ser el nuestro. Esos niños somos nosotros en el futuro. Nosotros somos ellos desde el pasado.

Me parece curioso que el punto medio entre ambos colegios sea la Casa de Cervantes. Es algo poético, como si el destino quisiera decirnos algo, como si hubiera un cordón umbilical entre Santa Cruz y el Paseo de Zorrilla que albergara el hogar del gran genio. Hay un vínculo, un grado de parentesco. No en vano, San Juan Bautista de la Salle era muy jesuítico y Loyola no queda tan lejos de Lourdes y menos aún de la casa natal del Paulina Harriet en Halsou.

Somos una línea recta que une la ciudad, una columna vertebral que hace que Valladolid se ponga de pie, levante la mirada y se sienta orgullosa de si misma gracias a los miles de niños que juegan en nuestros patios a través del tiempo. Caminamos juntos. Gracias por ello, amigos.

(Este texto se publicó originalmente en la revista de la Asociación de Antiguos Alumnos del Colegio Nuestra Señora de Lourdes de Valladolid, en septiembre de 2021).