Aún recuerdo aquella película que se titulaba ‘Cómo ser John Malkovich’ y que, como no podía ser de otro modo, protagonizaba el propio John, pero en forma de personaje, como una matrioska rellena de sí mismo que integrara la realidad dentro de la ficción, en plan Vila-Matas. En la misma línea, estoy intentando escribir ‘Cómo ser Rosa Belmonte’, a ver si soy capaz de descifrar el truco. Porque es evidente que tiene que haber un truco. No es posible escribir así cada día sin algún sortilegio oscuro, sin un pacto que le llegue en forma de dopping literario. 

Rosa escribe sin afectación, como si nada importara demasiado. Y es que, en realidad, tiene razón, nada importa demasiado, solo que yo no lo sabía. Ella sobrevuela los temas como un águila imperial que pudiera volar por encima de la vida y observarla sin mancharse de sangre. El águila es capaz de mantenerse y dar vueltas oteándolo todo sin que nadie la vea y, cuando descubre un conejo, desciende no se cuantos kilómetros en diez segundos, como un misil perfecto. Rosa hace lo mismo, es el misil del columnismo, pero cuando tiene al conejillo a tiro, se ríe de él y le perdona la vida. Esa es la técnica: piedad y acidez, humanidad y mala leche, puedo y no quiero. Al contrario que el famoso ‘quiero y no puedo’, Rosa podría decir todo lo que hay que hacer, punto por punto, pero no le da la gana. Ella prefiere esbozar media sonrisa y mirar para otro lado, como si de pequeña le hubieran enseñado que es de mala educación quedarse mirando fijamente a nadie. Y como si, para colmo, lo que miraras te diera vergüenza ajena. Y, por eso, Rosa escribe sin horteradas. La afectación es una cosa que reservamos a Queen, a ABBA, a las señoritas histéricas y a los malos escritores, si es que, en realidad, todo lo anterior no fuera, en realidad, lo mismo. La excesiva intensidad es síntoma inequívoco de no tener mucho que decir y de no estar construido como persona. Y, sobre todo, de no respetar a tus lectores, a los que los malos columnistas consideran idiotas. Al lector hay que tratarlo con respeto, es decir, sin sobre explicarse ni manosear las referencias. Y Rosa lo hace, pero como si además se hubiera tomado un par de orfidales, con ese cinismo y esa frivolidad que derrocha mundanidad, como Gambardella, y que te permite ver que al fondo del mundo hay nubarrones pero que, por algún motivo, no solo no nos van a calar, sino que, además, se alejan si no los plantas cara.

Escribir enfadado es una grosería y Rosa es darwinisimo columnístico en el que la evolución ha llegado a su cénit. Después de ella, solo se puede ir a peor. Y ahora, para rematar, llega al gremio Pablo Iglesias, así que hemos tocado fondo. A Pablo le aconsejo que lea a Rosa a ver si se le pega la prosodia y cambia ese acento podemita por murciano en grado de tentativa. Yo me voy a tatuar su cara en la espalda, sobre una leyenda en la que ponga ‘Belmonte vive. La lucha sigue’. A ver si, aunque sea por ósmosis, aprendemos algo de una vez.

(Esta columna se publicó originalmente en ABC el 6 de septiembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí).