Vuelve Heredera al cole y las tardes pasan como pasan los otoños precipitados: rutina, trabajo, tranquilidad en el entorno, orden extremo. El padre trabaja largas horas frente a la pantalla del ordenador mientras la hija dedica las mismas horas, pero más cortas, a jugar y correr. Vaguea a demanda. El padre tiene una habitación y la hija tiene otra. Ambas habitaciones están equipadas con una gran mesa de trabajo. Evidentemente ninguno de los dos las usa y ya se han convertido en armarios horizontales, en cajones sin techo, como un archivo de cosas despreciadas. El padre lo usa como receptáculo de facturas, informes, carpetas y calendarios atrasados. La hija la llena de actividades, recortes y un mapa de España en el que faltan Tarragona y Orense, lo que destroza la continuidad y los puentes de hermandad peninsular. Malditos hechos diferenciales.

Padre e hija acaban siempre trabajando juntos en el salón, él en la mesa del comedor y ella muy cerca, en una mesa rosa que compramos cuando tenía un año y que es su escritorio oficial, aunque ya casi no le valga. Las mesas oficiosas son siempre más incómodas que las oficiales, pero mucho más cercanas. De fondo suena Thomas Newmann y Yann Tiersen de modo permanente, dando a la vida un aroma de banda sonora y a la estancia un ambiente de finalista del Oscar a mejor película extranjera. Se suceden las visitas, las interrupciones, los besos. Cocino patatas a la riojana. Más que dignas. Siesta frugal, siesta de padre, más voluntariosa que real y vuelta al trabajo hasta que pasadas las siete salimos a pasear por el Campo Grande, este fantástico parque romántico que tenemos en Valladolid, del estilo del Retiro o del Parque de María Luisa. Es una gozada pasear por aquí solos, bajo este clima vulgar y esta luz como de haber perdido una oportunidad, una luz de último aviso. Pasa la vida en la belleza melancólica del siglo XIX, entre animales voyeurs y árboles bucólicos. Explico a mi hija el lugar exacto en el que ha de esparcir mis cenizas cuando falte, eso sí, sin que nadie se entere, que creo que está prohibido. Se niega a hacerlo. Insisto, es mi último deseo. Me advierte que el suyo es no hacerlo. Me parece bien la posición de ambos, pero, aún así, algo me dice que voy a perder.

De vuelta, mi madre nos avisa que nos ha hecho una sorpresa para cenar y damos un rodeo para recoger una bolsa verde dentro de la cual sale una tortilla de patata, un trozo de pan, un caldo de pollo y un ‘tupper’ de carne asada. Volvemos a casa como Caperucita. Mi padre incluye en el avituallamiento un sobre dirigido a la niña con toda la información necesaria acerca de sus bisabuelos para una investigación que está haciendo sobre el árbol genealógico. En el Campo Grande, pienso, cada árbol nos ha visto crecer a todos. De sus ramas cuelgan nuestros recuerdos y, dentro de no mucho, también colgarán los suyos. Y caigo en la cuenta, como una epifanía, de que, en el Campo Grande, todos los árboles son genealógicos.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 16 de septiembre de 2021. Disponible haciendo clic aquí)